Ciegos ricos, ciegos pobres

 

 

 

 

 

 

Antes de desarrollar los 17 breves capítulos que componen la primera parte de su libro –rimbombantemente titulada “La grandeza de la libertad”--, nuestro autor nos quiere conmover y seducir con la historia más hollywoodiense que se le ocurre para comenzar a desplegar su discurso liberal: la de la chica ciega que prepara su tesis doctoral gracias a un artilugio mecánico que transforma en voz los artículos científicos escritos por él y otros autores (a la que conoció tras una de sus conferencias en una universidad de Nueva York). Nos cuenta que ese día, una vez llegado a su hotel, no pudo menos que reflexionar sobre tamaña “maravilla”. Y la conclusión a la que llegó –que no es sino la misma conclusión a la que llegan siempre los economistas liberales-- es que es gracias al egoísmo humano como la sociedad ha conseguido llegar tan lejos en la satisfacción de las necesidades de sus miembros. Se puso a pensar Sala en los científicos e ingenieros que han contribuido a este resultado benéfico con sus descubrimientos e inventos; luego pensó en los empresarios y trabajadores que han hecho lo propio con su capacidad de innovación y esfuerzo; y finalmente llegó a la conclusión de que nada de eso habría sido posible si el objetivo de todos hubiera sido “alcanzar el bienestar de los demás”. Cuando se pretende eso –si se tiene una intención altruista de cualquier tipo-- el resultado tiene que ser necesariamente un fracaso (según los liberales). Ahora bien, cuando lo que se quiere es sólo “ganar dinero o fama”, y lo que mueve a los individuos es el puro “ánimo de lucro”, entonces el resultado final sólo puede ser el óptimo más óptimo posible.

La verdad es que, para repetir la manida idea de la “mano invisible” de Adam Smith –matizada con una buena dosis de la “tesis de la perversidad” de Hirschman--, a nuestro autor no se le ocurre otro método que recurrir inicialmente al lacrimoso ejemplo de la pobre estudiante ciega que sólo puede llegar a “desarrollarse como persona” gracias a las bondades del sistema de economía de libre mercado. Dejaremos para más adelante lo que el propio Smith y otros economistas importantes más cercanos en el tiempo (como Joan Robinson o el propio Albert Hirschman) tienen que decir al respecto de la famosa “mano invisible”, pero no podemos pasar por alto una reflexión más cercana sobre la ceguera y su relación con los mercados.

En primer lugar, si nos tomamos en serio a Sala, habrá que deducir que se equivocan quienes piensan que la editorial Plaza y Janés ha buscado a un buen economista (como sin duda es don Xavier) para escribir un libro así porque esté interesada en satisfacer el bienestar, como lectores del tipo que sea, de sus potenciales clientes. En segundo lugar, sería un error semejante creer que Xavier Sala i Martín pretende al escribir este libro algo que no sea “ganar dinero o fama”. Por tanto, no se confunda, amigo lector: él no pretende contribuir a la verdad ni quiere sacarnos de nuestro supuestamente erróneo punto de vista como “no liberales”. Nada de eso. A él, la verdad podría importarle un comino en sí misma, pero, en su opinión, el resultado social sería idéntico. Lo único de lo que parece estar seguro es de que sólo buscando por su parte cómo maximizar mejor su propio interés personal, y cómo conseguir lo más egoístamente posible sus fines, aporta lo máximo que puede aportar a la sociedad, para que sea ésta la que, sin saber muy bien cómo, se las arregle para conseguir la máxima eficiencia en todo.

Por tanto, podría muy bien darse el caso –y esto les parece lo más natural del mundo a los liberales— de que un puñado de autores sin escrúpulos, sólo movidos por su afán de autoenriquecimiento y despreocupados en absoluto de trasmitir un conocimiento verdadero, se comportaran así, generación tras generación, y consiguieran de facto el desarrollo de las verdades científicas que requiere la sociedad para su progreso. Si nuestro autor excluyera a priori esta posibilidad, toda la argumentación que comienza con el ejemplo de la cieguita se vendría abajo, y no habría razón para prestar la menor atención al resto de su exposición.

Una segunda reflexión que nos provoca su ejemplo de ciegos es que los liberales siempre están dispuestos a hablar de individuos, pero jamás de los jamases se expresarán en términos de clases sociales, en las que no creen (salvo para jugar con la omnipresente, insulsa y autista, “clase media”, que no sólo es otra manera de referirse a la estadística sin peligro, sino de encubrir la ausencia de análisis sociológico con la apariencia de que no lo rehúyen). El señor Sala resume la conclusión de su ejemplo ilustrativo de la cieguita para volver al ritornello liberal que nos atosigará durante todo el libro:

“Al buscar el beneficio egoístamente, entre todos habían dado a esa estudiante de Nueva York lo que ningún tipo de programa gubernamental basado en la compasión, la solidaridad y la caridad hubiese podido conseguir: la capacidad de desarrollarse como persona en lugar de sobrevivir como minusválida”.

Evidentemente, como buen liberal, Sala piensa que todos los ciegos de Estados Unidos, de los países desarrollados y del mundo en general, son ricos –en verdad, se necesita tener dinero para pagar durante varios años una matrícula anual de 48.000 euros en una universidad privada de los Estados Unidos--, y quizás por eso no se le ocurre pensar en los millones de ciegos que hay en el mundo y que no tienen dinero para “desarrollarse como personas” en la economía capitalista. Pero puesto que él comienza su libro con esa experiencia personal, permítaseme a mí hacer lo mismo. Sin ir más lejos, en este curso 2001-2002, quien esto escribe tiene en su curso de 1º de Sociología, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, un estudiante que, no sólo es ciego, sino además sordo. Acude a clase acompañado de dos empleadas de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos de España) y un perro guía; y ha de realizar los exámenes escritos, además de con la compañía citada, con otra adicional: la de un tutor especializado de la ONCE y un ordenador especial que permite transcribir los textos desde el lenguaje normal que usamos los demás al lenguaje braille de los ciegos, y viceversa.

En las clases, las dos chicas que lo acompañan tienen que turnarse en su incansable labor de irle “escribiendo” en sus manos, mediante el lenguaje de signos de los sordomudos, lo que ellas recogen de la explicación del profesor (más en concreto, mientras una se comunica con él, la otra toma apuntes escritos que más tarde el equipo traducirá al lenguaje de los ciegos). Posteriormente, una vez transcritos todos los apuntes a su lenguaje y estudiado ese material, el alumno estará en condiciones de presentarse a examen; y, el día señalado, el profesor llevará preparadas las preguntas en formato “txt”, el tutor de la ONCE las convertirá utilizando el software correspondiente, y, en un ordenador especial, taquigráfico, el alumno ciego-sordo escribirá las respuestas a las preguntas, que, al final del examen, serán de nuevo reconvertidas al lenguaje ordinario para que el examen pueda ser corregido y evaluado.

Lo anterior no es un contraejemplo imaginario, sino completamente real, que docenas de testigos pueden corroborar[1]. Y no lo uso aquí para contraponer al modelo estadounidense de caras universidades privadas el modelo español (y no sólo español) de universidades públicas. Es simplemente una ocasión para pedir al lector que reflexione sobre cuál será probablemente la suerte de la mayoría de los jóvenes ciegos estadounidenses que no tendrán la misma suerte que la estudiante del profesor Sala, inmersos como están en un sistema político-social donde la Seguridad Social no se ocupa directamente de estas cuestiones porque --ya se sabe—“si se tienen buenos deseos e intenciones, los resultados serán necesariamente malos...” (como argumentarán algunos). Por lo demás, debe evitarse también el error de pensar en el sistema español –donde, por circunstancias históricas específicas, es una realidad el superdesarrollo pionero y puntero alcanzado por una organización como la ONCE, convertida hoy en el modelo de muchas organizaciones homólogas en todo el mundo— como si fuera la plasmación prototípica del llamado “modelo de Estado de bienestar europeo”, al que recurren tantos críticos del “neoliberalismo” con demasiada alegría (véase el capítulo 5 de la segunda parte). Baste para ello con recordar que la ONCE la fundó en 1938 el régimen franquista (todavía en guerra civil contra la II República española), y que fue durante el régimen de “democracia orgánica” franquista cuando consiguió la delantera que aún hoy mantiene con organizaciones similares de otros países.

No. Si se han sacado a relucir los dos ejemplos de estudiantes ciegos –los dos de países “ricos”, en el contexto mundial actual--, es para introducir, en paralelo con el discurso de Sala, una de las cuestiones en las que se reflejarán las verdades y mentiras del liberalismo. Pues resulta, sencillamente, que hay ciegos pobres y ciegos ricos. O, dicho más correctamente, que los ciegos también pertenecen a las clases sociales que conforman la sociedad capitalista (ésa que Sala prefiere llamar “de libre mercado”, a lo que no me opongo: si él lo prefiere así, podemos ponernos de acuerdo y tratar ambos términos como equivalentes a lo largo de todo este libro). Los economistas no liberales defendemos, entre otras cosas, que “la capacidad de desarrollarse como persona”, se sea ciego o no, depende mucho más de qué lugar ocupe cada cual dentro de la estructura de clases de la sociedad –o de qué lugar se ocupe en relación con el modus operandi de los mercados, si se prefiere decir así— que con el tipo de sociedad que tenemos desde 1760. Por el contrario, Sala y los demás economistas liberales parecen pensar que la sociedad buena empezó en 1760 (ya tendremos tiempo de volver a esta tesis que toma del premio Nobel Douglas North), es decir, en el momento en que, de repente, los bien intencionados (pero, al parecer, tontos e ineficientes) miembros de la sociedad precapitalista se volvieron egoístas y mal intencionados, con lo que consiguieron, de un golpe, instaurar el orden social perfecto (o cuasi perfecto) de los liberales.

Además, los ciegos analfabetos –que son mayoría incluso en los países ricos, y una mayoría abrumadora en todos los países pobres— serían, según Sala i Martín, seres más propios de la economía no capitalista, y no saldrán de su miseria mientras sus países no se decidan a abandonar los sistemas económicos alternativos --pero bien intencionados, como, por ejemplo, los del popurrí que cita en la página 112 de su libro: “el comunismo, el feudalismo agrícola o el populismo autárquico latinoamericano”— a favor del que “casi todos los economistas” consideran superior: el egoísta, pero benéfico, sistema de mercado.