Profecías económicas

 

 

 

 

 

 

Para preparar sus dos últimos capítulos, que dedica a Asia y a África, respectivamente, Sala se aplica una cura de humildad, que parece que va mejor con la pobreza de estos países más bien humildes. Nos confiesa que él no sabe qué va a pasar en el futuro porque “no hay nadie en el mundo que pueda hacer profecías económicas acertadas, por mucho que los agentes de cambio y bolsa nos intenten hacer creer lo contrario” (p. 131). Tiene toda la razón en esto, desde luego. Sólo que yo apostillaría lo siguiente: ¿por qué está tan seguro entonces, no sólo de que el capitalismo va a ser eterno, sino de que va a significar la igualdad de todos los países en el concierto internacional?

Veamos. Si en el capítulo de la “Tasa Tobin” nuestro autor nos regaló con un sonoro adjetivo, en éste que dedica a Asia se anima ahora Sala con un sustantivo no menos brillante: “gloria”. Cuando describe lo que era la situación de conjunto de los países del sureste asiático en el momento en que estalló en ellos la crisis de 1997 (comenzando por Tailandia), nos recuerda el grado de exaltación mística en que debía de estar viviendo José Luis García Delgado cuando escribió en su manual de España: Economía, al referirse a la situación que vivía España en la época de los gobiernos González-Solchaga, lo mismo que Sala atribuye a los países capitalistas y procapitalistas del sureste asiático: que era “el lapso temporal más brillante de la economía española contemporánea”.

Una vez más, también el problema de la crisis tailandesa tuvo su origen en un error del gobierno, que, en este caso, en vez de garantizar los depósitos bancarios, se decidió por garantizar los créditos de éstos (aparte de otros despilfarros). Ahora bien, la experiencia tailandesa le sirve a Sala para escribir lo siguiente: “Sugerir que se limite la libre circulación de capitales porque pueden salir corriendo del país y causar crisis financieras como la vividas en 1997-98 viene a ser como intentar prohibir la aviación cuando se produce un accidente de avión” (p. 136). Pues bien, a mí se me ocurre replicarle con otra frase similar: “Sugerir que se fomente la libre circulación de capitales porque pueden entrar corriendo en el país y engrasar la actividad financiera viene a ser como deducir que ya no habrá más accidentes de aviación porque ha transcurrido cierto tiempo sin que se haya producido ni un solo accidente de avión”.

Sala parece muy contento con la recuperación habida en el sureste asiático después de las crisis de 1997-98, pero curiosamente –y esto es realmente curioso si se tiene en cuenta que no habla de la situación de Japón en todo el libro— calla sobre la no recuperación de la economía japonesa. Lo que sucede ahora en Japón (en realidad, lleva sucediendo más de una década) puede suceder a corto o medio plazo en la cabeza del imperio. Podría ser que los famosos aviones del 11-S sólo fueran un primer anuncio de una tormenta aun mayor, que significaría el estallido de la nave insignia del capitalismo mundial.

Y, por fin, África. Comienza Sala recordando una vez más que la economía no puede funcionar sin “estabilidad política, sin un gobierno que proteja los derechos de propiedad (...)”, etc. Y, más sorprendente, dice que en este caso “la colaboración internacional será imprescindible” (p. 141). Pero ¿no habíamos quedado en que lo mejor para conseguir el óptimo social era comportarse de la manera más egoísta posible? Entonces, ¿a qué vienen estas “mariconadas” de colaboraciones? ¿No nos había dicho, una y otra vez, que lo que tienen que hacer los gobiernos es imitar a los particulares en su búsqueda exclusiva de los intereses propios con total independencia de los ajenos?

Pues no, aquí nuestro héroe se desdice de nuevo y se muestra ahora partidario de que “los gobiernos de los países ricos deberían encargarse de la investigación y del desarrollo de medicinas y vacunas” para los países de África. Pero ¿qué va a ocurrir entonces con las desvalidas compañías farmacéuticas privadas, si no cuentan ya con la protección de un sistema de patentes bien organizado, que las incentive a seguir trabajando y enriqueciéndose como Dios manda, es decir, como medio de garantizar el bienestar social? No se preocupe el lector: comprobará dentro de poco que no es eso lo que piensa don Xavier que tenga que ocurrir.

Una segunda idea que propone Sala a los gobiernos para mejorar la situación de África es suprimir las barreras proteccionistas y las subvenciones otorgadas por los Estados Unidos y Europa a sus productores agrícolas y ganaderos, que hacen posible que resulte “más barato comprar leche europea que leche local” (p. 142). Pero ¿acaso cree Sala que los precios bajos de Europa y de los países ricos en general se consiguen únicamente a base de subvenciones? ¿Por qué no produce entonces África camiones, ordenadores o impresoras (por poner sólo tres ejemplos) si se trata de productos que no reciben subvenciones públicas en ningún país desarrollado? O también, recordando otro adjetivo que no podía faltar en un libro como el de nuestro autor: ¿Es también la competencia que hacen las compañías que fabrican bienes de equipo y alta tecnología (suizas, estadounidenses, japonesas o suecas...) “competencia desleal” para la correspondiente producción (inexistente) africana?

En tercer lugar, propone Sala que las empresas de los países ricos ayuden también a encontrar la solución. ¿Y cómo? Pues “de cinco formas básicas”. En primer lugar, imitando a los filantrópicos Bill Gates y demás, que “ya han donado centenares de millones de dólares” (sin que al parecer haya servido de mucho, por cierto). En segundo lugar “invirtiendo directamente en la salud de los africanos”. ¿Y por qué habrían de hacerlo, si es mucho más rentable invertir en la salud de los ricos o en la de los chuchos y gatos (y monos y tigres y cocodrilos, etc.) de los ricos? Además: ¿no era la mejor manera de sacar a los pobres de la pobreza comportarse de acuerdo con el principio liberal de la maximización del egoísmo? Pues ahora resulta que no..., pero al mismo tiempo que sí, pues si las empresas multinacionales se deciden a invertir en África será una cuestión “de interés propio”. ¿Y cómo lo sabe nuestro poco precavido autor? ¿Y quién es él para decir a las empresas privadas del sistema de mercado de sus amores en dónde tienen que invertir y en dónde no? Simplemente, imagina que lo harán porque así se morirá menos gente de sida y así bajará el absentismo laboral. Pues para ese viaje no se necesitaban alforjas: que se queden las empresas produciendo medicinas en los Estados Unidos, Suiza o España, y que el absentismo laboral lo combatan a base de legislación (regulada o desregulada), reglamentos y ministerios: se echa al que no fiche a tiempo, se le paga algo mientras sea capaz de aguantar su situación de desempleo, y, cuando se le termine el aguante, a prisión si hace falta.

Una tercera vía para que las empresas ayuden a la solución del problema africano consiste, según Sala, en sustituir la distribución habitual de medicinas, que usa la red local de mafias y políticos corruptos, con la propia red de distribución de las empresas. ¿Pero qué quiere: que los fabricantes de coches o de petróleo se pongan a vender medicinas, o está diciendo que prefiere que las repartan gratuitamente? Tranquilo, lector: parece que se inclina por la distribución “de mercado” –qué alivio--, y por eso propone que las empresas “distribuyan preservativos entre sus empleados poniendo máquinas expendedoras”. ¿Pero desde cuándo le ha hecho falta a una empresa que vende máquinas expendedoras, o a una empresa que las alquila, que venga alguien a decirles dónde tiene que instalar o dejar de instalar esas máquinas expendedoras (o cualquier otro tipo de máquinas)? ¿Es que acaso cree él que ellas no saben dónde tienen que instalar y desinstalar? ¿Es ingenuidad o es chiste? Estos liberales son realmente graciosos en su contradicción incomparable e insuperable...

La cuarta vía es que las empresas colaboren “facilitando el acceso a la educación de los más pobres” (sic, p. 145: ¡toma del frasco, carrasco!). Pero no se confundan, que se trata de un simple segmento adicional de mercado que propone nuestro intrépido consejero sin fronteras: “Por ejemplo, las empresas informáticas de los países ricos pueden desarrollar programas más fáciles y accesibles a las personas con un nivel de formación más bajo (...) es importante que recuerden [¿pero de verdad se le pasa por la cabeza a nuestro Sala que las empresas se pueden olvidar de esto?] que quien consigue acostumbrar a todo un continente a utilizar un determinado programa terminará teniendo millones de clientes para toda la vida”. En resumidas cuentas: que le está dando pena el filantropismo excesivo de don William Gates III, y le propone aquí una vía cómoda para recuperar el dinero perdido con sus generosas donaciones.

Y por fin, la quinta, “la mejor manera” –claro-- que tienen las empresas de colaborar con los países subdesarrollados: “simplemente haciendo negocios con ellos”. ¿Pero no era esto mismo lo que estaba aconsejando hasta ahora en los puntos anteriores?

Claro que, aparte de gobiernos y empresas, hay más actores en el escenario (teatral-liberal) africano: “las ONG y las iglesias”. Pero eso sí: nada de “condonación de la deuda”; aquí la única condonación que se permite es la condonación a base de condones (previo pago, ya quedó claro), pero no más. Y es que la deuda no es la causa del problema sino un mero “síntoma”. Por la misma razón, podría haber dicho que el sida no es la causa de ningún problema sino un síntoma de la mayor pobreza africana. O que la culpa de la mayor extensión del sida en África es que no son suficientemente egoístas como para saber enriquecerse, globalizarse, subir de nivel de vida y, así, tan ricamente, pagarse de su propio bolsillo las vacunas y cestas de medicamentos que hacen falta para combatir el exceso de mortalidad “africana” por esa enfermedad, y reducirla a los niveles actualmente existentes en los países más desarrollados. Señala Sala que si les “perdonamos” la deuda (sí: habla en primera persona, como esos empleados de las multinacionales que nos dicen mientras desayunamos: “pues, ya ves, hemos abierto una nueva planta en Checoslovaquia...”; ¿o será que el propio Sala tiene intereses en la banca privada internacional?), al cabo de cinco años volverán a tener “créditos impagables”. Por la misma razón, podría decir que, si les ayudamos con peces, al cabo de cinco años seguirán sin saber pescar, y bla, bla..., al igual que nos decían los jesuitas en el colegio, en los años 60, cuando invitaban a algún misionero para fomentar la campaña del Domund.

O sea, que no se aclara: que nuestro héroe duda constantemente entre la filantropía y el egoísmo; que lo mismo se trata de la vieja receta de la caridad cristiana, pero en plan laico, que de la disciplina del hambre que inventaron sus predecesores, los primeros capitalistas que descubrieron el sustrato material de la ideología liberal. Nos recomienda que aplaudamos la labor de Médicos Sin Fronteras --¿por qué sólo esta ONG, y no otras?— y que estimulemos a las iglesias a “colaborar en la promoción de los valores que conducen a la paz y no a la guerra”. Y yo me pregunto: cuando dice “iglesias”, ¿incluye también en ellas a la judía y a la musulmana?

Y por último --no sé qué mosca le picaría ese día--, el párrafo de su página 147 contra el FMI/BM parece más típico de un liberal de izquierdas (como José Antonio Alonso o Carlos Berzosa) que de uno de derechas:

“Finalmente, las instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial deben desempeñar un papel importante (...) Pero han de cambiar su actitud para con los países pobres. Tienen que entender que las soluciones deben venir de abajo y que no deben ser impuestas desde arriba y que, cuando los países africanos lleguen a proponer una solución, habrá que darles apoyo, aunque ésta no coincida con la que las instituciones internacionales hubieran preferido. También deben entender (...) que quienes están mejor preparados para crear las instituciones (...) son los propios africanos. Finalmente, las instituciones internacionales deben entender que, a menudo, los programas de ajuste que no tienen en cuenta los perjuicios que se causan a los más desamparados pueden acabar generando una sensación de injusticia, un malestar social y una violencia colectiva que acabe con la viabilidad de todo el proyecto”.

¿Se habrá enamorado Sala de alguna africana?