Bueno, combinemos mercado y gobierno:

¿pero cuánto de cada?

 

 

 

 

 

Las ideas simplistas no tienen por qué exponerse de manera complicada, como decididamente demuestra nuestro autor: “A pesar de que, hoy en día, la práctica totalidad de los economistas estamos de acuerdo en que el mejor sistema económico es el de libre mercado, no existe acuerdo sobre el grado de implicación que el gobierno debe tener en la economía” (p. 61). Afortunadamente, me cuento fuera de esa “práctica totalidad”, que, por cierto, se comporta muchas veces con un “totalitarismo práctico” indudable. Es más: dentro de esa minoría reducida de economistas, estoy sin duda en una minoría aun más pequeña, que no sólo no defiende que el de libre mercado sea “el mejor sistema”, sino que apoya la idea de que, en la actualidad, dicho sistema es “el peor posible”, razón por la cual urge cada vez más poner en marcha, entre todos, una auténtica alternativa sistémica que nos permita terminar con él.

Sala se sitúa entre los defensores de la progresividad fiscal, pero no se pronuncia expresamente sobre qué es mejor, si gravar a los pobres con sólo un 10%, y a los ricos con un 90%, o bien optar por un abanico mucho más estrecho entre, digamos, un 20% y un 30%. Se limita a reconocer que la “cura” que proponen unos y otros puede variar incluso en el caso de que todos (o casi todos) hagan el mismo “diagnóstico” de la situación: “la economía de mercado va bien” (si se me permite expresar su idea parafraseando a nuestro impar Presidente). Por supuesto, a nuestro autor le parece que lo de derecha e izquierda es “una terminología totalmente desfasada”, aunque a continuación le dé la razón a Bobbio, al menos en la idea de que todo el mundo encuentra alguna manera de aplicar en la práctica esa “caduca” distinción.

En el caso de Sala, la distinción entre derecha e izquierda tiene que ver, al parecer, con el vestuario. Y no me estoy refiriendo ahora a sus ya famosas chaquetas y corbatas, sino al importante dilema entre “bolsillos y bragueta” que plantea en un capítulo de su libro, y en particular con qué parte de la indumentaria quiere tener cada uno más a salvo: “Es decir, las derechas no quieren que el gobierno se nos meta en la cartera pero sí en la bragueta, mientras que las izquierdas quieren exactamente lo contrario”. En cambio, él, como buen liberal, no quiere que le toquen ni mijita: “¡Ni en la cartera, ni el bragueta!” (p. 63).

A pesar de todo eso, está claro por qué D. Xavier Sala es un señor de derechas. Esto se ve en las “vías” que utiliza para defender “que el gobierno debe tener un ámbito de actuación limitado”. Da 4 argumentos para ello. El primero es pomposo: que la libertad individual es “el valor fundamental del hombre”, y los gobiernos del mundo real, formados por “personas imperfectas”, se ven tentados a utilizar la fuerza del Estado “en beneficio propio”. Qué pena que en el mundo liberal no funcione todo de acuerdo con su omnipresente panacea: nos dicen siempre que es precisamente buscando el beneficio propio como se consiguen tantas maravillas, pero, a la hora de la verdad, cuando se busca ese beneficio propio sin pasar por el mercado la cosa ya no funciona.

El segundo argumento lo presenta tan elaborado como de costumbre: “Los gobiernos de la vida real tienden a hacer mal incluso aquello que es de su estricta competencia” (p. 64). ¿Por qué no son más coherentes entonces los liberales y reclaman la privatización completa del ejército, de la policía y de las cárceles, del sistema judicial..., y hasta del dinero (siguiendo a ese gran liberal que fue Hayek, el ídolo de Margaret Thatcher)? Según Sala, no es sólo que los gobiernos no sepan evitar la “evasión fiscal” o “la explotación de los ciudadanos por parte de los monopolios”, sino que practican una corrupción tan general como la que se puede achacar en nuestro país al “gobernador del Banco de España” o al “jefe de la Guardia Civil”. Entonces, ¿a qué viene acusar sólo a los gobiernos africanos (y de los países pobres en general) de corruptos si no hacen otra cosa que imitar a sus maestros del mundo rico y occidental? Es más, ¿a qué viene acusar de corruptos a los gobiernos cuando tenemos casos de empresas privadas, como Enron o Arthur Andersen en Estados Unidos, como el BBVA en España, o como los bancos privados japoneses y asiáticos y sus consabidas “prácticas heterodoxas y corruptas”, que practican una corrupción[16] tan de primera calidad que ni en las mejoras familias se encuentra algo parecido?

La tercera razón para que el gobierno se mantenga tan chiquito como Joselito (“el pequeño ruiseñor”) es que, como los gobiernos gastan dinero que no es suyo, “tienden a gastar demasiado”. Pero eso mismo se podría predicar de las dos grandes instituciones del sector privado de la economía de mercado, que según la teoría neoclásica son las familias y las empresas: si el jefe de compras de una empresa (o el de marketing o el de recursos humanos) dispone de dinero que no es estrictamente suyo, sino del dueño o dueños (accionistas) de la empresa, ¿por qué suponer que no lo despilfarra? Por otra parte, en las familias en las que no todos sus miembros trabajan –lo cual se está convirtiendo en algo cada vez más difícil de encontrar, eso es cierto--, ¿qué es lo que puede evitar que se derroche el dinero cuando unos pueden estar gastando mientras otros, los que traen los recursos financieros a casa, están cumpliendo su jornada laboral?

Una cuarta razón para defender que el tamaño del gobierno no crezca es que éste elimina “los incentivos”. Una vez más, falta aquí cualquier análisis histórico serio --todo queda reducido al sistema de mercado y al comunismo marxista--, pero, pensándolo bien, tampoco vendría a cuento ahora esa seriedad, ya que sin duda desentonaría en un conjunto tan homogéneamente liviano. Tras inspirarse en los microbios de la película La guerra de los mundos, de Orson Welles, concluye Sala lo siguiente: “Los incentivos son, en cierto modo, los virus que ni Marx ni ninguno de los evangelistas de la planificación económica centralizada supieron ver en el momento de diseñar el sistema comunista de organización económica. Y fueron precisamente dichos incentivos los que terminaron por matarles”, ya que, en una economía tan “antinatural” como ésa, los ciudadanos finalmente “se preguntan: ‘Si vamos a terminar ganando todos lo mismo, ¿por qué debo yo esforzarme más de la cuenta?’” (p. 67). Pero por la misma razón, cabría esperar que, en una familia cualquiera, el hijo que saque mejores notas reclame una paga mensual mayor de sus progenitores; o que, si se le encarga una tarea doméstica como hacer la cama o sacar la basura, replique de inmediato: “¿y qué incentivo tengo yo para hacer eso?”; o bien: “¿qué nuevo ingreso o consumo puedo contraponer a la pérdida de ocio que resultará para mí de esa actividad?”.

O también: si el incentivo es el afán de lucro[17] y esto sólo existe desde hace dos siglos y medio, ¿qué decir de las otras formas de organización que ha conocido la historia? Por ejemplo, ¿por qué pintaban y pintan los pintores (o por qué escriben los escritores o estudian los científicos, etc.) que no obtenían o no obtienen reconocimiento en vida, ni en forma monetaria ni en términos de fama? ¿Por qué se levantan tantos millones de trabajadores a las cinco, las seis o las siete de la mañana, si saben que no se van a hacer ricos ni famosos? ¿No será que el auténtico incentivo para llevar el trabajo más allá del punto que sería suficiente para ganarse la vida, y para extenderlo hasta la medida que permite vivir sin trabajar a tantos explotadores del trabajo ajeno, es la dependencia insuperable del mercado, esa temible disciplina del hambre que sustituyó a la del látigo por su mucha mayor eficacia explotadora?

Una última razón por la que se opone Sala a un gobierno grande es –dice-- que la gente suele pensar que los servicios públicos son gratuitos, cuando no hay nada más falso que esa afirmación. Muchas “instituciones públicas” –y nuestro autor no se olvida de citar en este punto al “Estado del bienestar”-- se diseñan pensando sólo en los beneficios que suponen, pero olvidando tener en cuenta “los costes que acarrean”. Dejando a un lado la parte de verdad que encierra este argumento, hay que señalar que Sala, cual grácil cabritillo, salta alegremente de las premisas a la conclusión que le apetece extraer, sin mucho respeto por las reglas de la lógica que se suelen emplear en estos casos. Afirma sencillamente que “cuando se crea una institución pública, nunca se piensa en la forma de cerrarla una vez hayan desaparecido las necesidades que han llevado a su creación” (p. 68). Pero ¿por qué supone que esas necesidades tienen que desaparecer necesariamente? ¿Por qué no habrían de mantenerse o incluso crecer? No espere el lector encontrar en el libro de nuestro autor ninguna respuesta a esto que vaya más allá de su “intuición”. A él le basta con un ejemplo: la OTAN. Y argumenta así de bien: al igual que la OTAN ha seguido funcionando, e incluso creciendo, después de que su objetivo social haya desaparecido (la amenaza militar soviética, supuestamente), lo mismo cabe esperar que ocurra con todas las demás instituciones públicas.

¿Ha oído don Xavier hablar de la “Ley de Wagner” (un autor, por cierto, a quien Marx ya criticó por atribuirle a él, como sigue haciendo nuestro Sala siglo y pico después, la creación de un “sistema económico”[18], el sistema soviético en opinión del señor Sala)? Aunque en mi opinión a esa ley se la debería llamar con mayor justicia la “ley de Marx” (si bien, debido a la variedad de leyes económicas descubiertas por este autor, sería problemático y equívoco hablar de una “ley de Marx” en singular), la tesis que encierra la misma está sacada de la realidad empírica más indiscutible de todos los países capitalistas realmente existentes: el peso de los ingresos y gastos públicos no hacen más que crecer, a largo plazo, como porcentaje del producto social anual; y ello no se debe en absoluto a que ningún agente económico así lo planee o lo desee, sino que es pura consecuencia, o fuerza neta resultante, de todo un conjunto o sistema de fuerzas dispares, que empujan en las direcciones y sentidos más diversos, como resultado del crecimiento secular de los antagonismos sociales y de la contraposición creciente de intereses económicos que se dan en el seno de la economía de mercado.