Explotación infantil... y de la otra (juvenil, madura y senil):

el mercado no se priva nada.

 

 

 

 

 

Muy en línea con el argumento liberal típico, Sala i Martín se fija en casos particulares de explotación para llamar la atención exclusivamente sobre esos casos y, de esa manera, rechazar implícita e indirectamente la idea de que la explotación es una realidad universal y omnipresente en el marco del capitalismo. Ya vimos que usaba el término “explotación” en relación con los monopolios, pero ahora introduce todo un capítulo sobre la explotación infantil. Otros liberales –en particular, los del segmento sindical, a los que no tenemos espacio para analizar detenidamente en el espacio de este libro-- prefieren hablar de la explotación de los emigrantes, pero con idéntico propósito: hacer olvidar a su público que los no emigrantes estamos tan explotados como los que emigran, aunque suframos una tasa de plusvalía un poco más baja. Y hacer olvidar también a la gente que, por debajo de las segmentaciones aparentes del mercado de trabajo, se impone la igualdad básica de todos los explotados, y que sobre todos recae la derrota que supone cada uno de los avances que consigue el capital contra cualquiera de los integrantes de su antagonista social (ya sean emigrantes o no, ya tengan un puesto de trabajo o un puesto de paro).

Tenemos que agradecer a nuestro preclaro autor liberal que nos arroje por fin la luz que estaban añorando nuestras entendederas para no seguir confundiendo “lo que es el comercio sexual de niños y niñas con lo que es el trabajo infantil” (p. 97). Muchas gracias: de no ser por usted, don Xavier, no hubiéramos llegado nunca a comprender esta sutilísima diferencia. Y hecha esa aclaración, añade que “a todos nos gustaría que, en vez de trabajar, los niños de América Central o del sudeste asiático pudieran ir al colegio. La pregunta es: ¿cómo se consigue ese objetivo?”. Bueno, ¿es que acaso nos quiere hacer creer que en Barcelona o en Nueva York, los dos polos donde desarrolla nuestro autor su actividad profesional, no hay niños que trabajen? Pues debería leer lo que dicen los medios de comunicación[22] al respecto, ya que al parecer padece cierto tipo de miopía que le impide ver más allá de sus narices (lo mismo que le ocurría cuando hablaba de su barrio: ¿lo recuerdan?).

Pero volvamos a los niños de los países pobres. Por supuesto, que es una hipocresía – y una digna de la Internacional Socialista o de los sindicatos liberales de nuestro presente-- echarse a llorar por la explotación infantil del Tercer mundo y querer resolverla por el resolutivo método de las tarjetas postales, navideñas o no, de la UNICEF, u otras formas equivalentes de caridad religiosa o laica. Ya he citado antes elogiosamente un párrafo del libro de Sala donde éste evita caer tan bajo como los “socialistas sentimentales” (esa especie de “socialistas” a la que Marx le tenía tanta manía), y es el párrafo donde se muestra escéptico ante las posibilidades de que los niños de los países pobres se dediquen efectivamente a ir a clase y a estudiar tan sólo porque una ley de su país les obligue a eso[23]. Mientras las relaciones sociales y económicas impongan lo contrario, ninguna ley, ni declaración retórica de nadie, va a servir por sí sola para cambiar ese estado de cosas. Ahora bien, debido a su catecismo liberal, Sala se ve obligado a escribir, a continuación, que sí hay solución, y que la solución pasa, cómo no, “por hacer que sea rentable la asistencia al colegio”.

Está visto que estos liberales todo lo resuelven con la rentabilidad. Pues se deberían aplicar el cuento y comportarse así: “Que el niño no me come”; pues haz que sea rentable que “te coma”; “que me saca malas notas...”; pues permítele una tasa de ganancia que se comporte como una función creciente de sus calificaciones escolares; “que sólo quiere comer hamburguesas...”, pues incentívale los filetes de ternera. Etcétera. El problema es que, si hacen esto, van a entrar en contradicción las tasas de ganancia paterno-filiales con las de las empresas del sector industrial concernido, y, de momento, parece que la Macdonalds y demás firmas del sector tienen todas las de ganar y de llevarse el gato al agua (entre otras cosas porque los padres les enseñan a los niños, con su ejemplo, lo ricas que están las dichosas hamburguesas).

Y no es que las hamburguesas sean o estén malas. Es que aquí ocurre como con el tabaco. Si se ha impuesto la comida “basura” y “rápida” --¡cuántas veces me he sentado yo en Nueva York en el Deli de la Quinta Avenida, esquina con la calle 24, donde, como sucede en tantos otros, un cartelito recuerda a los comensales que no puede ocupar su asiento más allá de 15 minutos!--; si se ha impuesto el antitabaquismo, es porque la presión capitalista por apurar hasta el extremo, hasta la última gota, la extracción gratuita de trabajo ajeno de sus asalariados, ha llevado en Estados Unidos, antes que en ningún otro sitio, a:

1º) eliminar primero la costumbre europea de la comida a la hora de comer –hoy convertida en un simple bocadillo que se engulle por la calle (si no es en el mismo lugar de trabajo, y da igual que el “bocatal”, que no comensal, lleve mono azul o corbata de ejecutivo de Wall Street)--;

2º) eliminar después la costumbre de fumar, porque sabido es que si uno fuma ocurre lo mismo que si uno piensa: que no trabaja (o si trabaja, que no rinde); y esa “porosidad” del trabajo, en el que tantas interrupciones y tanta charla lo son por culpa del tabaco, sale mucho más cara a la clase capitalista en su conjunto que las pérdidas que puedan experimentar en su día todas las compañías tabaqueras juntas (pérdidas que tarde o temprano tendrán que repartir y “socializar” entre el conjunto de los capitales de todos los sectores, como consecuencia del exterminio final de los fumadores, pero que, aun así, supone una perspectiva “más rentable” que la otra alternativa del dilema). Desde luego esta salida no es equivalente a la “solución final” de Hitler, pero va camino de parecérsele cada vez más. Y está claro que, para impedir que el tabaco haga echar humo a sus balances y sus cuentas de resultados, no se van a detener por las protestas de quienes se quejen de que se está quemando a fuego lento la paciencia y la moral de los fumadores.

¡Y que conste que yo no fumo!

Pero, volviendo a la cuestión de cómo incentivar que los niños del Tercer mundo estudien en vez de trabajar, debemos recordar que los salarios escolares y otros incentivos a la escolarización infantil no le parecen a Sala más que una solución “a corto plazo”. Les hago una apuesta: ¿a que ya saben por qué es sólo una solución a corto plazo? Pues claro: porque a largo plazo la solución sólo puede ser... aumentar y difundir la “globalización” (capitalista, claro). Cuando el afán de enriquecerse haga suficientemente inteligentes a los maestros, a los dueños de las escuelas, a los niños y a las madres que los parieron, todo se habrá solucionado: el mercado habrá servido una vez más de panacea universal.