Las desigualdades buenas, y las malas

 

 

 

 

 

 

Ya hemos dicho que los liberales no creen en las clases sociales, al menos en las que se definen seriamente –es decir, conceptualmente--, y mucho menos en las que se definen de acuerdo con criterios económicos o sociales (como, por ejemplo, el lugar que se ocupa en la estructura de la producción y de las relaciones que resultan del proceso de reproducción social) que vayan más allá de los deciles, los quintiles, los percentiles y demás categorías estadísticas igual de insulsas. A cambio, se les llena la boca permanentemente con la equívoca y multívoca “clase media”. Sala i Martín nos muestra la típica falta de rigor que caracteriza a esos economistas tan propensos a usar términos como éste. Por ejemplo, nos habla primero de la clase media “de un país europeo típico” –de la que dice que “puede hacer cosas que, en el siglo XVIII, sólo hacían los reyes franceses”, y que su representante actual “es una familia trabajadora” (p. 41)--. Pero eso no le impide hablarnos también de la clase media de Botswana –país donde entre el 30% y el 50% de la población adulta está infectada de sida--, cuyos jóvenes “en su mayoría forman parte de los cuadros directivos intermedios empresariales” (¡sic!, p. 144).

La clarividencia social de conceptos así plantea muchos problemas. Por ejemplo, la clase media en España, ¿es sólo el 10% central de la jerarquía estadística de rentas, o es el 99% que se extiende desde la duquesa de Alba (y otros congéneres) a la capa más pobre de los quinquis (tipo “el Lute”), o quizás un 1%, un 50%...? Si los sidosos jóvenes botswanos de esa brillante clase media de la que nos habla nuestro autor obligan “a las empresas que trabajan en Botswana a educar y a formar a dos directivos por cada plaza de trabajo disponible, puesto que la probabilidad de que uno de los dos muera es muy elevada”, no cabe duda de que tiene que tratarse de empresas capitalistas y estamos ante una economía de mercado. Pero si las tasas de mortalidad son tan altas, ¿cómo es posible que el bendito mercado no haya logrado la eficiencia, aunque sólo sea en términos de supervivencia y de esperanza de vida?

Pero hay aberraciones más claras en el análisis sociológico de Sala, incluso en el plano nacional. Por ejemplo, argumenta, con tanta claridad como siempre, sobre lo beneficiosos que resultan los “archimillonarios”. No se trata de sus impulsos “altruistas y generosos”, que los llevan, es verdad, a crear fundaciones y a regalar dinero con objetivos humanitarios. Se trata, sobre todo, de que el conjunto de lo que producen es precisamente lo que “permite[n] a tantos y tantos trabajadores de todo el mundo ganarse la vida”. Como buen discípulo de Adam Smith, a Sala le preocupa que sea mucho más productivo Bill Gates que la improductiva Duquesa de Alba –“hoy por hoy no se me ocurre nada útil que pueda producir esta señora y que justifique su fortuna (...) no es una señora demasiado productiva” (p. 48)--. Pero sin duda piensa que ambos pertenecen a una “clase alta”, al igual que hay un buen grupo de ciudadanos que forman parte de la “clase baja”.

Por supuesto, hay una parte de la desigualdad de rentas de la que habla Sala que le parece bien, ya que “si la posibilidad de hacerse rico no existiera, la gente no trabajaría” (p. 43; en esto coincide con Keynes, que encontraba “justificación social y psicológica de grandes desigualdades en los ingresos y en la riqueza (...)” exactamente por las mismas razones). Pero otra parte le parece “mala” e “injusta”, si se produce como consecuencia de no respetar el principio de “igualdad de oportunidades”. Habría que recordarle a este economista liberal que esto mismo debía de ser lo que pensaba el general Franco cuando estuvo de acuerdo en que sus gobiernos pusieran en práctica un “Patronato para el Principio de Igualdad de Oportunidades” (el famoso P.I.O. del ministerio de Educación), con su sistema de becas de estudio y becas-salario, para que, al menos intencionalmente, “los hijos de todas las familias pudieran estudiar”. Sin embargo, lo que caracteriza al capitalismo es una movilidad social mucho mayor que en los sistemas anteriores. Sala exagera esto hasta mitificarlo. Si fuera verdad la contraposición que sugiere --que los nobles feudales se reproducían constantemente, mientras que en el capitalismo el ascenso social está al alcance de todos--, ¿cómo explicar que los grandes títulos nobiliarios de hoy, no sólo son la herencia de siglos de historia, sino también, al mismo tiempo, la materialización de los núcleos de mayor riqueza capitalista y burguesa de la sociedad actual, desde la Duquesa de Alba (una de las mayores capitalistas de España, que él imagina como si fuera su tatarabuela del siglo XVI) a la reina de Inglaterra, y desde el rey de España al sultán de Brunei?

Por otra parte, como ejemplo de la movilidad social capitalista Sala ofrece un cuadro elaborado a partir de datos de la revista Forbes, a partir del cual pretende sacar varias conclusiones significativas. En primer lugar aduce que, si se comparan las veinte personas más ricas del mundo en 1915 y en 2000, midiendo su riqueza en dólares constantes, “el valor actual de las fortunas de 1915 es más o menos igual que el de las del año 2000” (p. 46). Para empezar, esto no es exacto ni en su propio cuadro. Y no sólo porque en 2000 se produce un bajón en la riqueza respecto a 1999, como él mismo señala (por ejemplo, debido a la caída de la Bolsa, la fortuna de Bill Gates se redujo un tercio), sino porque sumando las fortunas de los veinte archimillonarios el incremento que se desprende de su tabla es de 130.490 millones de dólares (un aumento de casi dos tercios más), y sumando sólo la de los 19 primeros (dejando fuera a John Rockefeller en 1915 y a Bill Gates en 2000), el incremento resultante es dos veces superior en términos relativos (150.000 millones, que significa un 120% más). Sin embargo, para Sala, estos nombres que ya no aparecen en la lista de los 20 top de la actualidad “desaparecieron” de ellas como simple “reflejo de la movilidad social” ¿Acaso pretende hacernos creer que han pasado a formar parte de la clase media o de la baja? ¿Acaso no son ésas las únicas categorías “sociales” que es capaz un liberal de usar?

Pero, más importante aun, ¿tan difícil es sospechar que los Rockefeller –o los Carnegie, Ford, Morgan o Guggenheim--, no es que no sean ya tan ricos como antes, sino que han tenido mucho más tiempo (y ganas) que los nuevos ricos para ocultar sus fortunas detrás de una maraña de sociedades y fundaciones que, entre otras cosas, sirve para difuminar su presencia en estas listas en la que otros están ávidos por aparecer? ¿Y tan tontos cree Sala que somos como para no darnos cuenta de que, sustituyendo las 20 mayores fortunas por las 200, o las 2.000 o las 20.000 mayores fortunas, sin duda la movilidad social de los archimillonarios se reduciría drásticamente? Haga usted mismo, querido lector, la prueba al revés, siguiendo la práctica habitual de los malabarismos liberales. Reduzca la clase alta a la mayor fortuna del mundo (una sola) y sin duda tendrá una movilidad social ¡del cien por cien! (100%), si no todos los años, al menos en el medio y largo plazo. ¿Ve usted cuán móvil es el capitalismo? Pues, ande: deje ya este libro y póngase a imitar a don William Gates.

Sala no se cansa de repetir la importancia del trabajo que hicieron Gates y sus compañeros en los famosos y míticos garajes[3] familiares donde ellos inventaron el sistema operativo DOS (y tantos otros, tantas otras cosas más tarde). Pero habría que preguntarle a él: ¿cómo explica que haya podido realizarse invento alguno en toda la historia antes del capitalismo, si aún no existía el ánimo de lucro capitalista y de mercado? Si opta por decir que el ánimo de lucro ha existido siempre –ya que forma “parte de la naturaleza humana” (Adam Smith dixit)--, ¿cómo explicar entonces que “los reyes, los príncipes y los duques” vivieran tan pobremente como dice, tanto en la Edad media como en la moderna, por no remontarnos aun más atrás?

Por otra parte, y sin salirnos de su famosa tabla Forbes, debería explicarnos en qué consiste el misterioso “emprendimiento” de esos empresarios tan “emprendedores” y tan ricos, como son los tres miembros de la familia Mars (en la lista de 2000) o los 5 de la familia Walton[4]? ¿Supone que todos ellos son tan inventores y tan trabajadores como los Michael Jordan, los Rivaldo o los Tiger Woods, que él menciona, o son más bien simples herederos y/o rentistas que se aprovechan de la explotación masiva de sus asalariados, ya lo hagan por primera vez, ya por larga tradición familiar? ¿Y ha pensado don Xavier que si los Jordan y los Rivaldo quieren seguir siendo ricos de por vida, y que sus hijos sean también ricos aunque no sepan jugar al fútbol o al baloncesto, no tienen más remedio que montar negocios, comprar acciones o convertirse en una u otra especie de capitalista que sólo podrá reproducir su riqueza a base de un emporio de mano obrera asalariada?

Sin embargo, lo más importante es completar los datos que aporta Sala con otros de los que parece no tener ni idea (o, si los conoce, se olvida de citar: quizás los evita para no llegar a las conclusiones que necesariamente se extrae de ellos). Me estoy refiriendo a las diversas medidas de la tasa de plusvalía que puede encontrar en numerosos libros que se siguen escribiendo en la actualidad utilizando las categorías concebidas dentro de la teoría laboral del valor, una teoría que sin duda él creerá ya periclitada, pero que no lo está en absoluto, como lo demuestra el hecho de que los trabajos e investigaciones que se llevan a cabo en la actualidad puede encontrarlos a montones hasta en Internet[5].

En otro lugar he escrito que la perspectiva que usan los economistas liberales es lo que se llama el “enfoque de cero clases”, frente al enfoque de dos clases que prefiero utilizar yo. Me explico: en ambos casos hay que distinguir lo que es el modelo teórico abstracto de lo que son los análisis de las realidades históricas concretas. Por ejemplo, los defensores del modelo de cero clases no tienen inconveniente, como hemos visto en el caso de Sala, en dividir las economías nacionales reales en tres supuestas clases –llamadas “alta”, “media” y “baja”--. De igual manera, los economistas no liberales sabemos que al estudiar economías reales necesitamos mucha más precisión, y por supuesto no podemos pasar por alto las diferencias entre, digamos, un taxista que trabaja como autónomo usando su propio taxi y un segundo taxista que es un asalariado del sector y maneja uno de los taxis de un empresario capitalista (pequeño o grande). Sin embargo, en nuestro modelo, como primera aproximación teórica, no hay inconveniente en contraponer al modelo neoclásico de 0 clases (es decir, a la idea de que todos los individuos son sustancialmente iguales desde el punto de vista social, y pertenecientes a la clase única de “consumidores-que-son-a-la-vez-propietarios de algún vector de factores”, lo que equivale a afirmar que no hay clases en la sociedad, pues 1 clase y 0 clases son equivalentes en la teoría) otro alternativo construido a partir de dos clases, según que éstas vivan mayoritariamente del “capital” o del “trabajo”.

Los neoclásicos y liberales sólo hablan de individuos. Pero los que no somos neoclásicos ni liberales sabemos que el hecho de ser un propietario de medios de producción suficientes para contratar mano de obra ajena, o de ser un simple asalariado, condiciona de forma decisiva nuestro comportamiento económico global. Usar, por tanto, un modelo de dos clases no elimina la necesidad de investigar los comportamientos individuales, pero sí enriquece su comprensión, al partir de las razones estructurales que obligan a asalariados y capitalistas a comportarse de forma muy diferente (tanto en el interior de las empresas, donde no hay mercado, como fuera de ellas, es decir, en los mercados en primer lugar, y en otras instancias a continuación). La dependencia de los que sólo[6] tienen para vender su fuerza de trabajo respecto de los patrones es algo que ya viera con toda claridad el propio Adam Smith[7], y de la que extrajo las consecuencias adecuadas Karl Marx: mientras los trabadores sean portadores de su propio pellejo como mercancía y se tengan, por tanto, que comportar como mercaderes, su dependencia respecto a los capitalistas hará que pierdan continuamente peso en la renta nacional.

Marx hablaba de un aumento de la tasa de plusvalor, o también, siguiendo la terminología usada por Ricardo, de un descenso del salario relativo, y en eso mismo consistía el aumento del grado de explotación del trabajo al que se refería el primero, y que la literatura posterior también llama “tendencia a la depauperación relativa” de los trabajadores. Los datos de las economías reales muestran, en efecto, que todas estas ideas se corresponden con lo que sucede en la práctica de las economías de mercado, no sólo en el siglo XIX, sino también los siglos XX y XXI. Y para comprobarlo vamos a usar las cifras oficiales de la economía española. Lo único que hay que tener en cuenta es que no estamos trabajando con una economía capitalista acabada (capitalista al 100%), como en el modelo –es decir, una economía sólo formada por capitalistas y asalariados--, sino con una economía donde hay un tercer grupo social (los autónomos) que ha ido representando una fracción muy decreciente de la población activa total (consecuencia del creciente grado de asalarización o proletarización al que se refería ya Marx).

Pues bien, en el cuadro 1 podemos ver qué ha ocurrido a este respecto en España en el periodo 1964-2000. Este cuadro nos ofrece una buena ilustración de que el crecimiento de la desigualdad no es un fenómeno exclusivo de las relaciones internacionales (donde, por supuesto, también se da: véase el capítulo 10), sino que es también característico de la realidad (intra)nacional. En el caso de España, el proceso de depauperación relativa es un hecho de la más rotunda actualidad, sobre todo si se mide bien, teniendo en cuenta el proceso de asalarización y proletarización de la población activa. Si la proletarización no es más evidente para una mayoría de economistas es porque ellos mismos están penetrados de una ideología que les impide ver que tales procesos son realidades completamente objetivas, insertadas en la dinámica de las relaciones sociales y económicas del capitalismo, por mucho que el nivel ideológico no parezca corresponder a esas realidades objetivas.

Proletarización y asalarización son fenómenos que se comprueban con las frías estadísticas de la población activa[8], y no con el termómetro de la efervescencia revolucionaria de los asalariados, medida además por la apresurada iniciativa de algún investigador deseoso de encontrar descubrimientos “originales”. Por supuesto, si no fuera casi siempre cierto que los asalariados (dominados) participan de las mismas torpezas ideológicas que se encargan de crear los serviles intelectuales del capital (sean o no economistas) al servicio de sus propietarios (dominantes), no podría tener sentido una frase tan cierta como aquélla, ya clásica, de que “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante”.

Y si miramos objetivamente al cuadro 1, lo que encontramos es que la situación relativa de los asalariados (que, al incluir a los parados, se nos convierten en “el proletariado”[9]) simplemente ha empeorado tanto y tan deprisa que, en los 35 años que van de 1965 a 1999, su participación corregida en la renta nacional se ha hecho tres veces más pequeña que la correspondiente a los no asalariados. El cálculo es muy sencillo de hacer y de comprender: la parte del proletariado en el PIB sólo ha aumentado un punto en 35 años (un 2% en términos porcentuales); pero como su parte en la población activa ha crecido un 40%, eso significa que su participación “corregida” ha bajado un 27.1% (descenso del coeficiente que refleja la depauperación desde 0.84 a 0.61). Por su parte, los no asalariados han bajado su peso en la población activa un 57%, a pesar de lo cual sólo ha disminuido su parte en el PIB en un 2%, lo que significa que su participación corregida ha subido un 125.5% (su coeficiente de enriquecimiento ha subido desde 1.23 a 2.77). Por consiguiente, el cociente de ambas participaciones corregidas se ha disparado desde menos de 1.5 a más de 4.5, lo que significa un crecimiento de la desigualdad que, a lo largo de esos treinta y cinco años, se ha multiplicado exactamente por 3.09.

Permítame el lector reclamar una relevancia mucho mayor para un cuadro como el 1 --que, con todas sus limitaciones, ofrece una panorámica de la distribución de la renta de toda la población activa de un país-- que para unas estadísticas como las que ofrece la revista Forbes, limitadas a sólo veinte individuos (por muy ricos e importantes que sean). Por lo demás, esta revista es tan privada como esos millonarios, mientras que las cifras utilizadas para construir el cuadro 1 proceden todas de estadísticas oficiales de nuestro Instituto Nacional de Estadística.


 


Cuadro 1:

Depauperación obrera y enriquecimiento de los no asalariados en España,

según la Contabilidad Nacional de España (CNE)

 

Año

a = (RA/PIB)

b =

1 -a

c = (Prol/PA)

d =

1 - c

e =

coeficiente de depauperación

= a/c

f =

coeficiente de enriqueci-miento = b/d

 

Posición relativa de:

Proletariado

g = e/f

No asalariados

h = f/e

 

1964

49.1%

50.9%

58.6%

41.4%

0.84

1.23

0.68

1.47

1975

58.9%

41.1%

68.9%

31.1%

0.85

1.32

0.65

1.55

1982

56.8%

43.2%

73.2%

26.8%

0.78

1.61

0.48

2.08

1988

52.2%

47.8%

76.2%

23.8%

0.69

2.01

0.34

2.93

1995

52.4%

47.6%

79.2%

20.8%

0.66

2.29

0.29

3.46

1997

49.7%

50.3%

81.0%

19.0%

0.61

2.65

0.23

4.31

1999

50.1%

49.9%

82.0%

18.0%

0.61

2.77

0.22

4.54

1999/64

1.02

0.98

1.40

0.43

72.9%

225.5%

0.32

3.09

 

(Fuente: Contabilidad Nacional de España, EPA y elaboración propia).