Y lo que no saben decir ni Sala ni Estefanía

(es decir, las dos variantes de liberal)

 

 

 

 

 

Puesto que la primera redacción de este libro la terminé el día de mi cumpleaños (12 de mayo), y dio la casualidad de que, al día siguiente, apareció un artículo de Joaquín Estefanía en El País, titulado “El fin de la permisividad”, al que respondí inmediatamente con otro mío, titulado “Con permiso: el capitalismo tiene dos brazos (o por qué, entre otras cosas, suben los Le Pen)” –que es el tema que prometí tratar en el capítulo anterior, a continuación reproduzco el contenido de este artículo, donde simplemente se apunta alguna sugerencia de por dónde van hoy los tiros, que pueden terminar en resultados aun más graves que el asesinato del líder holandés, Pim Fortuyn. El artículo decía así:

<<Estimado Joaquín Estefanía:

En su artículo de 13-5-01 denuncia “el fin de la permisividad” como primera consecuencia de ese “capitalismo abusivo” que no le gusta, y que en su opinión parece estar instalándose cómodamente en nuestro presente. Permítame diferir. Es el capitalismo en sí el que no es permisivo, porque todo capitalismo es abusivo por naturaleza. Y permítame que le diga que incluso los espacios –los medios-- que a usted le permiten denunciar ese capitalismo, supuestamente “manco”, que tan bien describe, no me permiten a mí hacer lo mismo con ese otro capitalismo que, en mi opinión, tiene los dos brazos bien puestos en su sitio.

Hagamos la prueba. Usted se apunta a la tesis de Amartya Sen y de tantos otros: “Puede haber capitalismo sin democracia, pero no al revés”. Yo me apunto a una tesis distinta: “Si hay capitalismo, no puede haber democracia”. Pero no se preocupe, que he aprendido a defender esta idea sin alterarme. Doy ya por descontada una cierta probabilidad de recibir la famosa tarjetita amarilla de El País como respuesta: “Muy señor mío: Lamento comunicarle que, pese al evidente interés de su artículo, el Consejo de Lectura del diario ha desestimado su publicación debido a razones de espacio y oportunidad. Confío poder atenderle mejor en otro momento. Un cordial saludo”. Pero usted sabe que yo no creo en la censura; simplemente sé lo inoportuno que puedo llegar a ser.

Este artículo, aunque adopte la forma de una carta personalizada, no es tal. Simplemente, tomo el suyo como reflejo del estado de opinión que domina entre los críticos suaves del sistema. Y pretendo, una vez más, ganar un espacio en la discusión para los que tenemos una posición crítica menos suave, pero también queremos participar en el debate. De hecho, deberían pensar una cosa en su periódico. Hay mucha gente por ahí que lleva su crítica más allá de la suavidad con que la ejercen algunos, y es precisamente debido a que el sistema no da cabida a estas discrepancias fuertes por lo que están subiendo los fenómenos críticos y anti-sistema que tanto preocupan estos días. En Francia subió la extrema derecha, pero también la extrema izquierda, y quizás esto se deba a que los que pensamos extremadamente no tenemos oportunidad de decir lo que pensamos. Esta democracia tan limitada no nos admite con gusto.

Antes de comentar la tesis central de su artículo, déjeme comentar otros puntos importantes del mismo. Le felicito por sacar a la luz que el “capitalismo de amiguetes” no es propiedad exclusiva de los “países emergentes”, sino que –como prueban los casos Enron, BBVA[29], ABB y otros— se da en las mejores familias, es decir en los países más avanzados. Yo hubiera añadido que cabe esperar que la explicación ad hoc con que pretendieron justificar la crisis financiera del Japón –que no es un país “emergente” sino bien emergido, a pesar de su crisis actual— quizás tengan que comérsela con patatas si se confirman los temores de los más pesimistas analistas financieros norteamericanos, que pronostican graves problemas de este género en la cabeza del imperio.

En segundo lugar, reproduce usted el mito tradicional del “contrato social” entre los “ciudadanos, sus elites y su Estado”. En mi opinión, esto es un mito, pero no porque dicho acuerdo sea un “acuerdo no escrito”. Al contrario, se ha escrito muchísimo sobre el tal pacto, se ha escrito demasiado, pero el problema es que no existe acuerdo real alguno, y los ciudadanos –como los súbditos del Antiguo Régimen, la época en que se empezó a teorizar el imaginario pacto— no han firmado nunca nada, pero sí que se han encontrado con que en sus hogares se les ha instalado, sin preguntar, y a la fuerza, ese matrimonio mal avenido, pero inseparable, que forman el mercado y el Estado. Le aconsejo que lea a Rosanvallon, que explica muy bien cómo la teoría de Adam Smith puede interpretarse como una contrapropuesta que supera y deja añeja la famosa idea del pacto constitutivo de la sociedad civil que fundamenta el Estado “moderno”.

Quienes combaten a los neoliberales y lo hacen desde la posición paleoliberal tienen, en mi opinión, pocas posibilidades de llevarse el gato teórico al agua del convencimiento. Habrá observado la inversión que he utilizado al llamarle “paleoliberal”. Esto de debe a que lo “neoliberal” significaba hace un siglo lo contrario que significa en la actualidad. En 1900, los neoliberales eran los que se oponían al capitalismo manchesteriano y defendían un Estado más interventor. Como usted se sitúa en las posiciones intervencionistas de Keynes y otros, que es lo que critican los neoliberales contemporáneos, y recordando que Keynes era un buen liberal –sólo que intervencionista (como lo han sido la mayoría de los liberales siempre)--, no se me ocurre mejor denominación de la postura que usted representa que la de “paleoliberal”. Es decir, los paleoliberales prefieren el capitalismo con dos brazos, frente al capitalismo manco (brazo derecho muy “cachas”, brazo izquierdo atrofiado) de los neoliberales.

En mi opinión, criticar el capitalismo desde un punto de vista “partidista” es contraproducente. Habla usted de sectas religiosas que penetran en el aparato del Estado; en realidad, quiere decir lo que dice el PSOE: que es malo que el OPUS esté en el gobierno. Habla de que el “progresismo” está mal visto; y se me vienen a la cabeza las críticas del PP a los “progres”. Dice que la enseñanza pública está puesta en la picota, pero lo dice desde un medio que pertenece a un grupo empresarial que participa en la promoción y desarrollo de la universidad privada desde hace mucho tiempo (no sólo en los másters de periodismo, tan tradicionales ya, sino en la plataforma internacional Universia[30], del BSCH). Y no digo “partidista” en el sentido de “afiliado”, sino en el sentido, más amplio, de comunión de valores e ideas.

Finalmente, frente a la idea de la “globalización feliz” criticada por Touraine, usted escribe que “la globalización no va bien”, que el capitalismo “abusivo” está terminando con la permisividad. Y por eso reclama un capitalismo no abusivo, un capitalismo “sin excesos” y más permisivo. Perdóneme que le diga que eso que pide es una ilusión. Ya conocemos muy bien, tanto usted como yo, lo que piensa el otro, pero déjeme recordarle por qué no estoy de acuerdo con que “para corregir esta coyuntura se necesita domesticar la globalización”, es decir, “más globalización, pero más regulada”. No estoy de acuerdo, pero no porque yo sea un antiglobalizador. Yo quiero más globalización, pero una globalización postcapitalista, que sustituya a esta lamentable globalización del capital que tenemos desde que existe capitalismo (pues la globalización es sólo una tendencia intrínseca en el desarrollo de las fuerzas productivas).

Si usted denuncia el fin de la permisividad del capitalismo abusivo, y al mismo tiempo el Comité de Lectura de El País practica la falta de permisividad que nos impide a los no liberales expresarnos, algo falla y cualquiera lo comprenderá. Y lo que falla es la retórica de la libertad (falsa libertad) de todos los liberales, los neo y los paleo. Y le voy a explicar por qué digo que es falsa esa libertad tan cacareada.

No sólo porque la primera libertad que reconoce nuestro sistema económico es la libertad de explotación, que equivale, para la mayoría, a la exigencia de que se deje explotar –es decir, que permita vivir de su propio trabajo a los pocos que no trabajan ni necesitan hacerlo porque el capitalismo les pertenece-- como único medio de sobrevivir, sino por más cosas que enumero a continuación, empezando por la fundamental. Le pregunto a usted para que me responda usted o cualquiera de los representantes del mercado (con o sin Estado).

¿De qué democracia hablan: de la que se basa en el principio “una persona, un voto”, o de la que se asienta en el principio “un euro, un voto”? En los consejos de administración de las sociedades anónimas funciona la segunda. Y eso quiere decir que dentro de las empresas (fábricas, talleres, oficinas, comercios, cortijos) no funciona la democracia de “un hombre, un voto”. Pero tampoco funciona fuera, porque fuera lo que hay es mercado, y en el mercado también rige el mismo principio de “un euro, un voto”. Y no sólo en el mercado de la cesta de la compra. También en el mercado electoral: igual que no podemos echar la culpa de la televisión basura a sus consumidores (porque en estos casos la oferta crea la demanda, y hasta un liberal como Popper analizó esto muy bien), lo mismo ocurre con las elecciones. Sólo se puede elegir –y además sólo cada cuatro años-- a quienes tienen los euros suficientes para convertirse en empresas electorales (llámense partidos o coaliciones). Y lo mismo ocurre en el ámbito internacional: ¿por qué no usan los organismos internacionales, empezando por la ONU, el FMI y el Banco Mundial, el simple mecanismo de ponderación de voto, que se aplica hasta en la universidad española, para que los países tomen las decisiones que afectan a todos de acuerdo con la regla de voto ponderado, pero ponderado según su número de habitantes y no según su peso en oro (es decir, en euros)?

Estimado Joaquín, termino. No olvide que trabaja en una empresa. Su Comité de Lectura no representa a los lectores ni a los trabajadores del periódico, sino al capital social de la empresa, que es quien elige a la dirección ejecutiva, que a su vez elige al Comité de Lectura.

Yo no voy a votar a un Le Pen porque no me publiquen este artículo. Pero mucha gente, menos racionalista quizás, y sin la costumbre de escribir y expresar abiertamente estas ideas, votará --ante la ausencia de opciones que representen las ideas que a los liberales no les gusta oír-- al primero que pase con una oferta antisistema. Esto es lo que debe preocuparles, y no la longitud de los brazos del ambidextro matón capitalista.>>