Rusos y otros puñeteros

 

 

 

 

 

 

Sala admite que “cuando Yeltsin dimitió el 31 de diciembre de 1999, la mayor parte de la población rusa era mucho más pobre que en 1985” (p. 123). Y, sin embargo, sus gobiernos, así como el de todos sus predecesores, al menos desde Gorbachov, tenían como empeño dominante la introducción de más mercados y más incentivos capitalistas –eso que los economistas tardosoviéticos llamaban la sustitución de los métodos “administrativos” por métodos “económicos”--. Aquí tenemos el ejemplo de un país, que para seguir con la parábola del globo, no hacía más que agarrarse a cuerdas y más cuerdas del famoso globo liberal-capitalista, y sin embargo, como reconoce Sala, no sólo no se elevaba lo más mínimo, sino que se hundía un palmo más cada mañana, hasta hacerse prácticamente invisible.

¿Y qué ocurrió con las famosas llaves –“¿dónde están las llaves, matarile-rile-rile...?”-- de los “gobiernos e instituciones” que servían para liberar a los países del peso de sus plúmbeas bolas precapitalistas? Pues que no sirven para nada si el gobierno del país no es bueno. Porque lo que nos enseña el caso ruso, en opinión de nuestro autor, es “lo pernicioso que puede llegar a ser el gobierno cuando hace mal las cosas” y se limita a introducir “reformas pero sólo de un modo parcial” (pp. 123-4). Fíjese el lector, por cierto, en que Sala se muestra tan radical como yo, aunque sea en dirección contraria. Es decir, de nada sirven las reformas y las medias tintas si el objetivo final no se tiene permanentemente en mente. Para él el objetivo es montarse en globo; para mí, sustituir los artefactos voladores del siglo XIX por un instrumento de navegación aérea acorde con la altura de los tiempos en que estamos (y con el nivel de desgracia al que nos ha conducido el maldito globo de la globalización capitalista).

Y como en la Rusia de los noventa las mafias (¿serían éstas las instituciones “privadas” a las que se refería Sala en su parábola “global”?) consiguieron cosas tan (in)creíbles y significativas como que la tonelada de petróleo se pagara al precio de un paquete de Marlboro, o que se recibieran subvenciones equivalente al 99% del precio de ciertos alimentos, o que se concedieran créditos a “una minoría selecta de amigos” a una tasa del 3% cuando la inflación era del 2500%, ¿qué cabe esperar de un país de ese tipo? Ahora bien, no sé entonces por qué espera nuestro autor que Vladimir Putin vaya a cambiar las cosas (p. 127): ¿cómo podría lograrlo? Porque... repasemos su argumento: en Rusia el “proceso de transición a una economía de mercado no ha sido tal”, y “más que un ejemplo de fracaso de mercado, ese aberrante episodio de la historia de Europa se debe poner como ejemplo del daño que pueden llegar a hacer los gobiernos descontrolados, incompetentes y corruptos”, porque “cuando el gobierno controla la economía, las leyes, los jueces y la policía, la libertad individual se ve amenazada y, repito, poco pueden hacer los individuos. Ésa es una de las razones por las que se debe limitar el poder del Estado”.

En mi pueblo en estos casos se decía: “¡Este muchacho no se confiesa!”. Vamos a ver. Si el sistema ruso:

a) venía de una economía “comunista”, como la llama Sala, y en ella era el Estado el que controlaba todo hasta tiranizarlo y no respetar las libertades individuales, etc.;

b) si después los gobiernos que sucedieron a los gobiernos soviéticos parece ser que lo hicieron igual de mal y encima empobrecieron aun más a la población;

c) si los mercados (esas cuerdas que cuelgan del globo capitalista) están siempre ahí para quien se quiera agarrar a ellos, pero de nada sirve que estén o no estén porque la cuestión clave no es ésa sino la de una acertada política gubernamental que empiece por encontrar y saber manejar la famosa llave que libera del peso muerto de las no menos famosas bolas;

d) pero si al mismo tiempo las cuerdas no pueden hacer nada para conseguir que los países se suban al globo si su gobierno no quiere;

...resulta entonces que toda la idea liberal, si de verdad se reduce a la que nos transmite Sala, consiste o bien en tener buenos gobiernos –y no mercados--, o bien en saber imitar al célebre Houdini en su capacidad para liberarse de cualquier atadura o cerrojo que le impongan los gobiernos perversos y despilfarradores. ¿Y quién ha hecho bueno al gobierno de Putin, o quien le ha enseñado el arte de Houdini como para que nuestro héroe confíe tanto en él?