Diego Guerrero
Economía no liberal
para liberales y no liberales
SEGUNDA PARTE
CRÓNICAS DE ECONOMÍA NO LIBERAL
1. De la Bolsa y otras crisis
2. Globalización y subdesarrollo
3. Maldita competitividad
4. El desempleo y la distribución de la renta
5. Gobierno y mercado se dan la mano
6. La tercera vía y la cuarta
7. Imperialismo, nacionalismo, comunismo
8. El pensamiento no liberal (continuación...)
SEGUNDA PARTE
CRÓNICAS DE ECONOMÍA NO LIBERAL
La segunda parte del libro recoge una veintena de artículos publicados en distintos medios de comunicación, así como otros que se escribieron con ese propósito pero no llegaron a publicarse. No siendo un colaborador en nómina de ninguno de ellos, quizás el lector me perdone que haya incluido algunas muestras de esta segunda clase de trabajos (los no publicados). Ya sé que es más fácil publicar en la prensa liberal artículos de contenido liberal que de contenido no liberal –como son los míos--, pero eso no me lleva a pensar que se ejerza una censura sin más sobre lo que escribimos los críticos. Precisamente, en el capítulo 8 de esta segunda parte, donde se recoge buena parte de los no publicados, se ofrecen algunas reflexiones sobre las razones que pudieran estar detrás de su no publicación, entre las cuales la principal --no me cabe duda—es el exceso de ardor guerrero que a menudo pongo en mis escritos, reforzado por el carácter impulsivo que me caracteriza.
Debo pedir al lector que tenga también en cuenta la fecha de elaboración y publicación de estos artículos. En algún caso se ha podido producir alguna modificación entre lo que antes pensaba y lo que ahora pienso, pero en general suscribo todas y cada unas de las palabras que escribí en su momento. Es posible también que el lector encuentre algunas repeticiones, pero debe pensar que los artículos fueron escritos en distintos momentos y de forma completamente independiente.
De la Bolsa y otras crisis
Hace ya más de dos años que las Bolsas de todo el mundo están bajando. Jean-Marie Chevalier nos enseñó a los economistas por qué en la Bolsa siempre ganan unos pocos y por qué, a largo plazo, a mayoría de los pequeños “inversores” que depositan sus ahorros en la Bolsa (como una forma más de obtener una rentabilidad por ellos, o de no sufrir la erosión de la inflación), están condenados a ser los paganos de esa pérdida que hace posible que una minoría resulte ganadora a la larga. Pero a esto habría que añadir ciertas precauciones sobre la manera de construir los índice de Bolsa. Por ejemplo, la prensa de hoy (véase El País de 11-5-02, p. 43) recoge que la empresa española Jazztel –que lleva perdido casi un 70% de su valor en las catorce semanas que han transcurrido desde principios de año— va a dejar de cotizar en el Nasdaq a partir de junio. El hecho de que existan órganos que controlan el funcionamiento de las bolsas, y que deciden sobre la autorización (o cancelación) para que determinados títulos comiencen a (o dejen de) cotizar en esos parqués, hace que la evolución de los índices de Bolsa suela estar sobrevalorada, ya que sólo se da entrada en los índices a los títulos que tienen mejores expectativas, y se saca de ellos a los que concentran las principales caídas en el conjunto de empresas cotizadas.
En este capítulo se recogen dos artículos que tratan directamente de la cotización de la Bolsa, en un intento de explicar el porqué de la racha bajista que se ha apoderado de las bolsas tras unos años de increíble expansión generada por la espiral de una burbuja bolsística que ahora se ha prolongado en forma de otra burbuja (la burbuja crediticia, en especial hipotecaria entre los particulares, y también “de alta tecnología” en cuanto a la ingeniería financiera en el caso de las grandes empresas privadas, sobre todo en Estados Unidos). Pero hay también otros dos artículos que pretenden enmarcar la reflexión sobre la crisis de las Bolsas en un marco más general de análisis de las crisis económicas como un momento normal y natural de la evolución económica capitalista. El hecho de que las economías de mercado estén guiadas por el afán de maximizar el beneficio privado (con independencia, y si es posible a costa, de los beneficios de las demás empresas, y de los ingresos de todos los demás perceptores de rentas) hace que la dinámica del sistema económico se parezca a la de un termostato, que, por definición, lo mismo que se enciende y calienta cada cierto tiempo, tiene que apagarse y dejarse enfriar cada otro tanto. Esto no sólo genera el movimiento cíclico característico de la economía de mercado, sino que explica la compulsión permanente por invertir (y sobreinvertir) que afecta a cada unidad de capital.
Es curioso que Sala diga a este respecto que es imposible para un economistas serio hacer profecías (sobre todo, en el campo de la evolución bursátil, donde él aprendió de su maestro Solow que eso no debe hacerse si no quiere uno equivocarse). Sin embargo, él, como todos los liberales, no tiene empacho alguno en proclamar que el capitalismo de mercado funciona tan bien, a la postre, que no queda más remedio que augurar que el capitalismo será eterno.
NERÓN, LA ECONOMÍA Y LOS BOMBEROS
En un artículo muy interesante –“¿Tocará el G-8 la lira mientras arde la economía?”--, Lester Thurow compara la actitud de los dirigentes de este grupo de países con Nerón, que mostraba su pasividad ante el incendio de Roma tocando, despreocupado, la lira. Thurow es uno de los economistas más conocidos del famoso MIT, y comparte con su colega Paul Samuelson la autoría de frases que son célebres en todo el mundo. Sin embargo, mientras que Samuelson --a pesar de la mordacidad con que dice, por ejemplo, que “el economista que sabe hace su trabajo; y el que no, se dedica a cuestiones metodológicas”-- no tiene fama de heterodoxo (algo esperable en un premio Nobel), Thurow sí la tiene, no en vano escribió en un libro muy vendido que “la aceptación del modelo convencional de la Economía, el de la oferta y la demanda, equivale a creer que la Tierra es plana o que el Sol gira alrededor de ella”. Quizás por estas salidas de tono los ortodoxos lo acusen de superficial --jugando con las palabras less than thorough, que suenan tan parecido a las de su nombre completo--. Sin embargo, yo, que desafino aun más en el concierto (navideño) de los economistas, prefiero acusarle de otras cosas, como se verá a continuación.
En su clarividente artículo, Thurow diagnostica adecuadamente algunos de los problemas más graves que tiene hoy la economía mundial. En particular, que el principal es la inestabilidad que genera el altísimo e inédito nivel de endeudamiento privado (familias y, en especial, empresas) universal; y, sobre todo, la “mala calidad” del crédito (deuda) generado por el sistema bancario en los tres grandes bloques de países desarrollados. Correctamente, describe la imposibilidad de que Japón salga de su depresión --él habla de “recesión”, pero eso es una cláusula de estilo-- antes de que “las familias y las empresas vayan a la bancarrota”, pues se endeudaron recurriendo a la garantía de unos activos inmobiliarios que ya no valen sino una fracción de su deuda. Pasa luego al caso de EE.UU. y la UE, donde el endeudamiento de las empresas de telecomunicaciones, impulsado por el huracán de la burbuja bolsística de hace unos años, ha sido tan descabellado que ahora, al hundirse las acciones de la nueva economía (y con ella toda la economía), las empresas “que contrajeron grandes deudas para financiar la infraestructura de telecomunicaciones están siendo penalizadas por ello” (y este problema es mayor en la UE, porque la subasta de las licencias telefónicas de tercera generación ha encarecido aun más ese endeudamiento).
Sin embargo, este heterodoxo conservador, que, como Galbraith, pasa sorprendentemente por radical, no parece coherente con su análisis, y después de tanta clarividencia, se deja llevar por la ilusión keynesiana de que basta con que los gobiernos del G-8 se muestren rápidamente “activos” --antes de que sea “demasiado tarde”-- para conjurar el peligro de la “recesión mundial”. Y termina como empieza: con la vana esperanza de que “las sesiones del G-8 produzcan un plan comprensible y realista para que el mundo se aleje del filo de la recesión”. ¿Cómo es posible esta contradicción y esta incoherencia en un economista de la talla de Thurow? Muy sencillo: ningún economista, de la talla que sea, está libre de prejuicios ideológicos. Si Thurow y otros tuvieran más apego por la verdad objetiva, y quisieran descubrirla a cualquier coste (incluso al de la pérdida de bienestar material que normalmente supone), se darían cuenta de que están describiendo casos muy relevantes de ¡absoluta ineficiencia de los mercados! Los famosos precios de mercado --que, según nos cacarean los economistas, son la señal inequívoca y cuasi-perfecta por la que se guían los empresarios para conseguir (inconscientemente desde luego, pero siempre de acuerdo con los mecanismos de la Mano Invisible de Smith) los insuperables resultados de la economía de mercado--, resulta que funcionan tan escandalosamente mal que están produciendo hoy una depresión mundial que ni el G-8 ni Thurow, con su mayor o menor superficialidad respectiva, van a evitar que se haga mucho más profunda de lo que a ellos les gustaría.
Lo que les falta a los economistas es una comprensión cabal de la teoría del valor. Para empezar, olvidan que ya Ricardo advirtió contra el error de considerar la excepción como la regla. Ricardo escribió que en la determinación del valor de mercancías como los vinos raros, las esculturas y cuadros antiguos, etc., la escasez desempeñaba un papel importante. Sin embargo, para la inmensa mayoría de ellas, para las cuales su oferta y reproducción no encuentra apenas más límite que la tecnología industrial de cada momento, el precio viene regulado por el coste de los insumos que la sociedad ha de poner en su reproducción. Más tarde, Marx demostró la solidez de la hipótesis de que la expresión monetaria de esos costes (incluido el beneficio normal) es una manifestación de las cantidades de trabajo social (directo e indirecto) necesarias para su reproducción; y demostró la necesidad y la razón de que tanto los precios reguladores inmediatos (los precios de producción), como los auténticos precios efectivos, se desviaran --por múltiples razones, pero dentro de un margen de libertad nada arbitrario-- de los reguladores últimos que son las cantidades de trabajo.
Esta aparente digresión no lo es, porque la forma en que ha gestado la actual y próxima depresión mundial (véase The Coming Internet Depression, de Michael Mandel, o los informes de prensa sobre tantas empresas del nuevo sector valen hoy 10 y hasta 100 veces menos que hace apenas un año) tiene mucho que ver con las aplicaciones más elementales de la teoría del valor. Los economistas prácticos, que trabajan al servicio de los capitalistas, informan a éstos de que las perspectivas de mercado son muy buenas en tal sector, tal empresa, tal técnica, etc. Para ello sólo se fijan en los precios efectivos (o de mercado), que se mueven mucho más locamente (volatilidad es el eufemismo en estos casos) que sus reguladores a largo plazo. Al olvidar la importancia de una buena teoría del valor, se limitan a aplicar la miope regla del valor actualizado neto --es decir, la que valora cualquier activo convirtiendo a dinero presente los rendimientos netos futuros esperados hoy (que difieren de los que se esperan mañana, pasado, etc.), a partir de esquemas de previsión que son poco más que una burda extrapolación de los resultados del más reciente pasado.
Pero esta regla no vale con la generalidad con que se usa. Sólo sirve para calcular el valor efectivo --que oscila arriba y abajo, sin más límite que el de las psicologías implicadas en la formación de expectativas, que, además, en este sistema, debido a su dependencia de la maximización de beneficios, tienden a ser excesivamente optimistas en las expansiones--, pero nada dice de su regulador a largo plazo (el valor normal, al que tarde o temprano se ajustan los efectivos). Algunos economistas intuyen algo cuando afirman que ciertas inversiones se diseñan demasiado a corto plazo, y no a largo (o hablan claramente de procesos de sobreinversión: véase el artículo de José Luis Feito en El País, 22-7-01); pero en vez de ver este problema como uno auténticamente estructural y universal, lo aplican a tipos extraños de capitalistas que ellos mismos dibujan como la excepción a la regla (por ejemplo, indican que es típico de los capitalistas de los países subdesarrollados, o cosas por el estilo). Los ejemplos que da Thurow en su, a pesar de todo, excelente artículo demuestran que eso es un error. Si el comprador japonés típico de una vivienda hipotecada, o la empresa típica que busca rentabilizar las nuevas tecnologías en EE. UU. y Europa (las de telefonía e internet) se equivocan --¡hasta ese punto!-- es porque se rigen sólo por los precios de mercado, sin comprender por qué esos indicadores de lo que en último término acontece en el proceso de acumulación de capital tienen que engañar objetivamente a todo el que no sabe o no puede comparar los precios efectivos con sus reguladores últimos. Los ciclos económicos, los mismos que el Wall Street Journal de 31-12-99 declaraba anacrónicos (por enésima vez en la historia), se producen porque las crisis capitalistas son necesarias, es decir, necesariamente recurrentes. Y es una pena que los economistas no sepan ver la conexión entre este movimiento cíclico y las desviaciones entre precios efectivos y sus reguladores.
La misma debilidad teórica que lleva a los economistas a olvidar la teoría del valor, como si una disciplina pudiera prescindir de sus problemas básicos con sólo meter la cabeza de avestruz de sus practicantes en el agujero de la inconsciencia, los hace erróneamente pensar que unos gobiernos suficientemente listos y decididos podrían eliminar las leyes del sistema económico. No ven que los termostatos se apagan con la misma periodicidad con que se encienden. Y cuando se apaga el termostato capitalista, se funden los plomos del sistema y salta la chispa que hace arder la economía (cuyo resplandor asusta a Thurow).
Sustituid a Nerón por Trajano, si queréis, pero Roma seguirá ardiendo. Sobra tanto combustible en sus calles que los bomberos son impotentes...
El País, 27-7-2001
(reproducido en La Insignia del mismo día, http://lainsignia.org/).
CRISIS, RECESIONES Y DEPRESIONES
Hace 20 años, el Nobel de Economía Paul Samuelson escribía en su manual que “en la época poskeynesiana toda economía mixta tiene suficientes conocimientos y capacidad para utilizar las políticas monetaria y fiscal con el fin de crear, mediante gastos pacíficos útiles, suficiente poder adquisitivo global. La creación de dinero y la flexibilidad fiscal han conseguido desterrar en todo el mundo el miedo a la depresión crónica” (p. 897). Veinte años más tarde, su discípulo Olivier Blanchard, jefe del departamento de economía del celebérrimo MIT (Massachusetts Institute of Technology) donde también Samuelson trabajara tantos años, se toma la molestia de escribir un artículo de prensa (recogido por El País de 16-3-2001) para desmentir parcialmente a su maestro y recordarnos que sigue habiendo tres tipos de recesiones o depresiones en la economía capitalista.
El primer tipo se produce de forma impredecible (por ejemplo, las crisis del petróleo de los 70); el segundo se da “al azar” y es “fácil de reparar, si no de evitar” (por ejemplo, la recesión en EEUU a principios de los 90). Sin embargo, Blanchard se muestra tan preocupado por las de tercer tipo (asociadas a “desequilibrios”, “deuda” y “especulación”, como la japonesa “hace 10 años”, según escribe) que asegura que su posibilidad “literalmente me hace temblar” porque si la productividad no crece suficientemente en los próximos 30 años, la situación puede ser “simple y aterradora”.
A uno le reconforta ver cómo la economía convencional termina, una vez más, dándole la razón a la economía heterodoxa, aunque, como siempre, con mucho retraso (dos años, esta vez). En mayo de 1999, en el Seminario Internacional Complutense sobre “Nuevas direcciones en el pensamiento económico crítico”, Fred Moseley presentó un trabajo suyo en el que escribía lo siguiente: “En los dos últimos años, la economía de los EEUU ha sido llamada la economía de “Ricitos de oro”[31] porque ha estado marchando perfectamente bien (...) ¿por cuánto tiempo podrán continuar estas tendencias económicas divergentes, prosperidad en los EEUU y depresión en el resto del mundo? (...) Casi todos los economistas ortodoxos parecen pensar que la economía de los EEUU es tan fuerte que sólo sufrirá levemente la creciente crisis económica global, y que en concreto no sufrirá una recesión. Yo no estoy de acuerdo con esta opinión dominante. Creo que es muy probable que la economía de EEUU sufra de forma más importante los efectos de esa extensión de la crisis global, y que caerá en recesión en un año como mucho. En otras palabras, pienso que “Ricitos de oro” está a punto de encontrarse con el oso grande y feo. Una recesión así en la economía de EEUU tendría a su vez efectos devastadores sobre el resto del mundo, especialmente sobre los países asiáticos, para los cuales el aumento de sus exportaciones al creciente mercado de EEUU es prácticamente la única esperanza de recuperación”.
La argumentación del muy pensado trabajo de Moseley se basaba en una sólida coherencia lógica que lo llevaba a concluir la necesidad de una grave crisis (y no sólo en los EEUU): “Mi conclusión es que es muy probable que la economía americana caiga en una recesión a lo largo del próximo año (...) Si ocurre (...) entonces creo que hay peligro de que se trate de una bastante mala. La razón principal de ese peligro es que, en caso de recesión, el consumo probablemente descenderá rápidamente. Como se vio antes, los hogares han estirado su capacidad de gasto hasta el límite, o incluso más allá, y este desenfreno consumista ha sido impulsado fundamentalmente por un boom de la bolsa. Sin embargo, una recesión pondría muy probablemente fin a ese boom, y causaría un descenso significativo de la bolsa (...) un descenso así en la bolsa llevaría con casi toda seguridad a una grave reducción del gasto de consumo. Los hogares tendrían no sólo que financiar su ahorro a partir de sus ingresos corrientes, sino que tendrían, además, que reponer los ahorros perdidos en el mercado de valores mediante una ahorro superior de su renta. La tasa de ahorro de los hogares podría subir repentinamente en los EEUU del 0%[32] al 5% o más, lo que reduciría aun más el consumo y empujaría a la economía hasta el fondo de una recesión. Por otra parte, los hogares americanos están muy endeudados (su deuda es ahora aproximadamente el 100% de la renta después de impuestos, un récord nunca alcanzado). Una recesión significaría pérdida de empleos y renta para muchos hogares muy endeudados, que habrían de reajustar su gasto radicalmente para evitar la quiebra personal”.
Como se trataba de un autor marxista presente en un congreso de economistas poco convencionales, la prensa española no informó lo más mínimo de lo que en aquella reunión madrileña se debatió, pero Moseley bien que lo anticipó. Y esto nos obliga a recordar aquí lo que vino a leer este economista, primero en Somosaguas y luego en el Colegio de Economistas de Madrid: “Si tuviera lugar una recesión en los EEUU en el próximo año o dos, entonces esa recesión tendría a su vez un efecto devastador sobre el resto de la economía mundial, en especial para Asia y Latinoamérica. La mayor esperanza de que esos países se recuperen de su actual depresión es el aumento de sus exportaciones al expansivo mercado americano (una esperanza anterior era aumentar sus exportaciones a Japón, pero esa esperanza se evaporó al caer Japón en su propia depresión). Si la economía de EEUU entra en recesión, entonces disminuirá la demanda americana de exportaciones asiáticas, en vez de aumentar. Perdida su principal esperanza de recuperación, estas economías seguirían en una depresión severa durante años. Y si la depresión global continúa, esto seguiría arrastrando a la baja a la economía de los EEUU”.
Las consecuencias de una recesión americana convertida en mundial serían auténticamente peliagudas: “Si la economía americana se deslizara hacia una recesión severa, y la mayor parte del resto del mundo hacia una depresión creciente, entonces este empeoramiento de la crisis del capitalismo global infligiría grandes sufrimientos a la población mundial, especialmente en Asia y en América Latina: pérdida de empleos, menores rentas, mayores hambre y pobreza, mayor ansiedad y desesperación, etc.”. Moseley llegaba hasta el punto de afirmar: “Es posible que, si las condiciones económicas se deterioran, estas luchas de los trabajadores por su supervivencia en un capitalismo en crisis conduzcan a un número creciente de ellos a poner en entredicho el capitalismo en cuanto tal, y su capacidad para hacer frente a sus necesidades económicas básicas. Si el capitalismo exige estos ataques contra nuestro nivel de vida, entonces quizás haya un sistema económico alternativo que no requiera esos ataques y que pueda, por el contrario, atender a nuestras necesidades”.
Siguiendo a Moseley, muchos economistas hemos repetido su mensaje desde entonces, pero obteniendo, claro está, menos repercusión aun que la que él mismo consiguió. Por ejemplo, en las VII Jornadas de Economía Crítica (Albacete, febrero de 2000) yo mismo escribía: “Si la burbuja financiera estalla algún día --y no hace falta recordar los análisis heterodoxos a este respecto (véase, por ejemplo, Moseley, 1999), ya que cada vez son más numerosos los economistas ortodoxos que nos advierten de este peligro, incluidos los que están al mando de importantes instituciones económicas internacionales y nacionales en el centro del imperio--, la reducción repentina de valor mercantil puede ser tan explosiva que los efectos depresivos de semejante estallido terminarán por perjudicar a muy corto plazo a la auténtica riqueza existente. No sólo porque la depresión económica en el sentido convencional puede destruir una cantidad importante del capital (medios de producción) sobrante --no olvidemos que la raíz última del problema que sufre el capitalismo contemporáneo del último cuarto de siglo es que el exceso de acumulación lo ha llevado a un exceso generalizado de capacidad productiva que, tarde o temprano, tendrá que desaparecer--, sino sobre todo porque destruiría puestos de trabajo adicionales en un mundo donde el ejército industrial de reserva ya ha seguido la misma senda secular que los otros ejércitos (alcista, evidentemente), y lo ha hecho de forma aguda en las últimas décadas [la tasa mundial de desempleo es superior en los 90 que en los 80, y ésta superior a la de los 70, etc.)]”.
Por todo ello concluía: “No deberían ser tan optimistas los liberales modernos --ya sean neoliberales, ya socialdemócratas-- pues las ‘nuevas tecnologías’, la nueva ‘era de la información, la informática y las telecomunicaciones’, los nuevos ‘desafíos de la globalización’, la competitividad social y el ‘Estado de bienestar democrático’, y demás sonsonetes retóricos que ha repetido la izquierda durante el último medio siglo, nos pueden estar deparando un sobresalto muy próximo que pondrá, lamentablemente, de moda la misma teoría que ya lo estuvo tiempo atrás y que ahora intenta borrar de las mentes esta guerra fría ideológica (casi tan cruenta como la caliente) que todavía no ha terminado --¡no ha hecho más que empezar!-- y que puede suponer un salto también en el pensamiento real, como consecuencia de un auténtico cambio cualitativo en las condiciones objetivas que determinan la conciencia social. ¡Ay, qué razón tenía aquel clásico que escribió que ‘el hombre se cree libre porque no se apercibe de sus cadenas’!”
Lo que EEUU no pueda probablemente imaginar todavía es que tendrá que pasar por las horcas caudinas de la humillación del imperio que se resiste a reconocer su decadencia en medio de la derrota (económica), al igual que lo hiciera Inglaterra un siglo antes. Y esto probablemente comience a suceder cuando a corto y medio plazo vean los americanos --con todo el resto del mundo como perplejos espectadores-- que eso que han venido diciendo en los últimos diez años sobre Japón, esas falsas explicaciones ad hoc de la crisis japonesa como resultado de prácticas bancarias poco ortodoxas desde el punto de vista canónico, lo van a tener que repetir, ampliado y actualizado, de su propia economía. Y habrá que ver entonces cómo salen de ese ridículo colectivo.
Pero, lamentablemente, no podremos disfrutar del espectáculo porque la mayoría de la población estaremos muy ocupados con la ardua tarea de sobrevivir en medio de la nueva y durísima crisis mundial que nos espera.
Realidad, VI (39), noviembre 2001
¿NOS SIRVE LA TEORÍA MARXISTA PARA ENTENDER MEJOR LA CRISIS ECONÓMICA ACTUAL?
Hace un año, en marzo de 2001, cuando se reunió en Madrid el grupo de coordinación que preparaba las VIII Jornadas de Economía Crítica de Valladolid (28 de febrero y 1-2 de marzo de 2002), comentábamos algunos de los participantes, en un interludio jocoso de la reunión, el enésimo dato “oficial” que el gobierno estadounidense estaba utilizando para demostrar, a través de los serviciales medios de comunicación de todo el mundo, que no se acercaba ninguna crisis. Algún economista marxista presente en la reunión se creía, como es más habitual de la cuenta, los infundios de los Greenspan y compañía, y llegó a opinar incluso que “los que siempre andamos con la crisis a cuestas” alguna vez tendríamos que acertar, como le tiene que ocurrir a Galbraith con su perenne pronóstico de crisis. A continuación, este mismo amigo preguntó si habría crisis un año después (en marzo de 2002), a lo que alguien contestó que en las JEC de Valladolid (previstas para esa fecha) no se hablaría de otra cosa. Pues bien, las JEC ya han pasado, en ellas se habló, efectivamente, mucho de crisis (y de otras cosas), y, mientras tanto, los economistas oficiales nos anuncian que la crisis ya ha pasado --cosa en verdad de lo más curiosa, porque resulta que ha pasado de largo una supuesta crisis que, según ellos, nunca había llegado (salvo en la forma de crisis de los cimientos de las torres gemelas el 11-S y los pequeños “daños colaterales” resultantes, que poco tienen que ver directamente con la crisis económica)--.
Pues bien, los dos participantes en aquel diálogo de hace un año –“¿Habrá crisis?”, preguntaba uno; “Claro que la habrá –decía el otro--; ya la hay, de hecho”— se unieron meses después para dirigir conjuntamente un curso académico (organizado por la Universidad Complutense de Madrid, la Fundación de Investigaciones Marxistas y la Fundación Sindical de Estudios de CC.OO.), titulado precisamente “La gestión capitalista de la crisis actual”. De este curso, que se está desarrollando en el segundo cuatrimestre del curso 2001-2002, se han llevado a cabo hasta el día de hoy (10 de marzo de 2002) tres de sus sesiones semanales. En la primera (22-II-02) intervino uno de los codirectores del curso (Carlos Berzosa), que habló sobre el tema “La crisis económica actual y sus posibles salidas”. En la tercera (8-III-02) habló el otro codirector (Diego Guerrero), que lo hizo sobre el mismo tema que da título a este artículo. Y, entre medias, contamos con la intervención (aunque ninguno de los codirectores pudo asistir, por encontrarse ambos en las JEC Valladolid) de Omar de León (1-III-02), que habló sobre “La crisis económica en Argentina: antecedentes, actualidad y salida”.
Estos cursos UCM-FIM-FSE tienen una estructura interesante, y no lo es menos el hecho de que el curso sobre la crisis (curso IV) coincida en el tiempo y en el espacio con otro que se desarrolla simultáneamente sobre “Teoría crítica y neomarxismo” (curso III; los cursos I y II se desarrollaron durante el primer trimestre). De forma que la dinámica de hecho consiste en: 1) la intervención del ponente del curso III que toca ese día, 2) un breve descanso, 3) la intervención del ponente correspondiente del curso IV, y 4) finalmente, un debate general en el que el público presente puede participar y entremezclar las cuestiones sugeridas en ambos cursos, lo que provoca un resultado final que es ampliamente gratificante por la interdisciplinariedad y el poco respeto con las fronteras académicas excesivamente rígidas (esto es especialmente grato para los miembros honoríficos de la inexistente ONG “Aduaneros sin fronteras”, entre los que se cuenta servidor).
Pues bien, el 22 de febrero, la intervención de Carlos Berzosa coincidió con la de Margarita Campoy (sobre “Genealogía del discurso”, expresamente referida a la Escuela de Frankfurt), y el 8 de marzo la intervención de Diego Guerrero coincidió con la de Antonio García Santesmases, quien disertó sobre el tema: “¿Existe una teoría del Estado marxista?”. La doble experiencia en el local de CCOO y la presencia en las JEC de Valladolid permiten poner ahora por escrito algunas de las reflexiones que se han hecho oralmente en ambos foros, y esto es precisamente lo que se hace en lo que resta de artículo.
1. Crisis, Estado y reformismo. A mi juicio, la ponencia de Carlos Berzosa estuvo bien, aunque sin abandonar del todo los “vicios” intelectuales que llevo tanto tiempo criticándole. Uno de ellos es el “antiteoricismo”, vicio que se puede predicar de todos aquellos que le acusan a uno (y a otros que hacen lo mismo que uno) de encerrarse en su casa y refugiarse en los libros y en el internet, aislándose así, supuestamente, del resto del mundo, para escribir discursos teóricos abstractos que, en su opinión, poco tienen que ver con el mundo real. Pareciera que la solución contra este planteamiento erróneo consiste en irse a escribir al aire libre o al menos a un sitio tan concurrido como era, y sigue siendo, el Café Gijón.
Este vicio del antiteoricismo está, como se sabe, muy difundido por todas las escuelas de pensamiento. Sin embargo, el segundo “vicio” del que acuso a mi amigo Berzosa, aun siendo también muy popular, se reduce al ámbito de la literatura marxista. No es otro que el que ya denunciara hace veinte años el gran marxólogo español Felipe Martínez Marzoa, vicio que se comete cuando, sin olvidar que son posibles infinitas lecturas de Marx, uno no recuerda que también hay lecturas de ese autor sencillamente imposibles. Por ejemplo, la lectura que hace Berzosa de Marx --como un “reformista”-- no se puede tragar ni con el más exquisito pan y tumaca.
Porque, claro, aquí se hace preciso matizar el uso de los términos. Tal y como explico en clase, en puridad todos somos “reformistas”, al igual que todos somos “progresistas” y a la vez “conservadores”. Comprobemos empíricamente si esto es así. Yo observo a mi alrededor y no conozco a nadie que no quiera reformar algo, de donde deduzco que Berzosa no es ni más ni menos reformista que yo, que Campoy o que Santesmases; y ello, por la sencilla razón de que, desde Stalin a Hitler pasando por el “bambi”[33] Zapatero, todo el mundo se apunta a la necesidad de las reformas. Más dudoso, en cambio, es que todos seamos progresistas; pero, pensándolo bien, hasta los más reaccionarios deben de tener su propia e idiosincrática noción del progreso (¿o es que alguien duda de que los cangrejos también forman parte de la ley general de la evolución y el progreso de las especies?). Por último, en cuanto a lo del conservadurismo se refiere, todos los revolucionarios que conoce la historia querían hacer una revolución para acabar con un statu quo, pero, al querer mejorar la situación de quienes sufrían ese statu quo, querían al mismo tiempo conservar y ampliar el volumen y variedad de lo bueno que éstos ya tenían conseguido (o conquistado) dentro del sistema pretendidamente objeto de esa revolución.
Sin embargo, no debe olvidar el lector que lo anterior viene a cuento por aquello de las posibles e imposibles lecturas de Marx. Y a este respecto, debo señalar que Marx no era un reformista cualquiera, sino especial; es decir, uno de los que pertenece a esa minoría de reformistas –y ojalá otros pudiéramos pertenecer a ese grupo-- que no retroceden ante la posibilidad o eventualidad de una revolución.
Uno vez aclarado este punto, se comprenderá mejor qué es lo que se suele entender por “reformista” en el lenguaje habitual. Un “reformista”, en este sentido más restringido y corriente, es el reformista que sólo admite las reformas que no conduzcan a la revolución y que, además, habitualmente piensa que los que no son reformistas en este sentido es que están locos o no tienen los pies en la tierra. A esta categoría de reformistas pertenecen mi amigo Carlos Berzosa y también el simpático colega Santesmases. Pero, evidentemente, a esa categoría –repito-- no pertenecía Carlos Marx.
Pero vayamos al tercer “vicio” que denuncié en público el 8 de marzo, y que podríamos bautizar, así a bote pronto, como el vicio del “maticismo”. Quiero decir: el abusivo y repetitivo recurso al sonsonete de que “hay que matizar”, como si los demás no supiéramos lo que es un matiz. Lo que se opone al maticismo es precisamente la práctica de quienes pretendemos colocar los matices en su sitio, en el lugar que les corresponde, que no es otro que el de ir detrás de la caracterización general[34]. Por ejemplo, antes de entrar a matizar las características de la naturaleza de clase del Estado romano en los periodos, digamos, de la República, del Consulado o del Bajo Imperio, es fructífero convenir en que, en todos los casos, dicho Estado representaba bastante más los intereses de clase de los propietarios de esclavos que los de los esclavos mismos. Una vez puesto eso en claro, procede entonces el matiz, y se puede hablar, por ejemplo, de que, como consecuencia del cambio en la composición interna del patriciado, de los plebeyos o de los esclavos, el gobierno no era exactamente igual en el siglo II antes de nuestra era que el siglo II de nuestra era. Vale: si es así, entonces estamos de acuerdo.
Pero, puesto que este ejemplo sale a relucir en honor de Santesmases –que no es economista--, añadamos un segundo ejemplo del campo más propiamente económico. Por ejemplo, traigamos a colación el modelo de economía capitalista pura (de dos clases) que desarrolla Marx en El capital. Los marxistas que han leído a otros marxistas, pero suelen haber leído poco a Marx, olvidan (o nunca aprendieron) que Marx dejó escritas numerosísimas páginas en las que hablaba de una multiplicidad histórica de clases (sin ir más lejos, sus análisis de la Francia de la época de Napoleón III nos pueden servir de prueba). Ahora bien, lo que distingue a un teórico de alguien que no es capaz de moverse con soltura en las tablas de la teoría es que el primero necesita modelos que, como los mapas, representen la realidad, pero que no pretendan representarla a escala 1:1, porque esto, aparte de imposible, es completamente inútil. Por tanto, aunque en la realidad haya más de dos clases, en el modelo puede haber un número menor.
A este respecto, yo vengo enseñando en mis clases de Economía política que el punto decisivo para empezar con la explicación es si debemos usar los modelos neoclásicos “de cero clases” o el modelo de Marx (“de 2 clases”). En los primeros, la conclusión que se saca es que todos somos de la misma clase, puesto que los “agentes económicos” se reducen a las empresas (que maximizan beneficios) y a los individuos (o familias: siguen sin aclararse en este punto, aunque al parecer ambos maximizan algo así como su “utilidad subjetiva neta”). Y como, en cuanto individuos, todos somos iguales en la medida en que quedamos reducidos a meros consumidores (salvo los muertos) y propietarios (de un “vector de factores semidefinido positivo”[35]), la conclusión aparente es que todos somos de la misma clase, lo que equivale por definición a negar la necesidad de establecer clases, o subconjuntos, para caracterizar al conjunto (como muy bien saben los matemáticos).
En cambio, en el modelo de Marx y de cuantos, siguiéndolo a él, insistimos en la necesidad de distinguir entre las clases principales en la sociedad capitalista (sea ésta la del siglo XVIII, XIX, XX ó XXI), los agentes individuales se comportan de manera muy diferente según a qué clase pertenezcan, y además las clases mismas también deben ser consideradas como “agentes económicos”. Veamos por qué, en relación con el ejemplo del dinero. Los asalariados tenemos que vérnoslas continuamente con el dinero, pero nuestra relación con él es del siguiente tipo:
M – D – M
En cambio, los capitalistas se definen básicamente porque se relacionan con el dinero de otra manera:
D - M - D’
Sin entrar aquí a desarrollar este punto, está claro que, mientras nosotros nos vemos obligados a vender nuestra única mercancía (fuerza de trabajo) como medio de hacernos con la llave que nos permite la subsistencia (el salario), ellos fabrican puertas, llaves, bienes de subsistencia y medios de producción, como simple medio de aumentar el dinero del que ya disponen. Mientras nosotros tenemos que dejarnos explotar como condición para sobrevivir, ellos viven por encima de lo que les corresponde gracias a que nos explotan y nos dejamos.
Y nos dejamos, entre otras cosas, porque además de los liberales confesos –los famosos “neoliberales”— los economistas y otro personal están demasiado influidos por las ideas de muchos liberales que, puesto que se distinguen de los primeros, habrá que llamar “paleoliberales”. Y no sólo de paleoliberales tipo Keynes y de criptoliberales aparentemente de izquierdas, sino de los liberales más arcaicos que se quedaron en el discurso retórico de la Revolución francesa, una vez que a la burguesía la hubieron aupado las capas populares al lugar adonde quería trepar, que no era otro sino el palco de la carroza del Estado que quería compartir de una vez con sus supuestos enemigos de clase (la antigua nobleza feudal).
Los pocos reformistas que, al parecer, pensamos hoy que veríamos con agrado una revolución –porque las revoluciones no se planifican, sino que se hacen, la gente las hace, y después se teorizan: las teorizan algunos (y normalmente mal); y además no se hacen poniéndose unos cuantos “manos a la obra de la revolución”, sino simplemente poniéndose muchos “manos a la obra, pero cada uno en su trabajo de todos los días”, sabiendo todos que lo único que hay que hacer es intentar comportarse hoy como se comportaría uno tras la revolución— vemos lógicamente con mucho desagrado cualquier forma de liberalismo. Porque liberalismo es todo lo contrario que libertad. Es la “retórica” de la libertad, esa cáscara vacía: te venden una libertad que se queda en humo, y encima te piden la vuelta.
Los no liberales –y, por tanto, “antiliberales” en un sentido doxográfico-- lo somos porque queremos y deseamos la libertad de verdad, que no es sino la suma (o el producto o la potencia) de las muchas libertades que ahora no tenemos y que sólo podremos conseguir arrebatándole el monopolio de la libertad a los privilegiados. Tendremos que arrebatársela y tendremos que dictar las medidas oportunas para evitar que vuelvan a recuperarla. Por eso defendemos la dictadura del proletariado, que es la única forma de ejercer la democracia con minúscula, menos rimbombante que la Democracia burguesa, y menos gótica que la que sale de la Imprenta estatal que se encarga de dejar bonitos los ejemplares de la Constitución, pero mucho más llena de contenidos y más pegada a las necesidades de la mayoría.
Por eso no nos creemos los discursos de los “demócratas” de boquilla, ni de los padres de las constituciones (burguesas) ni de tantos santos liberales –liberales políticos, liberales económicos— que compiten por los votos del mercado electoral. En primer lugar, no los creemos porque no han comprendido que los que escribimos cosas como ésta que ahora mismo estoy tecleando somos (y representamos), para disgusto de muchos, los proletarios del siglo XXI. Tampoco lo comprenden quienes se espantan ante la supuesta “falta de realismo” de servidor y otros que tal bailan, que pareciera que nos ha transportado ya allende el mundo real. En realidad, lo que pasa es que el liberalismo los ha transportado a ellos allende los intereses de su clase, como siempre ha ocurrido, desde antes de que se inventara la famosa y certera sentencia de que “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante”. Los que no entienden esto simplemente hacen bueno el dicho y le sirven, sin darse cuenta, de demostración y corroboración. Si no fuera así, la ideología de los dominados sería diferente de la ideología de los dominadores, en cuyo caso ésta no sería la dominante. Pero como sí es la dominante, eso significa que también los dominados comparten la ideología de los dominadores.
La parte más ridícula de esa ideología es la que consiste en la fracción de autoconciencia que lleva a tantos dominados a leerse, a verse y a interpretarse a sí mismos, como algo distinto del proletariado. Los miedos subconscientes --heredados de padres, abuelos y bisabuelos de clase media que ya han desaparecido del mapa, y no han dejado en herencia más que su inclusión en la categoría de la “nueva clase media” (que es más vieja, dicho sea de paso, que la vieja de la canción del gorila, de Brassens)-- les atenazan las neuronas, les comprimen los racimos nerviosos que confluyen en el nervio óptico y les impiden ver en qué consiste la realidad. Pero la realidad es tan real que termina imponiéndose a sus fantasías pequeñoburguesas. El pequeñoburgués no es el que gana dos o tres veces lo que cobra un obrero manual –hay muchos obreros de mono azul que ganan más que muchos empleados de cuello blanco--, sino el que ha leído sólo dos o tres veces más que un obrero, pero sin llegar al número suficiente de lecturas como para comprender que hay que seguir leyendo mucho todavía antes de entender cómo funciona el mundo, y por qué es tan diferente de como lo cuentan los telediarios y los profesores de las Facultades de Economía y de Políticas de todas las universidades del mundo.
Y, como me estoy cabreando, me paro. Pero otro día seguiré, no le quepa duda a nadie.
Nómadas, nº 6, junio-diciembre 2002
EL PRECIO DE LA BOLSA
A los que estudiamos con los jesuitas, allá en los setenta, para lo que en ICADE creo que siguen llamando “Abogado directivo técnico de empresas”, nos ofrecían una asignatura optativa que enseñaba a especular en Bolsa mediante un método bien conocido en las universidades de Estados Unidos. Cada estudiante se formaba, dadas ciertas reglas y un capital imaginario inicial, su propio paquete de acciones (virtual, eso sí), y la nota de la asignatura dependía de lo “enriquecido” que llegara a estar cada uno a final del curso. Sin embargo, hace unos meses, en una reunión con algunos compañeros de la promoción de 1981, se me olvidó preguntarles a los excelentes tiburones de entonces si sintieron vergüenza, o no, cuando se divulgó la noticia, hace unos años, del aleccionador experimento realizado en la Universidad de Harvard: unos chimpancés, tirando dardos a una diana con los nombres de las empresas de Wall Street pegados al azar, fallaban menos que los mejores analistas de Bolsa a la hora de formar rentables carteras de acciones.
Claro que lo de las carteras rentables parece ya cosa del pasado, y nos enteramos ahora por la prensa de que hasta la sagaz Iglesia española pierde dinero en 2000 y 2001 a través de la SIMCAV que creó en 1999 para todo lo contrario. A pesar de ello, oigo en la radio al director del Instituto de Estudios Económicos (Juan Iranzo), uno de esos centros de estudios (Think tanks lo llaman ellos mismos) liberales que tanto sintonizan con el PP, que lo que debe hacer el pequeño “inversor” --figura que poco a poco está desplazando en los manuales de Economía al antiguo rey: “el consumidor”--, es no vender, sino resistir o incluso comprar. Lo segundo, por lo barato que están las acciones; pero lo primero, que es lo que me interesa destacar aquí, porque “mientras no vendan, no pierden” (¡!), queriendo decir que no materializan la pérdida hasta que se realiza el contrato en el que tangiblemente se manifiesta el descalabro sufrido.
Esto último sencillamente le niega a la Bolsa el carácter de mercado diario y “en tiempo real” del que tanta propaganda se hace cuando se quiere alabar la eficiencia de los mercados. Y lo primero me recuerda lo que me decían, no hace mucho, dos amigos japoneses: que eso mismo era lo que decían los gurús de su país a comienzos de los noventa. Según eso, sus compatriotas inversores en bolsa todavía no habrían perdido, por lo visto, ese 75% que sí ha perdido la Bolsa de Tokio desde 1989, tras doce años de frustrada espera para que su virtual pérdida se transforme de una vez en una segura ganancia efectiva. ¿Se atreverían Juan Iranzo o cualquier otro experto financiero a recomendar hoy la compra de las baratas acciones japoneses?
Este tipo de afirmaciones son significativas porque, junto con otras que proliferan últimamente, están empezando a generar la creencia de que la Bolsa (mercado de “valores”), o no sirve para “valorar” o “no valora correctamente” (y ello, dicho por gente nada sospechosa de antipatía ante esta institución sagrada para los intereses mercantiles). Pues sucede lo mismo en el extranjero, donde también los protagonistas de la Bolsa se quejan ahora de que a menudo ésta sí valora, pero no valora bien (sobre todo, lo dicen cuando afecta negativamente a sus propios intereses). Así, Manfred Schneider, el presidente de Bayer, dijo en agosto, tras caer un 25% sus acciones por culpa del ‘caso Lipobay’, que “las bolsas sobrevaloran la posibilidad de éxito de las demandas [judiciales]” anunciadas contra la empresa por esta causa. Y Ron Sommer, de Deutsche Telekom, ante una evolución aun más negativa de las acciones de esta empresa, añadía hace poco que “vemos el actual desarrollo de la cotización en escandalosa contradicción con nuestra actuación y la posición estratégica de la empresa”.
Imagínense a un profesor ciclotímico agudo que suspendiera un año al 95% de sus alumnos, y que al año siguiente sólo hiciera lo mismo con el 5%. Si repitiera esta alocada actuación durante diez años consecutivos --suponiendo que lo dejaran--, al final habrá logrado suspender a una media del 50%, exactamente igual que otro imaginario colega, que podría pasar por el más cuerdo y cabal de su universidad. Mutatis mutandis, esto es lo que le pasa a la Bolsa, aunque sea en un marco temporal diferente: “a largo plazo” termina valorando el potencial de ganancias futuras de las empresas como si, en vez de un profesor neurótico, fuera un profesor normal. Pero sus pobres estudiantes-inversores sufren su humor corto-placista con mucha más intensidad que si tuvieran que enfrentarse a un comportamiento mucho más “racional”.
¿Cuándo descubriremos un mecanismo de asignación de los recursos para financiar los medios de producción social que sea de verdad compatible con el bienestar colectivo y, por tanto, alternativo a la Bolsa y al resto de su iceberg (dinero, mercancías...)? Es curioso que la ciencia de “lo racional”, la Economía de nuestros amores, nos ofrezca tantos ejemplos de irracionalidad. Y podríamos sumar otro más: el de quien sostenga que en realidad en la Bolsa de Tokio, a pesar de estar en su mínimo en 17 años, no ha pasado (sustancialmente) nada, pues, si ha bajado un 75% desde 1989, lo ha hecho tan sólo porque entre 1984 y 1989 casi se multiplicó por cuatro (véase El País de 11-X-01). Y en efecto, así fue..., y así será: como todo lo que sube tiene que bajar, no cabe duda de que siempre (o casi siempre) se encontrará “a la par” con algún punto anterior.
Dice Albert Hirschman, a quien mi Departamento de la Complutense ha nombrado hace poco Doctor honoris causa (a la espera de que, según algunos, le den el premio Nobel), que la teoría neoclásica del consumidor racional es falsa e irrealista, entre otras cosas porque no encuentra cabida para un fenómeno que todos conocemos bien, como es la “decepción” del consumidor, totalmente incompatible con el supuesto de que cada cual reparte su dinero de forma que cada peseta gastada le proporcione la misma “utilidad marginal” en cualquier cosa que compre. Quizás habría que empezar a hablar también de la “decepción del pequeño inversor en bolsa”, que en algunos países es ya tan manifiesta que están empezando a operar los bufetes de abogados contra los inductores de este nuevo “crimen” económico (señal de que hasta lo irracional es un buen negocio). Los compradores de “Telefónicas” no han necesitado esta vez de un López Vázquez paleocapitalista, tardofranquista y encabinado (me refiero al contexto, no al actor) para que los televidentes se lanzaran masivamente a por las nuevas “matildes”. Incluso en los ultramodernos Estados Unidos y en la Europa del euro ha sucedido otro tanto. Y, según muchos, incluso si no llega a pasar lo mismo que en Japón, “no hay razones para el optimismo”, como ha recordado Joaquín Estefanía recientemente.
Que la Bolsa está en crisis no lo muestra sólo el bajo precio de las acciones –o, más bien, el alto precio que la sociedad está pagando por la existencia de la Bolsa, cosa que sólo pensamos unos pocos--, sino la crisis psico-expresiva de los analistas televisivos de Bolsa, que ya no pueden recurrir a los socorridos “argumentos” de los que antes echaban mano, y que parecían tanto más sólidos cuanto más paradójicos resultaran para el gran público (que si variaciones de los tipos de interés, que si la tasa de desempleo...). Ahora sólo hay que conectar con la BBC o la CNN y observar sus conatos de risa nerviosa cuando tratan de explicar lo inexplicable, y sobre todo cuando no saben cómo mover las manos para intentar taparse la boca. Y no es que lo de la Bolsa no tenga explicación, pero esperarla de quienes han contribuido al desaguisado parece un ejercicio de paciencia que va más allá de lo que los no masoquistas estamos dispuestos a aceptar. Y es que, por mucha “nueva economía”, mucha “revolución tecnológica”, mucha nueva sociedad “red” o de la “información” que se apresten a inventar, las cosas siguen la lógica que les impone la realidad, y no la que se imaginan los ilusos o los propagandistas. Ya sabemos que las aguas siempre vuelven a su cauce; pero hay ríos y ríos... Y, si no, pregúntenle a los valencianos cuando sufran el azote de la penúltima gota fría, si no hay veces en que cambiarían gustosos la lista de ríos de su revoltosa cuenca hidrográfica por la mucho más apacible del Guadiana.
Y es que lo que se interpreta como el “enfriamiento de la economía global” (Estefanía) a lo peor no es sino otra gota fría gigantesca de la economía capitalista de siempre. Y lo mismo que el mundo natural parece calentarse año a año, el mundo de la economía se nos puede quedar helado en poco tiempo. ¿Se acuerdan de lo que decían los medios de comunicación cuando empezaba la crisis de los setenta? Negaban y negaban..., hasta que la evidencia los arrastró a todos torrentera abajo. ¿Y si ahora fuera a suceder lo mismo? A veces, el irracional azar nos premia a los chimpancés y a los economistas heterodoxos y minoritarios con el laurel del acierto, y lo mismo que los simios pueden errar menos que los humanos (estudien o no con los jesuitas), bien pudiera ocurrir que los marxistas pobres entendieran mejor la economía capitalista que los ricos que viven de sus dividendos.
No sé lo que dirán los marxistas, pero a mí me parece evidente que hay un exceso de capital (productivo y financiero) en todo el mundo, y esto es un problema serio y de difícil solución en el marco de la economía capitalista. Por supuesto, la desaparición del capital sobrante –y déjenme que me cite a mí mismo-- no tiene que producirse “necesariamente, a través de una guerra mundial, como ocurrió a partir de 1939, como medio efectivo de terminar con la Gran Depresión a un coste social altísimo; es muy posible destruir capital (es decir, valor) sin que se destruya físicamente dicho capital al mismo tiempo (aunque es probable que se destruya más tarde). Una posibilidad podría aparecer como consecuencia de una deflación masiva de la cotización de la(s) bolsa(s) mundial(es)”.
Pero no pasa nada, colegas consejeros de los inversores en Bolsa. Sigan diciendo a los pequeños inversores que el mundo es suyo, y que ¡viva la Bolsa!, que para eso están.
Octubre de 2001
Globalización y subdesarrollo
A don Xavier Sala le apasiona el desarrollo económico, según propia confesión; a mí, me apasiona el subdesarrollo. Los economistas liberales no quieren entender que el subdesarrollo es una necesidad en tanto el sistema económico imperante sea la economía de mercado, donde las decisiones son privadas, independientes, y donde el que lleva ventaja tiene un estímulo permanente y creciente para ampliar cada vez más esa ventaja, y no para cooperar en el cierre de esa brecha (a lo que nadie le obliga ni moral, ni política, ni económicamente, ya que el sistema le da toda la “libertad” que exigen los liberales en todos y cada uno de esos planos).
Como la globalización actual es la globalización del capitalismo –en eso Sala y yo estamos de acuerdo--, en este capítulo se parte de un artículo (en realidad la introducción de un artículo más largo) que pretende desmitificar la “retórica” de la globalización, que es, en efecto, lo único que tiene de nuevo la etapa actual de nuestro sistema. Desde la caída del muro de Berlín, la euforia de los liberales más optimistas --que creían que “la historia se había acabado”, y se disponían ya a entronizar a Fukuyama en el Papado de la Iglesia liberal— se desbocó hasta tal punto que el prurito por lo nuevo se llevó al colmo (de ahí, la “globalización del liberalismo”). Todo era nuevo: las tecnologías, la economía, la fase del desarrollo capitalista. Pero lo nuevo se hizo tan rápidamente viejo como viejo es el capitalismo globalizado.
En los otros artículos de este capítulo se pasa revista a dos aspectos olvidados en los debates actuales sobre la globalización: la globalización de la pobreza, no como algo marginal ni como un fenómeno reciente, sino como un aspecto central y permanente del desarrollo-subdesarrollo capitalista –es decir, de su desarrollo “desigual”--; y la globalización postcapitalista, que se impone como la única salida del foso en donde nos está metiendo la globalización capitalista, con todas sus miserias, injusticias e incluso guerras.
Frente a los románticos y sentimentales de la antiglobalización, que sólo quieren poner bridas al mercado, o echar un poquito de arena a los engranajes de las finanzas y de la industria, para que el Estado capitalista nos ponga un parque lleno de verde a cada uno de los ciudadanos del occidente desarrollado, se defiende aquí la lucha contra las causas, y no meramente contra los efectos, de los males que crea el capitalismo (sustancialmente global y cada vez más globalizador desde el principio).
GLOBALIZACIÓN Y PENSAMIENTO ÚNICO
El pensamiento único encierra un núcleo duro que consiste en la idea de que capitalismo y democracia son sinónimos, o casi. Tanto en su vertiente liberal pura como en la forma liberal socialdemócrata, los partidarios de mantener el anacrónico sistema de mercado argumentan que la economía de mercado es la mejor forma de economía posible o, al menos, la menos mala. Y esto lo hacen, ya sea insistiendo en la superfluidad de cualquier intervención estatal considerada no estrictamente necesaria --como defienden los teóricos fundamentalistas del Estado mínimo--, o poniendo énfasis, por el contrario, en la necesidad de completar (lo cual puede tener el sentido de: controlar, limitar, complementar, someter, domar, etc., según los casos) la labor de los mercados con una fuerte[36] intervención pública y social del Estado --como afirman los teóricos, no menos fundamentalistas, del Estado del Bienestar-- que sea capaz de poner bajo el control de la sociedad los movimientos del mercado (necesarios, pero a menudo peligrosos, según esta interpretación).
Por su parte, la globalización es un fenómeno muy distinto según se interprete como un proceso real que tiene lugar en la economía mundial, o como un momento puramente ideológico (es decir, retórico) del actual pensamiento económico de moda. Como fenómeno económico real, es una tendencia que se impone progresivamente, y que, por tanto, existe desde que el capitalismo impera en la economía mundial, por lo que es al menos tan viejo como el propio capitalismo industrial (o tanto como el capitalismo mercantil, incluso). Como expresión ideológica, es un recurso retórico de aparición relativamente reciente, asociado con una serie de fenómenos concomitantes (en una lista que puede hacerse más o menos larga, según los múltiples autores que tocan el tema) pero que, a mi juicio, tiene principalmente que ver con el cambio en el tipo de batalla ideológica que el discurso capitalista --¿hace falta recordar que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante?-- se ha visto forzado a emplear desde la caída del muro de Berlín.
Ese episodio, casi universalmente identificado con el fin del socialismo, fue el símbolo de la caída de los regímenes políticos imperantes hasta entonces en los llamados países del socialismo real. El que los dirigentes de esos países insistieran y proclamaran a los cuatro vientos que estaban desarrollando e implantando el socialismo de Marx facilitó mucho la tarea a la clase dirigente occidental para, en su labor de denuncia de los males y problemas de las economías del Este --finalmente demostrados científicamente (fácticamente) con el hundimiento del sistema--, utilizar dichas críticas como crítica del socialismo en cuanto tal, que es un movimiento real y objetivo que no puede separarse del desarrollo capitalista mismo, pues consiste básicamente en el proceso de socialización del trabajo (que pone poco a poco fin a la fase de privatización y fragmentación del trabajo en unidades individuales aisladas y separadas) característico del capitalismo.
Conviene también aclarar que lo que durante tanto tiempo se llamó la guerra fría no era sólo una rivalidad interimperialista entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, o entre los respectivos bloques de países pertenecientes al primer mundo o al segundo mundo (supuestamente capitalistas y socialistas, según sus propias autodefiniciones), sino también una parte de la batalla ideológica antes mencionada, que tenía y tiene por objetivo --puesto que sólo los ilusos se creen hoy que la guerra fría ya se acabó-- extender la ideología dominante por todos los rincones del planeta. Es natural que si el capital busca por su propia naturaleza penetrar con sus mercancías y sus recursos financieros hasta la última hectárea del globo terráqueo (o más allá, si fuera posible), otro tanto puede decirse de la ideología que su propia expansión conlleva. Por eso, los enemigos ideológicos del capitalismo eran y son todos cuantos se oponen de alguna forma al funcionamiento libre y pleno de la sacrosanta economía de mercado en su forma canónica, es decir, ideológicamente identificada con la llamada ideología occidental y la correspondiente defensa de los derechos humanos.
Los países del Este eran (y son) enemigos ideológicos de Occidente porque, aunque fueran en realidad países capitalistas, practicaban un capitalismo heterodoxo e idiosincrático, caracterizado por métodos de acumulación distintos, con una presencia muy superior del Estado y otros rasgos que no podemos analizar en el espacio de este artículo[37]. Esto convertía al segundo mundo entonces, lo mismo que a lo que queda de él en la actualidad (China, Cuba), en enemigos ideológicos de Occidente, pero, más que por su práctica real --repito, capitalista pura, con variantes--, debido a su defensa verbal y retórica del socialismo y del marxismo, y a su pretensión de defender la idea de que la democracia real era la que se practicaba, o se practica, en sus países, en vez de la democracia burguesa del primer mundo.
Pero, por esa misma razón, los países del llamado tercer mundo también son enemigos ideológicos del primero, porque, desde el punto de vista de éstos, a pesar de ser una fuente de lucrativos negocios para las empresas del centro del sistema, y, no sólo eso, sino una parte esencial del funcionamiento de la economía capitalista mundial en su conjunto, no por ello desprestigian menos al capitalismo occidental desde el punto de vista ideológico, en la medida en que ponen en práctica economías de mercado sui generis, caracterizadas como políticamente corruptas, y donde abundan actitudes y hábitos poco compatibles con el propio discurso ideológico de la avanzada democracia burguesa de los países capitalistas más desarrollados.
Ahora bien, la única manera de oponerse a este pensamiento único, y a su globalización, es oponer a su gran mentira la gran verdad que la guerra fría antigua y nueva --pues el propio pensamiento único es sólo el nuevo nombre de esta guerra ideológica-- pretenden ocultar. Hay que repetir la verdad por mucho que se la tache de anticuada por parte de tanto moderno como hoy abunda. Y una parte indudable de la verdad es que resulta totalmente imposible compatibilizar una auténtica democracia con cualquier tipo de mercado y de economía de mercado, pues en estos sistemas la democracia es una mera superestructura burguesa y plutocrática --es decir, basada en el principio “una peseta, un voto”--, y no una estructura real de relaciones sociales democráticas en el sentido demográfico –“un hombre, un voto”--. Además, la democracia occidental prácticamente queda reducida a un acto electoral realizado cada cuatro o cinco años, y realizado por una parte (por lo demás, decreciente) de la sociedad; pero lo que más cuenta para la democracia de verdad son los actos que realiza todo el mundo, y que realiza todos los días, empezando por el más importante en cualquier jerarquía antropológica que adoptemos, como es el de ganarse la vida (la subsistencia). Si al trabajar, al hacerse con los medios de vida, al tomar las decisiones que ejecuta el mercado, no somos todos iguales, no puede hablarse de nada que se parezca lo más mínimo a una auténtica democracia. La pseudo-democracia neocensitaria que padecemos cotidianamente, esta corrupta democracia de los mercados, nos parecerá muy pronto tan limitada y tan superada por la altura de los tiempos como nos lo parecen ya hoy la democracia ateniense, la democracia censitaria decimonónica propiamente dicha, o la democracia de los varones donde las mujeres no tenían nada que decir.
“Introducción” al capítulo 14
de Arriola y Guerrero (eds.):
La nueva economía política de la globalización.
MÁS SOBRE LOS EFECTOS DE LA GLOBALIZACIÓN
Tiene razón Ángel Martínez González-Tablas en su artículo de 30-XII-2000 sobre los efectos de la globalización (o globalizaciones, como él prefiere decir) cuando le responde a Guillermo de la Dehesa (29-IX y 14-XI) que “es necesario desvelar la lógica de los procesos y el carácter de sus efectos, analizándolos con rigor y denunciándolos cuando haya lugar, aunque al hacerlo se vaya contracorriente”. Tablas cree que va contracorriente, pero yo pienso que De la Dehesa y él siguen el impulso del mismo río que los arrastra a ambos corriente abajo, aunque a cada uno lo lleve por un brazo distinto del amazónico flujo de agua que se volverá a unificar tan pronto termine la frondosa isla que, desde el lugar que ocupan ambos náufragos, no deja ver la otra orilla.
Para argumentar mi tesis, mimetizaré el método seguido por Ángel Tablas, comentando primero los cinco efectos benéficos de la globalización según lo que él considera la posición ortodoxa, y aludiendo luego a los cinco efectos que coloca como “alternativa” a la posición anterior. Finalmente, intentaré extraer alguna síntesis que resuma mi propia posición al respecto.
1. Tablas niega que la globalización conlleve “un aumento de la competencia” porque piensa que más bien trae consigo un aumento de la oligopolización. A mi juicio, reproduce así, inconscientemente, la teoría económica ortodoxa que cree estar criticando. Por eso dice que globalización no es competencia, ya que “los economistas” entendemos por competencia “una asignación óptima de los recursos”. Tablas reproduce la tendencia al pensamiento único que critica, pues no son los economistas los que piensan así, sino sólo una mayoría (él incluido) entre la que, desde luego yo no me cuento, como tampoco ninguno de los que pensamos que es precisamente la competencia el origen de la ineficiencia actual (capitalista) en la asignación mundial de los recursos. Mientras no sustituyamos lo que él, correctamente, caracteriza de “sistema económico capitalista” por un sistema económico distinto, no podremos pretender que varíen los efectos que genera la existencia de unas causas incambiadas.
2. La discusión sobre si los precios bajan o suben con la globalización no se puede resolver hasta que los apóstoles y los herejes de la misma se pongan de acuerdo en delimitar temporalmente el proceso (o procesos), cosa que hasta ahora ninguno ha hecho, que yo sepa.
3. Tablas tiene toda la razón en que la mayoría de los flujos de capital siguen siendo, como siempre han sido, flujos de capital (tanto “productivo” como, cada vez más, financiero) que proceden de, y se dirigen a, los países ricos. Por eso el sistema genera un desarrollo crecientemente desigual, y no sólo ahora sino desde su mismo nacimiento hace dos o tres siglos.
4. Los flujos de emigración (trabajo y medios de producción) que la economía mundial necesita no pueden regularse racionalmente mientras el sistema de empresa privada sea el que decida esos flujos. Porque la competencia lleva a cada unidad decisora a decidir por su cuenta y en contradicción con las decisiones de las demás. Hay que sustituir la competencia por la cooperación, y la cooperación auténtica es una quimera en el marco de este sistema capitalista que nadie se molesta hoy en poner en entredicho (salvo aquellos a quienes se nos calla la boca).
5. La cuestión del crecimiento conduce al mismo problema previo que se citaba en el punto 2. El propio Tablas escribe que “la globalización actual se acelera a partir de los setenta”, lo cual quiere decir que existió un estadio previo de la misma antes de ese proceso de aceleración. Además, según su propia frase, hubo otras globalizaciones antes que la actual. Pónganse de acuerdo los retóricos de la globalización y entonces empezaremos a aclararnos.
Pasemos ahora a los efectos que Tablas contrapone a los cinco anteriores y que le hacen sentirse “a contracorriente”, no sin antes recordar, sólo pro memoria, que no es lo mismo ser (algo) que creerse ser (algo).
6. Si es verdad que la globalización “modifica la correlación de fuerzas a favor del capital y en perjuicio del trabajo”, ¿nos quiere dar a entender que antes de la globalización (¿cuándo?) había algo que modificaba esa correlación en sentido contrario, o más bien que la globalización sigue modificándola en la misma dirección de siempre?
7. La globalización “profundiza el desajuste entre los espacios” (hasta aquí la frase tiene cierto valor poético, no me lo nieguen) público y privado, por lo que el propio autor reconoce su coincidencia con su antagonista (De la Dehesa) al afirmar, junto a éste, que hay que buscar “instituciones que aumenten la solidaridad mundial”. Curiosamente, el cuidado con que Tablas añadía el adjetivo “capitalista” al principio de su artículo ahora desaparece, y no sabemos si está con su criticado en la búsqueda de instituciones “capitalistas” o, por el contrario, “no capitalistas” (¿hará falta recordar que el Estado, sea nacional o de ámbito superior, es una institución capitalista?).
8. El impacto ecológico de la globalización también es global, claro, y se supone que negativo. ¿Pero quién es el anti-ecologista que no tiene preocupaciones ecológicas? Yo las tengo y, sin embargo, me parece que muchos ecologistas no se dan cuenta de que la industria no es unilateralmente mala ni buena, sino un producto humano cuyo comportamiento y resultados deben someterse al mismo análisis de clase que Tablas (crípticamente, eso sí) mantiene en su artículo.
9. Si el auge de las finanzas y de la fragilidad financiera genera un “riesgo sistémico”, lo relevante es saber si uno está del lado de Galbraith (y del sistema capitalista) o del otro lado, según se desprende de las palabras con que este autor se autocalifica: “Yo soy una persona conservadora y por tanto tengo tendencia a buscar antídotos para las tendencias suicidas del sistema económico; pero gracias a la típica inversión del lenguaje esta predisposición suele ganarle a uno la reputación de ser un radical”.
10. Tablas ve indicios de que la globalización “aumenta la marginación de un gran número de espacios sociales”. Por supuesto. Pero a mí, que me preocupo sobre todo del espacio social de los asalariados, me gustaría matizar que si bien es verdad que el capitalismo deja a los asalariados al margen del progreso y la riqueza que crea para los capitalistas (al menos, los asalariados se benefician de eso sólo de modo marginal y dependiente y obligadamente servil), no es menos cierto que los asalariados no somos nada marginales en un sentido clave de la realidad y de la (buena) teoría económica. Y ello es así porque somos el centro, (el puro centro que dirían en México), el centro mismo, el núcleo, el meollo del cogollo de la explotación capitalista. De nosotros nace la renta con la que vivimos nosotros y con la que viven ellos.
Y con esto quiero terminar. Tiene razón Tablas en demandar un análisis realista de los procesos objetivos. Creo que ese análisis conduce a concluir que el sistema capitalista en el que vivimos (se globalice desde antiguo o no) camina sobre dos pies. Uno es la explotación del trabajo por el capital. El otro es la competencia de todos contra todos (no sólo las rivalidades interestatales a las que alude Tablas): también compiten los capitalistas entre sí; también los trabajadores entre ellos, etc.
Mientras sigamos dando vuelta en torno a falsos problemas, seguiremos siendo explotados y compitiendo entre nosotros. Propongo dedicar un poco de nuestro tiempo a pensar en el postcapitalismo (que, por supuesto, será global o no será). Quizás esto ayude a que en el futuro dejemos de ser explotados y competidores.
El País, 3-2-2001
GLOBALIZACIÓN Y POBREZA
En un reciente artículo (El País, 14-7-01), Rafael Myro hace una interesante contribución al debate sobre la globalización. En él, se declara a favor tanto de la globalización como de la lucha decidida contra la pobreza, y argumenta que quienes sólo están por la segunda, y en contra de la primera, lo hacen a partir de una premisa poco sólida desde un punto de vista teórico y empírico: “que la globalización engendra desigualdad y pobreza”. La tesis de Myro tiene la ventaja de estar bien argumentada y ordenada, de forma que: 1) partiendo de una definición de la globalización como “proceso por el cual los mercados se liberalizan y hacen más internacionales, se integran...”; 2) pasa a referirse a una serie de trabajos que descubren más bien una relación positiva entre apertura y liberalización comercial (globalización) y crecimiento económico; 3) para terminar concluyendo que se debe predicar la apertura comercial de todos los países, incluida “la apertura completa de las fronteras de los países desarrollados a los productos de los países menos desarrollados”. A continuación, intentaré ajustar mi argumentación a esos tres mismos pasos.
1. En mi opinión, la globalización es un proceso que hasta ahora ha coexistido con el capitalismo (aunque se inició antes y subsistirá después), y tiene que ver, en efecto, con las dos fuerzas que señala Myro: la tecnológica --la reducción de costes, o aumento de la productividad-- y la política: la opción de cada país por una política de apertura y liberalización. Como él piensa que la segunda puede ser frenada o activada, concluye que la globalización es “algo que hemos elegido” y no es inexorable. Sin embargo, el proceso de integración creciente de las economías (no necesariamente de los mercados, pues éstos desaparecerán y las economías seguirán existiendo) es, a mi juicio, la auténtica tendencia que se incardina en las relaciones sociales que crean los hombres y las sociedades al producir su subsistencia y toda su vida; mientras que la opción por una u otra política comercial es algo mucho más contingente, que tiene que ver, en el capitalismo, con la fase en que encuentre la acumulación mundial de capital, y con la posición de fortaleza o debilidad relativa que ocupe cada país en la batalla competitiva global. Si el capitalismo de los siglos XIX y XX ha pasado por etapas expansivas y contractivas, con sus correspondientes aumentos y retrocesos en el grado de apertura comercial mundial, es algo que tiene que ver con el funcionamiento termostático y espasmódico de un sistema que se ha quedado desfasado, a pesar de las alabanzas que le siguen dedicando tanto los liberales ardientes como los templados.
2. La plena libertad comercial capitalista no es la solución ni siquiera cuando, como le gustaría a Myro, “va acompañada de una firme política cambiaria, monetaria y de control del déficit público”. Myro se limita a sopesar los datos empíricos que se basan en las dos versiones de la teoría convencional: la que el califica de “más convencional” (el modelo Heckscher-Ohlin-Samuelson), y la que presenta como más realista (por tener en cuenta la competencia imperfecta, las economías de escala, la tecnología y el capital humano); pero parece desconocer los trabajos empíricos basados en la teoría de la ventaja absoluta (Shaikh, Guerrero, Román, Mejorado, Antonopoulos, Acuña y Alonzo, Cabrera, etc.). Según esta teoría, el intercambio de equivalentes (por tanto, igual, no desigual) en el mercado mundial se basta por sí solo para reproducir permanentemente la desigualdad entre países ricos y pobres, y además a una escala cada vez mayor, pues en un contexto capitalista, basado en la iniciativa privada, cada cual es en último término responsable de su propia suerte; y esta institucionalización del egoísmo (que reduce necesariamente la cooperación al inframundo de lo marginal, donde el margen oscila entre el 0.23% y el 0.7% del PIB de ciertos países) es lo que explica los datos reales que Myro parece desconocer.
Porque, en efecto, si usamos los datos ofrecidos por el equipo Maddison en su trabajo para la OCDE (La economía mundial, 1820-1992. Análisis y estadísticas, París, 1995), no es difícil extraer de sus más de 200 páginas de apéndices los datos para comparar la suerte de los países de la OCDE con el resto del mundo a lo largo de estos casi dos siglos de desarrollo capitalista. Así, para los 24 países que formaban parte de esta organización hace 15 años, se puede ver que su participación en la población mundial ha pasado del 16.7% en 1820 al 15.7% en 1992, mientras que su cuota en el PIB mundial (usando “dólares Geary-Khamis” de 1990, para hacer posible la comparación intertemporal e interespacial) subió del 28% al 53.6%. Teniendo en cuenta los correspondientes datos de los demás países (que junto a los de la OCDE suman 199 en el trabajo de Maddison), es inmediato concluir que la desigualdad --entre los países que sí pertenecen a la OCDE y los que no-- se ha multiplicado por más de tres veces (pasando de 1.9 a 6.2, en términos de renta per cápita, y en una evolución casi lineal), dando así la razón a tantos historiadores económicos (Bairoch, Landes, Hobsbawm...) que vienen defendiendo lo mismo desde hace tiempo.
3. Escribe Myro que “la lucha contra la desigualdad y la pobreza ha de ser indisociable del proceso de globalización”. En mi opinión, la globalización no necesita que se la apoye ni que se la intente frenar. Es simplemente una dimensión del progreso. Hoy en día, cuando los postmodernos nos han hecho creer que el progreso es sólo una ideología anticuada que heredamos de la ilustración y que pervivió excesivamente en el tiempo por culpa de los seguidores políticos del último ilustrado (Karl Marx), lo anterior sonará herético, pero no por ello es menos cierto. Por mucho que les duela a los postmodernos, el progreso es un movimiento objetivo que uno encuentra, entre otros sitios, en las sociedades humanas. Y eso significa que no todas las evoluciones lógicamente pensables son objetivamente posibles. En particular, es imposible la utopía liberal que se relame de gusto pensando que el capitalismo es eterno. Los movimientos antiglobalización --esa mezcla de jerarquía vaticana, exmarxistas y anarquistas, amenizada con música compartida made in USA-- tendrán que evolucionar hacia una mayor definición (procapitalista o anticapitalista) precisamente porque el progreso es un hecho, y son los hechos los que se encargan de entorpecer a largo plazo la nada pacífica marcha capitalista, y de hacer cada vez más evidente la miseria de este sistema, construido sobre algo que es un puro fallo: el mercado.
Si el mercado no tiene los detractores que se merece es porque existe una confusión generalizada entre mercado y descentralización. En el postcapitalismo habrá descentralización (y la planificación central sólo tendrá una parte) pero no habrá mercado. Pues el mercado presupone el dinero; éste, el Estado (que lo inventó para recaudar fondos); y éste, la sociedad de clases y, por tanto, la desigualdad. Igualdad y mercado son como el agua y el aceite, imposibles de mezclar. Sin embargo, nada impedirá en el futuro dar a cada uno un derecho igual de voto en el terreno económico (dentro y fuera de la empresa, que ya no será capitalista, pero será) y llenar de contenido la democracia política y abstracta (cuatrianual) con democracia cotidiana y concreta.
En su artículo, Myro termina ironizando contra “quienes en la antiglobalización descargan su rebeldía general contra el mundo” y “quienes con ella han recuperado antiguas militancias juveniles y, con ello, nuevas ilusiones”. Yo estoy de acuerdo con eso. Pero añado que a los globalizadores liberales como Myro les tiene que doler también que otros les recordemos que han sustituido “antiguas militancias” juveniles por “nuevas ilusiones” mercantiles. Es público que R. Myro era “responsable de la agrupación de economistas del PCE, partido que abandonó en 1978” (Vega y Erroteta: Los herejes del PCE, Planeta, 1982, p. 102), y a mucha honra. Pero que no piense que su evolución es tan rara ni tan personal ni voluntaria. En el fondo, es la acumulación de capital la que explica las claves, no sólo de su evolución ideológica, sino de la de los Tamames, Segura... y tantos economistas que han pasado desde los dogmas anti-mercado de su época de militancia marxista en partidos socialistas, comunistas y de extrema izquierda, a sus nuevos dogmas pro-mercado.
El diario El País, que tiene tanto que ver con esta evolución ideológica que estudiarán minuciosamente los sociólogos del futuro, daría muestras de clarividencia publicando artículos como éste. Pues así demostraría que es capaz de anticiparse al nuevo cambio de ciclo que se avecina.
Realidad, VI (38), septiembre 2001
Maldita competitividad