¿NOS SIRVE LA TEORÍA MARXISTA PARA ENTENDER MEJOR LA CRISIS ECONÓMICA ACTUAL?

 

Hace un año, en marzo de 2001, cuando se reunió en Madrid el grupo de coordinación que preparaba las VIII Jornadas de Economía Crítica de Valladolid (28 de febrero y 1-2 de marzo de 2002), comentábamos algunos de los participantes, en un interludio jocoso de la reunión, el enésimo dato “oficial” que el gobierno estadounidense estaba utilizando para demostrar, a través de los serviciales medios de comunicación de todo el mundo, que no se acercaba ninguna crisis. Algún economista marxista presente en la reunión se creía, como es más habitual de la cuenta, los infundios de los Greenspan y compañía, y llegó a opinar incluso que “los que siempre andamos con la crisis a cuestas” alguna vez tendríamos que acertar, como le tiene que ocurrir a Galbraith con su perenne pronóstico de crisis. A continuación, este mismo amigo preguntó si habría crisis un año después (en marzo de 2002), a lo que alguien contestó que en las JEC de Valladolid (previstas para esa fecha) no se hablaría de otra cosa. Pues bien, las JEC ya han pasado, en ellas se habló, efectivamente, mucho de crisis (y de otras cosas), y, mientras tanto, los economistas oficiales nos anuncian que la crisis ya ha pasado --cosa en verdad de lo más curiosa, porque resulta que ha pasado de largo una supuesta crisis que, según ellos, nunca había llegado (salvo en la forma de crisis de los cimientos de las torres gemelas el 11-S y los pequeños “daños colaterales” resultantes, que poco tienen que ver directamente con la crisis económica)--.

Pues bien, los dos participantes en aquel diálogo de hace un año –“¿Habrá crisis?”, preguntaba uno; “Claro que la habrá –decía el otro--; ya la hay, de hecho”— se unieron meses después para dirigir conjuntamente un curso académico (organizado por la Universidad Complutense de Madrid, la Fundación de Investigaciones Marxistas y la Fundación Sindical de Estudios de CC.OO.), titulado precisamente “La gestión capitalista de la crisis actual”. De este curso, que se está desarrollando en el segundo cuatrimestre del curso 2001-2002, se han llevado a cabo hasta el día de hoy (10 de marzo de 2002) tres de sus sesiones semanales. En la primera (22-II-02) intervino uno de los codirectores del curso (Carlos Berzosa), que habló sobre el tema “La crisis económica actual y sus posibles salidas”. En la tercera (8-III-02) habló el otro codirector (Diego Guerrero), que lo hizo sobre el mismo tema que da título a este artículo. Y, entre medias, contamos con la intervención (aunque ninguno de los codirectores pudo asistir, por encontrarse ambos en las JEC Valladolid) de Omar de León (1-III-02), que habló sobre “La crisis económica en Argentina: antecedentes, actualidad y salida”.

Estos cursos UCM-FIM-FSE tienen una estructura interesante, y no lo es menos el hecho de que el curso sobre la crisis (curso IV) coincida en el tiempo y en el espacio con otro que se desarrolla simultáneamente sobre “Teoría crítica y neomarxismo” (curso III; los cursos I y II se desarrollaron durante el primer trimestre). De forma que la dinámica de hecho consiste en: 1) la intervención del ponente del curso III que toca ese día, 2) un breve descanso, 3) la intervención del ponente correspondiente del curso IV, y 4) finalmente, un debate general en el que el público presente puede participar y entremezclar las cuestiones sugeridas en ambos cursos, lo que provoca un resultado final que es ampliamente gratificante por la interdisciplinariedad y el poco respeto con las fronteras académicas excesivamente rígidas (esto es especialmente grato para los miembros honoríficos de la inexistente ONG “Aduaneros sin fronteras”, entre los que se cuenta servidor).

Pues bien, el 22 de febrero, la intervención de Carlos Berzosa coincidió con la de Margarita Campoy (sobre “Genealogía del discurso”, expresamente referida a la Escuela de Frankfurt), y el 8 de marzo la intervención de Diego Guerrero coincidió con la de Antonio García Santesmases, quien disertó sobre el tema: “¿Existe una teoría del Estado marxista?”. La doble experiencia en el local de CCOO y la presencia en las JEC de Valladolid permiten poner ahora por escrito algunas de las reflexiones que se han hecho oralmente en ambos foros, y esto es precisamente lo que se hace en lo que resta de artículo.

1.      Crisis, Estado y reformismo. A mi juicio, la ponencia de Carlos Berzosa estuvo bien, aunque sin abandonar del todo los “vicios” intelectuales que llevo tanto tiempo criticándole. Uno de ellos es el “antiteoricismo”, vicio que se puede predicar de todos aquellos que le acusan a uno (y a otros que hacen lo mismo que uno) de encerrarse en su casa y refugiarse en los libros y en el internet, aislándose así, supuestamente, del resto del mundo, para escribir discursos teóricos abstractos que, en su opinión, poco tienen que ver con el mundo real. Pareciera que la solución contra este planteamiento erróneo consiste en irse a escribir al aire libre o al menos a un sitio tan concurrido como era, y sigue siendo, el Café Gijón.

Este vicio del antiteoricismo está, como se sabe, muy difundido por todas las escuelas de pensamiento. Sin embargo, el segundo “vicio” del que acuso a mi amigo Berzosa, aun siendo también muy popular, se reduce al ámbito de la literatura marxista. No es otro que el que ya denunciara hace veinte años el gran marxólogo español Felipe Martínez Marzoa, vicio que se comete cuando, sin olvidar que son posibles infinitas lecturas de Marx, uno no recuerda que también hay lecturas de ese autor sencillamente imposibles. Por ejemplo, la lectura que hace Berzosa de Marx --como un “reformista”-- no se puede tragar ni con el más exquisito pan y tumaca.

Porque, claro, aquí se hace preciso matizar el uso de los términos. Tal y como explico en clase, en puridad todos somos “reformistas”, al igual que todos somos “progresistas” y a la vez “conservadores”. Comprobemos empíricamente si esto es así. Yo observo a mi alrededor y no conozco a nadie que no quiera reformar algo, de donde deduzco que Berzosa no es ni más ni menos reformista que yo, que Campoy o que Santesmases; y ello, por la sencilla razón de que, desde Stalin a Hitler pasando por el “bambi”[33] Zapatero, todo el mundo se apunta a la necesidad de las reformas. Más dudoso, en cambio, es que todos seamos progresistas; pero, pensándolo bien, hasta los más reaccionarios deben de tener su propia e idiosincrática noción del progreso (¿o es que alguien duda de que los cangrejos también forman parte de la ley general de la evolución y el progreso de las especies?). Por último, en cuanto a lo del conservadurismo se refiere, todos los revolucionarios que conoce la historia querían hacer una revolución para acabar con un statu quo, pero, al querer mejorar la situación de quienes sufrían ese statu quo, querían al mismo tiempo conservar y ampliar el volumen y variedad de lo bueno que éstos ya tenían conseguido (o conquistado) dentro del sistema pretendidamente objeto de esa revolución.

Sin embargo, no debe olvidar el lector que lo anterior viene a cuento por aquello de las posibles e imposibles lecturas de Marx. Y a este respecto, debo señalar que Marx no era un reformista cualquiera, sino especial; es decir, uno de los que pertenece a esa minoría de reformistas –y ojalá otros pudiéramos pertenecer a ese grupo-- que no retroceden ante la posibilidad o eventualidad de una revolución.

Uno vez aclarado este punto, se comprenderá mejor qué es lo que se suele entender por “reformista” en el lenguaje habitual. Un “reformista”, en este sentido más restringido y corriente, es el reformista que sólo admite las reformas que no conduzcan a la revolución y que, además, habitualmente piensa que los que no son reformistas en este sentido es que están locos o no tienen los pies en la tierra. A esta categoría de reformistas pertenecen mi amigo Carlos Berzosa y también el simpático colega Santesmases. Pero, evidentemente, a esa categoría –repito-- no pertenecía Carlos Marx.

Pero vayamos al tercer “vicio” que denuncié en público el 8 de marzo, y que podríamos bautizar, así a bote pronto, como el vicio del “maticismo”. Quiero decir: el abusivo y repetitivo recurso al sonsonete de que “hay que matizar”, como si los demás no supiéramos lo que es un matiz. Lo que se opone al maticismo es precisamente la práctica de quienes pretendemos colocar los matices en su sitio, en el lugar que les corresponde, que no es otro que el de ir detrás de la caracterización general[34]. Por ejemplo, antes de entrar a matizar las características de la naturaleza de clase del Estado romano en los periodos, digamos, de la República, del Consulado o del Bajo Imperio, es fructífero convenir en que, en todos los casos, dicho Estado representaba bastante más los intereses de clase de los propietarios de esclavos que los de los esclavos mismos. Una vez puesto eso en claro, procede entonces el matiz, y se puede hablar, por ejemplo, de que, como consecuencia del cambio en la composición interna del patriciado, de los plebeyos o de los esclavos, el gobierno no era exactamente igual en el siglo II antes de nuestra era que el siglo II de nuestra era. Vale: si es así, entonces estamos de acuerdo.

Pero, puesto que este ejemplo sale a relucir en honor de Santesmases –que no es economista--, añadamos un segundo ejemplo del campo más propiamente económico. Por ejemplo, traigamos a colación el modelo de economía capitalista pura (de dos clases) que desarrolla Marx en El capital. Los marxistas que han leído a otros marxistas, pero suelen haber leído poco a Marx, olvidan (o nunca aprendieron) que Marx dejó escritas numerosísimas páginas en las que hablaba de una multiplicidad histórica de clases (sin ir más lejos, sus análisis de la Francia de la época de Napoleón III nos pueden servir de prueba). Ahora bien, lo que distingue a un teórico de alguien que no es capaz de moverse con soltura en las tablas de la teoría es que el primero necesita modelos que, como los mapas, representen la realidad, pero que no pretendan representarla a escala 1:1, porque esto, aparte de imposible, es completamente inútil. Por tanto, aunque en la realidad haya más de dos clases, en el modelo puede haber un número menor.

A este respecto, yo vengo enseñando en mis clases de Economía política que el punto decisivo para empezar con la explicación es si debemos usar los modelos neoclásicos “de cero clases” o el modelo de Marx (“de 2 clases”). En los primeros, la conclusión que se saca es que todos somos de la misma clase, puesto que los “agentes económicos” se reducen a las empresas (que maximizan beneficios) y a los individuos (o familias: siguen sin aclararse en este punto, aunque al parecer ambos maximizan algo así como su “utilidad subjetiva neta”). Y como, en cuanto individuos, todos somos iguales en la medida en que quedamos reducidos a meros consumidores (salvo los muertos) y propietarios (de un “vector de factores semidefinido positivo”[35]), la conclusión aparente es que todos somos de la misma clase, lo que equivale por definición a negar la necesidad de establecer clases, o subconjuntos, para caracterizar al conjunto (como muy bien saben los matemáticos).

En cambio, en el modelo de Marx y de cuantos, siguiéndolo a él, insistimos en la necesidad de distinguir entre las clases principales en la sociedad capitalista (sea ésta la del siglo XVIII, XIX, XX ó XXI), los agentes individuales se comportan de manera muy diferente según a qué clase pertenezcan, y además las clases mismas también deben ser consideradas como “agentes económicos”. Veamos por qué, en relación con el ejemplo del dinero. Los asalariados tenemos que vérnoslas continuamente con el dinero, pero nuestra relación con él es del siguiente tipo:

M – D – M

En cambio, los capitalistas se definen básicamente porque se relacionan con el dinero de otra manera:

D - M - D’

Sin entrar aquí a desarrollar este punto, está claro que, mientras nosotros nos vemos obligados a vender nuestra única mercancía (fuerza de trabajo) como medio de hacernos con la llave que nos permite la subsistencia (el salario), ellos fabrican puertas, llaves, bienes de subsistencia y medios de producción, como simple medio de aumentar el dinero del que ya disponen. Mientras nosotros tenemos que dejarnos explotar como condición para sobrevivir, ellos viven por encima de lo que les corresponde gracias a que nos explotan y nos dejamos.

Y nos dejamos, entre otras cosas, porque además de los liberales confesos –los famosos “neoliberales”— los economistas y otro personal están demasiado influidos por las ideas de muchos liberales que, puesto que se distinguen de los primeros, habrá que llamar “paleoliberales”. Y no sólo de paleoliberales tipo Keynes y de criptoliberales aparentemente de izquierdas, sino de los liberales más arcaicos que se quedaron en el discurso retórico de la Revolución francesa, una vez que a la burguesía la hubieron aupado las capas populares al lugar adonde quería trepar, que no era otro sino el palco de la carroza del Estado que quería compartir de una vez con sus supuestos enemigos de clase (la antigua nobleza feudal).

Los pocos reformistas que, al parecer, pensamos hoy que veríamos con agrado una revolución –porque las revoluciones no se planifican, sino que se hacen, la gente las hace, y después se teorizan: las teorizan algunos (y normalmente mal); y además no se hacen poniéndose unos cuantos “manos a la obra de la revolución”, sino simplemente poniéndose muchos “manos a la obra, pero cada uno en su trabajo de todos los días”, sabiendo todos que lo único que hay que hacer es intentar comportarse hoy como se comportaría uno tras la revolución— vemos lógicamente con mucho desagrado cualquier forma de liberalismo. Porque liberalismo es todo lo contrario que libertad. Es la “retórica” de la libertad, esa cáscara vacía: te venden una libertad que se queda en humo, y encima te piden la vuelta.

Los no liberales –y, por tanto, “antiliberales” en un sentido doxográfico-- lo somos porque queremos y deseamos la libertad de verdad, que no es sino la suma (o el producto o la potencia) de las muchas libertades que ahora no tenemos y que sólo podremos conseguir arrebatándole el monopolio de la libertad a los privilegiados. Tendremos que arrebatársela y tendremos que dictar las medidas oportunas para evitar que vuelvan a recuperarla. Por eso defendemos la dictadura del proletariado, que es la única forma de ejercer la democracia con minúscula, menos rimbombante que la Democracia burguesa, y menos gótica que la que sale de la Imprenta estatal que se encarga de dejar bonitos los ejemplares de la Constitución, pero mucho más llena de contenidos y más pegada a las necesidades de la mayoría.

Por eso no nos creemos los discursos de los “demócratas” de boquilla, ni de los padres de las constituciones (burguesas) ni de tantos santos liberales –liberales políticos, liberales económicos— que compiten por los votos del mercado electoral. En primer lugar, no los creemos porque no han comprendido que los que escribimos cosas como ésta que ahora mismo estoy tecleando somos (y representamos), para disgusto de muchos, los proletarios del siglo XXI. Tampoco lo comprenden quienes se espantan ante la supuesta “falta de realismo” de servidor y otros que tal bailan, que pareciera que nos ha transportado ya allende el mundo real. En realidad, lo que pasa es que el liberalismo los ha transportado a ellos allende los intereses de su clase, como siempre ha ocurrido, desde antes de que se inventara la famosa y certera sentencia de que “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante”. Los que no entienden esto simplemente hacen bueno el dicho y le sirven, sin darse cuenta, de demostración y corroboración. Si no fuera así, la ideología de los dominados sería diferente de la ideología de los dominadores, en cuyo caso ésta no sería la dominante. Pero como sí es la dominante, eso significa que también los dominados comparten la ideología de los dominadores.

La parte más ridícula de esa ideología es la que consiste en la fracción de autoconciencia que lleva a tantos dominados a leerse, a verse y a interpretarse a sí mismos, como algo distinto del proletariado. Los miedos subconscientes --heredados de padres, abuelos y bisabuelos de clase media que ya han desaparecido del mapa, y no han dejado en herencia más que su inclusión en la categoría de la “nueva clase media” (que es más vieja, dicho sea de paso, que la vieja de la canción del gorila, de Brassens)-- les atenazan las neuronas, les comprimen los racimos nerviosos que confluyen en el nervio óptico y les impiden ver en qué consiste la realidad. Pero la realidad es tan real que termina imponiéndose a sus fantasías pequeñoburguesas. El pequeñoburgués no es el que gana dos o tres veces lo que cobra un obrero manual –hay muchos obreros de mono azul que ganan más que muchos empleados de cuello blanco--, sino el que ha leído sólo dos o tres veces más que un obrero, pero sin llegar al número suficiente de lecturas como para comprender que hay que seguir leyendo mucho todavía antes de entender cómo funciona el mundo, y por qué es tan diferente de como lo cuentan los telediarios y los profesores de las Facultades de Economía y de Políticas de todas las universidades del mundo.

Y, como me estoy cabreando, me paro. Pero otro día seguiré, no le quepa duda a nadie.

Nómadas, nº 6, junio-diciembre 2002