El papel de los mercados en la economía moderna

 

 

 

 

 

A estas alturas, pocas dudas le cabrán ya al lector de que el autor del libro que tiene en sus manos no es ningún liberal. Sin embargo, debo aclarar algo que no es de por sí evidente. La crítica que supone este libro no sólo no tiene nada de personal, sino que tengo que confesar mi simpatía a priori por el autor del libro que critico. No sólo me parece que la foto de portada del libro de Sala muestra a un tipo más bien simpático (a quien no tengo el gusto de conocer personalmente), sino que en algunas de las cosas que escribe estoy más de acuerdo con él que con algunos de sus críticos --a la mayoría de los cuales yo considero críticos sólo “aparentes” del liberalismo, máscara que encubre su acuerdo profundo y oculto respecto a las tesis fuertes del credo liberal; de ahí, el calificativo de “criptoliberales” que les reservo, y que usaré profusamente en este libro-- que, a fin de cuentas, son tan liberales como Sala y encima no se han enterado. Pero ya volveremos a eso. Vayamos antes con los mercados.

Para empezar, tenemos la suerte de que Sala no parece del Opus Dei. Aunque nos hable del “pan fresco de cada día” (p. 29), como si de la traducción laica de la famosa frase del padrenuestro se tratara, deja claro en su libro –y el prólogo de Joan Oliver refuerza asimismo la idea— que él es no es de los que comulgan con la idea del cristianismo antiguo de que el “liberalismo es pecado”. Posiblemente Sala sea un liberal por partida doble. Lo será en el sentido estadounidense –donde vivir en Nueva York es casi ya sinónimo de liberal, es decir, “izquierdista”, para la mayoría de la población de los Estados Unidos, y donde lo que cuenta no es ser más o menos partidario del mercado (prácticamente todos lo son), sino más o menos partidario de la intervención pública--: posiblemente pasará por keynesiano en amplios círculos de aquel país. Y lo es sin duda en el sentido europeo, donde no hay que perder de vista una idea a la que volveré repetidamente en este libro: Keynes era un liberal de tomo y lomo, y hoy en día la mayoría de los liberales son liberales y a la vez keynesianos (como el propio Keynes, por cierto) --y no liberales antikeynesianos, como los dogmáticos ultraliberales que sólo existen en la imaginación o, como mucho, en la forma material que representan, omnipresentemente, los casi dos únicos individuos que forman esta especie: Carlos Rodríguez Braun y Federico Jiménez Losantos--, que defienden un catecismo ultraliberal en el que ni ellos mismos creen. En realidad, sólo creen en él los --mucho más numerosos-- ejemplares de la especie de los “izquierdistas”, que entran al toro de la crítica del “neoliberalismo salvaje” porque caen en la trampa estratégica liberal de colar las dosis más grandes de esta ideología en forma de oposición (“de sentido común”) a las aberraciones ideológicas de ese “neoliberalismo”, o “ultraliberalismo”, de catecismo, caricaturesco y asilvestrado.

Pues bien, en su oración laica de cada mañana, don Xavier Sala i Martín se desayuna con el pan tierno que el tendero, afortunadamente para todos, no le regala, sino que le vende (ya saben: egoístamente en lo privado pero eficientemente en lo social). Ya sabemos que, gracias a su afán de lucro, los panaderos se levantan “a las cuatro de la madrugada”. Pero a don Xavier se le pasa por alto un pequeño detalle. Los auténticos “vendedores” de pan que más pan tierno nos venden cada mañana no son precisamente ninguno de sus “productores” efectivos, sino los dueños de las instalaciones donde éstos llevan a cabo su trabajo (instalaciones que el público español conoce bajo el nombre de Carrefour, El Corte Inglés, etc.). Bien podría ocurrir que dichos dueños estén de vacaciones, por ejemplo a cinco mil kilómetros de sus hipermercados, disfrutando de una cálida velada tropical prolongada hasta las cuatro de la mañana (es decir, podrían estar yéndose a la cama a la hora en que se levantan muchos de los que tienen que hacerlo tan temprano para generar la plusvalía que financia esas vacaciones y otras muchas cosas).

La demagogia de los hechos, querido lector, no es culpa mía. Y aquí viene a cuento aquello que, según contaba Rosa Luxemburgo, le dijo una vez un taxista parisino cuando ella pretendía que la llevara gratis a no sé qué sitio de la ciudad “porque era pobre”: “Ce n’est pas ma faute, madame”. Pues bien, contra estos hechos –que sin duda nuestro autor considerará demagógicos, si es que no “obscenos” (véase el capítulo 11)-- poco podrá hacer Sala i Martín argumentando a favor del supuesto “capitalismo popular”. Mientras tantos tengan que madrugar para que unos cuantos puedan vivir del exceso de trabajo de los primeros, lo van a tener muy difícil para convencernos a algunos de que todos somos individuos “propietarios de factores y consumidores” y, por tanto, iguales. Ellos creen tenerlo muy fácil porque lo que no les gusta lo desprecian (seguro que Sala no ha leído a Rosa Luxemburgo); pero nosotros tenemos que leer a la Luxemburgo, pero también a los Sala, porque no podemos permitirnos el lujo de despreciar al “enemigo” en esta guerra desigual.

Pero vayamos de una vez al mercado. Sala parece tan ingenuo, o tan mal informado, que escribe que “la esencia de la economía de mercado es que la propietaria de la panadería supo ver las necesidades de la gente del barrio (...) Es importante enfatizar que el objetivo de la mujer era ganar dinero y no hacer feliz a los demás. Ahora bien, para ganar dinero, la mujer tenía que producir lo que la gente del barrio quería” (p. 30). Pues bien, apliquemos su argumento más allá de las narices (es decir, del barrio) de nuestro autor. Llamemos “barrio A” a aquél donde su panadera “montó la panadería” y “de paso, creó nuevos puestos de trabajo”. ¿Qué decir de los barrios donde se montan mercados de heroína, o de cocaína, o de éxtasis, y de paso también se crean puestos de trabajo (aunque probablemente no sean tan madrugadores)? ¿Qué decir de los barrios donde se producen armas para la policía y para los criminales; barrotes para las cárceles; prostitutas y prostitutos para sus soberanos clientes-consumidores; valientes matones para sus cobardes compradores; o pequeños mafiosos varios para el libre y nada monopolista mercado de las variopintas mafias compradoras? ¿Qué decir de los barrios donde se fabrican las máquinas o las materias primas con las que se producen esas drogas, esas armas, esas prisiones, esas mafias, y todo ese dinero, falsificado o no, que permite comprarlo todo y a la vez ejercer la benéfica “democracia directa” del comprador en el mercado? ¿Qué, de esos barrios donde se produce todo lo necesario para corromper a esos burócratas del gobierno que, en opinión de Sala i Martín, tan fácilmente se corrompen, tanto si tienen buenas intenciones al “gastar demasiado, despilfarrar”, como si lo que quieren es usar “la fuerza en beneficio propio”?

O bien: ¿qué decir de tantos barrios en el mundo donde el problema es precisamente el contrario, es decir: que no se produce nada: ni pan, ni leche, ni desayunos, ni meriendas, ni almuerzos ni cenas? Barrios en los que no se producen las medicinas que sí que se necesitan –quizás para no morirse--, pero que no se pueden pagar (y a veces, lo que es peor, ni siquiera se puede querer pagar, porque sencillamente se desconoce su existencia)? ¿Qué decir de los barrios donde no se produce educación sino analfabetismo, donde no se fabrica salud sino enfermedad, donde no se genera riqueza sino miseria, donde no se crea vida sino muerte...? ¡Qué suerte tienen tantos liberales, que tienen la libertad de elegir el barrio donde prefieren vivir! ¡Y qué mala suerte tiene tanta gente que tiene la desgracia de vivir en una sociedad donde la libertad de explotación de casi todos por parte de unos pocos es el requisito previo de cualquier otra libertad!

Sala parece pensar que el mercado es una maravilla generadora de longevidad, bienestar y salud en los países ricos porque sus habitantes son buenos creyentes y practicantes de la religión del “egoísmo benéfico”. Los países pobres, en cambio, al estar poblados de filántropos benefactores, no tienen la mínima habilidad para practicar el egoísmo y el ánimo de lucro, por lo que no pueden establecer siquiera esa maravilla de mercados que todo lo resuelve. Pero habría que preguntarle a don Xavier: Si esos países están gobernados por gobernantes sin escrúpulos, ¿cómo es que no surge en ellos un mercado de matones a sueldo suficientemente “ancho y profundo” para que los políticos se tengan que subordinar a la disciplina de mercado, máxime cuando el entorno mundial es predominantemente el de una economía de mercado?

Según él, los mercados funcionan tan bien porque lo único que necesitan son precios. Los precios dan toda la información necesaria, y cuando hay escasez los precios suben como reflejo de esa escasez, de forma que, si falta pan, “el sistema de precios informa que es necesario producir pan en aquel determinado pueblo”. Ahora bien, hagamos como Sala y preguntémonos: si falta democracia, si falta paz, si faltan viviendas, y ropas y vacunas y calorías, y tantas otras cosas..., ¿por qué no funciona el sistema de mercado haciendo que se eleven los precios lo suficiente para que la búsqueda del máximo beneficio conduzca al aumento de la producción de todos estos bienes tan escasos? ¿Por qué les falta el egoísmo necesario a los pueblos de los gobernantes corruptos para eliminar a estos corruptos con los mismos votos de mercado que, según la historia feliz que nos cuenta nuestro autor, todo lo arreglan?

Añade D. Xavier: “Es importante señalar que para que las empresas acaben satisfaciendo los deseos de los consumidores es necesario que éstos tengan la capacidad de escoger libremente entre diferentes alternativas” (p. 31). Se refiere, claro está, a la ausencia de monopolio. Pero antes de entrar a debatir la cuestión del monopolio, me permitirá el lector que invente un neologismo aberrante pero indudablemente significativo: el “ceropolio” (su significado es obvio: si monopolio significa un solo vendedor, mi ceropolio indica la ausencia de vendedores en el mercado).

¿Cómo explican los liberales la omnipresencia de los “ceropolios” en economías donde el dinero existe y los mercados también, y donde, por mucho que se empeñen ellos, todo el mundo reconoce la existencia de economías de mercado (corruptas o no, eso es lo de menos; ¿o es que acaso se olvidan los casos de corrupción institucionalizada en los países ricos?)? ¿Por qué no funciona allí lo que Sala llama “disciplina de mercado”? Según él, si un producto no gusta a los clientes o es demasiado caro, los ciudadanos irán a comprar “a (...) la competencia”. ¿Por qué no ocurre lo mismo en África, por ejemplo? ¿Por qué no van los ciudadanos de un poblado de Sudán a otro mercado, a otro sitio, a otro país, donde las medicinas, el agua y la comida sean más baratos? ¿Por qué los ciudadanos de los países pobres carecen de la “soberanía del consumidor” de la que aparentemente están dotados todos los miembros de las sociedades ricas? ¿Qué clase de preferencias gastan estos individuos que prefieren las dictaduras a las democracias, el hambre antes que la sobrealimentación, y los ataúdes pequeños y austeros para niños flacos a los féretros grandes y acolchados para venerables ancianos casi centenarios?

Tengamos un poco de paciencia para ver si encontramos en nuestro autor alguna explicación. Escribe: “A pesar de este principio básico de la economía, muchos gobiernos de todo el mundo introducen regulaciones o barreras que impiden el libre funcionamiento del mercado” (p. 32). Sin embargo, en la mayoría de los países hay libertad para vender medicinas, agua o galletas, pero resulta que no se venden. Y no se venden porque no se pueden comprar. Se necesitan, de eso no hay duda, pero existe un pequeño inconveniente: no se puede convertir ninguna de esas mercancías en un instrumento efectivo para que funcione la panacea del egoísmo benefactor: el lucro. De nada sirve producir cosas para el bienestar de la población si con ello no se permite poner en práctica el egoísmo del interés privado y del máximo beneficio. Si no hay lugar para el egoísmo, no hay tampoco espacio para crear puestos de trabajo ni para crear salarios ni para crear beneficios, ni hay por tanto dinero para traducir en lenguaje ordinario los deseos de los ciudadanos auténticamente “analfabetos” (aquéllos que no leen ni escriben, y ni siquiera hablan, el lenguaje del poder adquisitivo monetario).

Nuestro don Xavier repite cándidamente, una tras otra, todas las viejas oraciones de la letanía liberal (auque muy ordenado no es, la verdad, y a veces da la impresión de que se queda dormido entre medias y tiene que volver a empezar). Por ejemplo, el mercado es el reino de la libertad y de la voluntad porque, por definición, si ninguna de las dos partes se ve obligada a entrar en una transacción bilateral, eso es señal inequívoca de que ambas salen ganando cuando la llevan a cabo. Pero la pregunta que no responde él ni responden los liberales es:

“Y cuando la transacción no se lleva a cabo, ¿significa eso que ambas partes salen ganando con la ausencia de intercambio, o que ambas pierden por culpa de que la existencia de la economía de mercado impide que se lleven a cabo esos intercambios?”.

Cuando millones de personas no compran las medicinas o la leche que necesitan, y a la vez centenares o miles de empresas no producen la leche o las medicinas que necesitan las primeras, cuando como consecuencia de ese libre acuerdo y esa doble dejación una proporción de los primeros se muere, y la entierran (o quizás ni eso), ¿se debe de verdad esto a que ambas partes salen ganando con la ausencia de transacción? Nuestro autor prefiere evitar la pregunta y limitarse a concluir lo siguiente: “Hoy en día, son pocos los que dudan que el mejor sistema económico que ha existido en la historia de la humanidad es el libre mercado y pocos son los que todavía proponen la planificación central”.

Habría que recordarle a Sala que, en relación con la verdad objetiva, el argumento de autoridad de “la mayoría” no sirve de mucho, por no decir “de nada”. La historia demuestra cuántas veces se ha equivocado la mayoría, las mismas en que ha sido la minoría la que ha demostrado, a la postre, tener razón. En cualquier caso, que me cuenten Sala y los lectores en la minoría de los escépticos; o mejor, no entre estos “agnósticos”, sino entre los “ateos” que suscribimos lo que dice el filósofo polaco Adam Schaff[2], que ha vivido muchos años bajo el llamado “socialismo real”, pero que a pesar de todo escribe lo siguiente: “Yo sé (subrayo que no es una esperanza, sino algo que sé con certeza) que un régimen basado en una economía parcialmente colectiva y planificada (y en ese sentido socialista) remplazará al capitalismo actual en un futuro ya muy cercano, independientemente de la resistencia de quienes se vean afectados por el proceso”.

Los argumentos históricos de Sala vale la pena reproducirlos, ya que en su libro no ocupan mucho más espacio que el que les dedicamos aquí:

* Las dos Alemanias se separan después de la II Guerra Mundial, y la del este se empobrece mientras la del oeste se enriquece, siendo en 1999 la renta per cápita de la segunda cuatro veces superior a la de la primera.

* Algo parecido sucede en Corea, pero con un desequilibrio aun mayor (que se eleva a una relación de 14 a 1 en el año 2000).

* Lo que sucedió con los cuatro “dragones” asiáticos (Corea, Hong Kong, Singapur, Taiwán, que imitaron a Japón), y luego con sus sucesores, los “tigres”, fue sencillamente que adoptaron la economía de mercado. No es cierto que el “dirigismo estatal” fuera “ni mucho menos la clave que los condujo a la prosperidad”, como lo demuestran los casos chinos e indio: “mientras estos dos países mantuvieron políticas socialistas de planificación central (...) la población (...) vivió en la miseria más absoluta”; pero cuando China comenzó a “privatizar” y a “abrir la economía al exterior”, la renta per cápita “se cuadriplicó en menos de veinte años” y “en 1999 se convirtió en la segunda potencia mundial en términos de producción y renta total” (pp. 37-39).

Ésa es toda la explicación que ofrece nuestro autor, y sin duda se fue a descansar después de tanto esfuerzo.