La explotación de la naturaleza

 

 

 

 

 

 

Como este simpático liberal nuestro (de nuestras críticas, quiero decir) es un moderno, y encima vive a caballo entre los Estados Unidos y Barcelona, que son dos sitios también muy modernos, no podía dejar de ser una pizca ecologista (que queda muy moderno, la verdad sea dicha). Y, en efecto, lo es. En su ecologismo moderado –porque nuestro autor es moderado en todo, lo mismo en sus errores que en sus aciertos--, llega hasta darles la razón a los globófobos en este punto (p. 103), pero --¡ojo!-- sólo “en la medida en que los mercados tienden a producir demasiados bienes sujetos a externalidades negativas”. Ahora bien: “en la medida en que utilizan ese argumento para intentar detener el proceso de globalización, no [tienen razón]”. Y no la tienen porque, una vez más, “la globalización no sólo no es el problema sino que forma parte de la solución” (p. 105).

Como a pesar de todo el señor Sala es un señor razonable, no deja de tener a veces más razón que los ecologistas, como cuando denuncia la extracción de clase de los ecologistas modernos. Y es que tiene razón en que “cuando uno es pobre, lo único que le preocupa es la obtención de comida y la salud de los hijos”. Los ecologistas radicales son tan insensatos como los defensores de los derechos de los animales. Pues mire usted: no, los animales no tienen derechos. Es la sociedad de los humanos la que tiene derecho a que se les dé un trato correcto y no cruel a los animales, como es la misma sociedad la que tiene derecho a criticar duramente a quienes se pasan bastantes calles al proporcionar una vida de lujo asiático a los animales que son de su propiedad. Algunos llegan a justificar incluso los lujos caninos, gatunos y de otras especies, porque estas actividades “crean numerosos puestos de trabajo” (no sólo clínicas y pedicuras veterinarias, sino también otras facetas del sector servicios más típicas de los países pobres de Latinoamérica, donde se puso de moda pagar a jóvenes por sacar a pasear al perro, primero, a la pareja o a la media docena, después, y finalmente a auténticas jaurías, como yo mismo he llegado a ver en Buenos Aires, en la plaza del Congreso). Según este absurdo argumento --que no sólo se puede aplicar a los animales sino a las armas, la publicidad embuzonada, la televisión basura, y tantas y tantas cosas del sistema económico de nuestras desgracias--, si Bill Gates se volviera loco y decidiera gastar sus 60 mil millones de dólares de patrimonio en: a) vestiditos para proteger del frío a los perritos, y b) en desfiles de modelos de trajes caninos, tendríamos que estarle todos muy agradecidos por la cantidad enorme de puestos de trabajo que empezaría a crear, además en un sector que pasaría a mover una cifra de negocios tan importante (porque, claro, los 60 mi millones de dólares serían sólo el principio, y eso sin contar con los puestos de trabajo “indirectos” que se generarían “gracias al estímulo de la actividad económica, ¿comprenden?”, etc.), y que además sería un sector “nuevo”, de ésos que abren una “nueva era” y que demuestran la capacidad de innovación y de “emprendimiento” de los emprendedores natos, y bla, bla, bla...

Pero volvamos a los ecologistas unilaterales e insensatos. Cualquiera que se tome en serio los necesarios equilibrios ecológicos que la sociedad humana ha de respetar sólo puede hacerlo desde el punto de vista antropológico, según el cual la naturaleza tiene que usarse de forma responsable, pero siempre al servicio a corto y largo plazo (es esta perspectiva a largo plazo lo decisivo) de esa misma sociedad humana. ¿Acaso no se le ha ocurrido todavía a ningún ecologista vociferante que el propio petróleo, que con tanto ahínco defiende y sobre el que tanta preocupación por su futuro muestra, no es sino un producto más, o un subproducto, del propio desarrollo industrial, que, en su opinión, tan equivocada y poco matizada, no es sino el origen de todos los males? Si la industria no se hubiera desarrollado, el petróleo jamás habría encontrado un destino empíricamente observable, ni habría sido de utilidad para ningún humano. Por consiguiente, hemos de dar gracias a que quepa esperar que continúe el desarrollo industrial después de que termine el capitalismo, ya que, seguramente, ésa será la vía más rápida para encontrar nuevas fuentes de energía con las que ir sustituyendo a todas aquéllas que se vayan agotando (y que por nuestro bien habremos de agotar, para ir dando paso a las nuevas).

Si las justas críticas del capitalismo se convierten erróneamente en críticas al desarrollo industrial en cuanto tal –es decir, si no se sabe distinguir entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas de la sociedad--, entonces tiene razón Sala al llamar “críticos viscerales del liberalismo” a muchos de los ecologistas dogmáticos que no saben hacer otra cosa. El problema que tiene Sala es que algunos preferimos usar la víscera que más les duele a los liberales --la víscera cerebral--, y gracias a eso podemos usar otros argumentos más sólidos para criticar las falsedades y mentiras del liberalismo. Es decir, hacemos una crítica intelectual sosegada de este maldito sistema.