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El pensamiento único encierra un
núcleo duro que consiste en la idea de que capitalismo y democracia son
sinónimos, o casi. Tanto en su vertiente liberal pura como en la forma liberal
socialdemócrata, los partidarios de mantener el anacrónico sistema de mercado
argumentan que la economía de mercado es la mejor forma de economía posible o,
al menos, la menos mala. Y esto lo hacen, ya sea insistiendo en la superfluidad
de cualquier intervención estatal considerada no estrictamente necesaria --como
defienden los teóricos fundamentalistas del Estado mínimo--, o poniendo énfasis, por
el contrario, en la necesidad de completar (lo cual puede tener el
sentido de: controlar, limitar, complementar, someter, domar, etc., según los
casos) la labor de los mercados con una fuerte[36]
intervención pública y social del Estado --como afirman los
teóricos, no menos fundamentalistas, del Estado del Bienestar-- que sea capaz de
poner bajo el control de la sociedad los movimientos del mercado (necesarios,
pero a menudo peligrosos, según esta interpretación).
Por su parte, la globalización
es un fenómeno muy distinto según se interprete como un proceso real que tiene lugar en la economía
mundial, o como un momento puramente ideológico (es decir, retórico) del actual
pensamiento económico de moda. Como fenómeno económico real, es una tendencia
que se impone progresivamente, y que, por tanto, existe desde que el capitalismo
impera en la economía mundial, por lo que es al menos tan viejo como el propio
capitalismo industrial (o tanto como el capitalismo mercantil, incluso). Como
expresión ideológica, es un recurso retórico de aparición relativamente
reciente, asociado con una serie de fenómenos concomitantes (en una lista que
puede hacerse más o menos larga, según los múltiples autores que tocan el tema)
pero que, a mi juicio, tiene principalmente que ver con el cambio en el tipo de
batalla ideológica que el discurso capitalista --¿hace falta recordar que la
ideología dominante es la ideología de la clase dominante?-- se ha visto forzado
a emplear desde la caída del muro de Berlín.
Ese episodio, casi
universalmente identificado con el fin del socialismo, fue el símbolo de la
caída de los regímenes políticos imperantes hasta entonces en los llamados
países del socialismo real. El que
los dirigentes de esos países insistieran y proclamaran a los cuatro vientos que
estaban desarrollando e implantando el socialismo de Marx facilitó mucho la
tarea a la clase dirigente occidental para, en su labor de denuncia de los males
y problemas de las economías del Este --finalmente demostrados científicamente
(fácticamente) con el hundimiento del sistema--, utilizar dichas críticas como
crítica del socialismo en cuanto tal, que es un movimiento real y objetivo que
no puede separarse del desarrollo capitalista mismo, pues consiste básicamente
en el proceso de socialización del trabajo (que pone poco a poco fin a la fase
de privatización y fragmentación del trabajo en unidades individuales aisladas y
separadas) característico del capitalismo.
Conviene también aclarar que lo
que durante tanto tiempo se llamó la guerra fría no era sólo una rivalidad
interimperialista entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, o entre los
respectivos bloques de países pertenecientes al primer mundo o al segundo mundo
(supuestamente capitalistas y socialistas, según sus propias autodefiniciones),
sino también una parte de la batalla ideológica antes mencionada, que tenía y
tiene por objetivo --puesto que sólo los ilusos se creen hoy que la guerra fría
ya se acabó-- extender la ideología dominante por todos los rincones del
planeta. Es natural que si el capital busca por su propia naturaleza penetrar
con sus mercancías y sus recursos financieros hasta la última hectárea del globo
terráqueo (o más allá, si fuera posible), otro tanto puede decirse de la
ideología que su propia expansión conlleva. Por eso, los enemigos ideológicos
del capitalismo eran y son todos cuantos se oponen de alguna forma al
funcionamiento libre y pleno de la sacrosanta economía de mercado en su forma
canónica, es decir, ideológicamente identificada con la llamada ideología occidental y la
correspondiente defensa de los derechos
humanos.
Los países del Este eran (y son)
enemigos ideológicos de Occidente porque, aunque fueran en realidad países
capitalistas, practicaban un capitalismo heterodoxo e idiosincrático,
caracterizado por métodos de acumulación distintos, con una presencia muy
superior del Estado y otros rasgos que no podemos analizar en el espacio de este
artículo[37].
Esto convertía al segundo mundo entonces, lo mismo que a lo que queda de él en
la actualidad (China, Cuba), en enemigos ideológicos de Occidente, pero, más que
por su práctica real --repito, capitalista pura, con variantes--, debido a su
defensa verbal y retórica del socialismo y del marxismo, y a su pretensión de
defender la idea de que la democracia real era la que se practicaba, o se
practica, en sus países, en vez de la democracia burguesa del primer
mundo.
Pero, por esa misma razón, los
países del llamado tercer mundo
también son enemigos ideológicos del primero, porque, desde el punto de
vista de éstos, a pesar de ser una fuente de lucrativos negocios para las
empresas del centro del sistema, y, no sólo eso, sino una parte esencial del
funcionamiento de la economía capitalista mundial en su conjunto, no por ello
desprestigian menos al capitalismo occidental desde el punto de vista
ideológico, en la medida en que ponen en práctica economías de mercado sui generis, caracterizadas como
políticamente corruptas, y donde abundan actitudes y hábitos poco compatibles
con el propio discurso ideológico de la avanzada democracia burguesa de los países capitalistas más
desarrollados.
Ahora bien, la única manera de
oponerse a este pensamiento único, y a su globalización, es oponer a su gran
mentira la gran verdad que la guerra fría antigua y nueva --pues el propio
pensamiento único es sólo el nuevo nombre de esta guerra ideológica-- pretenden
ocultar. Hay que repetir la verdad por mucho que se la tache de anticuada por
parte de tanto moderno como hoy
abunda. Y una parte indudable de la verdad es que resulta totalmente imposible
compatibilizar una auténtica democracia con cualquier tipo de mercado y de
economía de mercado, pues en estos sistemas la democracia es una mera
superestructura burguesa y plutocrática --es decir, basada en el principio “una
peseta, un voto”--, y no una estructura real de relaciones sociales democráticas
en el sentido demográfico –“un
hombre, un voto”--. Además, la democracia occidental prácticamente queda
reducida a un acto electoral realizado cada cuatro o cinco años, y realizado por
una parte (por lo demás, decreciente) de la sociedad; pero lo que más cuenta
para la democracia de verdad son los actos que realiza todo el mundo, y que
realiza todos los días, empezando por el más importante en cualquier jerarquía
antropológica que adoptemos, como es el de ganarse la vida (la subsistencia). Si
al trabajar, al hacerse con los medios de vida, al tomar las decisiones que
ejecuta el mercado, no somos todos iguales, no puede hablarse de nada que se
parezca lo más mínimo a una auténtica democracia. La pseudo-democracia
neocensitaria que padecemos cotidianamente, esta corrupta democracia de los
mercados, nos parecerá muy pronto tan limitada y tan superada por la altura de
los tiempos como nos lo parecen ya hoy la democracia ateniense, la democracia
censitaria decimonónica propiamente dicha, o la democracia de los varones donde
las mujeres no tenían nada que decir.