Globofobia, capitalfobia y democracia

 

 

 

 

 

 

Una vez aclarada cuál es la postura no liberal sobre el desarrollo desigual al que está condenado el mundo capitalista mientras el mercado domine nuestras vidas, podemos dar al César lo que es del César. Para que se entienda: no tengo inconveniente en sumarme a Sala i Martín en algunas de sus críticas contra los globófobos (que dice él) y los globotúpidos (que añado yo). Aunque, como comprobará el lector, nuestras razones son muy distintas, casi antagónicas, del tipo de las que podía haber, salvando todas las distancias, entre un Cobden y un Marx, opuestos ambos, aunque por muy distintas razones, a los argumentos proteccionistas de los Friedrich List y los Henry Carey.

Dice Sala: “Los globófobos nos explican que la globalización es negativa porque genera desigualdades” (p. 90). Lo que hay de equivocado en esta afirmación de los globófobos, en efecto, es que piensan que el incremento de la desigualdad es tan reciente como la globalización misma (que ellos, en su ignorancia, atribuyen a las políticas de Reagan, Thatcher y Aznar). En realidad, lo que decimos los no liberales –y permítaseme emplear la misma simpleza con que se expresa mi antagonista-- es que la globalización capitalista es “mala” porque el capitalismo es “malo” desde hace mucho tiempo, y en particular desde que sirvió para superar un sistema que era aun peor (el precapitalista europeo). Lo que hay que defender es una globalización no capitalista, postcapitalista, que desde luego es muy posible ya, y muy necesaria, y que consiste en seguir globalizando aun más las fuerzas productivas del planeta, pero superando las relaciones de producción capitalistas que paralizan y atrofian su desarrollo.

Se trata, en definitiva, de sustituir el egoísmo del lucro, como motor del sistema, por un motor muy diferente que funcione a base de la cooperación sistemática de todos cuantos queremos cooperar (y que por razones objetivas, ínsitas en la propia evolución del sistema capitalista, estamos condenados a ser una fuerza cada vez más potente, lo quieran o no quienes ven amenazada por esta causa su propia existencia en forma de supervivencia de la figura social que ahora los caracteriza). Que encontremos entre todos un motor así dependerá de si es verdad en la práctica, o no, la idea que defiende nuestro autor de que sólo nos movemos los humanos por el “dinero y la fama”, idea a la que luego habrá que dar muchas vueltas en nuestras mentes. Pero, para empezar, olvida Sala que hay cada vez más gente que se mueve por el deseo de acabar de una vez con ese doble látigo del dinero y la fama.

Mas, para saber cómo sustituir el sistema actual por uno distinto, es menester estudiarlo muy bien, entre otras cosas para poder estar seguros, cuando lo construyamos, de que no estamos reproduciendo una variante distinta –pero variante al fin y al cabo— del sistema antiguo (como de hecho ocurrió, por ejemplo, en la famosa Unión Soviética: véase el libro de Chattopadhyay, The Marxian Concept of Capital and the Soviet Experience). Sala se queja con razón de los globófobos que se limitan a reclamar limosnas (el famoso “0.7%”) o impuestos (el movimiento por la llamada “Tasa Tobin”, o impuesto sobre transacciones financieras internacionales). Pero lo hace desde la postura del liberal, que sólo puede encontrar cabida en su cabeza para lo que huela a capitalismo. Por eso escribe de la globalización que “estoy convencido de que, en vez de detenerla, lo que debemos hacer es luchar por llevarla a África y a las zonas pobres de Asia y América Latina” (p. 92). Yo, en cambio, propongo también llevar la globalización a todo el planeta, pero una vez convertida (o al mismo tiempo que se convierte) dicha globalización en auténtica globalización postcapitalista.

Y es que, en mi opinión, no hay más alternativas: el movimiento antiglobalizador, o es anticapitalista o es gilipollas. Y veremos en el capítulo 10 por qué esto es así.

En cuanto a la cuestión de las relaciones entre globalización y democracia, escribe nuestro liberal pomposamente: “No existe ni un solo ejemplo de un país libre y democrático cuyo sistema económico NO fuera de mercado” (p. 93). Vayamos por partes. Excluyamos, en primer lugar, como propone Sala, a todos los países anteriores al glorioso año del Señor de 1760, fecha de nacimiento de “Su Santidad, el Capitalismo”, porque antes de ese año todo era falta de democracia sin distinción (algo así como lo que es el infierno para los cristianos de la Iglesia romana que todavía creen en él: “el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno”). Vale. Debatamos, si se quiere, durante un segundo si la gloria la merece en realidad ese año de 1760 (la propuesta de North), o más bien el de 1776 (propuesta de Friedman-Sala), ya que “no es casualidad que la Declaración de Independencia de Estados Unidos y el libro de Adam Smith La riqueza de las naciones se publicaran casi simultáneamente”. Vale también. Y pasemos finalmente a la cuestión importante.

Como buen liberal, Sala tiende a entremezclar y confundir la libertad política con la económica (sus héroes mayores son, como se ha dicho, Jefferson y Smith), pero se desmarca un poco de la posición de Milton Friedman, quizás porque no quiere que le salpique la mala prensa que tiene éste cuando se le relaciona con su admirador Augusto Pinochet (a su vez tan admirado por doña Margaret Thatcher) --“la verdad es que ha habido muchos países con economía de mercado que no tenían libertades políticas y democráticas” (p. 94)--, y pone los ejemplos de Singapur, Corea y el Chile de Pinochet. Pero como intérprete más o menos realista de la globalización, usa aquí Sala un argumento correcto: “si fuera cierto que más globalización implica mayor competencia entre los gobiernos para reducir impuestos, los impuestos habrían disminuido” durante el siglo XX, y sin embargo lo que se observa en éste es que “los impuestos recaudados por los gobiernos de los países ricos han pasado de representar el 8% de la renta a principios de siglo a más del 50%, la mitad de la renta, a finales del 2000”, y “todo esto mientras el mundo iba globalizándose” (p. 96).

En realidad, la desigualdad de la globalización capitalista ha aumentado desde la época en que el propio Sala sitúa su nacimiento (finales del siglo XVIII). Pero antes de ver eso en el capítulo 10, hablaremos un poco de democracia y mercados, empezando por recordar algo que a menudo se olvida: que los liberales de todas las épocas siempre han defendido que los países con libre empresa y libre mercado eran países democráticos (también en el siglo XIX, contra lo que se dice ahora). Por ejemplo, Alexis de Tocqueville escribía en 1837:

“Pienso que en los siglos democráticos, como los nuestros, la acción preponderante de ciertos individuos poderosos debe sustituirse poco a poco por la asociación en todos los terrenos” (en su Segunda Memoria sobre el pauperismo; itálicas, añadidas).

En cambio los liberales contemporáneos, como Gabriel Tortella en España, que llegó al liberalismo por el camino habitual en los últimos tiempos –es decir, partiendo en Marx y pasando por Keynes--, nos descubre en un libro reciente (La revolución del siglo XX) que no, que la democracia es exclusiva del siglo XX (pp. 39, 41), y que la inflación es democrática, mientras que en el siglo XIX (cuando la tasa media de inflación fue cero, de media) el voto estaba tan restringido que no se puede hablar entonces de una auténtica democracia. Y si de los historiadores de la economía pasamos a los de la política, ¿qué decir? Pues veamos: acudamos a un experto en la materia como es el celebrado Robert Dahl (La Democracia. Una guía para los ciudadanos). En este libro, Dahl recoge los dos cuadros (en las pp. 14 y 31) que reproducimos a continuación, el primero referido a la evolución del número de países considerados democráticos en el mundo (según el criterio del sufragio universal masculino), y el segundo referido al caso de un país tan universalmente aceptado como democrático como es Gran Bretaña. Observamos, en primer lugar, que incluso en la actualidad los países que no cumplen este criterio “mínimo” de democracia son 127 (el doble que los que sí lo cumplen, y no una minoría, como da a entender Sala cuando cita, como excepciones, a Singapur, Corea y el Chile de Pinochet). Y en segundo lugar, para el caso británico (los datos los extrae Dahl en este caso de la voz “Parliament”, en la Enciclopedia Británica, edición de 1970), es fácil observar que la media de la población con derecho al voto en el siglo XIX no superó el 15% del total.

Pero diremos más cosas sobre capitalismo y democracia en el capítulo 16.