De la Bolsa y otras crisis

 

  

Hace ya más de dos años que las Bolsas de todo el mundo están bajando. Jean-Marie Chevalier nos enseñó a los economistas por qué en la Bolsa siempre ganan unos pocos y por qué, a largo plazo, a mayoría de los pequeños “inversores” que depositan sus ahorros en la Bolsa (como una forma más de obtener una rentabilidad por ellos, o de no sufrir la erosión de la inflación), están condenados a ser los paganos de esa pérdida que hace posible que una minoría resulte ganadora a la larga. Pero a esto habría que añadir ciertas precauciones sobre la manera de construir los índice de Bolsa. Por ejemplo, la prensa de hoy (véase El País de 11-5-02, p. 43) recoge que la empresa española Jazztel –que lleva perdido casi un 70% de su valor en las catorce semanas que han transcurrido desde principios de año— va a dejar de cotizar en el Nasdaq a partir de junio. El hecho de que existan órganos que controlan el funcionamiento de las bolsas, y que deciden sobre la autorización (o cancelación) para que determinados títulos comiencen a (o dejen de) cotizar en esos parqués, hace que la evolución de los índices de Bolsa suela estar sobrevalorada, ya que sólo se da entrada en los índices a los títulos que tienen mejores expectativas, y se saca de ellos a los que concentran las principales caídas en el conjunto de empresas cotizadas.

En este capítulo se recogen dos artículos que tratan directamente de la cotización de la Bolsa, en un intento de explicar el porqué de la racha bajista que se ha apoderado de las bolsas tras unos años de increíble expansión generada por la espiral de una burbuja bolsística que ahora se ha prolongado en forma de otra burbuja (la burbuja crediticia, en especial hipotecaria entre los particulares, y también “de alta tecnología” en cuanto a la ingeniería financiera en el caso de las grandes empresas privadas, sobre todo en Estados Unidos). Pero hay también otros dos artículos que pretenden enmarcar la reflexión sobre la crisis de las Bolsas en un marco más general de análisis de las crisis económicas como un momento normal y natural de la evolución económica capitalista. El hecho de que las economías de mercado estén guiadas por el afán de maximizar el beneficio privado (con independencia, y si es posible a costa, de los beneficios de las demás empresas, y de los ingresos de todos los demás perceptores de rentas) hace que la dinámica del sistema económico se parezca a la de un termostato, que, por definición, lo mismo que se enciende y calienta cada cierto tiempo, tiene que apagarse y dejarse enfriar cada otro tanto. Esto no sólo genera el movimiento cíclico característico de la economía de mercado, sino que explica la compulsión permanente por invertir (y sobreinvertir) que afecta a cada unidad de capital.

Es curioso que Sala diga a este respecto que es imposible para un economistas serio hacer profecías (sobre todo, en el campo de la evolución bursátil, donde él aprendió de su maestro Solow que eso no debe hacerse si no quiere uno equivocarse). Sin embargo, él, como todos los liberales, no tiene empacho alguno en proclamar que el capitalismo de mercado funciona tan bien, a la postre, que no queda más remedio que augurar que el capitalismo será eterno.