GLOBALIZACIÓN Y POBREZA

 

En un reciente artículo (El País, 14-7-01), Rafael Myro hace una interesante contribución al debate sobre la globalización. En él, se declara a favor tanto de la globalización como de la lucha decidida contra la pobreza, y argumenta que quienes sólo están por la segunda, y en contra de la primera, lo hacen a partir de una premisa poco sólida desde un punto de vista teórico y empírico: “que la globalización engendra desigualdad y pobreza”. La tesis de Myro tiene la ventaja de estar bien argumentada y ordenada, de forma que: 1) partiendo de una definición de la globalización como “proceso por el cual los mercados se liberalizan y hacen más internacionales, se integran...”; 2) pasa a referirse a una serie de trabajos que descubren más bien una relación positiva entre apertura y liberalización comercial (globalización) y crecimiento económico; 3) para terminar concluyendo que se debe predicar la apertura comercial de todos los países, incluida “la apertura completa de las fronteras de los países desarrollados a los productos de los países menos desarrollados”. A continuación, intentaré ajustar mi argumentación a esos tres mismos pasos.

1. En mi opinión, la globalización es un proceso que hasta ahora ha coexistido con el capitalismo (aunque se inició antes y subsistirá después), y tiene que ver, en efecto, con las dos fuerzas que señala Myro: la tecnológica --la reducción de costes, o aumento de la productividad-- y la política: la opción de cada país por una política de apertura y liberalización. Como él piensa que la segunda puede ser frenada o activada, concluye que la globalización es “algo que hemos elegido” y no es inexorable. Sin embargo, el proceso de integración creciente de las economías (no necesariamente de los mercados, pues éstos desaparecerán y las economías seguirán existiendo) es, a mi juicio, la auténtica tendencia que se incardina en las relaciones sociales que crean los hombres y las sociedades al producir su subsistencia y toda su vida; mientras que la opción por una u otra política comercial es algo mucho más contingente, que tiene que ver, en el capitalismo, con la fase en que encuentre la acumulación mundial de capital, y con la posición de fortaleza o debilidad relativa que ocupe cada país en la batalla competitiva global. Si el capitalismo de los siglos XIX y XX ha pasado por etapas expansivas y contractivas, con sus correspondientes aumentos y retrocesos en el grado de apertura comercial mundial, es algo que tiene que ver con el funcionamiento termostático y espasmódico de un sistema que se ha quedado desfasado, a pesar de las alabanzas que le siguen dedicando tanto los liberales ardientes como los templados.

2. La plena libertad comercial capitalista no es la solución ni siquiera cuando, como le gustaría a Myro, “va acompañada de una firme política cambiaria, monetaria y de control del déficit público”. Myro se limita a sopesar los datos empíricos que se basan en las dos versiones de la teoría convencional: la que el califica de “más convencional” (el modelo Heckscher-Ohlin-Samuelson), y la que presenta como más realista (por tener en cuenta la competencia imperfecta, las economías de escala, la tecnología y el capital humano); pero parece desconocer los trabajos empíricos basados en la teoría de la ventaja absoluta (Shaikh, Guerrero, Román, Mejorado, Antonopoulos, Acuña y Alonzo, Cabrera, etc.). Según esta teoría, el intercambio de equivalentes (por tanto, igual, no desigual) en el mercado mundial se basta por sí solo para reproducir permanentemente la desigualdad entre países ricos y pobres, y además a una escala cada vez mayor, pues en un contexto capitalista, basado en la iniciativa privada, cada cual es en último término responsable de su propia suerte; y esta institucionalización del egoísmo (que reduce necesariamente la cooperación al inframundo de lo marginal, donde el margen oscila entre el 0.23% y el 0.7% del PIB de ciertos países) es lo que explica los datos reales que Myro parece desconocer.

Porque, en efecto, si usamos los datos ofrecidos por el equipo Maddison en su trabajo para la OCDE (La economía mundial, 1820-1992. Análisis y estadísticas, París, 1995), no es difícil extraer de sus más de 200 páginas de apéndices los datos para comparar la suerte de los países de la OCDE con el resto del mundo a lo largo de estos casi dos siglos de desarrollo capitalista. Así, para los 24 países que formaban parte de esta organización hace 15 años, se puede ver que su participación en la población mundial ha pasado del 16.7% en 1820 al 15.7% en 1992, mientras que su cuota en el PIB mundial (usando “dólares Geary-Khamis” de 1990, para hacer posible la comparación intertemporal e interespacial) subió del 28% al 53.6%. Teniendo en cuenta los correspondientes datos de los demás países (que junto a los de la OCDE suman 199 en el trabajo de Maddison), es inmediato concluir que la desigualdad --entre los países que sí pertenecen a la OCDE y los que no-- se ha multiplicado por más de tres veces (pasando de 1.9 a 6.2, en términos de renta per cápita, y en una evolución casi lineal), dando así la razón a tantos historiadores económicos (Bairoch, Landes, Hobsbawm...) que vienen defendiendo lo mismo desde hace tiempo.

3. Escribe Myro que “la lucha contra la desigualdad y la pobreza ha de ser indisociable del proceso de globalización”. En mi opinión, la globalización no necesita que se la apoye ni que se la intente frenar. Es simplemente una dimensión del progreso. Hoy en día, cuando los postmodernos nos han hecho creer que el progreso es sólo una ideología anticuada que heredamos de la ilustración y que pervivió excesivamente en el tiempo por culpa de los seguidores políticos del último ilustrado (Karl Marx), lo anterior sonará herético, pero no por ello es menos cierto. Por mucho que les duela a los postmodernos, el progreso es un movimiento objetivo que uno encuentra, entre otros sitios, en las sociedades humanas. Y eso significa que no todas las evoluciones lógicamente pensables son objetivamente posibles. En particular, es imposible la utopía liberal que se relame de gusto pensando que el capitalismo es eterno. Los movimientos antiglobalización --esa mezcla de jerarquía vaticana, exmarxistas y anarquistas, amenizada con música compartida made in USA-- tendrán que evolucionar hacia una mayor definición (procapitalista o anticapitalista) precisamente porque el progreso es un hecho, y son los hechos los que se encargan de entorpecer a largo plazo la nada pacífica marcha capitalista, y de hacer cada vez más evidente la miseria de este sistema, construido sobre algo que es un puro fallo: el mercado.

Si el mercado no tiene los detractores que se merece es porque existe una confusión generalizada entre mercado y descentralización. En el postcapitalismo habrá descentralización (y la planificación central sólo tendrá una parte) pero no habrá mercado. Pues el mercado presupone el dinero; éste, el Estado (que lo inventó para recaudar fondos); y éste, la sociedad de clases y, por tanto, la desigualdad. Igualdad y mercado son como el agua y el aceite, imposibles de mezclar. Sin embargo, nada impedirá en el futuro dar a cada uno un derecho igual de voto en el terreno económico (dentro y fuera de la empresa, que ya no será capitalista, pero será) y llenar de contenido la democracia política y abstracta (cuatrianual) con democracia cotidiana y concreta.

En su artículo, Myro termina ironizando contra “quienes en la antiglobalización descargan su rebeldía general contra el mundo” y “quienes con ella han recuperado antiguas militancias juveniles y, con ello, nuevas ilusiones”. Yo estoy de acuerdo con eso. Pero añado que a los globalizadores liberales como Myro les tiene que doler también que otros les recordemos que han sustituido “antiguas militancias” juveniles por “nuevas ilusiones” mercantiles. Es público que R. Myro era “responsable de la agrupación de economistas del PCE, partido que abandonó en 1978” (Vega y Erroteta: Los herejes del PCE, Planeta, 1982, p. 102), y a mucha honra. Pero que no piense que su evolución es tan rara ni tan personal ni voluntaria. En el fondo, es la acumulación de capital la que explica las claves, no sólo de su evolución ideológica, sino de la de los Tamames, Segura... y tantos economistas que han pasado desde los dogmas anti-mercado de su época de militancia marxista en partidos socialistas, comunistas y de extrema izquierda, a sus nuevos dogmas pro-mercado.

El diario El País, que tiene tanto que ver con esta evolución ideológica que estudiarán minuciosamente los sociólogos del futuro, daría muestras de clarividencia publicando artículos como éste. Pues así demostraría que es capaz de anticiparse al nuevo cambio de ciclo que se avecina.