El papel del gobierno

 

 

 

 

 

 

Al igual que ha hecho siempre toda la tradición liberal, nuestro autor, D. Xavier Sala, no se olvida, después de cantar las omnipresentes virtudes del mercado, de distinguir cuáles son las cosas que el gobierno debe hacer y cuáles son aquéllas de las que tendría que prescindir. Porque a este respecto no se debe ocultar que toma ciertas distancias respecto de los “analistas” que podrían llegar, basándose en lo escrito por él en los tres primeros capítulos de su libro, a la conclusión de “que lo mejor que puede hacer el gobierno es no hacer nada” (p. 49). Sala afirma claramente: “sinceramente, creo que están equivocados”.

Lamentablemente, lo primero que tenemos que objetar aquí es que tales analistas no existen. Veremos más adelante cómo hasta los ultraliberales más extremos defienden una intervención pública imprescindible. Muchos izquierdistas parecen olvidar este tipo de argumentos, y utilizan un género de críticas del neoliberalismo que, efectivamente, como ha denunciado un liberal tan conocido en nuestro país como Pedro Schwartz, tienden más a la caricatura que a la descripción exacta de lo que ha acontecido en la historia real del pensamiento económico. Schwartz escribe que, a pesar de que “la mayor parte de los objetivos últimos de socialistas e individualistas son los mismos: prosperidad, libertad, felicidad, seguridad”, la realidad es que “discrepamos en los medios y en nuestro concepto de cómo funcionan los mecanismos sociales”[10].

Por eso, frente a los que los socialistas llaman Estado de bienestar, y que él prefiere denominar Estado paternalista, lo que propugna es un Estado liberal, pero advirtiendo previamente --en lo que tiene toda la razón-- contra la caricatura que se ha hecho a menudo de la ideología liberal: “La actitud de los liberales ante el Estado suele caricaturizarse por incomprensión (...) creen que el liberal en el fondo desea abolir el Estado, cuando busca centrarlo y reforzarlo”[11]. Schwartz tiene razón también cuando escribía (tan pronto como en 1984) “Ya no se oyen en bocas socialistas apologías del déficit público; ni promesas de nacionalizar los medios de comunicación, distribución y consumo (...) Todo es hablar de ortodoxia financiera, reconversión industrial, flexibilidad de plantillas, economía de mercado”. Continúa Schwartz: “La gente cree que los liberales perseguimos la destrucción del Estado. Muy al contrario, he dicho y quiero probar ahora, el liberalismo como programa político es un programa estatal y público (...) Los liberales, lejos de pretender la destrucción del Estado y su sustitución por no sé qué orden social espontáneo, buscan la restauración de un Estado fuerte, limitado y capaz de cumplir sus funciones necesarias: un Estado que sepa establecer y mantener el marco en el que vaya a florecer la actividad individual”[12].

Según Sala i Martín, el gobierno tiene que ocuparse de cuatro tipos de tareas: 1) “la defensa y garantía de los derechos de propiedad”, 2) la de “la competencia”, 3) la “regulación” en el caso de ciertos bienes “problemáticos” (o “no normales”, a saber: “bienes públicos, externalidades y bienes comunales”), y 4) lo que llama “protección de los desprotegidos, bienestar e igualdad de oportunidades”. Veamos cada una a un tiempo.

1. La salvaguarda de los derechos de propiedad se lleva a cabo, claro está, mediante “la defensa nacional, la policía y el sistema judicial”. Seguro que, si se le pregunta, no tendrá nuestro autor problemas en encontrar partidas, dentro de esos ministerios de Defensa, Interior y Justicia, que le parecerán más bien señales de despilfarro que de defensa de la sacrosanta propiedad privada. Pero lo más curioso es que aprovecha en este punto para recriminar a los africanos por ser culpables --¡cómo no!-- de su pobreza (lo cual forma parte de la estrategia neoliberal típica: también los parados son los culpables de su desempleo; los televidentes, culpables de la televisión basura que se les ofrece; los votantes, de la pobre oferta que les ofrecen los partidos, etc.): “Con toda seguridad, uno de los principales factores que explica la extrema pobreza de la mayor parte de los países africanos son las continuas guerras que han asolado el continente desde su independencia” (p. 50). Yo le preguntaría por qué las guerras (incluidas dos llamadas “mundiales”, pero que son básicamente europeas) que han asolado el continente europeo desde hace siglos[13] explican, por el contrario, su “extrema riqueza” (en términos relativos), y por qué la relativa ausencia de guerras en África antes de su independencia no fue responsable de un incremento en su riqueza.

2. Para garantizar la competencia, Sala insiste en la necesidad de limitar los monopolios, aunque matiza repetidamente que en este punto no es tan importante la “privatización” como la “liberalización”; es decir, da igual que una empresa pase del sector público al sector privado si no se consigue eliminar su poder monopolista e introducir una competencia real que beneficie a los consumidores. Vemos en primer lugar aquí una crítica soterrada de la estrategia del gobierno del PP: “algunos gobiernos que se autoproclaman liberales han sido muy rápidos a la hora de privatizar (...), pero menos rápidos a la hora de liberalizar (...) un monopolio privado tiene tan pocos incentivos a [sic] satisfacer a los consumidores como un monopolio público”.

Pero lo que nos parece más relevante de este discurso es, una vez más, la manía contra los monopolios, que es tan típica entre los liberales (véanse la entrevista a Milton Friedman en El País de 11-XI-01) como entre los militantes de los partidos de izquierda que se han dejado influir por las ideas leninistas. Esta manía no se refiere al monopolio realmente criticable –el de la propiedad privada, que, por ser privada, es exactamente monopolista de aquello que es apropiado--, sino parece asentarse en el desconocimiento de que, la mayor parte de las veces, los “monopolios” de la Microeconomía liberal no son el resultado de una intervención perversa de gobiernos antiliberales, sino simples ejemplos de eso que el propio Sala llama “monopolios naturales”, y que los liberales tienden a presentar confusamente como la excepción en el universo de los monopolios. Nuestro autor reconoce que en estos casos de monopolio natural, las tres posibles soluciones existentes –a saber: no hacer nada, fijar precios públicos o nacionalizar-- plantean “graves problemas”; pero de hecho no parece consciente de que el monopolio no tiene por qué obtener los resultados tan negativos que de él espera la teoría neoclásica.

3. La idea neoclásica de que el “equilibrio” del monopolio se obtiene necesariamente para una cantidad vendida inferior y con un precio de mercado superior (en relación con el supuesto de la “competencia perfecta”, que es su modelo de referencia permanente) no tiene por qué ser cierta. Sólo se deriva ese resultado en el caso de que se suponga (de forma poco realista) que las curvas de coste de la empresa monopolista sigue siendo la misma una vez dividida dicha empresa en tantas fracciones o pedazos como para que se pueda hablar de que se ha creado una auténtica competencia (perfecta) entre las empresas resultantes. Si no es éste el caso, y suponiendo que el monopolio tiene asociado una estructura de costes más eficiente, bien puede darse el caso de que el monopolio produzca mayor cantidad, y a un precio más bajo, que en el caso de la competencia perfecta.

En relación con los bienes que no son “normales” sino “problemáticos”, Sala no tiene más remedio que reconocer las dificultades con que se encuentra al respecto la teoría económica neoclásico-liberal. Respecto a los “bienes públicos” –por ejemplo, las carreteras, la televisión, el ejército, o incluso “el conocimiento, la tecnología y las ideas”--, la teoría reconoce que los mercados no son capaces de producir lo suficiente: “El hecho de que el conocimiento y la tecnología sean bienes públicos hace que la libre competencia empresarial tienda a no generar conocimientos y progreso tecnológico al ritmo que sería óptimo”. Por esa razón, “hay que crear un sistema de patentes”, es decir, un monopolio, al fina y al cabo, aunque es mejor que éste sea temporal. Aquí resulta que el monopolio, la figura tan odiada en general, se convierte en la panacea cuando precisamente más artificial resulta.

Este punto lo desarrolla nuestro autor en un capítulo aparte de su libro --titulado “La economía de las ideas”-- en el que asegura que “la vacuna de la viruela, la técnica que permite (...) el airbag (...), el sistema de telefonía móvil, el programa Word de Microsoft o la fórmula de la aspirina son bienes públicos” que se generan gracias a un costoso gasto empresarial en “investigación y desarrollo (o I+D)” que “sólo se debe pagar una vez” (p. 71). Ahora bien, si ese coste no pudiera recuperarse, “nadie va a innovar y el progreso tecnológico desaparecerá”. Seguiría habiendo “sabios locos”, como había antes del capitalismo, pero “el ritmo de creación de ideas” sería muy inferior al que conocemos. En este punto apela Sala al premio Nobel Douglas North, que atribuye la revolución industrial y el inicio del desarrollo capitalista al hecho de que en 1760, en Inglaterra, “se crearon las instituciones que iban a permitir garantizar los derechos de propiedad intelectual”, porque –como dice Sala-- “al fin y al cabo, ¿a santo de qué va a pagar los elevadísimos costes de I+D una empresa si, una vez hecho el invento, cualquiera va a poder copiarle la idea y no va a poder recuperar el dinero de la inversión?”.

Resulta, por tanto, que el sistema de mercado que, según nos había dicho Sala i Martín en el primer capítulo, se basa en la libre competencia y la disciplina de mercado, tienen su origen y su mecanismo fundamental en un sistema de patentes que convierte al inventor, “de hecho, en un monopolista” (p. 73). Él mismo reconoce que éste es un “problema importante” porque “sabemos que los monopolios son malos”, pero le parece que la solución del “monopolio temporal” (por ejemplo, patentes “durante veinte años”) es una “solución intermedia”. ¡Bonita solución y bonito punto medio!: resulta que, siempre que el monopolio no sea tan eterno como el Dios de los cristianos –en el que, afortunadamente, Sala i Martín no parece creer--, se podrá decir que estamos en una situación “intermedia” entre el monopolio y la competencia, y esta “intermediación” se manifiesta en la maravillosa conversión de lo que en principio era malo –el monopolio— en algo que a la postre resulta ser óptimo: el sistema capitalista de patentes, que ha permitido el despegue industrial de la sociedad moderna (desde 1760) y el bienestar material de quienes practican este tipo de monopolios (y la correspondiente pobreza, bien merecida, de quienes no lo practican).

No sabíamos que los liberales tuvieran esa familiaridad con el arte de sacar conejos de la chistera, por más que ya nos hubiera advertido Lester Thurow de su fanatismo religioso (que los lleva, por ejemplo, a interpretar el mundo social como se veía el mundo físico hace varios siglos: como si fuera el sol el que da vueltas alrededor de la tierra, y no al revés). Fanatismo que también se puede aplicar al agnóstico Sala, que, con tal de salir del paso, es capaz de renegar aquí de su admirado Thomas Jefferson, a quien en otro punto de su libro (p. 93) situará, junto a Adam Smith, en lo más alto del altar, laico y liberal, de sus mitos particulares. Escribe nuestro autor que si en 1813 el padre de la patria norteamericano “se decantó por la competencia y en contra de la concesión de monopolios a través de patentes”, eso se explica porque “carecía de la visión, de la perspectiva de casi dos siglos que tenemos los economistas de la actualidad” (p. 76). En este punto, Sala da la razón a Schumpeter y defiende con él a los monopolios que practican la famosa “destrucción creadora” (que él prefiere llamar “creación destructiva”), para concluir defendiendo la innovación de los “jóvenes emprendedores[14] de Microsoft, Apple, Intel u Oracle”.

Habría que preguntarle a Sala si los viejos “empresarios” de la banca, de las cadenas de distribución detallista, o de las fábricas de acero o de periódicos (que para nada se pueden confundir con los empleados de sus empresas que llevan a cabo las invenciones e innovaciones correspondientes), no tienen derecho a los beneficios de que disfrutan los “emprendedores” de las llamadas nuevas tecnologías. O también: si los herederos de los inventores de antaño que puedan demostrar fehacientemente su parentesco (por ejemplo, los descendientes probados de Leonardo da Vinci o de Galileo, o incluso de Newton, todos ellos anteriores a la fecha mágica de 1760) no tendrían derecho a reclamar de la sociedad una justa compensación en concepto de patentes no registradas por la torpe falta de visión que tuvieron sus antepasados (que no son culpables de ello, desde luego, ya que nacieron, como quien dice, “antes de tiempo”, es decir, antes de que esta maravilla gloriosa que es el capitalismo recibieran la doble bendición de North y de Sala i Martín).

En cuanto a los bienes comunales y los sujetos a externalidades (negativas), Sala reconoce que el mercado tiende a “sobreexplotar” los primeros (por ejemplo, en el caso de los caladeros o bancos de pesca, de los embotellamientos en las carreteras, etc.) y a producir los segundos “en exceso” (contaminación atmosférica, ruidos...). Pero, para dejar zanjado el debate, se conforma prácticamente con decir que era mucho peor lo que ocurría en el perverso “Este comunista”, donde accidentes como el de Chernóbil, y otros, nos eximen a los occidentales, ya para siempre, de tener que profundizar más en el asunto que nos ocupa.

4. Como ya se dijo, para D. Xavier, el bienestar social consiste en asegurar a los miembros de la sociedad la “igualdad de oportunidades”. Pero lo que añade ahora como novedad es un nuevo tópico liberal, sólo que aderezado con ilustraciones y ejemplos de tan dudosa pertinencia como sus simpáticas corbatas. En su opinión, la igualdad de oportunidades es exactamente lo contrario que la “igualdad de resultados” (que equivale a poco menos que tiranía y dictadura, o, como él lo llama, a “imposición”). A esto ya nos habían acostumbrado otros liberales. Como buen neoclásico, Sala insiste en que “todos tenemos nuestras preferencias en cuanto al ocio y el consumo”. Recuérdese que ése es el argumento que usan muchos neoclásicos para culpabilizar del desempleo a los propios desempleados, que, en esta interpretación, no serían parados forzosos, sino simples consumidores soberanos que, en el dilema entre más ocio o más renta, se decantan voluntariamente por lo primero. Para aquéllos que piensen que esto tiene algún parecido con la realidad y no les baste con mirar desprejuiciadamente a la realidad capitalista misma de los parados de carne y hueso, recordemos la sensata ironía con que Robert Solow –no menos neoclásico, pero sí más realista— descarta esta tontería. Solow, a quien nuestro autor quiere pagarle tributo declarándose luego discípulo suyo (p. 163), se ríe de esa cínica idea neoclásica simplemente recordando que nadie ha podido observar nunca la menor correlación estadística entre los periodos de subida de la tasa de desempleo y los de un consumo mayor de bienes y servicios ligados a la industria del ocio (sino más bien todo lo contrario: véase su libro, El mercado de trabajo como una institución social).

Como ya hemos adelantado, en este punto nuestro autor se muestra más torpe de lo normal, y, para ilustrar su punto de vista, pone el siguiente ejemplo. Imaginemos una carrera de atletas. El gobierno debe establecer unas “reglas de juego” que conozcan todos los participantes en la carrera, y asegurar que todos ellos tengan idénticas oportunidades de entrenarse. Con eso, garantizará la “igualdad de oportunidades”. Ahora bien, lo que no debe hacer nunca el gobierno --¡y éste no es un descubrimiento liberal cualquiera, sino que hay que imputárselo directamente a nuestro autor!-- es “obligar a que todos los participantes lleguen a la línea de meta a la vez” (p. 59). Pues bien, a eso es a lo que equivale la perversa política de “igualdad de resultados”. ¿Dónde habrá hecho nuestro autor tamaño hallazgo?

Curiosamente, como ocurre tantas veces, el ejemplo elegido no es casual más que en apariencia. Si nos fijamos en otros deportes distintos del atletismo, como la hípica o las carreras de fórmula 1, el ejemplo, si fuera un buen ejemplo, debería servir. Por tanto, lo que debería hacer el gobierno, según esta metáfora, es establecer la normativa y dejar que todo el mundo disponga de la misma oportunidad (abstracta, por supuesto) de entrenarse. Por ejemplo, si uno no tiene dinero para comprarse un coche de carreras o ni siquiera un caballo de pura sangre, pues que practique con un carro de madera o con un borrico trotón. Lo que no puede hacer el gobierno, según el argumento liberal, es poner a disposición de los deportistas los caballos o los coches de fórmula uno, porque eso significaría matar el incentivo del deseo de ganar. No conozco a ningún no liberal que haya defendido nunca la original ocurrencia de que un gobierno igualitarista debe conseguir que todos los estudiantes obtengan las mismas notas en sus estudios. Sin embargo, hay una forma más corriente de pensiero debole, que consiste en olvidar que, para conseguir más igualdad, no basta con aprobar leyes y declaraciones que hablen de igualdad (si no se ponen al mismo tiempo las bases materiales para asegurar dicha igualdad en la práctica).

Si alguien duda de esto último, puede comprobar que el propio Sala i Martín nos ofrece la prueba de lo que digo unas páginas más abajo en su libro. Pero como entre lo que escribe acerca de la igualdad de oportunidades y lo que dice más tarde ha transcurrido una cuarentena de páginas, podría ser que ésa fuera demasiada distancia para que se disparen automáticamente las sirenas de alarma en su cabecita apresurada e inocentemente incapaz de advertir la contradicción en la que incurre. Y me estoy refiriendo a que, en la página 100, al hablar de la “explotación infantil” –algo muy típico, dicho sea de paso, entre quienes no creen en la “explotación adulta”, como por desgracia sucede en nuestros tiempos con los sindicatos llamados “de clase”, que no son sino sindicatos disimuladamente liberales--, escribe:

“Huelga decir que la mayor parte de los países del mundo tienen leyes que obligan a los niños a ir al colegio. Pero el problema es que el absentismo escolar es enorme. Y la razón por la que los niños y las niñas no asisten al colegio es que sus padres (si es que tienen) no se lo pueden permitir. Por más leyes que dicten los gobiernos de los países pobres (...) si los padres no quieren que sus hijos asistan al colegio, los niños no asistirán” (p. 101).

Por supuesto, la defensa de la igualdad de oportunidades, junto a la crítica de la igualdad de resultados, llevará a muchos criptoliberales a acusar a Sala i Martín de “neoliberal” (el adjetivo de moda). Y si, además, dichos críticos se mueven en la órbita de la Internacional Socialista (o en el universo socialdemócrata en general), aprovecharán para hacer una encendida defensa de lo que, cada vez más, presentan como la edad “dorada” pre-neoliberal y keynesiana, que tienden a contraponer, mítica y crecientemente, como el único modelo alternativo al que critican (con mucha flojera, todo hay que decirlo). Estos ingenuos (o algo peor) olvidan que ha habido pocos liberales más grandes en el siglo XX que el propio Keynes, y en el caso que nos ocupa –y a pesar de lo que llevamos dicho y de que el famoso manual de Sala en inglés tenga por coautor a un neoliberal tan conocido como Robert[15] Barro--, podemos encontrar indicios de que nuestro autor tampoco es ajeno a este keynesianismo suave que comparten hoy en día los liberales que no se sienten cómodos con el catecismo ultra.

Por ejemplo, Sala no tiene inconveniente en reclamar un “sistema fiscal progresivo”. Ahora bien, al igual que hizo Keynes, tiene buen cuidado de recordar que “es importante resaltar que la redistribución debe ser parcial, puesto que una igualación excesiva de los resultados finales conlleva, como hemos visto, una reducción de los incentivos para estudiar, invertir y trabajar. Y eso es malo”. Como vimos, ésa era exactamente la posición de Keynes.

Por otra parte, y como se comprobará en capítulos posteriores de nuestro libro, Sala no es ajeno a la terminología que usan los sindicatos y los partidos de izquierda, que poco tienen que ver hoy con los partidos y organizaciones de las que históricamente surgieron. Si socialistas y comunistas aspiraban originalmente a la liquidación de la sociedad capitalista, hoy no hace falta recordar que a lo que aspiran es a algo, no sólo mucho más modesto, sino claramente opuesto a lo primero: aspiran a conservar el orden social capitalista. Y para ello, nada mejor que reclamar una y otra vez la “cohesión social” (los sindicatos españoles “de clase”, CCOO y UGT, llegan al extremo incluso de criticar al gobierno del PP por crear “crispación” en la sociedad mediante una política económica y social que estorba dicho objetivo supremo de la cohesión social). A Sala, como buen liberal, le encanta dar con un país donde (en su opinión) la pobreza disminuye: cita al respecto el caso de Indonesia, del que dice que “el aumento del bienestar de los pobres generó una cohesión social que permitió al país, a todo el país, mantenerse en la vía del desarrollo y el progreso” (p. 60).

Y es que, en efecto, Sala no es sólo un “keynesiano” moderado en el sentido fiscal, sino que es un progresista, un reformista y un conservador. ¿Qué cómo se come esta ensalada? Muy sencillo: dándose cuenta de que esos ingredientes nunca faltan en ninguna posición política. Tanto la izquierda como la derecha, y asimismo quienes se sitúan en la tesitura de Sala –que él mismo califica así: “yo proclamo que no soy ni de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario” (p. 63)--, no tienen más remedio que ser todo eso a la vez. Y por una razón muy simple: todo el mundo quiere conservar algunas cosas y a la vez reformar otras, y no hay nadie que no tenga una idea u otra del progreso social (y que no quiera aportar un ápice a su consecución), desde quienes lo conciben como un avance mecánico y lineal hasta quienes lo imaginan como un tortuoso camino de más difícil formalización matemática.