La globalización de la desigualdad en el mundo

 

 

 

 

 

 

Lamentablemente, todo el debate que rememoramos en este capítulo –el debate entre los partidarios de la idea de la convergencia económica entre países (los neoclásicos en general, y entre ellos nuestro autor, Sala i Martín, en muy primera fila) y los que se oponen o se muestran escépticos frente a esa idea-- no ha tenido suficientemente en cuenta la aportación esencial de los historiadores económicos que han enfocado esta cuestión desde la única perspectiva correcta, me parece a mí, que es la perspectiva histórica secular, o muy a largo plazo.

Vamos a ver en este capítulo que cuando se adopta este punto de vista histórico, el análisis es mucho más claro que si se queda uno en los debates puramente periodísticos, o “políticos”, que caracterizan, por ejemplo, la batalla dialéctica y mediática entre partidarios y opositores de la globalización. El propio Sala entra en esta batalla ya desde el comienzo del capítulo que dedica al tema, oponiendo a quienes afirman que los 20 hombres más ricos del mundo tienen tanto patrimonio como los 3.000 millones de personas más pobres, una idea-réplica: que los veintes super-ricos pagan tantos impuestos como los 4.000 millones más pobres. Como si este argumento tuviera mucha fuerza. Bastaría con preguntarle: ¿por qué siguen siendo los contribuyentes supermillonarios los más ricos al año siguiente, mientras que los cuatro mil millones de pobres siguen en el mismo estado de miseria un año tras otro? Debe de ser, sin duda, porque la redistribución que se consigue con esta desigualdad impositiva es más bien escasa, por no decir despreciable.

Sala plantea la cuestión de la desigualdad en el mundo desde un triple punto de vista: 1) si la responsable es o no la globalización; 2) si cabe esperar que en el futuro esa desigualdad aumente, o más bien que disminuya; y 3) si los índices de esta desigualdad se comportan igual cuando se mide la diferencia “entre países” o, por el contrario, se mide “entre personas”.

 


Figura 1:

Índices de desigualdad medidos

“entre países” o “entre personas”

Fuente: Sala i Martín

 

Empezando por este último punto, señalemos que todo el argumento de Sala se resume en la figura 1, donde representa la varianza del logaritmo de la renta per cápita de una muestra no especificada de países, medido de forma doble: 1) “entre países”, y 2) “entre personas”. Toda su argumentación se reduce a lo siguiente (hay que tener en cuenta que sus gráficos se refieren sólo al periodo 1970-1998, aunque en el libro hable del periodo “1960-98”; en cualquier caso, se trata en ambos casos de periodos muy cortos desde la perspectiva histórica): si en vez de contar los países como unidades, ponderamos sus respectivas poblaciones (por ejemplo, si tenemos en cuenta que China y la India, a pesar de que sólo son dos países, suman casi el 40% de toda la población mundial), el resultado puede ser muy diferente. Y eso es lo que pretende demostrar Sala con sus gráficos: que si bien la desigualdad aumentó midiendo países, no ocurrió lo mismo midiendo poblaciones, ya que en este segundo caso, la desigualdad se redujo a partir de 1978 (véase la figura 1).

Sin embargo, lo que yo propongo es usar un conjunto de datos mucho más completo –tanto en el tiempo como en el espacio-- para demostrar que hasta las cifras de las estadísticas oficiales no dejan ninguna duda sobre el siguiente hecho: la desigualdad de renta per cápita entre los países ricos (unos pocos) y pobres (todo el resto) del mundo no ha hecho sino crecer desde que se instauró el capitalismo, es decir, desde el maravilloso año de 1760 (ó 1776) en que, según Sala, comenzó la parte brillante y hermosa de la historia universal. En las figuras 2 a 4 se resume la evolución que comento a continuación.

Es bien conocido que el desnivel de renta per cápita entre los distintos países de la tierra en los albores de la Revolución industrial era relativamente pequeño (véanse, por ejemplo, los estudios que al respecto han aportado historiadores económicos de la talla de Paul Bairoch, David Landes o Eric Hobsbawm). Pero una manera relativamente sencilla de contrastar esta idea –y creo que no utilizada hasta ahora-- consiste en utilizar las largas series de datos proporcionadas por otro autor no menos conocido, como es Angus Maddison y su equipo ubicado en Holanda, que ha ofrecido recopilaciones de datos para los casi 200 países que existen hoy en el mundo. Estos datos proceden, a su vez, de los que para cada país han venido elaborado diversos equipos de historiadores económicos a partir de los mejores datos, públicos y privados, que han podido encontrar para periodos tan largos como se requieren para construir la base estadística esencial del equipo holandés.

Usando el método de Geary-Khamis empleado por Maddison para calcular en “dólares constantes” –es decir, para mantener el poder adquisitivo real de las diferentes monedas nacionales implicadas, tanto en el espacio como en el tiempo--, y haciendo uso de los datos puestos por él a disposición de la OCDE en 1995[24], es posible comparar la fracción que representa un determinado país en la población mundial con el porcentaje que supone su PIB en el conjunto del PIB mundial. Pues bien, lo que se puede hacer para cada uno de los países individuales puede repetirse sin problemas para cualquier conjunto de países. Y lo que hemos hecho en las figuras 2 a 4 es hacer ambos cálculos para dos subconjuntos idénticos de países a lo largo de todo el periodo 1820-1992: los 24 países que formaban parte de la OCDE en el año 1985, y todos los demás (sólo se representa el caso de los países de la OCDE, figuras 2 y 3, y el cociente que resulta de comparar esas cifras con las de los demás países: figura 4).

En la figura 2 se observa que el conjunto de esos 24 países ricos del mundo tiene casi idéntica participación en la población mundial en 1992 que en 1820, aunque la evolución de dicha fracción no haya sido una constante. Se ve en la figura que la OCDE aumentó su cuota en la población mundial un 5%-6% adicional entre 1820 y 1900, luego la mantuvo aproximadamente constante durante la primera mitad del siglo XX, y finalmente experimentó un descenso notable desde 1950.

 

Figura 2:

Porcentaje que representa la población

de la OCDE en el total mundial

(Fuente: Maddison, 1995, y elaboración propia).

 

En cuanto a la figura 3, se observa que la evolución de la cuota de la OCDE en la producción mundial ha seguido una pauta muy distinta, donde son evidentes dos etapas básicas: en la primera (entre 1820 y 1950), la cuota se elevó de forma continua (aunque a una tasa decreciente), desde menos de un 30% del total mundial en 1820 a casi un 60% en 1950; y en cuanto al periodo más reciente (entre 1950 y 1992), la disminución de dicha cuota se puede fijar en torno a los 6 o 7 puntos porcentuales.

 

Figura 3:

Porcentaje que representa la producción

de la OCDE en el total mundial

(Fuente: Maddison, 1995, y elaboración propia).

 

Lo anterior significa que la OCDE concentra, con el 15% de la población mundial, más del 50% de la producción del mundo (lo que significa más de 3 veces la media mundial). Por tanto, la centena larga de países para los que Maddison también ofrece datos detallados (además del dato de los totales mundiales referidos a las diferentes variables computadas) –pero que no pertenecen a la OCDE, por los que los llamaremos simplemente “países No-OCDE”, teniendo en cuenta que su número ha ido variando rápidamente, sobre todo en el siglo XX, como ya constaba en el cuadro elaborado por Robert Dahl (véase la figura 1 de nuestro capítulo 7)-- tienen menos de la mitad de la producción con casi un 85% de la población mundial, lo que significa una renta per cápita sólo un poco mayor de la mitad de la media estadística mundial. Calculando estos últimos coeficientes para los dos conjuntos de países y comparándolos entre sí en el tiempo, obtenemos la evolución cuasi lineal que refleja la figura 4, y que nos da una clara idea de lo persistentemente que se ha comportado en el tiempo el proceso de enriquecimiento relativo (empobrecimiento relativo) de los países ricos (países pobres) del mundo. Como las enseñanzas de la figura 4 son, a nuestro juicio, bastante notables, pasamos a detallarlas a continuación.

 

Figura 4:

La posición relativa de los países de la OCDE en relación con el resto de países del mundo, en términos de PIB per cápita

(Fuente: Maddison, 1995, y elaboración propia).

 

1. En primer lugar, el crecimiento de la desigualdad es cuasi lineal, lo que significa que en ninguno de los 7 subperiodos diferenciados se observa tendencia alguna a la mitigación del proceso empobrecedor. El que este coeficiente global se haya multiplicado por más de 3 a lo largo de los últimos 180 años simplemente significa que la desigualdad estructural en el mundo se ha más que triplicado. Esto desmiente a los dos tipos de liberales que, para nuestra desgracia, nos mortifican cotidianamente.

Desmiente en primer lugar a los liberales abiertamente liberales, tipo nuestro estimado don Xavier Sala, porque muestra que la globalización empobrece cada vez más a los pobres, en lugar de enriquecerlos, ya que de lo que se trata es de la posición relativa que se ocupa en la escala global, y no tanto de que en términos absolutos todos los países tiendan a mejorar en el tiempo, como ya sabemos, pues la productividad media del trabajo social a escala secular evidentemente sube; ésta es la razón, por cierto, de que la gente normal tenga acceso hoy en día a comodidades que ni siquiera podían soñar los “príncipes” medievales, cosa que, como ya comentamos, le parecía tan sorprendente a nuestro autor.

Y desmiente también a los liberales semivergonzantes, que estamos llamando “criptoliberales” a lo largo de este libro. Y los desmiente porque, a pesar de los “cacareados” esfuerzos “igualitaristas” de los bienintencionados políticos (de izquierda y de derecha) que desde las palancas del Estado capitalista han pretendido siempre conseguir (al menos de palabra) lo contrario de lo que en realidad se ha logrado, la desigualdad no ha dejado de crecer. Claro que siempre les quedará el consuelo de argumentar que la desigualdad se habría multiplicado por 6 ( y no por 3) “de no haber sido por la intervención del Estado”. Pero no es muy convincente prestar la mínima seriedad a un argumento de esta naturaleza, porque el hecho incuestionable, de acuerdo con las cifras reales, es que, entre mercado y Estado, unidos ambos en amoroso y conyugal maridaje, nos han “desigualado” a los pueblos del mundo a una velocidad de crucero casi constante, la que lleva al sistema capitalista en su conjunto en vuelto directo, pero con escalas, hacia su tumba.

2. Por tanto, como resumen de lo anterior, podemos afirmar que, en contra de lo que tiende a pensar la familia liberal que se autoproclama “socialdemócrata” (con la que tendremos que habérnoslas principalmente en la segunda parte de este libro), todo el proceso de empobrecimiento de los países periféricos --y el simultáneo enriquecimiento de los países centrales-- ha ocurrido, no sólo gracias a los resultados de la operación exclusiva del mecanismo de mercado, sino gracias, simultáneamente, a ese mercado, y también gracias a la intervención del Estado que le corresponde (que no es otro que el Estado capitalista). El peso del Estado en los países de la OCDE, aunque muy por delante del que representan sus homólogos de los países pobres, no ha hecho sino aumentar a lo largo de estos dos siglos. De forma que ni el Estado liberal de las épocas manchesteriana y victoriana; ni tampoco el Estado más interventor y precursor del “Estado del Bienestar” de la primera época bismarckiana y prekeynesiana; ni por supuesto el sacrosanto y mítico “Estado del Bienestar” mismo, claramente intervensionista, de la época keynesiana; ni tampoco, claro está, el Estado no menos intervencionista de la llamada época “neoliberal” (que era, es, sólo un Estado “mínimo” en la dolorida cabeza de los dogmáticos ultraliberales, pero no en la práctica política efectiva de los Reagan, Thatcher, Wojtila, los Bush padre e hijo, o los primos hermanos González y Aznar..., y de tantos de sus aprendices), han conseguido frenar esa tendencia “desigualadora” del mercado, por mucho que todos estos próceres y timoneles del aparato estatal capitalista nos digan que miremos sus labios para ver cómo articulan el mensaje contrario[25].

3. Se observa, por último, en la figura 4 que la llamada “edad de oro” (o edad dorada) del capitalismo fue tan áurea porque, entre otras cosas, consiguió aumentar la desigualdad entre países ricos y países pobres a mayor velocidad de la conseguida más tarde por los próceres (de derecha, de centro y de izquierda) del “neoliberalismo”. Y es que, por mucho que a los socialdemócratas europeos se les llene la boca de loas y botafumeiros al “modelo social europeo”, bastión del supuesto “Estado del bienestar keynesiano”, no hay más que leer a Keynes para darse cuenta de la maldita la gracia que le hacía a este señor el gasto público en favor de los pobres.

 

Figura 5:

Porcentaje que representa la demanda pública en el PIB

(España, 1850-1958)

(Fuente: Carreras, 1990, y elaboración propia).

 

Añadamos finalmente que en la figura 5 se observa la evolución entre 1850 y 1958 del peso representado por la demanda pública en el PIB español (según datos ofrecidos por el historiador económico Albert Carreras). Con independencia de que probablemente se trate de cifras subestimadas, lo único que nos importa aquí es mostrar la tendencia secular resultante, que es más que evidente si se piensa que el peso de la demanda pública parece situarse entre el 5% y el 10% en el siglo XIX, subir a una banda de entre el 10% y el 15% durante el periodo 1918-1958 (con una fuerte subida en los años de la guerra civil e inmediatamente posteriores) y alcanzar en los últimos cuarenta años (1960-2000) niveles situados entre el 15% y el 20% del PIB.

Pero volvamos a nuestro protagonista pasivo, el admirado señor Sala, cuyos argumentos sobre la evolución de las relaciones entre globalización y pobreza son, como casi siempre, inexistentes. A la pregunta de si la globalización es la culpable, se muestra tan claro como para yuxtaponer a esta frase --“La respuesta es rotundamente negativa”-- otra que desdice inmediatamente a la primera: “Bien, tomado de un modo literal quizá sí”. Sin embargo, cuando uno le deja explicarse un poco, su instinto liberal sale enseguida a flote: “Al fin y al cabo es cierto que los mercados y la globalización han permitido que los países que los han adoptado crecieran, mientras que aquellos que no lo hacían (...) se han quedado rezagados. Y eso, claramente, ha creado desigualdades entre países” (pp. 111-112). A continuación se limita a contraponer a lo que llama “idea marxista[26]” –“si una de las partes sale ganando [en el comercio internacional], la otra tiene que salir perdiendo o está siendo explotada”— la idea de que esto es falso: los países ricos no se enriquecen porque exploten a los pobres sino porque los pobres “han tenido la mala suerte de tener líderes políticos desastrosos”.

Pues bien, a menos que Sala se avenga a conceder que Franco debió de ser entonces un político estupendo –a juzgar por el rápido aumento del nivel relativo de renta per cápita experimentado por España entre 1939 y 1975 (de hecho, el grueso de la convergencia con la Unión Europea lo experimentó nuestro país entre 1950 y 1975, mientras que la evolución posterior en este sentido ha sido mucho más débil y tortuosa)--, o también que la URSS de Stalin o la China actual son modelos de países con gobiernos nada corruptos y muy eficientes (pues en sus épocas respectivas consiguieron efectivamente acercar el nivel de renta real de sus respectivos países al del mundo desarrollado), su argumento sólo se puede considerar un exabrupto.

Pero como todos los liberales no tienen más remedio que recurrir al Estado cuando la necesidad aprieta –y eso es cierto tanto en el caso de los prácticos (véanse, como casos recientes, los de los gobiernos de George Bush hijo o los del Partido Democrático Liberal de Japón) como en el de los teóricos (véanse las declaraciones de fe en el Estado por el ultraliberal Pedro Schwartz, que se recogen en el capítulo 5 de la segunda parte)--, nuestro héroe tiene que hacer lo mismo en momentos de aprieto. Y recurre al Estado combinándolo con una idea tan aguda como la de la diferencia entre “simplemente mercados” y “economía de mercado”. Es decir: “La economía de mercado es mucho más” que un simple mercado; es “un conjunto de instituciones legales y políticas” (p. 113). Con lo que resulta, a la postre, que los teóricos del mercado tienen que recurrir al Estado –que es quien materializa esas instituciones legales y políticas de las que habla Sala— para salir del paso.

Y nuestros liberales, que son tan coherentes como los socialdemócratas, después de habernos pronosticado, a principios de la década de los 90, el futuro glorioso que esperaba a los países del antiguo “bloque comunista”, gracias a la competitividad radicada en sus bajos niveles salariales, resulta que, una vez derrumbado el muro de Berlín, redescubren que no, que lo que en realidad faltaba en esos países no eran los mercados sino, sobre todo, ¡un Estado!:

Crear cuatro mercados sin introducir las instituciones que hacen que la economía funcione apropiadamente no sirve para nada. Los países que han hecho esto han fracasado, y el ejemplo más claro es la Rusia de Yeltsin” (p. 113).

Estas explicaciones ex post y ad hoc no pueden dejar de recordar la ligereza de quienes hablan de “desregulaciones” de la economía sin caer en la cuenta de que la desregulación no es sino otra forma de regulación, es decir, que la vía por la que se llevan a cabo dichas “desregulaciones” no puede ser otra, y de hecho siempre lo es en la práctica, que el cambio de una regulación anterior por otra regulación más nueva, a la que se da el nombre de “desregulación” sólo porque se quiere enmarcar en un pensamiento “neoliberal”. Por ejemplo, veamos el caso actual de la reforma del seguro de desempleo que prepara el gobierno español del PP y que llevó a los sindicatos el último Primero de Mayo a amenazar con una huelga general antes de que finalice la presidencia española de la UE: no es más que un conjunto de normas, a lo mejor agrupadas en forma de una ley o de un decreto, que vendrán a sustituir a las que estaban antes en vigor.

Pero volviendo a las preocupaciones de Sala sobre la globalización: “¿Y qué pasará en el futuro?”, nos pregunta. Pues no lo dude el lector: ocurrirá como en los mejores cuentos infantiles, que acabará la historia con “todos felices y comiendo perdices”; es decir, que todos los países “van a terminar siendo ricos” (p. 115). ¿Y cómo puede estar tan seguro Sala de tan arriesgada afirmación?: “La respuesta es que no lo sé. Simplemente lo sospecho”. Visto lo cual, permítanme dudar de que haya en el libro de este señor cualquier cosa que vaya más allá de ser una mera sospecha, aunque en este caso particular él insista en que se trata de una sospecha “basada en la experiencia empírica”, que muestra, según él, que son muy pocos los países que bajan en su nivel de desarrollo, mientras que son muchos los que suben. Pero esto es una tontería, o quizás una simple flojera (a lo peor ese día le falló a Sala su famosa panadera y no pudo desayunar), por mucho que intente adornarlo con su pesada “parábola del globo y de las bolas de hierro”, que desde luego no le ayuda mucho a él para levantar el vuelo. La parábola es tan sosa como casi todo lo que escribe nuestro autor, incluidas las “instituciones pseudomedievales” [sic] que, según él, operan como una especie de bolas de hierro que lastran la posibilidad de que los países de su metáfora se suban al globo del progreso.

Pero dejemos que don Xavier nos aclare el significado de su parábola: el globo simboliza la riqueza, y los penados que arrastran las bolas pegadas a sus grilletes son los países que intentan subirse al globo mediante unas cuerdas salvadoras que penden de él y que son –cómo no— las “cuerdas de los mercados y de la globalización”. Pues bien, lo único que tienen que hacer los países de la parábola es abrir con la llave correcta los grilletes que atenazan sus pies (como en su día hicieron Japón, Alemania o Italia, y como más tarde repitieron los dragones y los tigres asiáticos, y, más tarde, incluso China) y no dejarse engañar por los cantos de sirena de los globófobos antiglobalizadores (en el doble sentido que Sala no sabe aprovechar), que difunden el sonsonete de que es preciso recortar la longitud de esas cuerdas que cuelgan del globo (es decir, limitar la fuerza de los mercados y oponerse a la globalización). ¿Y en qué consiste la llave que sirve para liberarse de esos fardos que atenazan la movilidad de los países pobres? Pues en las “instituciones y los gobiernos eficientes que permitieran librarse de las pesadas bolas” (p. 115), aunque advirtiendo que dichas instituciones pueden ser “públicas y privadas”. Debería aclarar cuáles son las privadas, porque, si se trata de los mercados o de la sagrada institución de la propiedad privada, ya los ha incluido entre las cuerdas colgantes del globo de la riqueza. Y si no son éstos, ¿cuáles son entonces? Más adelante nos da alguna pista sobre lo que pudiera estar pensando.

Sala parece no darse cuenta de la necesidad de distinguir entre un nivel (o una evolución) absoluto y uno relativo. Es evidente que, en un conjunto de casi 200 países ordenados en términos de renta per cápita, necesariamente la movilidad hacia arriba y hacia abajo, cuando se mide en términos globales, tiene que ser equivalente y, por tanto, nula en términos netos, ya que al final también tendrá que haber países que ocupen los últimos lugares, igual que los habrá que ocupen los primeros. No puede decir que por cada veinte países que suben sólo dos bajan, a menos que esté mezclando desde el principio la posición relativa que se ocupa dentro de la jerarquía con la posición absoluta que viene dada por el nivel monetario o real de la renta per cápita de cada país. Que se hable tanto –y no sólo Sala-- de los famosos dragones y tigres no puede llevarnos a pensar que la fauna terráquea se limita a esos temibles depredadores (que, por cierto, no podrían existir si no existieran simultáneamente los depredados).

Quienes preferimos proponer como alternativa a este mundo económico y carnívoro una sociedad basada en la dieta vegetariana –y esto es otra metáfora que no debe interpretarse al pie de la letra, sino como una propuesta para sustituir la eficiencia caduca que se basa en la competitividad por una nueva eficiencia liberada de esa violenta camisa de fuerza--, no nos olvidamos de las víctimas. Si Corea o China escalan posiciones será porque otros países descienden hacia los lugares que dejan vacíos aquellos que están subiendo. Piénsese en el caso de Argentina o de tantos otros que, tras acercarse a las cumbres de la clasificación, saborean ahora el vértigo de la caída libre.