Globófobos, globófilos y globotúpidos

 

 

 

 

 

 

Hay que suponer que D. Xavier Sala no ha tenido tiempo en su ocupada vida para leer lo que decía el filósofo Heidegger acerca del “prurito de la novedad”. En mi opinión, de este prurito tendrían que rascarse muchos de quienes tienen la costumbre de referirse a (casi) todo lo que ocurre como si se realmente se tratara de algún fenómeno “nuevo”. Por eso, abundan tanto hoy las nuevas tecnologías, las nuevas etapas, nuevas fases, nuevas eras... Para todos estos neósofos, neólogos y neófilos –a cuyo santo patrón, que sin duda tiene que ser D. Manuel Castells, debiéramos levantarle un monumento público por suscripción popular--, todo es nuevo..., sobre todo si ello les permite cómodamente desconocer... lo antiguo (o sea, inventarse directamente el contenido de la novedad que tan originalmente han descubierto y tan útil les resulta). Razonan todos como si fuera legítimo hacer tabula rasa del pasado, como si no existiera la historia, y, lo que es peor (para sus imprudentes intereses), como si nadie se tomara la molestia de hacer análisis filológicos y doxográficos de vez en cuando. Y, claro, siendo así, no tienen más remedio que meter la pata a menudo (hasta bastante más arriba de la rodilla, en ocasiones), y ser denunciados por ello.

Sin embargo, no pienso acusar de esto al señor Sala --que a este respecto me parece bastante más sensato que los Castells y compañía—, aunque no pueda sustraerse por completo a la moda de “las nuevas tecnologías”, que él identifica con el ordenador, con internet y con la ingeniería genética. ¿Pero es que acaso no hay nuevas tecnologías todos los días, todos los años, todas las décadas...? Es más: ¿acaso hay algo más viejo que las nuevas tecnologías dentro del marco del sistema capitalista, que se caracteriza precisamente por haberse montado en el caballo de la “máquina” (la mecanización), que, como ya señalara Marx hace siglo y medio, contiene en su concepto la idea del “sistema automatizado de máquinas”? No es el momento de extenderse aquí sobre este punto. Pero al menos Sala no se cree a pies juntillas las últimas simplezas sobre la globalización, que la convierten en sinónimo de la época más reciente del capitalismo y poco menos que equivalente del nefando “neoliberalismo”.

Lo más arbitrario de la definición de globalización que da don Xavier–“situación en que existe el libre movimiento internacional de cinco factores: el capital, el trabajo, las tecnologías, el comercio y la información[19]— es el número de factores productivos que elige: dice “cinco”, como podría haber dicho “siete” o “diez”. Pero al menos reconoce que se trata de un proceso que “hace ya siglos que empezó”, es decir: que “los satélites, los ordenadores, Internet, la fibra óptica y la telefonía móvil son el último paso de un proceso globalizador que hace siglos que está en marcha” (pp. 86-87). Sin embargo, Sala no puede librarse por completo de la moda al uso, y agrega: “Aunque este proceso tampoco es nuevo, sí que se ha generalizado y acelerado a partir del hundimiento del imperio soviético y del sistema de planificación central”. En mi opinión, lo que es cierto es que, a partir de la caída del muro de Berlín, se ha generalizado la denominación, es decir, la nueva “retórica” de la globalización, pero poco más se puede señalar como novedad auténtica (véase el capítulo 2, en la segunda parte de este libro).

Por otra parte, Sala es un “globalizador” consumado. Como parte de la premisa liberal –falsa, por supuesto— de que “el libre funcionamiento de los mercados es el mejor modo, quizá el único modo, de organizar la economía eficazmente”, llega correcta y directamente a una conclusión no menos falsa: “Por lo tanto, la globalización permite transplantar a escala mundial aquello que es bueno a escala nacional: el libre funcionamiento de la economía de mercado (...) Todo este proceso de apertura e integración genera riqueza, progreso y bienestar a los ciudadanos” (pp. 87-88; itálicas, añadidas. ¿Ven ustedes cómo también Sala es “progresista” a su manera?).

Ahora bien, para “demostrar” que “el comercio internacional es positivo para todos y debe ser incentivado”, nuestro autor vuelve a recurrir a un ejemplo que le permita usar lo que yo llamo “la estrategia del calamar”, que, como todo el mundo sabe, sólo sirve para oscurecer más una cosa que ya de por sí estaba bastante negra. Nos aconseja fijarnos en un caso como el siguiente: supongamos un país rico que decide liberalizar el “comercio de avellanas” (debe de ser que se acuerda de la época en que Jimmy Carter era el presidente de los Estados Unidos, y eso le lleva a darle al comercio de cacahuetes una importancia que no tiene ni en sueños). Esto favorecerá a sus consumidores, que ahora podrán comprarlas más baratas, y también a los productores de avellanas de los países pobres, que ahora verán ampliada su cuota en el mercado mundial.

Y aunque los productores nacionales del país desarrollado sufran un poco al principio, eso sólo ocurrirá mientras completan su reconversión o, como dice Sala, mientras terminan de “reciclarse”, lo que, a la postre, es también bueno –no podía dejar de serlo, claro--, ya que “o bien aprenden a producir avellanas mejores o más baratas, o bien deben cambiar de trabajo y convertirse en empleados del Banc[20] Sabadell”. Y si alguien duda sobre la “ambigüedad” del resultado –consumidores y productores ajenos ganan, pero productores locales pierden--, que haga un acto de fe y se crea lo que dice Sala: “¿Se pueden comparar la magnitud de las ganancias y de las pérdidas? La respuesta es que sí: los economistas han demostrado infinidad de veces que las ganancias siempre son superiores a las pérdidas, por lo que la apertura siempre termina siendo positiva” (pp. 88-89).

Pues bien, lo que quiere decir en realidad nuestro criticado autor es que los economistas liberales han repetido millones de veces la misma cantinela: que el comercio es bueno para todos los países, y que a todos beneficia necesariamente. Pero repetir una mentira (o algo falso, aunque se desconozca su falsedad) un millón de veces no la convierte en verdad. Y además hay economistas no liberales, como servidor, que se han esforzado por mostrar precisamente lo contrario de lo que dice Sala. En particular, algunos pensamos que el comercio internacional sirve para que se desarrolle y refuerce el desarrollo desigual, es decir, para que los países pobres se hagan cada vez más pobres (en términos relativos) y para que los países ricos se vuelvan cada vez más ricos (relativamente). Esto es independiente de que el conjunto mejore o empeore su situación absoluta, o de que lo haga --en cualquiera de los sentidos-- a un ritmo mayor o menor. Y es algo que lo puede comprender cualquiera que preste atención al siguiente argumento.

En realidad, los flujos de comercio internacional están basados en las “ventajas absolutas” que cada país tiene a la hora de producir cualquier tipo de mercancías. La inmensa mayoría de las mercancías que componen los flujos comerciales internacionales son productos industriales (los servicios y los bienes primarios representan una cuota muy escasa del total), y la ventaja absoluta en la producción industrial depende sobre todo del grado de desarrollo tecnológico del país en cuestión. Esto es fácil entenderlo porque la ventaja absoluta se obtiene cuando se es capaz de producir el mismo producto, de igual calidad, a un coste total medio (es decir, por unidad) más bajo que el de los competidores. Y los bajos costes unitarios están ligados a la mayor productividad empresarial, que depende sobre todo del tipo de técnica que se utiliza en el proceso de producción (que, en sentido amplio, abarca desde el diseño y la prospección hasta el transporte y la comercialización).

El problema es que las ventajas absolutas no están igualitariamente repartidas entre los distintos países, y que no existe ninguna instancia encargada de que suceda lo contrario. Por razones históricas, el desarrollo de la ciencia y la técnica, el grado medio de educación de la población, de destreza profesional y experiencia laboral de la misma, etc. –en definitiva, lo que podemos resumir bajo la expresión, muy gráfica, de “grado de desarrollo de las fuerzas productivas de un país”— es muy desigual de unos países a otros, y ésta es la razón de que exista un problema mundial de “competitividad”. Con un orden económico mundial diferente, los países podrían colaborar unos con otros y sistematizar la cooperación como uno de los objetivos centrales del sistema. Pero con un orden económico liberal el egoísmo es y debe ser la regla –como muy orgullosamente defienden los liberales, con Sala a la cabeza—, y en consecuencia se deja a la búsqueda individual de sus propios intereses por parte de cada país que el mundo en su conjunto obtenga el resultado óptimo para todos.

Pero si cada país tiene que arreglárselas por su cuenta, nunca saldrán del bache en que se encuentran la mayoría de los países atrasados y pobres. Al contrario, se hundirán cada vez más profundamente en el fango miserable que ya los envuelve. Esto es así, pero los liberales tienen que intentar pintarlo de otra manera para que la gente al menos se tranquilice y llegue a pensar que la pobreza es una calamidad divina, o una plaga que se ha instalado en sus países por culpa de sus corruptos gobernantes. Pero no: la plaga la genera, como hemos dicho, la propia economía de mercado. ¿Y cómo intentan argumentar que no es verdad que los países pobres estén condenados, por desgracia, a seguir siendo pobres mientras dure el sistema capitalista? De varias formas, pero en el plano teórico su argumento favorito consiste en defender una teoría contrapuesta a la de la ventaja absoluta, y que llaman “ventaja comparativa”.

La idea de la ventaja comparativa es la siguiente. Puede que sea verdad –admiten-- que un país tenga inferioridad técnica en casi todos los sectores industriales. En ese caso, tendrá tendencia a importar más de lo que será capaz de exportar. Pero el déficit comercial resultante tenderá a corregirse automáticamente, ya que, debido a su propia existencia, se ajustarán los precios internacionales y se recompondrá la competitividad internacional, hasta que sea finalmente posible el equilibrio a largo plazo de las balanzas de pagos de todos los países. Por ejemplo, si un país pobre tiene que financiar un volumen dado de importaciones netas, tendrá que hacerlo mediante la salida de oro o divisas desde ese país al exterior (hacia países con superávit, que son los que en principio tienen ventaja absoluta). Pero en ese caso lo que observaremos será una bajada del nivel nacional de precios en los países pobres e importadores, y una subida simultánea del nivel nacional de precios de los países ricos y exportadores. De esta manera, las propias fuerzas de mercado recuperarán por sí solas la competitividad de todos los países, penalizando a quien en principio tenía la ventaja absoluta y ayudando a quien en principio estaba peor dotado.

Esto será posible porque los precios relativos internos de las distintas mercancías son diferentes en cada país, de forma que al subir el nivel general de precios en los países exportadores (y bajar en los importadores), los precios relativos internos se mantienen (por ejemplo, en el mismo país un coche seguirá valiendo lo mismo que tres motos o que mil quinientos kilos de carne de ternera) y siempre habrá productos en los que los países pobres tengan “ventaja relativa (o comparativa)” (aunque no tengan ventaja absoluta), es decir, países en los que el precio de la carne en términos de coches será más barato que en los demás. Pues bien, según los liberales defensores del principio de la ventaja comparativa, lo único que tiene que hacer cada país es especializarse en las mercancías y sectores para los que tiene ventaja relativa (precio relativo interno menor), que serán precisamente aquéllos en los que los otros países tendrán desventaja relativa (y viceversa). De esta manera, los liberales han encontrado su particular piedra filosofal a la vez que la cuadratura del círculo: todos los países tienen la misma competitividad a largo plazo, todos tienen una balanza comercial y de pagos tendencialmente equilibrada, y todo la esfera del comercio internacional no es sino el reino efectivo de la libertad y la esfera celeste de la armonía universal de intereses.

Es una lástima que los datos y la realidad histórica se encarguen de desmentir por completo a los liberales también en este punto. No se trata sólo de que haya muchos países que en toda su historia como países independientes ofrecen permanentemente una balanza comercial deficitaria (mientras que algunos países ricos presentan un superávit estructural constante). Es que el cacareado mecanismo autocorrector, que supuestamente serviría para conseguir tales equilibrios y malabarismos, sencillamente no existe.

La creencia en su existencia se basa en el supuesto erróneo de que la “teoría cuantitativa del dinero” es cierta, cuando los economistas no liberales, empezando por Marx, han demostrado que es falsa. Esta teoría “cuantitativa” supone que el nivel general de precios en un país es una función de la cantidad de dinero en circulación; por eso --razonan los defensores de la ventaja comparativa--, aumentarán los precios cuando llega dinero al país (y bajarán cuando sale). Aparte de que lo que está aconteciendo en los últimos años en Japón o Estados Unidos (y también en Europa) bastaría por sí solo para descalificar a la teoría cuantitativa del dinero –ya que el crédito (es decir, el volumen de dinero en circulación) está creciendo a tasas iguales o superiores al 10% anual, y sin embargo la inflación se mantiene en niveles muy bajos, que oscilan entre el nivel negativo de Japón y los ridículos 1% o 2% de los demás países citados--, lo que sucede es que los ajustes en el plano internacional no se producen de la forma “armonicista” que prevén los liberales, sino de forma mucho más dolorosa para los países pobres.

Veamos. El primer tipo de ajustes que sufre un país que “goza” de desventajas absolutas generalizadas es un ajuste (un recorte drástico) por la vía de la producción y del empleo. Si nos olvidamos del cómico ejemplo de las avellanas que ofrece nuestro antagonista, y pensamos en un ejemplo más realista, la cosa se comprende bien. Miremos el caso de tantos países que, para empezar, no son capaces de producir muchos de los productos industriales que necesitan, desde alimentos corrientes a medicinas elementales, pasando por los productos de papelería más nimios (y todo ello, por no hablar de los que resultan de las “nuevas tecnologías” o, mejor dicho, de las tecnologías punteras). No pueden producirlos porque no disponen de ninguno de los requisitos que les permitirían competir en el mercado mundial a precios aceptables. Pero pensemos en un país un poco más afortunado, que produce una amplia variedad de productos industriales no muy complejos para un mercado interno de cierta magnitud, y hasta entonces más o menos protegido, y que, de buenas a primeras, decide cambiar su política comercial moderadamente proteccionista y adoptar una política librecambista radical. En ese caso las consecuencias serán las siguientes.

Como los países ricos y técnicamente preparados no tendrán problema en aumentar su producción para abastecer a este nuevo mercado con productos más baratos, el primer resultado será la caída de la producción interna del país repentinamente “liberalizado”. No es que deje de producir avellanas, como en la imaginación de Sala; es que se verá sometido a una competencia feroz en el automóvil, el acero, el textil, los astilleros, la industria química y alimentaria, etc. Todo eso significará una auténtica reconversión industrial repentina y completa, que no sólo reducirá la producción interior en un buen porcentaje del total, sino que arrastrará, en su caída, al volumen de empleo industrial. El aumento del desempleo en estas industrias reconvertidas, con su inevitable resultado de pérdida de poder adquisitivo de los asalariados que pierden su puesto de trabajo y de los empresarios que tienen que cerrar sus empresas, afectará también a la capacidad de ventas de la agricultura y de los servicios (si es que estos sectores no se han visto ya afectados directamente por la propia competencia exterior: piénsese en los sectores financieros o de transporte, o en los productos agrícolas y ganaderos subvencionados, como reconoce el propio Sala, por la Unión Europea o por el gobierno de Estados Unidos[21]).

Al mismo tiempo que en la producción y en el empleo, el ajuste forzado por los desequilibrios comerciales que genera la desventaja absoluta en un marco de economía de mercado es muy probable que tenga una dimensión financiera. Pero esta dimensión no se manifiesta en movimientos “autocorrectores” de los niveles nacionales de precios, sino en variaciones de los diferenciales de los tipos de interés internacionales, que se encargan de reforzar –no de corregir— los efectos de los desequilibrios originales. En efecto, si la liquidez creciente de la que dispondrán los países exportadores ricos cuando reciban los pagos procedentes de los países importadores pobres supera la que se necesita para financiar el volumen creciente de producción que existe ahora en el interior de estos países ricos (que han conseguido sumar a sus mercados tradicionales el nuevo mercado surgido en los países recién “liberalizados”), eso significará mayor liquidez (relativa) en el sistema financiero de los países ricos (y menor liquidez relativa en los países pobres).

Como los tipos de interés en los países desarrollados tenderán por ello a ser bajos, mientras que los de los países menos desarrollados tenderán a subir relativamente (ojee el lector los medios de comunicación para comprobar rápidamente que esto es así en la realidad), los segundos encontrarán un doble incentivo (esa palabra que tanto le gusta a nuestro criticado autor) para endeudarse con los primeros, que se convertirán, por tanto, en acreedores de los pobres. Por una parte, el volumen de dinero será mayor y su precio más bajo en los países ricos, razón por la cual los potenciales deudores saldrán “ganando” si pactan con los potenciales acreedores una línea de crédito que muy probablemente se convertirá en permanente. Por otra parte, el propio déficit comercial “forzará” al país pobre –al menos, al que no quiera quedarse cada vez más rezagado en la interminable batalla competitiva mundial-- a intentar superar las barreras que su estructura productiva impone a la renovación de su tejido productivo mediante el recurso al “crédito” (que es lo mismo que decir “deuda”; es decir, mediante el endeudamiento).

De esta manera, las propias fuerzas de mercado llevan espontáneamente a los países pobres y científica y técnicamente atrasados a convertirse en importadores y en deudores, y a los países ricos y productivamente avanzados a hacerse exportadores y acreedores. Esta relación asimétrica y desigual no sólo redobla la desigualdad inicial en lo científico-técnico, lo productivo y lo comercial, sino que la amplía al ámbito financiero, donde el deudor tiende siempre a conseguir nuevo crédito en condiciones crecientemente onerosas (es decir, tiene que ofrecer garantías, avales e hipotecas crecientes: facilidades para la inversión extranjera, concesiones a grandes empresas de los países ricos, modificaciones en la legislación del país receptor de inversiones, aceptación de las condiciones impuestas por los acreedores, ya sean privados o públicos, etc.) porque no será normalmente capaz de mejorar en el terreno básico donde comienzan todas las diferencias (el punto de partida, es decir: el desarrollo de sus fuerzas productivas del país) que han puesto en marcha, y reproducirán de forma creciente y reforzada, todo este círculo vicioso infernal.

Un país que no es capaz de producir, que tiene que importar productos básicos para su desarrollo industrial, que no tiene una fuerza de trabajo suficientemente cualificada ni un sistema educativo capaz de formarla, que encima está dependiendo de las empresas extranjeras que se instalan en su suelo --y que practican políticas de aprovisionamiento de bienes y de dinero que sólo tienen en cuenta los mercados que más les convenga a ellas “egoístamente” (la panacea liberal), y no los interesas “nacionales” en que están instaladas...--; un país así no puede salir por sí sólo de la dependencia que significa para él el desarrollo necesariamente desigual que impone la economía de mercado. La mayoría de los países de este tipo están condenados, pues, a retrasarse cada vez más respecto de los niveles de desarrollo que están sólo al alcance de los países avanzados.

Y esto será así mientras en el mundo no se sustituya la economía de mercado –que liga la eficiencia a la competitividad y a la necesidad de que unos pierdan (en términos relativos) para que otros mejoren relativamente— por una economía diferente, que libere los recursos y la productividad de la camisa de fuerza que les imponen quienes ganan con la economía de mercado, y permita a los habitantes de nuestro planeta tomar el control de las condiciones globales de producción, de acuerdo con el principio democrático de “una persona, un voto”, en vez del tiránico “un euro, un voto”.