EL PRECIO DE LA BOLSA

 

A los que estudiamos con los jesuitas, allá en los setenta, para lo que en ICADE creo que siguen llamando “Abogado directivo técnico de empresas”, nos ofrecían una asignatura optativa que enseñaba a especular en Bolsa mediante un método bien conocido en las universidades de Estados Unidos. Cada estudiante se formaba, dadas ciertas reglas y un capital imaginario inicial, su propio paquete de acciones (virtual, eso sí), y la nota de la asignatura dependía de lo “enriquecido” que llegara a estar cada uno a final del curso. Sin embargo, hace unos meses, en una reunión con algunos compañeros de la promoción de 1981, se me olvidó preguntarles a los excelentes tiburones de entonces si sintieron vergüenza, o no, cuando se divulgó la noticia, hace unos años, del aleccionador experimento realizado en la Universidad de Harvard: unos chimpancés, tirando dardos a una diana con los nombres de las empresas de Wall Street pegados al azar, fallaban menos que los mejores analistas de Bolsa a la hora de formar rentables carteras de acciones.

Claro que lo de las carteras rentables parece ya cosa del pasado, y nos enteramos ahora por la prensa de que hasta la sagaz Iglesia española pierde dinero en 2000 y 2001 a través de la SIMCAV que creó en 1999 para todo lo contrario. A pesar de ello, oigo en la radio al director del Instituto de Estudios Económicos (Juan Iranzo), uno de esos centros de estudios (Think tanks lo llaman ellos mismos) liberales que tanto sintonizan con el PP, que lo que debe hacer el pequeño “inversor” --figura que poco a poco está desplazando en los manuales de Economía al antiguo rey: “el consumidor”--, es no vender, sino resistir o incluso comprar. Lo segundo, por lo barato que están las acciones; pero lo primero, que es lo que me interesa destacar aquí, porque “mientras no vendan, no pierden” (¡!), queriendo decir que no materializan la pérdida hasta que se realiza el contrato en el que tangiblemente se manifiesta el descalabro sufrido.

Esto último sencillamente le niega a la Bolsa el carácter de mercado diario y “en tiempo real” del que tanta propaganda se hace cuando se quiere alabar la eficiencia de los mercados. Y lo primero me recuerda lo que me decían, no hace mucho, dos amigos japoneses: que eso mismo era lo que decían los gurús de su país a comienzos de los noventa. Según eso, sus compatriotas inversores en bolsa todavía no habrían perdido, por lo visto, ese 75% que ha perdido la Bolsa de Tokio desde 1989, tras doce años de frustrada espera para que su virtual pérdida se transforme de una vez en una segura ganancia efectiva. ¿Se atreverían Juan Iranzo o cualquier otro experto financiero a recomendar hoy la compra de las baratas acciones japoneses?

Este tipo de afirmaciones son significativas porque, junto con otras que proliferan últimamente, están empezando a generar la creencia de que la Bolsa (mercado de “valores”), o no sirve para “valorar” o “no valora correctamente” (y ello, dicho por gente nada sospechosa de antipatía ante esta institución sagrada para los intereses mercantiles). Pues sucede lo mismo en el extranjero, donde también los protagonistas de la Bolsa se quejan ahora de que a menudo ésta sí valora, pero no valora bien (sobre todo, lo dicen cuando afecta negativamente a sus propios intereses). Así, Manfred Schneider, el presidente de Bayer, dijo en agosto, tras caer un 25% sus acciones por culpa del ‘caso Lipobay’, que “las bolsas sobrevaloran la posibilidad de éxito de las demandas [judiciales]” anunciadas contra la empresa por esta causa. Y Ron Sommer, de Deutsche Telekom, ante una evolución aun más negativa de las acciones de esta empresa, añadía hace poco que “vemos el actual desarrollo de la cotización en escandalosa contradicción con nuestra actuación y la posición estratégica de la empresa”.

Imagínense a un profesor ciclotímico agudo que suspendiera un año al 95% de sus alumnos, y que al año siguiente sólo hiciera lo mismo con el 5%. Si repitiera esta alocada actuación durante diez años consecutivos --suponiendo que lo dejaran--, al final habrá logrado suspender a una media del 50%, exactamente igual que otro imaginario colega, que podría pasar por el más cuerdo y cabal de su universidad. Mutatis mutandis, esto es lo que le pasa a la Bolsa, aunque sea en un marco temporal diferente: “a largo plazo” termina valorando el potencial de ganancias futuras de las empresas como si, en vez de un profesor neurótico, fuera un profesor normal. Pero sus pobres estudiantes-inversores sufren su humor corto-placista con mucha más intensidad que si tuvieran que enfrentarse a un comportamiento mucho más “racional”.

¿Cuándo descubriremos un mecanismo de asignación de los recursos para financiar los medios de producción social que sea de verdad compatible con el bienestar colectivo y, por tanto, alternativo a la Bolsa y al resto de su iceberg (dinero, mercancías...)? Es curioso que la ciencia de “lo racional”, la Economía de nuestros amores, nos ofrezca tantos ejemplos de irracionalidad. Y podríamos sumar otro más: el de quien sostenga que en realidad en la Bolsa de Tokio, a pesar de estar en su mínimo en 17 años, no ha pasado (sustancialmente) nada, pues, si ha bajado un 75% desde 1989, lo ha hecho tan sólo porque entre 1984 y 1989 casi se multiplicó por cuatro (véase El País de 11-X-01). Y en efecto, así fue..., y así será: como todo lo que sube tiene que bajar, no cabe duda de que siempre (o casi siempre) se encontrará “a la par” con algún punto anterior.

Dice Albert Hirschman, a quien mi Departamento de la Complutense ha nombrado hace poco Doctor honoris causa (a la espera de que, según algunos, le den el premio Nobel), que la teoría neoclásica del consumidor racional es falsa e irrealista, entre otras cosas porque no encuentra cabida para un fenómeno que todos conocemos bien, como es la “decepción” del consumidor, totalmente incompatible con el supuesto de que cada cual reparte su dinero de forma que cada peseta gastada le proporcione la misma “utilidad marginal” en cualquier cosa que compre. Quizás habría que empezar a hablar también de la “decepción del pequeño inversor en bolsa”, que en algunos países es ya tan manifiesta que están empezando a operar los bufetes de abogados contra los inductores de este nuevo “crimen” económico (señal de que hasta lo irracional es un buen negocio). Los compradores de “Telefónicas” no han necesitado esta vez de un López Vázquez paleocapitalista, tardofranquista y encabinado (me refiero al contexto, no al actor) para que los televidentes se lanzaran masivamente a por las nuevas “matildes”. Incluso en los ultramodernos Estados Unidos y en la Europa del euro ha sucedido otro tanto. Y, según muchos, incluso si no llega a pasar lo mismo que en Japón, “no hay razones para el optimismo”, como ha recordado Joaquín Estefanía recientemente.

Que la Bolsa está en crisis no lo muestra sólo el bajo precio de las acciones –o, más bien, el alto precio que la sociedad está pagando por la existencia de la Bolsa, cosa que sólo pensamos unos pocos--, sino la crisis psico-expresiva de los analistas televisivos de Bolsa, que ya no pueden recurrir a los socorridos “argumentos” de los que antes echaban mano, y que parecían tanto más sólidos cuanto más paradójicos resultaran para el gran público (que si variaciones de los tipos de interés, que si la tasa de desempleo...). Ahora sólo hay que conectar con la BBC o la CNN y observar sus conatos de risa nerviosa cuando tratan de explicar lo inexplicable, y sobre todo cuando no saben cómo mover las manos para intentar taparse la boca. Y no es que lo de la Bolsa no tenga explicación, pero esperarla de quienes han contribuido al desaguisado parece un ejercicio de paciencia que va más allá de lo que los no masoquistas estamos dispuestos a aceptar. Y es que, por mucha “nueva economía”, mucha “revolución tecnológica”, mucha nueva sociedad “red” o de la “información” que se apresten a inventar, las cosas siguen la lógica que les impone la realidad, y no la que se imaginan los ilusos o los propagandistas. Ya sabemos que las aguas siempre vuelven a su cauce; pero hay ríos y ríos... Y, si no, pregúntenle a los valencianos cuando sufran el azote de la penúltima gota fría, si no hay veces en que cambiarían gustosos la lista de ríos de su revoltosa cuenca hidrográfica por la mucho más apacible del Guadiana.

Y es que lo que se interpreta como el “enfriamiento de la economía global” (Estefanía) a lo peor no es sino otra gota fría gigantesca de la economía capitalista de siempre. Y lo mismo que el mundo natural parece calentarse año a año, el mundo de la economía se nos puede quedar helado en poco tiempo. ¿Se acuerdan de lo que decían los medios de comunicación cuando empezaba la crisis de los setenta? Negaban y negaban..., hasta que la evidencia los arrastró a todos torrentera abajo. ¿Y si ahora fuera a suceder lo mismo? A veces, el irracional azar nos premia a los chimpancés y a los economistas heterodoxos y minoritarios con el laurel del acierto, y lo mismo que los simios pueden errar menos que los humanos (estudien o no con los jesuitas), bien pudiera ocurrir que los marxistas pobres entendieran mejor la economía capitalista que los ricos que viven de sus dividendos.

No sé lo que dirán los marxistas, pero a mí me parece evidente que hay un exceso de capital (productivo y financiero) en todo el mundo, y esto es un problema serio y de difícil solución en el marco de la economía capitalista. Por supuesto, la desaparición del capital sobrante –y déjenme que me cite a mí mismo-- no tiene que producirse “necesariamente, a través de una guerra mundial, como ocurrió a partir de 1939, como medio efectivo de terminar con la Gran Depresión a un coste social altísimo; es muy posible destruir capital (es decir, valor) sin que se destruya físicamente dicho capital al mismo tiempo (aunque es probable que se destruya más tarde). Una posibilidad podría aparecer como consecuencia de una deflación masiva de la cotización de la(s) bolsa(s) mundial(es)”.

Pero no pasa nada, colegas consejeros de los inversores en Bolsa. Sigan diciendo a los pequeños inversores que el mundo es suyo, y que ¡viva la Bolsa!, que para eso están.