A vueltas con la “tasa Tobin” (y otras reformas fiscales)

 

 

 

 

 

 

Lo más interesante del capítulo que dedica nuestro autor a la “Tasa Tobin” es que muestra en él que también sabe usar adjetivos de vez en cuando, y sin duda significativos. Como se ve que éste es un tema que le llega al alma[27], se atreve a subir la emoción literaria de su prosa hasta el punto de declarar en público que las tasas impositivas alcanzadas, en la actualidad, por el equivalente estadounidense de nuestro “irpf” son sencillamente “obscenas” (p. 120). Démosle un doble olé torero a nuestro autor, primero por la cima lírica alcanzada, pero sobre todo porque nos demuestra así, tan poéticamente, no sólo en qué consiste su intimidad --y la de los liberales en general--, sino de qué pasta está hecha el pudor de esa especie, ya que el pudor es el único objeto posible contra el que pueda atentar cualquier obscenidad del tipo que sea (fiscal o de la otra).

Después de habernos dicho en el capítulo anterior que los Estados Unidos fueron uno de los primeros países que se montaron en el globo ése de la riqueza y la fama[28], ahora resulta que el gobierno de ese país americano y norteño ¡se muestra tan corrupto como el de los países africanos! ¿Cómo explicar, si no, que tras establecer en 1862 un “impuesto extraordinario” para financiar la guerra civil (con tipos del 3% y el 5%), dicho impuesto siga aún vigente, y no sólo eso, sino que haya exigido la aprobación de una reforma constitucional (en 1913) para mantenerlo en el tiempo, y, encima, que haya subido hasta los niveles “obscenos” actuales que denuncian sin gracia nuestros queridos liberales?

Dicho eso, estoy de acuerdo en que las posibilidades de implantar con éxito un impuesto como el que propuso el recientemente fallecido Tobin en 1971 son más bien escasas. Estoy también de acuerdo –nadie lo pondrá en duda porque el propio Tobin lo manifestó repetidamente a la prensa durante la última etapa de su vida— en que el autor de la propuesta tomó una gran distancia ante los proponentes actuales de la medida, pertenecientes al movimiento antiglobalizador, y muy alejados, por lo general, de sus planteamientos abiertamente liberales (como buen keynesiano que era). ¿Es que acaso nos quieren convencer los de Attac de que una elevación de la presión fiscal es una medida revolucionaria? ¿Por qué cargar las tintas en un nuevo impuesto tan complicado y no en los viejos, entre los que abundan algunos de sencillísima aplicabilidad? ¿Por qué no cambiar a fondo la estructura íntegra del sistema fiscal? Yo estoy de acuerdo en utilizar la “Tasa Tobin”, o cualquier otra excusa, como motivo para sacar a la luz pública los debates sobre las vías que deben adoptarse para llevar a cabo reformas en la dirección correcta, pero siempre que quede claro para todos a dónde se dirigen esas reformas. Nadie me va a convencer fácilmente de que un criptoliberal como Ignacio Ramonet, y menos su amigo Joaquín Estefanía, sólo porque procedan de la izquierda política aspiran todavía a cambios en el sistema que merezca la pena tomarse en serio.

Pero es que si no planteamos la cuestión de qué sistema es el mejor, y nos situamos abiertamente en un plano humildemente reformista, la cuestión sigue estando sin resolver. Puestos a debatir medidas de reforma –y ya he declarado que yo también soy un reformista--, propongo una alternativa concreta para ese debate. Quiero decir que, aunque el objetivo final sea sustituir el capitalismo por un sistema más eficiente y más justo –en el cual, por supuesto, no puede haber capitalistas y asalariados porque eso significaría que seguimos dentro de la relación capitalista básica--, ¿por qué no pensar medidas “reformistas” más moderadas? Por ejemplo –y ésta es mi propuesta--, impongamos un solo impuesto sobre la plusvalía del 90%, y dejemos a los trabajadores libres de toda obligación fiscal. Esto no sólo tendría la ventaja de la sencillez, sino que, además, teniendo en cuenta que el plusvalor supone más del 50% de la renta nacional, un impuesto así sería capaz de recaudar tanto o más de lo que aportan ahora los sistemas fiscales existentes, y no cabe duda de que se trataría de una medida bien encaminada hacia el propósito final. Se trata de combinar la paciencia “revolucionaria” –que nos previene contra la tentación de pensar que las revoluciones se hacen con sólo imaginarlas— con algo más que la práctica del tipo de “reformismo” hoy predominante, que, por metonimia, se ha convertido en la expresión genérica que sirve para designar sólo el reformismo de los antirrevolucionarios --es decir, de quienes no sólo no desean participar en ninguna revolución sino que consideran “obsceno” el uso de palabras de tan mal gusto, que ofenden en sí mismas al pudor y las buenas costumbres de la gente de bien--. Pues ya se sabe la lección de urbanidad política que nos diera Óscar Wilde: ¡se empieza haciendo revoluciones y se termina por faltar a los buenos modales!