Diego Guerrero

Economía no liberal

 para liberales y no liberales

 

 

ISBN: 84-688-9261-0

 

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Guerrero, Diego: "Economía no liberal" edición electrónica de 2004 disponible a texto completo en www.eumed.net/cursecon/libreria/

 

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diego.guerrero@cps.ucm.es

 

 

 

 

A quienes nunca se dejarán engañar

por la “libertad” de los capitalistas y sus ideólogos.

 

Y, en especial,

a quienes combaten activamente el liberalismo.



 

 

ÍNDICE

 

PRIMERA PARTE
LA MISERIA DE LA FALSA LIBERTAD
1. Ciegos ricos, ciegos pobres
2. El papel de los mercados en la economía moderna
3. Las desigualdades buenas, y las malas
4. El papel del gobierno
5. Bueno, combinemos mercado y gobierno: ¿pero cuánto de cada?
6. Globófobos, globófilos y globotúpidos
7. Globofobia, capitalfobia y democracia
8. Explotación infantil... y de la otra (juvenil, madura y senil): el mercado no se priva de nada
9. La explotación de la naturaleza
10. La globalización de la desigualdad en el mundo
11. A vueltas con la “tasa Tobin” (y otras reformas fiscales)
12. Rusos y otros puñeteros
13. Profecías económicas
14. El autismo del mercado
15. Lo que no quiso decir, ni pudo decir, ni nunca dirá don Xavier Sala i Martín
16. Y lo que no saben decir ni Sala ni Estefanía (es decir, las dos variantes de liberal)
17. Apéndice: el comunismo que viene

SEGUNDA PARTE
CRÓNICAS DE ECONOMÍA NO LIBERAL
1. De la Bolsa y otras crisis
2. Globalización y subdesarrollo
3. Maldita competitividad
4. El desempleo y la distribución de la renta
5. Gobierno y mercado se dan la mano
6. La tercera vía y la cuarta
7. Imperialismo, nacionalismo, comunismo
8. El pensamiento no liberal (continuación...)


 

 

 

PREFACIO

 

  

 

No cabe duda de que entre don Xavier Sala i Martín y un servidor hay algunos parecidos y muchas diferencias. Ambos somos economistas, de aproximadamente la misma edad, y ambos ejercemos como profesores de universidad y hemos escrito bastantes cosas de Economía, incluido un número ya considerable de artículos de prensa, con el ánimo de divulgar algunos conocimientos que, cada uno en su terreno, considera de relevancia para el lector. Sin embargo, el que esto escribe sería tonto si no reconociera que abundan mucho más los puntos que nos separan que los que tenemos en común. Veamos.

Para empezar, Sala i Martín es un economista de renombre universal y uno de los autores más conocidos y citados en materia de teoría del crecimiento económico. Su manual, el que escribió compartiendo la autoría con el prestigioso autor neoclásico estadounidense Robert Barro, es el más utilizado en su campo en todo el mundo. Esto es ya una primera diferencia de enorme magnitud.

En segundo lugar, Sala es nada menos que catedrático en la prestigiosísima Columbia University, de Nueva York, mientras que el autor de este libro es un simple profesor Titular de los millones, o por ahí, que formamos en las filas de la Universidad Complutense de Madrid.

Pero, sobre todo, la diferencia más grande de todas creo que está en el enfoque diametralmente opuesto que uno y otro usamos para mirar, entender y explicar la economía. Creo que a ambos nos anima un espíritu realista. Pero el hecho de que Sala sea un liberal, mientras que yo sea, no meramente “un crítico del neoliberalismo” –de ésos hay miles, y, en mi opinión, son mucho más numerosos que los que se atreven a declararse liberales sin tapujos--, sino un “antiliberal”, o, más exactamente, un economista no liberal y opuesto al liberalismo, hace de nuestras respectivas posiciones algo así como dos polos extremos en el panorama de la Economía académica de nuestro país.

En la actualidad, lo liberal está tan de moda que yo no encuentro colegas que me acompañen en mi autodefinición como “no liberal”. No sé si no los hay o es que no se atreven a serlo o a decirlo. Deben de pensar que ser liberal no es lo óptimo, pero que declararse “no liberal” es todavía peor. Evidentemente, yo no comparto esta opinión, y por eso, entre otras cosas, este libro se llama Economía no liberal. Además, como comprobará el lector, todo él está escrito desde una posición combativa y nada a la defensiva. Esto quizás tenga que ver con el siguiente episodio, para cuya narración pido un minuto de permiso.

Mientras estaba realizando la primera parte de mi servicio militar en la base aérea de Armilla (Granada) –un pueblo que hoy se ha hecho célebre en todo el país, gracias a la impagable Rosa, Rosa de España, que ha logrado vender 400.000 discos en una semana (en ese mismo “mercado” que tanto le gusta a don Xavier Sala)--, había un teniente que me decía a menudo: “Guerrero, que no hace usted honor a su apellido”, lo cual, viniendo de un militar, es un timbre de orgullo que guardo, lógicamente, bien archivado.

Pues bien, una vez terminado el periodo militar de mi vida laboral, toda mi actividad “civil” –y de esto me doy cuenta ahora— se ha desarrollado en la universidad, y nada me llenaría de más orgullo que el que se me reconociera que, con independencia del mayor o menor éxito conseguido (y aquí podría echar una larga parrafada contra la “filosofía del éxito”, si eso viniera más a cuento en este momento), el tesón combativo que siempre me ha inspirado ha permitido que algunos de los “no tenientes” que hay en España me dijeran que sí que hago honor a mi apellido.

Y es que eso es lo que pretendo con este libro. No sólo hacerle la guerra a don Xavier Sala, sino a todos los liberales de nuestro país. Sobre todo a los liberales confesos, pero también a los liberales de tapadillo, embozados bajo la capa de la socialdemocracia o de las simpatías por el movimiento “antiglobalización”.

En mi opinión, el libro de Sala es bastante malo. Y lo es porque, siendo él un buen profesional en lo suyo, competente y buen conocedor de su oficio, se ve obligado aquí a ejercer de predicador liberal, para lo que no tiene tanto arte como su colega Carlos Rodríguez Braun, por ejemplo. Hablo por lo que está escrito en su Economía liberal –y por cómo está escrito--, no por lo que pueda decir en la televisión o en otras intervenciones públicas, a ninguna de las cuales he tenido el placer de asistir. Quizás, el éxito indudable conseguido con sus llamativa corbatas y chaquetas lo hagan más temible en persona que sobre el papel. Pero tengo que decir que lo que escribe como cura párroco de su barrio liberal no tiene gracia ni orden ni concierto, y no creo que sirva para llevar feligreses a su parroquia.

Por otra parte, a mí me da igual cuántos puedan apuntarse o no al bando antiliberal en el que milito, porque estoy demasiado acostumbrado a pelear a contracorriente y en solitario. Pero lo que no puedo permitir es dejar sin responder toda esa sarta de lugares comunes y frases hechas, que están tan vacíos como el cerebro de los liberales.

Soy antiliberal porque el liberalismo es mentira. Todo él es una mentira de principio a fin, pero una mentira que, por desgracia, engaña a mucha gente y la hace más infeliz de lo que se merece. Es una “retórica de la libertad” que no contiene ni medio gramo de auténticas libertades. O mejor dicho, es una libertad que se asienta en la “libertad de explotación”, que sólo está al alcance de un pequeño porcentaje de la población. Esta falsa libertad se mantiene y se propaga porque la gente no se ha rebelado todavía contra esta falsedad. Porque somos demasiado sumisos –por ahora— ante (ante, bajo y con) la legalidad y la legitimidad de que la mayoría tengamos que someternos a la exigencia de dejarnos explotar y dejarnos extraer plusvalor (a partir de la parte de nuestra jornada laboral que no nos pagan) como condición ineludible para poder sobrevivir y vivir la vida que nos corresponde, ésa tan pobre y gris que caracteriza a nuestra figura de asalariados o mercaderes de “fuerza de trabajo”.

Tener que vivir como “capitalistas pobres”, mendigando el precio de nuestra mercancía y soportando los ataques de nuestros explotadores, sólo parece sentarnos mal a muy pocos. Pero lo que a mí me mata es que los ideólogos, los voceros y los sicofantes de los capitalistas lo hagan tan a gusto. Si tienen interés en la explotación, vale: se entiende. Pero si no lo tienen, son unos traidores y merecen que les tiremos tomates por la calle.

Sobre todo, si llevan chaquetas que están pidiendo a gritos: “vengan esos tomates”.

Como estoy seguro de que don Xavier Sala y yo acabaremos por hacernos amigos –aprenda el lector, si no lo sabe, a distinguir entre lo que las personan son, en cuanto individuos singulares, y lo que tienen que ser y hacer en cuanto materialización de la figura social que representan, o en cuanto protagonistas del papel que les ha tocado en suerte en nuestro teatro político--, me he permitido empezar a hablar con sinceridad ya desde el mismo prefacio de este libro.

En cuanto a la estructura del libro, fácilmente se comprobará que es la misma que la del libro de don Xavier, o al menos pretende ser una imitación de todo lo que hay en él, salvo el contenido y el estilo. Simplemente, he puesto un espejo enfrente de su libro y ha salido este mío de forma casi inmediata. Obviamente, esto no hubiera sido posible si el autor no contara ya con una serie de artículos publicados en diversos medios de comunicación. Por tanto, el lector debe tener en cuenta que la segunda parte del libro es completamente independiente --y anterior-- a mi conocimiento de la existencia del libro de Sala, mientras que la primera parte es una respuesta directa a la lectura de su libro.

San Sebastián de los Reyes,

mayo de 2002

 

 

 

PRIMERA PARTE

LA MISERIA DE LA FALSA LIBERTAD


 

 

 

 


 

 

 

1

 

Ciegos ricos, ciegos pobres

 

 

 

 

 

 

Antes de desarrollar los 17 breves capítulos que componen la primera parte de su libro –rimbombantemente titulada “La grandeza de la libertad”--, nuestro autor nos quiere conmover y seducir con la historia más hollywoodiense que se le ocurre para comenzar a desplegar su discurso liberal: la de la chica ciega que prepara su tesis doctoral gracias a un artilugio mecánico que transforma en voz los artículos científicos escritos por él y otros autores (a la que conoció tras una de sus conferencias en una universidad de Nueva York). Nos cuenta que ese día, una vez llegado a su hotel, no pudo menos que reflexionar sobre tamaña “maravilla”. Y la conclusión a la que llegó –que no es sino la misma conclusión a la que llegan siempre los economistas liberales-- es que es gracias al egoísmo humano como la sociedad ha conseguido llegar tan lejos en la satisfacción de las necesidades de sus miembros. Se puso a pensar Sala en los científicos e ingenieros que han contribuido a este resultado benéfico con sus descubrimientos e inventos; luego pensó en los empresarios y trabajadores que han hecho lo propio con su capacidad de innovación y esfuerzo; y finalmente llegó a la conclusión de que nada de eso habría sido posible si el objetivo de todos hubiera sido “alcanzar el bienestar de los demás”. Cuando se pretende eso –si se tiene una intención altruista de cualquier tipo-- el resultado tiene que ser necesariamente un fracaso (según los liberales). Ahora bien, cuando lo que se quiere es sólo “ganar dinero o fama”, y lo que mueve a los individuos es el puro “ánimo de lucro”, entonces el resultado final sólo puede ser el óptimo más óptimo posible.

La verdad es que, para repetir la manida idea de la “mano invisible” de Adam Smith –matizada con una buena dosis de la “tesis de la perversidad” de Hirschman--, a nuestro autor no se le ocurre otro método que recurrir inicialmente al lacrimoso ejemplo de la pobre estudiante ciega que sólo puede llegar a “desarrollarse como persona” gracias a las bondades del sistema de economía de libre mercado. Dejaremos para más adelante lo que el propio Smith y otros economistas importantes más cercanos en el tiempo (como Joan Robinson o el propio Albert Hirschman) tienen que decir al respecto de la famosa “mano invisible”, pero no podemos pasar por alto una reflexión más cercana sobre la ceguera y su relación con los mercados.

En primer lugar, si nos tomamos en serio a Sala, habrá que deducir que se equivocan quienes piensan que la editorial Plaza y Janés ha buscado a un buen economista (como sin duda es don Xavier) para escribir un libro así porque esté interesada en satisfacer el bienestar, como lectores del tipo que sea, de sus potenciales clientes. En segundo lugar, sería un error semejante creer que Xavier Sala i Martín pretende al escribir este libro algo que no sea “ganar dinero o fama”. Por tanto, no se confunda, amigo lector: él no pretende contribuir a la verdad ni quiere sacarnos de nuestro supuestamente erróneo punto de vista como “no liberales”. Nada de eso. A él, la verdad podría importarle un comino en sí misma, pero, en su opinión, el resultado social sería idéntico. Lo único de lo que parece estar seguro es de que sólo buscando por su parte cómo maximizar mejor su propio interés personal, y cómo conseguir lo más egoístamente posible sus fines, aporta lo máximo que puede aportar a la sociedad, para que sea ésta la que, sin saber muy bien cómo, se las arregle para conseguir la máxima eficiencia en todo.

Por tanto, podría muy bien darse el caso –y esto les parece lo más natural del mundo a los liberales— de que un puñado de autores sin escrúpulos, sólo movidos por su afán de autoenriquecimiento y despreocupados en absoluto de trasmitir un conocimiento verdadero, se comportaran así, generación tras generación, y consiguieran de facto el desarrollo de las verdades científicas que requiere la sociedad para su progreso. Si nuestro autor excluyera a priori esta posibilidad, toda la argumentación que comienza con el ejemplo de la cieguita se vendría abajo, y no habría razón para prestar la menor atención al resto de su exposición.

Una segunda reflexión que nos provoca su ejemplo de ciegos es que los liberales siempre están dispuestos a hablar de individuos, pero jamás de los jamases se expresarán en términos de clases sociales, en las que no creen (salvo para jugar con la omnipresente, insulsa y autista, “clase media”, que no sólo es otra manera de referirse a la estadística sin peligro, sino de encubrir la ausencia de análisis sociológico con la apariencia de que no lo rehúyen). El señor Sala resume la conclusión de su ejemplo ilustrativo de la cieguita para volver al ritornello liberal que nos atosigará durante todo el libro:

“Al buscar el beneficio egoístamente, entre todos habían dado a esa estudiante de Nueva York lo que ningún tipo de programa gubernamental basado en la compasión, la solidaridad y la caridad hubiese podido conseguir: la capacidad de desarrollarse como persona en lugar de sobrevivir como minusválida”.

Evidentemente, como buen liberal, Sala piensa que todos los ciegos de Estados Unidos, de los países desarrollados y del mundo en general, son ricos –en verdad, se necesita tener dinero para pagar durante varios años una matrícula anual de 48.000 euros en una universidad privada de los Estados Unidos--, y quizás por eso no se le ocurre pensar en los millones de ciegos que hay en el mundo y que no tienen dinero para “desarrollarse como personas” en la economía capitalista. Pero puesto que él comienza su libro con esa experiencia personal, permítaseme a mí hacer lo mismo. Sin ir más lejos, en este curso 2001-2002, quien esto escribe tiene en su curso de 1º de Sociología, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, un estudiante que, no sólo es ciego, sino además sordo. Acude a clase acompañado de dos empleadas de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos de España) y un perro guía; y ha de realizar los exámenes escritos, además de con la compañía citada, con otra adicional: la de un tutor especializado de la ONCE y un ordenador especial que permite transcribir los textos desde el lenguaje normal que usamos los demás al lenguaje braille de los ciegos, y viceversa.

En las clases, las dos chicas que lo acompañan tienen que turnarse en su incansable labor de irle “escribiendo” en sus manos, mediante el lenguaje de signos de los sordomudos, lo que ellas recogen de la explicación del profesor (más en concreto, mientras una se comunica con él, la otra toma apuntes escritos que más tarde el equipo traducirá al lenguaje de los ciegos). Posteriormente, una vez transcritos todos los apuntes a su lenguaje y estudiado ese material, el alumno estará en condiciones de presentarse a examen; y, el día señalado, el profesor llevará preparadas las preguntas en formato “txt”, el tutor de la ONCE las convertirá utilizando el software correspondiente, y, en un ordenador especial, taquigráfico, el alumno ciego-sordo escribirá las respuestas a las preguntas, que, al final del examen, serán de nuevo reconvertidas al lenguaje ordinario para que el examen pueda ser corregido y evaluado.

Lo anterior no es un contraejemplo imaginario, sino completamente real, que docenas de testigos pueden corroborar[1]. Y no lo uso aquí para contraponer al modelo estadounidense de caras universidades privadas el modelo español (y no sólo español) de universidades públicas. Es simplemente una ocasión para pedir al lector que reflexione sobre cuál será probablemente la suerte de la mayoría de los jóvenes ciegos estadounidenses que no tendrán la misma suerte que la estudiante del profesor Sala, inmersos como están en un sistema político-social donde la Seguridad Social no se ocupa directamente de estas cuestiones porque --ya se sabe—“si se tienen buenos deseos e intenciones, los resultados serán necesariamente malos...” (como argumentarán algunos). Por lo demás, debe evitarse también el error de pensar en el sistema español –donde, por circunstancias históricas específicas, es una realidad el superdesarrollo pionero y puntero alcanzado por una organización como la ONCE, convertida hoy en el modelo de muchas organizaciones homólogas en todo el mundo— como si fuera la plasmación prototípica del llamado “modelo de Estado de bienestar europeo”, al que recurren tantos críticos del “neoliberalismo” con demasiada alegría (véase el capítulo 5 de la segunda parte). Baste para ello con recordar que la ONCE la fundó en 1938 el régimen franquista (todavía en guerra civil contra la II República española), y que fue durante el régimen de “democracia orgánica” franquista cuando consiguió la delantera que aún hoy mantiene con organizaciones similares de otros países.

No. Si se han sacado a relucir los dos ejemplos de estudiantes ciegos –los dos de países “ricos”, en el contexto mundial actual--, es para introducir, en paralelo con el discurso de Sala, una de las cuestiones en las que se reflejarán las verdades y mentiras del liberalismo. Pues resulta, sencillamente, que hay ciegos pobres y ciegos ricos. O, dicho más correctamente, que los ciegos también pertenecen a las clases sociales que conforman la sociedad capitalista (ésa que Sala prefiere llamar “de libre mercado”, a lo que no me opongo: si él lo prefiere así, podemos ponernos de acuerdo y tratar ambos términos como equivalentes a lo largo de todo este libro). Los economistas no liberales defendemos, entre otras cosas, que “la capacidad de desarrollarse como persona”, se sea ciego o no, depende mucho más de qué lugar ocupe cada cual dentro de la estructura de clases de la sociedad –o de qué lugar se ocupe en relación con el modus operandi de los mercados, si se prefiere decir así— que con el tipo de sociedad que tenemos desde 1760. Por el contrario, Sala y los demás economistas liberales parecen pensar que la sociedad buena empezó en 1760 (ya tendremos tiempo de volver a esta tesis que toma del premio Nobel Douglas North), es decir, en el momento en que, de repente, los bien intencionados (pero, al parecer, tontos e ineficientes) miembros de la sociedad precapitalista se volvieron egoístas y mal intencionados, con lo que consiguieron, de un golpe, instaurar el orden social perfecto (o cuasi perfecto) de los liberales.

Además, los ciegos analfabetos –que son mayoría incluso en los países ricos, y una mayoría abrumadora en todos los países pobres— serían, según Sala i Martín, seres más propios de la economía no capitalista, y no saldrán de su miseria mientras sus países no se decidan a abandonar los sistemas económicos alternativos --pero bien intencionados, como, por ejemplo, los del popurrí que cita en la página 112 de su libro: “el comunismo, el feudalismo agrícola o el populismo autárquico latinoamericano”— a favor del que “casi todos los economistas” consideran superior: el egoísta, pero benéfico, sistema de mercado.


 


 

 

 

 

2

 

El papel de los mercados en la economía moderna

 

 

 

 

 

A estas alturas, pocas dudas le cabrán ya al lector de que el autor del libro que tiene en sus manos no es ningún liberal. Sin embargo, debo aclarar algo que no es de por sí evidente. La crítica que supone este libro no sólo no tiene nada de personal, sino que tengo que confesar mi simpatía a priori por el autor del libro que critico. No sólo me parece que la foto de portada del libro de Sala muestra a un tipo más bien simpático (a quien no tengo el gusto de conocer personalmente), sino que en algunas de las cosas que escribe estoy más de acuerdo con él que con algunos de sus críticos --a la mayoría de los cuales yo considero críticos sólo “aparentes” del liberalismo, máscara que encubre su acuerdo profundo y oculto respecto a las tesis fuertes del credo liberal; de ahí, el calificativo de “criptoliberales” que les reservo, y que usaré profusamente en este libro-- que, a fin de cuentas, son tan liberales como Sala y encima no se han enterado. Pero ya volveremos a eso. Vayamos antes con los mercados.

Para empezar, tenemos la suerte de que Sala no parece del Opus Dei. Aunque nos hable del “pan fresco de cada día” (p. 29), como si de la traducción laica de la famosa frase del padrenuestro se tratara, deja claro en su libro –y el prólogo de Joan Oliver refuerza asimismo la idea— que él es no es de los que comulgan con la idea del cristianismo antiguo de que el “liberalismo es pecado”. Posiblemente Sala sea un liberal por partida doble. Lo será en el sentido estadounidense –donde vivir en Nueva York es casi ya sinónimo de liberal, es decir, “izquierdista”, para la mayoría de la población de los Estados Unidos, y donde lo que cuenta no es ser más o menos partidario del mercado (prácticamente todos lo son), sino más o menos partidario de la intervención pública--: posiblemente pasará por keynesiano en amplios círculos de aquel país. Y lo es sin duda en el sentido europeo, donde no hay que perder de vista una idea a la que volveré repetidamente en este libro: Keynes era un liberal de tomo y lomo, y hoy en día la mayoría de los liberales son liberales y a la vez keynesianos (como el propio Keynes, por cierto) --y no liberales antikeynesianos, como los dogmáticos ultraliberales que sólo existen en la imaginación o, como mucho, en la forma material que representan, omnipresentemente, los casi dos únicos individuos que forman esta especie: Carlos Rodríguez Braun y Federico Jiménez Losantos--, que defienden un catecismo ultraliberal en el que ni ellos mismos creen. En realidad, sólo creen en él los --mucho más numerosos-- ejemplares de la especie de los “izquierdistas”, que entran al toro de la crítica del “neoliberalismo salvaje” porque caen en la trampa estratégica liberal de colar las dosis más grandes de esta ideología en forma de oposición (“de sentido común”) a las aberraciones ideológicas de ese “neoliberalismo”, o “ultraliberalismo”, de catecismo, caricaturesco y asilvestrado.

Pues bien, en su oración laica de cada mañana, don Xavier Sala i Martín se desayuna con el pan tierno que el tendero, afortunadamente para todos, no le regala, sino que le vende (ya saben: egoístamente en lo privado pero eficientemente en lo social). Ya sabemos que, gracias a su afán de lucro, los panaderos se levantan “a las cuatro de la madrugada”. Pero a don Xavier se le pasa por alto un pequeño detalle. Los auténticos “vendedores” de pan que más pan tierno nos venden cada mañana no son precisamente ninguno de sus “productores” efectivos, sino los dueños de las instalaciones donde éstos llevan a cabo su trabajo (instalaciones que el público español conoce bajo el nombre de Carrefour, El Corte Inglés, etc.). Bien podría ocurrir que dichos dueños estén de vacaciones, por ejemplo a cinco mil kilómetros de sus hipermercados, disfrutando de una cálida velada tropical prolongada hasta las cuatro de la mañana (es decir, podrían estar yéndose a la cama a la hora en que se levantan muchos de los que tienen que hacerlo tan temprano para generar la plusvalía que financia esas vacaciones y otras muchas cosas).

La demagogia de los hechos, querido lector, no es culpa mía. Y aquí viene a cuento aquello que, según contaba Rosa Luxemburgo, le dijo una vez un taxista parisino cuando ella pretendía que la llevara gratis a no sé qué sitio de la ciudad “porque era pobre”: “Ce n’est pas ma faute, madame”. Pues bien, contra estos hechos –que sin duda nuestro autor considerará demagógicos, si es que no “obscenos” (véase el capítulo 11)-- poco podrá hacer Sala i Martín argumentando a favor del supuesto “capitalismo popular”. Mientras tantos tengan que madrugar para que unos cuantos puedan vivir del exceso de trabajo de los primeros, lo van a tener muy difícil para convencernos a algunos de que todos somos individuos “propietarios de factores y consumidores” y, por tanto, iguales. Ellos creen tenerlo muy fácil porque lo que no les gusta lo desprecian (seguro que Sala no ha leído a Rosa Luxemburgo); pero nosotros tenemos que leer a la Luxemburgo, pero también a los Sala, porque no podemos permitirnos el lujo de despreciar al “enemigo” en esta guerra desigual.

Pero vayamos de una vez al mercado. Sala parece tan ingenuo, o tan mal informado, que escribe que “la esencia de la economía de mercado es que la propietaria de la panadería supo ver las necesidades de la gente del barrio (...) Es importante enfatizar que el objetivo de la mujer era ganar dinero y no hacer feliz a los demás. Ahora bien, para ganar dinero, la mujer tenía que producir lo que la gente del barrio quería” (p. 30). Pues bien, apliquemos su argumento más allá de las narices (es decir, del barrio) de nuestro autor. Llamemos “barrio A” a aquél donde su panadera “montó la panadería” y “de paso, creó nuevos puestos de trabajo”. ¿Qué decir de los barrios donde se montan mercados de heroína, o de cocaína, o de éxtasis, y de paso también se crean puestos de trabajo (aunque probablemente no sean tan madrugadores)? ¿Qué decir de los barrios donde se producen armas para la policía y para los criminales; barrotes para las cárceles; prostitutas y prostitutos para sus soberanos clientes-consumidores; valientes matones para sus cobardes compradores; o pequeños mafiosos varios para el libre y nada monopolista mercado de las variopintas mafias compradoras? ¿Qué decir de los barrios donde se fabrican las máquinas o las materias primas con las que se producen esas drogas, esas armas, esas prisiones, esas mafias, y todo ese dinero, falsificado o no, que permite comprarlo todo y a la vez ejercer la benéfica “democracia directa” del comprador en el mercado? ¿Qué, de esos barrios donde se produce todo lo necesario para corromper a esos burócratas del gobierno que, en opinión de Sala i Martín, tan fácilmente se corrompen, tanto si tienen buenas intenciones al “gastar demasiado, despilfarrar”, como si lo que quieren es usar “la fuerza en beneficio propio”?

O bien: ¿qué decir de tantos barrios en el mundo donde el problema es precisamente el contrario, es decir: que no se produce nada: ni pan, ni leche, ni desayunos, ni meriendas, ni almuerzos ni cenas? Barrios en los que no se producen las medicinas que sí que se necesitan –quizás para no morirse--, pero que no se pueden pagar (y a veces, lo que es peor, ni siquiera se puede querer pagar, porque sencillamente se desconoce su existencia)? ¿Qué decir de los barrios donde no se produce educación sino analfabetismo, donde no se fabrica salud sino enfermedad, donde no se genera riqueza sino miseria, donde no se crea vida sino muerte...? ¡Qué suerte tienen tantos liberales, que tienen la libertad de elegir el barrio donde prefieren vivir! ¡Y qué mala suerte tiene tanta gente que tiene la desgracia de vivir en una sociedad donde la libertad de explotación de casi todos por parte de unos pocos es el requisito previo de cualquier otra libertad!

Sala parece pensar que el mercado es una maravilla generadora de longevidad, bienestar y salud en los países ricos porque sus habitantes son buenos creyentes y practicantes de la religión del “egoísmo benéfico”. Los países pobres, en cambio, al estar poblados de filántropos benefactores, no tienen la mínima habilidad para practicar el egoísmo y el ánimo de lucro, por lo que no pueden establecer siquiera esa maravilla de mercados que todo lo resuelve. Pero habría que preguntarle a don Xavier: Si esos países están gobernados por gobernantes sin escrúpulos, ¿cómo es que no surge en ellos un mercado de matones a sueldo suficientemente “ancho y profundo” para que los políticos se tengan que subordinar a la disciplina de mercado, máxime cuando el entorno mundial es predominantemente el de una economía de mercado?

Según él, los mercados funcionan tan bien porque lo único que necesitan son precios. Los precios dan toda la información necesaria, y cuando hay escasez los precios suben como reflejo de esa escasez, de forma que, si falta pan, “el sistema de precios informa que es necesario producir pan en aquel determinado pueblo”. Ahora bien, hagamos como Sala y preguntémonos: si falta democracia, si falta paz, si faltan viviendas, y ropas y vacunas y calorías, y tantas otras cosas..., ¿por qué no funciona el sistema de mercado haciendo que se eleven los precios lo suficiente para que la búsqueda del máximo beneficio conduzca al aumento de la producción de todos estos bienes tan escasos? ¿Por qué les falta el egoísmo necesario a los pueblos de los gobernantes corruptos para eliminar a estos corruptos con los mismos votos de mercado que, según la historia feliz que nos cuenta nuestro autor, todo lo arreglan?

Añade D. Xavier: “Es importante señalar que para que las empresas acaben satisfaciendo los deseos de los consumidores es necesario que éstos tengan la capacidad de escoger libremente entre diferentes alternativas” (p. 31). Se refiere, claro está, a la ausencia de monopolio. Pero antes de entrar a debatir la cuestión del monopolio, me permitirá el lector que invente un neologismo aberrante pero indudablemente significativo: el “ceropolio” (su significado es obvio: si monopolio significa un solo vendedor, mi ceropolio indica la ausencia de vendedores en el mercado).

¿Cómo explican los liberales la omnipresencia de los “ceropolios” en economías donde el dinero existe y los mercados también, y donde, por mucho que se empeñen ellos, todo el mundo reconoce la existencia de economías de mercado (corruptas o no, eso es lo de menos; ¿o es que acaso se olvidan los casos de corrupción institucionalizada en los países ricos?)? ¿Por qué no funciona allí lo que Sala llama “disciplina de mercado”? Según él, si un producto no gusta a los clientes o es demasiado caro, los ciudadanos irán a comprar “a (...) la competencia”. ¿Por qué no ocurre lo mismo en África, por ejemplo? ¿Por qué no van los ciudadanos de un poblado de Sudán a otro mercado, a otro sitio, a otro país, donde las medicinas, el agua y la comida sean más baratos? ¿Por qué los ciudadanos de los países pobres carecen de la “soberanía del consumidor” de la que aparentemente están dotados todos los miembros de las sociedades ricas? ¿Qué clase de preferencias gastan estos individuos que prefieren las dictaduras a las democracias, el hambre antes que la sobrealimentación, y los ataúdes pequeños y austeros para niños flacos a los féretros grandes y acolchados para venerables ancianos casi centenarios?

Tengamos un poco de paciencia para ver si encontramos en nuestro autor alguna explicación. Escribe: “A pesar de este principio básico de la economía, muchos gobiernos de todo el mundo introducen regulaciones o barreras que impiden el libre funcionamiento del mercado” (p. 32). Sin embargo, en la mayoría de los países hay libertad para vender medicinas, agua o galletas, pero resulta que no se venden. Y no se venden porque no se pueden comprar. Se necesitan, de eso no hay duda, pero existe un pequeño inconveniente: no se puede convertir ninguna de esas mercancías en un instrumento efectivo para que funcione la panacea del egoísmo benefactor: el lucro. De nada sirve producir cosas para el bienestar de la población si con ello no se permite poner en práctica el egoísmo del interés privado y del máximo beneficio. Si no hay lugar para el egoísmo, no hay tampoco espacio para crear puestos de trabajo ni para crear salarios ni para crear beneficios, ni hay por tanto dinero para traducir en lenguaje ordinario los deseos de los ciudadanos auténticamente “analfabetos” (aquéllos que no leen ni escriben, y ni siquiera hablan, el lenguaje del poder adquisitivo monetario).

Nuestro don Xavier repite cándidamente, una tras otra, todas las viejas oraciones de la letanía liberal (auque muy ordenado no es, la verdad, y a veces da la impresión de que se queda dormido entre medias y tiene que volver a empezar). Por ejemplo, el mercado es el reino de la libertad y de la voluntad porque, por definición, si ninguna de las dos partes se ve obligada a entrar en una transacción bilateral, eso es señal inequívoca de que ambas salen ganando cuando la llevan a cabo. Pero la pregunta que no responde él ni responden los liberales es:

“Y cuando la transacción no se lleva a cabo, ¿significa eso que ambas partes salen ganando con la ausencia de intercambio, o que ambas pierden por culpa de que la existencia de la economía de mercado impide que se lleven a cabo esos intercambios?”.

Cuando millones de personas no compran las medicinas o la leche que necesitan, y a la vez centenares o miles de empresas no producen la leche o las medicinas que necesitan las primeras, cuando como consecuencia de ese libre acuerdo y esa doble dejación una proporción de los primeros se muere, y la entierran (o quizás ni eso), ¿se debe de verdad esto a que ambas partes salen ganando con la ausencia de transacción? Nuestro autor prefiere evitar la pregunta y limitarse a concluir lo siguiente: “Hoy en día, son pocos los que dudan que el mejor sistema económico que ha existido en la historia de la humanidad es el libre mercado y pocos son los que todavía proponen la planificación central”.

Habría que recordarle a Sala que, en relación con la verdad objetiva, el argumento de autoridad de “la mayoría” no sirve de mucho, por no decir “de nada”. La historia demuestra cuántas veces se ha equivocado la mayoría, las mismas en que ha sido la minoría la que ha demostrado, a la postre, tener razón. En cualquier caso, que me cuenten Sala y los lectores en la minoría de los escépticos; o mejor, no entre estos “agnósticos”, sino entre los “ateos” que suscribimos lo que dice el filósofo polaco Adam Schaff[2], que ha vivido muchos años bajo el llamado “socialismo real”, pero que a pesar de todo escribe lo siguiente: “Yo sé (subrayo que no es una esperanza, sino algo que sé con certeza) que un régimen basado en una economía parcialmente colectiva y planificada (y en ese sentido socialista) remplazará al capitalismo actual en un futuro ya muy cercano, independientemente de la resistencia de quienes se vean afectados por el proceso”.

Los argumentos históricos de Sala vale la pena reproducirlos, ya que en su libro no ocupan mucho más espacio que el que les dedicamos aquí:

* Las dos Alemanias se separan después de la II Guerra Mundial, y la del este se empobrece mientras la del oeste se enriquece, siendo en 1999 la renta per cápita de la segunda cuatro veces superior a la de la primera.

* Algo parecido sucede en Corea, pero con un desequilibrio aun mayor (que se eleva a una relación de 14 a 1 en el año 2000).

* Lo que sucedió con los cuatro “dragones” asiáticos (Corea, Hong Kong, Singapur, Taiwán, que imitaron a Japón), y luego con sus sucesores, los “tigres”, fue sencillamente que adoptaron la economía de mercado. No es cierto que el “dirigismo estatal” fuera “ni mucho menos la clave que los condujo a la prosperidad”, como lo demuestran los casos chinos e indio: “mientras estos dos países mantuvieron políticas socialistas de planificación central (...) la población (...) vivió en la miseria más absoluta”; pero cuando China comenzó a “privatizar” y a “abrir la economía al exterior”, la renta per cápita “se cuadriplicó en menos de veinte años” y “en 1999 se convirtió en la segunda potencia mundial en términos de producción y renta total” (pp. 37-39).

Ésa es toda la explicación que ofrece nuestro autor, y sin duda se fue a descansar después de tanto esfuerzo.



 

 

 

3

 

Las desigualdades buenas, y las malas

 

 

 

 

 

 

Ya hemos dicho que los liberales no creen en las clases sociales, al menos en las que se definen seriamente –es decir, conceptualmente--, y mucho menos en las que se definen de acuerdo con criterios económicos o sociales (como, por ejemplo, el lugar que se ocupa en la estructura de la producción y de las relaciones que resultan del proceso de reproducción social) que vayan más allá de los deciles, los quintiles, los percentiles y demás categorías estadísticas igual de insulsas. A cambio, se les llena la boca permanentemente con la equívoca y multívoca “clase media”. Sala i Martín nos muestra la típica falta de rigor que caracteriza a esos economistas tan propensos a usar términos como éste. Por ejemplo, nos habla primero de la clase media “de un país europeo típico” –de la que dice que “puede hacer cosas que, en el siglo XVIII, sólo hacían los reyes franceses”, y que su representante actual “es una familia trabajadora” (p. 41)--. Pero eso no le impide hablarnos también de la clase media de Botswana –país donde entre el 30% y el 50% de la población adulta está infectada de sida--, cuyos jóvenes “en su mayoría forman parte de los cuadros directivos intermedios empresariales” (¡sic!, p. 144).

La clarividencia social de conceptos así plantea muchos problemas. Por ejemplo, la clase media en España, ¿es sólo el 10% central de la jerarquía estadística de rentas, o es el 99% que se extiende desde la duquesa de Alba (y otros congéneres) a la capa más pobre de los quinquis (tipo “el Lute”), o quizás un 1%, un 50%...? Si los sidosos jóvenes botswanos de esa brillante clase media de la que nos habla nuestro autor obligan “a las empresas que trabajan en Botswana a educar y a formar a dos directivos por cada plaza de trabajo disponible, puesto que la probabilidad de que uno de los dos muera es muy elevada”, no cabe duda de que tiene que tratarse de empresas capitalistas y estamos ante una economía de mercado. Pero si las tasas de mortalidad son tan altas, ¿cómo es posible que el bendito mercado no haya logrado la eficiencia, aunque sólo sea en términos de supervivencia y de esperanza de vida?

Pero hay aberraciones más claras en el análisis sociológico de Sala, incluso en el plano nacional. Por ejemplo, argumenta, con tanta claridad como siempre, sobre lo beneficiosos que resultan los “archimillonarios”. No se trata de sus impulsos “altruistas y generosos”, que los llevan, es verdad, a crear fundaciones y a regalar dinero con objetivos humanitarios. Se trata, sobre todo, de que el conjunto de lo que producen es precisamente lo que “permite[n] a tantos y tantos trabajadores de todo el mundo ganarse la vida”. Como buen discípulo de Adam Smith, a Sala le preocupa que sea mucho más productivo Bill Gates que la improductiva Duquesa de Alba –“hoy por hoy no se me ocurre nada útil que pueda producir esta señora y que justifique su fortuna (...) no es una señora demasiado productiva” (p. 48)--. Pero sin duda piensa que ambos pertenecen a una “clase alta”, al igual que hay un buen grupo de ciudadanos que forman parte de la “clase baja”.

Por supuesto, hay una parte de la desigualdad de rentas de la que habla Sala que le parece bien, ya que “si la posibilidad de hacerse rico no existiera, la gente no trabajaría” (p. 43; en esto coincide con Keynes, que encontraba “justificación social y psicológica de grandes desigualdades en los ingresos y en la riqueza (...)” exactamente por las mismas razones). Pero otra parte le parece “mala” e “injusta”, si se produce como consecuencia de no respetar el principio de “igualdad de oportunidades”. Habría que recordarle a este economista liberal que esto mismo debía de ser lo que pensaba el general Franco cuando estuvo de acuerdo en que sus gobiernos pusieran en práctica un “Patronato para el Principio de Igualdad de Oportunidades” (el famoso P.I.O. del ministerio de Educación), con su sistema de becas de estudio y becas-salario, para que, al menos intencionalmente, “los hijos de todas las familias pudieran estudiar”. Sin embargo, lo que caracteriza al capitalismo es una movilidad social mucho mayor que en los sistemas anteriores. Sala exagera esto hasta mitificarlo. Si fuera verdad la contraposición que sugiere --que los nobles feudales se reproducían constantemente, mientras que en el capitalismo el ascenso social está al alcance de todos--, ¿cómo explicar que los grandes títulos nobiliarios de hoy, no sólo son la herencia de siglos de historia, sino también, al mismo tiempo, la materialización de los núcleos de mayor riqueza capitalista y burguesa de la sociedad actual, desde la Duquesa de Alba (una de las mayores capitalistas de España, que él imagina como si fuera su tatarabuela del siglo XVI) a la reina de Inglaterra, y desde el rey de España al sultán de Brunei?

Por otra parte, como ejemplo de la movilidad social capitalista Sala ofrece un cuadro elaborado a partir de datos de la revista Forbes, a partir del cual pretende sacar varias conclusiones significativas. En primer lugar aduce que, si se comparan las veinte personas más ricas del mundo en 1915 y en 2000, midiendo su riqueza en dólares constantes, “el valor actual de las fortunas de 1915 es más o menos igual que el de las del año 2000” (p. 46). Para empezar, esto no es exacto ni en su propio cuadro. Y no sólo porque en 2000 se produce un bajón en la riqueza respecto a 1999, como él mismo señala (por ejemplo, debido a la caída de la Bolsa, la fortuna de Bill Gates se redujo un tercio), sino porque sumando las fortunas de los veinte archimillonarios el incremento que se desprende de su tabla es de 130.490 millones de dólares (un aumento de casi dos tercios más), y sumando sólo la de los 19 primeros (dejando fuera a John Rockefeller en 1915 y a Bill Gates en 2000), el incremento resultante es dos veces superior en términos relativos (150.000 millones, que significa un 120% más). Sin embargo, para Sala, estos nombres que ya no aparecen en la lista de los 20 top de la actualidad “desaparecieron” de ellas como simple “reflejo de la movilidad social” ¿Acaso pretende hacernos creer que han pasado a formar parte de la clase media o de la baja? ¿Acaso no son ésas las únicas categorías “sociales” que es capaz un liberal de usar?

Pero, más importante aun, ¿tan difícil es sospechar que los Rockefeller –o los Carnegie, Ford, Morgan o Guggenheim--, no es que no sean ya tan ricos como antes, sino que han tenido mucho más tiempo (y ganas) que los nuevos ricos para ocultar sus fortunas detrás de una maraña de sociedades y fundaciones que, entre otras cosas, sirve para difuminar su presencia en estas listas en la que otros están ávidos por aparecer? ¿Y tan tontos cree Sala que somos como para no darnos cuenta de que, sustituyendo las 20 mayores fortunas por las 200, o las 2.000 o las 20.000 mayores fortunas, sin duda la movilidad social de los archimillonarios se reduciría drásticamente? Haga usted mismo, querido lector, la prueba al revés, siguiendo la práctica habitual de los malabarismos liberales. Reduzca la clase alta a la mayor fortuna del mundo (una sola) y sin duda tendrá una movilidad social ¡del cien por cien! (100%), si no todos los años, al menos en el medio y largo plazo. ¿Ve usted cuán móvil es el capitalismo? Pues, ande: deje ya este libro y póngase a imitar a don William Gates.

Sala no se cansa de repetir la importancia del trabajo que hicieron Gates y sus compañeros en los famosos y míticos garajes[3] familiares donde ellos inventaron el sistema operativo DOS (y tantos otros, tantas otras cosas más tarde). Pero habría que preguntarle a él: ¿cómo explica que haya podido realizarse invento alguno en toda la historia antes del capitalismo, si aún no existía el ánimo de lucro capitalista y de mercado? Si opta por decir que el ánimo de lucro ha existido siempre –ya que forma “parte de la naturaleza humana” (Adam Smith dixit)--, ¿cómo explicar entonces que “los reyes, los príncipes y los duques” vivieran tan pobremente como dice, tanto en la Edad media como en la moderna, por no remontarnos aun más atrás?

Por otra parte, y sin salirnos de su famosa tabla Forbes, debería explicarnos en qué consiste el misterioso “emprendimiento” de esos empresarios tan “emprendedores” y tan ricos, como son los tres miembros de la familia Mars (en la lista de 2000) o los 5 de la familia Walton[4]? ¿Supone que todos ellos son tan inventores y tan trabajadores como los Michael Jordan, los Rivaldo o los Tiger Woods, que él menciona, o son más bien simples herederos y/o rentistas que se aprovechan de la explotación masiva de sus asalariados, ya lo hagan por primera vez, ya por larga tradición familiar? ¿Y ha pensado don Xavier que si los Jordan y los Rivaldo quieren seguir siendo ricos de por vida, y que sus hijos sean también ricos aunque no sepan jugar al fútbol o al baloncesto, no tienen más remedio que montar negocios, comprar acciones o convertirse en una u otra especie de capitalista que sólo podrá reproducir su riqueza a base de un emporio de mano obrera asalariada?

Sin embargo, lo más importante es completar los datos que aporta Sala con otros de los que parece no tener ni idea (o, si los conoce, se olvida de citar: quizás los evita para no llegar a las conclusiones que necesariamente se extrae de ellos). Me estoy refiriendo a las diversas medidas de la tasa de plusvalía que puede encontrar en numerosos libros que se siguen escribiendo en la actualidad utilizando las categorías concebidas dentro de la teoría laboral del valor, una teoría que sin duda él creerá ya periclitada, pero que no lo está en absoluto, como lo demuestra el hecho de que los trabajos e investigaciones que se llevan a cabo en la actualidad puede encontrarlos a montones hasta en Internet[5].

En otro lugar he escrito que la perspectiva que usan los economistas liberales es lo que se llama el “enfoque de cero clases”, frente al enfoque de dos clases que prefiero utilizar yo. Me explico: en ambos casos hay que distinguir lo que es el modelo teórico abstracto de lo que son los análisis de las realidades históricas concretas. Por ejemplo, los defensores del modelo de cero clases no tienen inconveniente, como hemos visto en el caso de Sala, en dividir las economías nacionales reales en tres supuestas clases –llamadas “alta”, “media” y “baja”--. De igual manera, los economistas no liberales sabemos que al estudiar economías reales necesitamos mucha más precisión, y por supuesto no podemos pasar por alto las diferencias entre, digamos, un taxista que trabaja como autónomo usando su propio taxi y un segundo taxista que es un asalariado del sector y maneja uno de los taxis de un empresario capitalista (pequeño o grande). Sin embargo, en nuestro modelo, como primera aproximación teórica, no hay inconveniente en contraponer al modelo neoclásico de 0 clases (es decir, a la idea de que todos los individuos son sustancialmente iguales desde el punto de vista social, y pertenecientes a la clase única de “consumidores-que-son-a-la-vez-propietarios de algún vector de factores”, lo que equivale a afirmar que no hay clases en la sociedad, pues 1 clase y 0 clases son equivalentes en la teoría) otro alternativo construido a partir de dos clases, según que éstas vivan mayoritariamente del “capital” o del “trabajo”.

Los neoclásicos y liberales sólo hablan de individuos. Pero los que no somos neoclásicos ni liberales sabemos que el hecho de ser un propietario de medios de producción suficientes para contratar mano de obra ajena, o de ser un simple asalariado, condiciona de forma decisiva nuestro comportamiento económico global. Usar, por tanto, un modelo de dos clases no elimina la necesidad de investigar los comportamientos individuales, pero sí enriquece su comprensión, al partir de las razones estructurales que obligan a asalariados y capitalistas a comportarse de forma muy diferente (tanto en el interior de las empresas, donde no hay mercado, como fuera de ellas, es decir, en los mercados en primer lugar, y en otras instancias a continuación). La dependencia de los que sólo[6] tienen para vender su fuerza de trabajo respecto de los patrones es algo que ya viera con toda claridad el propio Adam Smith[7], y de la que extrajo las consecuencias adecuadas Karl Marx: mientras los trabadores sean portadores de su propio pellejo como mercancía y se tengan, por tanto, que comportar como mercaderes, su dependencia respecto a los capitalistas hará que pierdan continuamente peso en la renta nacional.

Marx hablaba de un aumento de la tasa de plusvalor, o también, siguiendo la terminología usada por Ricardo, de un descenso del salario relativo, y en eso mismo consistía el aumento del grado de explotación del trabajo al que se refería el primero, y que la literatura posterior también llama “tendencia a la depauperación relativa” de los trabajadores. Los datos de las economías reales muestran, en efecto, que todas estas ideas se corresponden con lo que sucede en la práctica de las economías de mercado, no sólo en el siglo XIX, sino también los siglos XX y XXI. Y para comprobarlo vamos a usar las cifras oficiales de la economía española. Lo único que hay que tener en cuenta es que no estamos trabajando con una economía capitalista acabada (capitalista al 100%), como en el modelo –es decir, una economía sólo formada por capitalistas y asalariados--, sino con una economía donde hay un tercer grupo social (los autónomos) que ha ido representando una fracción muy decreciente de la población activa total (consecuencia del creciente grado de asalarización o proletarización al que se refería ya Marx).

Pues bien, en el cuadro 1 podemos ver qué ha ocurrido a este respecto en España en el periodo 1964-2000. Este cuadro nos ofrece una buena ilustración de que el crecimiento de la desigualdad no es un fenómeno exclusivo de las relaciones internacionales (donde, por supuesto, también se da: véase el capítulo 10), sino que es también característico de la realidad (intra)nacional. En el caso de España, el proceso de depauperación relativa es un hecho de la más rotunda actualidad, sobre todo si se mide bien, teniendo en cuenta el proceso de asalarización y proletarización de la población activa. Si la proletarización no es más evidente para una mayoría de economistas es porque ellos mismos están penetrados de una ideología que les impide ver que tales procesos son realidades completamente objetivas, insertadas en la dinámica de las relaciones sociales y económicas del capitalismo, por mucho que el nivel ideológico no parezca corresponder a esas realidades objetivas.

Proletarización y asalarización son fenómenos que se comprueban con las frías estadísticas de la población activa[8], y no con el termómetro de la efervescencia revolucionaria de los asalariados, medida además por la apresurada iniciativa de algún investigador deseoso de encontrar descubrimientos “originales”. Por supuesto, si no fuera casi siempre cierto que los asalariados (dominados) participan de las mismas torpezas ideológicas que se encargan de crear los serviles intelectuales del capital (sean o no economistas) al servicio de sus propietarios (dominantes), no podría tener sentido una frase tan cierta como aquélla, ya clásica, de que “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante”.

Y si miramos objetivamente al cuadro 1, lo que encontramos es que la situación relativa de los asalariados (que, al incluir a los parados, se nos convierten en “el proletariado”[9]) simplemente ha empeorado tanto y tan deprisa que, en los 35 años que van de 1965 a 1999, su participación corregida en la renta nacional se ha hecho tres veces más pequeña que la correspondiente a los no asalariados. El cálculo es muy sencillo de hacer y de comprender: la parte del proletariado en el PIB sólo ha aumentado un punto en 35 años (un 2% en términos porcentuales); pero como su parte en la población activa ha crecido un 40%, eso significa que su participación “corregida” ha bajado un 27.1% (descenso del coeficiente que refleja la depauperación desde 0.84 a 0.61). Por su parte, los no asalariados han bajado su peso en la población activa un 57%, a pesar de lo cual sólo ha disminuido su parte en el PIB en un 2%, lo que significa que su participación corregida ha subido un 125.5% (su coeficiente de enriquecimiento ha subido desde 1.23 a 2.77). Por consiguiente, el cociente de ambas participaciones corregidas se ha disparado desde menos de 1.5 a más de 4.5, lo que significa un crecimiento de la desigualdad que, a lo largo de esos treinta y cinco años, se ha multiplicado exactamente por 3.09.

Permítame el lector reclamar una relevancia mucho mayor para un cuadro como el 1 --que, con todas sus limitaciones, ofrece una panorámica de la distribución de la renta de toda la población activa de un país-- que para unas estadísticas como las que ofrece la revista Forbes, limitadas a sólo veinte individuos (por muy ricos e importantes que sean). Por lo demás, esta revista es tan privada como esos millonarios, mientras que las cifras utilizadas para construir el cuadro 1 proceden todas de estadísticas oficiales de nuestro Instituto Nacional de Estadística.


 


Cuadro 1:

Depauperación obrera y enriquecimiento de los no asalariados en España,

según la Contabilidad Nacional de España (CNE)

 

Año

a = (RA/PIB)

b =

1 -a

c = (Prol/PA)

d =

1 - c

e =

coeficiente de depauperación

= a/c

f =

coeficiente de enriqueci-miento = b/d

 

Posición relativa de:

Proletariado

g = e/f

No asalariados

h = f/e

 

1964

49.1%

50.9%

58.6%

41.4%

0.84

1.23

0.68

1.47

1975

58.9%

41.1%

68.9%

31.1%

0.85

1.32

0.65

1.55

1982

56.8%

43.2%

73.2%

26.8%

0.78

1.61

0.48

2.08

1988

52.2%

47.8%

76.2%

23.8%

0.69

2.01

0.34

2.93

1995

52.4%

47.6%

79.2%

20.8%

0.66

2.29

0.29

3.46

1997

49.7%

50.3%

81.0%

19.0%

0.61

2.65

0.23

4.31

1999

50.1%

49.9%

82.0%

18.0%

0.61

2.77

0.22

4.54

1999/64

1.02

0.98

1.40

0.43

72.9%

225.5%

0.32

3.09

 

(Fuente: Contabilidad Nacional de España, EPA y elaboración propia).

 


 

 

 

4

 

El papel del gobierno

 

 

 

 

 

 

Al igual que ha hecho siempre toda la tradición liberal, nuestro autor, D. Xavier Sala, no se olvida, después de cantar las omnipresentes virtudes del mercado, de distinguir cuáles son las cosas que el gobierno debe hacer y cuáles son aquéllas de las que tendría que prescindir. Porque a este respecto no se debe ocultar que toma ciertas distancias respecto de los “analistas” que podrían llegar, basándose en lo escrito por él en los tres primeros capítulos de su libro, a la conclusión de “que lo mejor que puede hacer el gobierno es no hacer nada” (p. 49). Sala afirma claramente: “sinceramente, creo que están equivocados”.

Lamentablemente, lo primero que tenemos que objetar aquí es que tales analistas no existen. Veremos más adelante cómo hasta los ultraliberales más extremos defienden una intervención pública imprescindible. Muchos izquierdistas parecen olvidar este tipo de argumentos, y utilizan un género de críticas del neoliberalismo que, efectivamente, como ha denunciado un liberal tan conocido en nuestro país como Pedro Schwartz, tienden más a la caricatura que a la descripción exacta de lo que ha acontecido en la historia real del pensamiento económico. Schwartz escribe que, a pesar de que “la mayor parte de los objetivos últimos de socialistas e individualistas son los mismos: prosperidad, libertad, felicidad, seguridad”, la realidad es que “discrepamos en los medios y en nuestro concepto de cómo funcionan los mecanismos sociales”[10].

Por eso, frente a los que los socialistas llaman Estado de bienestar, y que él prefiere denominar Estado paternalista, lo que propugna es un Estado liberal, pero advirtiendo previamente --en lo que tiene toda la razón-- contra la caricatura que se ha hecho a menudo de la ideología liberal: “La actitud de los liberales ante el Estado suele caricaturizarse por incomprensión (...) creen que el liberal en el fondo desea abolir el Estado, cuando busca centrarlo y reforzarlo”[11]. Schwartz tiene razón también cuando escribía (tan pronto como en 1984) “Ya no se oyen en bocas socialistas apologías del déficit público; ni promesas de nacionalizar los medios de comunicación, distribución y consumo (...) Todo es hablar de ortodoxia financiera, reconversión industrial, flexibilidad de plantillas, economía de mercado”. Continúa Schwartz: “La gente cree que los liberales perseguimos la destrucción del Estado. Muy al contrario, he dicho y quiero probar ahora, el liberalismo como programa político es un programa estatal y público (...) Los liberales, lejos de pretender la destrucción del Estado y su sustitución por no sé qué orden social espontáneo, buscan la restauración de un Estado fuerte, limitado y capaz de cumplir sus funciones necesarias: un Estado que sepa establecer y mantener el marco en el que vaya a florecer la actividad individual”[12].

Según Sala i Martín, el gobierno tiene que ocuparse de cuatro tipos de tareas: 1) “la defensa y garantía de los derechos de propiedad”, 2) la de “la competencia”, 3) la “regulación” en el caso de ciertos bienes “problemáticos” (o “no normales”, a saber: “bienes públicos, externalidades y bienes comunales”), y 4) lo que llama “protección de los desprotegidos, bienestar e igualdad de oportunidades”. Veamos cada una a un tiempo.

1. La salvaguarda de los derechos de propiedad se lleva a cabo, claro está, mediante “la defensa nacional, la policía y el sistema judicial”. Seguro que, si se le pregunta, no tendrá nuestro autor problemas en encontrar partidas, dentro de esos ministerios de Defensa, Interior y Justicia, que le parecerán más bien señales de despilfarro que de defensa de la sacrosanta propiedad privada. Pero lo más curioso es que aprovecha en este punto para recriminar a los africanos por ser culpables --¡cómo no!-- de su pobreza (lo cual forma parte de la estrategia neoliberal típica: también los parados son los culpables de su desempleo; los televidentes, culpables de la televisión basura que se les ofrece; los votantes, de la pobre oferta que les ofrecen los partidos, etc.): “Con toda seguridad, uno de los principales factores que explica la extrema pobreza de la mayor parte de los países africanos son las continuas guerras que han asolado el continente desde su independencia” (p. 50). Yo le preguntaría por qué las guerras (incluidas dos llamadas “mundiales”, pero que son básicamente europeas) que han asolado el continente europeo desde hace siglos[13] explican, por el contrario, su “extrema riqueza” (en términos relativos), y por qué la relativa ausencia de guerras en África antes de su independencia no fue responsable de un incremento en su riqueza.

2. Para garantizar la competencia, Sala insiste en la necesidad de limitar los monopolios, aunque matiza repetidamente que en este punto no es tan importante la “privatización” como la “liberalización”; es decir, da igual que una empresa pase del sector público al sector privado si no se consigue eliminar su poder monopolista e introducir una competencia real que beneficie a los consumidores. Vemos en primer lugar aquí una crítica soterrada de la estrategia del gobierno del PP: “algunos gobiernos que se autoproclaman liberales han sido muy rápidos a la hora de privatizar (...), pero menos rápidos a la hora de liberalizar (...) un monopolio privado tiene tan pocos incentivos a [sic] satisfacer a los consumidores como un monopolio público”.

Pero lo que nos parece más relevante de este discurso es, una vez más, la manía contra los monopolios, que es tan típica entre los liberales (véanse la entrevista a Milton Friedman en El País de 11-XI-01) como entre los militantes de los partidos de izquierda que se han dejado influir por las ideas leninistas. Esta manía no se refiere al monopolio realmente criticable –el de la propiedad privada, que, por ser privada, es exactamente monopolista de aquello que es apropiado--, sino parece asentarse en el desconocimiento de que, la mayor parte de las veces, los “monopolios” de la Microeconomía liberal no son el resultado de una intervención perversa de gobiernos antiliberales, sino simples ejemplos de eso que el propio Sala llama “monopolios naturales”, y que los liberales tienden a presentar confusamente como la excepción en el universo de los monopolios. Nuestro autor reconoce que en estos casos de monopolio natural, las tres posibles soluciones existentes –a saber: no hacer nada, fijar precios públicos o nacionalizar-- plantean “graves problemas”; pero de hecho no parece consciente de que el monopolio no tiene por qué obtener los resultados tan negativos que de él espera la teoría neoclásica.

3. La idea neoclásica de que el “equilibrio” del monopolio se obtiene necesariamente para una cantidad vendida inferior y con un precio de mercado superior (en relación con el supuesto de la “competencia perfecta”, que es su modelo de referencia permanente) no tiene por qué ser cierta. Sólo se deriva ese resultado en el caso de que se suponga (de forma poco realista) que las curvas de coste de la empresa monopolista sigue siendo la misma una vez dividida dicha empresa en tantas fracciones o pedazos como para que se pueda hablar de que se ha creado una auténtica competencia (perfecta) entre las empresas resultantes. Si no es éste el caso, y suponiendo que el monopolio tiene asociado una estructura de costes más eficiente, bien puede darse el caso de que el monopolio produzca mayor cantidad, y a un precio más bajo, que en el caso de la competencia perfecta.

En relación con los bienes que no son “normales” sino “problemáticos”, Sala no tiene más remedio que reconocer las dificultades con que se encuentra al respecto la teoría económica neoclásico-liberal. Respecto a los “bienes públicos” –por ejemplo, las carreteras, la televisión, el ejército, o incluso “el conocimiento, la tecnología y las ideas”--, la teoría reconoce que los mercados no son capaces de producir lo suficiente: “El hecho de que el conocimiento y la tecnología sean bienes públicos hace que la libre competencia empresarial tienda a no generar conocimientos y progreso tecnológico al ritmo que sería óptimo”. Por esa razón, “hay que crear un sistema de patentes”, es decir, un monopolio, al fina y al cabo, aunque es mejor que éste sea temporal. Aquí resulta que el monopolio, la figura tan odiada en general, se convierte en la panacea cuando precisamente más artificial resulta.

Este punto lo desarrolla nuestro autor en un capítulo aparte de su libro --titulado “La economía de las ideas”-- en el que asegura que “la vacuna de la viruela, la técnica que permite (...) el airbag (...), el sistema de telefonía móvil, el programa Word de Microsoft o la fórmula de la aspirina son bienes públicos” que se generan gracias a un costoso gasto empresarial en “investigación y desarrollo (o I+D)” que “sólo se debe pagar una vez” (p. 71). Ahora bien, si ese coste no pudiera recuperarse, “nadie va a innovar y el progreso tecnológico desaparecerá”. Seguiría habiendo “sabios locos”, como había antes del capitalismo, pero “el ritmo de creación de ideas” sería muy inferior al que conocemos. En este punto apela Sala al premio Nobel Douglas North, que atribuye la revolución industrial y el inicio del desarrollo capitalista al hecho de que en 1760, en Inglaterra, “se crearon las instituciones que iban a permitir garantizar los derechos de propiedad intelectual”, porque –como dice Sala-- “al fin y al cabo, ¿a santo de qué va a pagar los elevadísimos costes de I+D una empresa si, una vez hecho el invento, cualquiera va a poder copiarle la idea y no va a poder recuperar el dinero de la inversión?”.

Resulta, por tanto, que el sistema de mercado que, según nos había dicho Sala i Martín en el primer capítulo, se basa en la libre competencia y la disciplina de mercado, tienen su origen y su mecanismo fundamental en un sistema de patentes que convierte al inventor, “de hecho, en un monopolista” (p. 73). Él mismo reconoce que éste es un “problema importante” porque “sabemos que los monopolios son malos”, pero le parece que la solución del “monopolio temporal” (por ejemplo, patentes “durante veinte años”) es una “solución intermedia”. ¡Bonita solución y bonito punto medio!: resulta que, siempre que el monopolio no sea tan eterno como el Dios de los cristianos –en el que, afortunadamente, Sala i Martín no parece creer--, se podrá decir que estamos en una situación “intermedia” entre el monopolio y la competencia, y esta “intermediación” se manifiesta en la maravillosa conversión de lo que en principio era malo –el monopolio— en algo que a la postre resulta ser óptimo: el sistema capitalista de patentes, que ha permitido el despegue industrial de la sociedad moderna (desde 1760) y el bienestar material de quienes practican este tipo de monopolios (y la correspondiente pobreza, bien merecida, de quienes no lo practican).

No sabíamos que los liberales tuvieran esa familiaridad con el arte de sacar conejos de la chistera, por más que ya nos hubiera advertido Lester Thurow de su fanatismo religioso (que los lleva, por ejemplo, a interpretar el mundo social como se veía el mundo físico hace varios siglos: como si fuera el sol el que da vueltas alrededor de la tierra, y no al revés). Fanatismo que también se puede aplicar al agnóstico Sala, que, con tal de salir del paso, es capaz de renegar aquí de su admirado Thomas Jefferson, a quien en otro punto de su libro (p. 93) situará, junto a Adam Smith, en lo más alto del altar, laico y liberal, de sus mitos particulares. Escribe nuestro autor que si en 1813 el padre de la patria norteamericano “se decantó por la competencia y en contra de la concesión de monopolios a través de patentes”, eso se explica porque “carecía de la visión, de la perspectiva de casi dos siglos que tenemos los economistas de la actualidad” (p. 76). En este punto, Sala da la razón a Schumpeter y defiende con él a los monopolios que practican la famosa “destrucción creadora” (que él prefiere llamar “creación destructiva”), para concluir defendiendo la innovación de los “jóvenes emprendedores[14] de Microsoft, Apple, Intel u Oracle”.

Habría que preguntarle a Sala si los viejos “empresarios” de la banca, de las cadenas de distribución detallista, o de las fábricas de acero o de periódicos (que para nada se pueden confundir con los empleados de sus empresas que llevan a cabo las invenciones e innovaciones correspondientes), no tienen derecho a los beneficios de que disfrutan los “emprendedores” de las llamadas nuevas tecnologías. O también: si los herederos de los inventores de antaño que puedan demostrar fehacientemente su parentesco (por ejemplo, los descendientes probados de Leonardo da Vinci o de Galileo, o incluso de Newton, todos ellos anteriores a la fecha mágica de 1760) no tendrían derecho a reclamar de la sociedad una justa compensación en concepto de patentes no registradas por la torpe falta de visión que tuvieron sus antepasados (que no son culpables de ello, desde luego, ya que nacieron, como quien dice, “antes de tiempo”, es decir, antes de que esta maravilla gloriosa que es el capitalismo recibieran la doble bendición de North y de Sala i Martín).

En cuanto a los bienes comunales y los sujetos a externalidades (negativas), Sala reconoce que el mercado tiende a “sobreexplotar” los primeros (por ejemplo, en el caso de los caladeros o bancos de pesca, de los embotellamientos en las carreteras, etc.) y a producir los segundos “en exceso” (contaminación atmosférica, ruidos...). Pero, para dejar zanjado el debate, se conforma prácticamente con decir que era mucho peor lo que ocurría en el perverso “Este comunista”, donde accidentes como el de Chernóbil, y otros, nos eximen a los occidentales, ya para siempre, de tener que profundizar más en el asunto que nos ocupa.

4. Como ya se dijo, para D. Xavier, el bienestar social consiste en asegurar a los miembros de la sociedad la “igualdad de oportunidades”. Pero lo que añade ahora como novedad es un nuevo tópico liberal, sólo que aderezado con ilustraciones y ejemplos de tan dudosa pertinencia como sus simpáticas corbatas. En su opinión, la igualdad de oportunidades es exactamente lo contrario que la “igualdad de resultados” (que equivale a poco menos que tiranía y dictadura, o, como él lo llama, a “imposición”). A esto ya nos habían acostumbrado otros liberales. Como buen neoclásico, Sala insiste en que “todos tenemos nuestras preferencias en cuanto al ocio y el consumo”. Recuérdese que ése es el argumento que usan muchos neoclásicos para culpabilizar del desempleo a los propios desempleados, que, en esta interpretación, no serían parados forzosos, sino simples consumidores soberanos que, en el dilema entre más ocio o más renta, se decantan voluntariamente por lo primero. Para aquéllos que piensen que esto tiene algún parecido con la realidad y no les baste con mirar desprejuiciadamente a la realidad capitalista misma de los parados de carne y hueso, recordemos la sensata ironía con que Robert Solow –no menos neoclásico, pero sí más realista— descarta esta tontería. Solow, a quien nuestro autor quiere pagarle tributo declarándose luego discípulo suyo (p. 163), se ríe de esa cínica idea neoclásica simplemente recordando que nadie ha podido observar nunca la menor correlación estadística entre los periodos de subida de la tasa de desempleo y los de un consumo mayor de bienes y servicios ligados a la industria del ocio (sino más bien todo lo contrario: véase su libro, El mercado de trabajo como una institución social).

Como ya hemos adelantado, en este punto nuestro autor se muestra más torpe de lo normal, y, para ilustrar su punto de vista, pone el siguiente ejemplo. Imaginemos una carrera de atletas. El gobierno debe establecer unas “reglas de juego” que conozcan todos los participantes en la carrera, y asegurar que todos ellos tengan idénticas oportunidades de entrenarse. Con eso, garantizará la “igualdad de oportunidades”. Ahora bien, lo que no debe hacer nunca el gobierno --¡y éste no es un descubrimiento liberal cualquiera, sino que hay que imputárselo directamente a nuestro autor!-- es “obligar a que todos los participantes lleguen a la línea de meta a la vez” (p. 59). Pues bien, a eso es a lo que equivale la perversa política de “igualdad de resultados”. ¿Dónde habrá hecho nuestro autor tamaño hallazgo?

Curiosamente, como ocurre tantas veces, el ejemplo elegido no es casual más que en apariencia. Si nos fijamos en otros deportes distintos del atletismo, como la hípica o las carreras de fórmula 1, el ejemplo, si fuera un buen ejemplo, debería servir. Por tanto, lo que debería hacer el gobierno, según esta metáfora, es establecer la normativa y dejar que todo el mundo disponga de la misma oportunidad (abstracta, por supuesto) de entrenarse. Por ejemplo, si uno no tiene dinero para comprarse un coche de carreras o ni siquiera un caballo de pura sangre, pues que practique con un carro de madera o con un borrico trotón. Lo que no puede hacer el gobierno, según el argumento liberal, es poner a disposición de los deportistas los caballos o los coches de fórmula uno, porque eso significaría matar el incentivo del deseo de ganar. No conozco a ningún no liberal que haya defendido nunca la original ocurrencia de que un gobierno igualitarista debe conseguir que todos los estudiantes obtengan las mismas notas en sus estudios. Sin embargo, hay una forma más corriente de pensiero debole, que consiste en olvidar que, para conseguir más igualdad, no basta con aprobar leyes y declaraciones que hablen de igualdad (si no se ponen al mismo tiempo las bases materiales para asegurar dicha igualdad en la práctica).

Si alguien duda de esto último, puede comprobar que el propio Sala i Martín nos ofrece la prueba de lo que digo unas páginas más abajo en su libro. Pero como entre lo que escribe acerca de la igualdad de oportunidades y lo que dice más tarde ha transcurrido una cuarentena de páginas, podría ser que ésa fuera demasiada distancia para que se disparen automáticamente las sirenas de alarma en su cabecita apresurada e inocentemente incapaz de advertir la contradicción en la que incurre. Y me estoy refiriendo a que, en la página 100, al hablar de la “explotación infantil” –algo muy típico, dicho sea de paso, entre quienes no creen en la “explotación adulta”, como por desgracia sucede en nuestros tiempos con los sindicatos llamados “de clase”, que no son sino sindicatos disimuladamente liberales--, escribe:

“Huelga decir que la mayor parte de los países del mundo tienen leyes que obligan a los niños a ir al colegio. Pero el problema es que el absentismo escolar es enorme. Y la razón por la que los niños y las niñas no asisten al colegio es que sus padres (si es que tienen) no se lo pueden permitir. Por más leyes que dicten los gobiernos de los países pobres (...) si los padres no quieren que sus hijos asistan al colegio, los niños no asistirán” (p. 101).

Por supuesto, la defensa de la igualdad de oportunidades, junto a la crítica de la igualdad de resultados, llevará a muchos criptoliberales a acusar a Sala i Martín de “neoliberal” (el adjetivo de moda). Y si, además, dichos críticos se mueven en la órbita de la Internacional Socialista (o en el universo socialdemócrata en general), aprovecharán para hacer una encendida defensa de lo que, cada vez más, presentan como la edad “dorada” pre-neoliberal y keynesiana, que tienden a contraponer, mítica y crecientemente, como el único modelo alternativo al que critican (con mucha flojera, todo hay que decirlo). Estos ingenuos (o algo peor) olvidan que ha habido pocos liberales más grandes en el siglo XX que el propio Keynes, y en el caso que nos ocupa –y a pesar de lo que llevamos dicho y de que el famoso manual de Sala en inglés tenga por coautor a un neoliberal tan conocido como Robert[15] Barro--, podemos encontrar indicios de que nuestro autor tampoco es ajeno a este keynesianismo suave que comparten hoy en día los liberales que no se sienten cómodos con el catecismo ultra.

Por ejemplo, Sala no tiene inconveniente en reclamar un “sistema fiscal progresivo”. Ahora bien, al igual que hizo Keynes, tiene buen cuidado de recordar que “es importante resaltar que la redistribución debe ser parcial, puesto que una igualación excesiva de los resultados finales conlleva, como hemos visto, una reducción de los incentivos para estudiar, invertir y trabajar. Y eso es malo”. Como vimos, ésa era exactamente la posición de Keynes.

Por otra parte, y como se comprobará en capítulos posteriores de nuestro libro, Sala no es ajeno a la terminología que usan los sindicatos y los partidos de izquierda, que poco tienen que ver hoy con los partidos y organizaciones de las que históricamente surgieron. Si socialistas y comunistas aspiraban originalmente a la liquidación de la sociedad capitalista, hoy no hace falta recordar que a lo que aspiran es a algo, no sólo mucho más modesto, sino claramente opuesto a lo primero: aspiran a conservar el orden social capitalista. Y para ello, nada mejor que reclamar una y otra vez la “cohesión social” (los sindicatos españoles “de clase”, CCOO y UGT, llegan al extremo incluso de criticar al gobierno del PP por crear “crispación” en la sociedad mediante una política económica y social que estorba dicho objetivo supremo de la cohesión social). A Sala, como buen liberal, le encanta dar con un país donde (en su opinión) la pobreza disminuye: cita al respecto el caso de Indonesia, del que dice que “el aumento del bienestar de los pobres generó una cohesión social que permitió al país, a todo el país, mantenerse en la vía del desarrollo y el progreso” (p. 60).

Y es que, en efecto, Sala no es sólo un “keynesiano” moderado en el sentido fiscal, sino que es un progresista, un reformista y un conservador. ¿Qué cómo se come esta ensalada? Muy sencillo: dándose cuenta de que esos ingredientes nunca faltan en ninguna posición política. Tanto la izquierda como la derecha, y asimismo quienes se sitúan en la tesitura de Sala –que él mismo califica así: “yo proclamo que no soy ni de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario” (p. 63)--, no tienen más remedio que ser todo eso a la vez. Y por una razón muy simple: todo el mundo quiere conservar algunas cosas y a la vez reformar otras, y no hay nadie que no tenga una idea u otra del progreso social (y que no quiera aportar un ápice a su consecución), desde quienes lo conciben como un avance mecánico y lineal hasta quienes lo imaginan como un tortuoso camino de más difícil formalización matemática.


 


 

 

 

5

 

Bueno, combinemos mercado y gobierno:

¿pero cuánto de cada?

 

 

 

 

 

Las ideas simplistas no tienen por qué exponerse de manera complicada, como decididamente demuestra nuestro autor: “A pesar de que, hoy en día, la práctica totalidad de los economistas estamos de acuerdo en que el mejor sistema económico es el de libre mercado, no existe acuerdo sobre el grado de implicación que el gobierno debe tener en la economía” (p. 61). Afortunadamente, me cuento fuera de esa “práctica totalidad”, que, por cierto, se comporta muchas veces con un “totalitarismo práctico” indudable. Es más: dentro de esa minoría reducida de economistas, estoy sin duda en una minoría aun más pequeña, que no sólo no defiende que el de libre mercado sea “el mejor sistema”, sino que apoya la idea de que, en la actualidad, dicho sistema es “el peor posible”, razón por la cual urge cada vez más poner en marcha, entre todos, una auténtica alternativa sistémica que nos permita terminar con él.

Sala se sitúa entre los defensores de la progresividad fiscal, pero no se pronuncia expresamente sobre qué es mejor, si gravar a los pobres con sólo un 10%, y a los ricos con un 90%, o bien optar por un abanico mucho más estrecho entre, digamos, un 20% y un 30%. Se limita a reconocer que la “cura” que proponen unos y otros puede variar incluso en el caso de que todos (o casi todos) hagan el mismo “diagnóstico” de la situación: “la economía de mercado va bien” (si se me permite expresar su idea parafraseando a nuestro impar Presidente). Por supuesto, a nuestro autor le parece que lo de derecha e izquierda es “una terminología totalmente desfasada”, aunque a continuación le dé la razón a Bobbio, al menos en la idea de que todo el mundo encuentra alguna manera de aplicar en la práctica esa “caduca” distinción.

En el caso de Sala, la distinción entre derecha e izquierda tiene que ver, al parecer, con el vestuario. Y no me estoy refiriendo ahora a sus ya famosas chaquetas y corbatas, sino al importante dilema entre “bolsillos y bragueta” que plantea en un capítulo de su libro, y en particular con qué parte de la indumentaria quiere tener cada uno más a salvo: “Es decir, las derechas no quieren que el gobierno se nos meta en la cartera pero sí en la bragueta, mientras que las izquierdas quieren exactamente lo contrario”. En cambio, él, como buen liberal, no quiere que le toquen ni mijita: “¡Ni en la cartera, ni el bragueta!” (p. 63).

A pesar de todo eso, está claro por qué D. Xavier Sala es un señor de derechas. Esto se ve en las “vías” que utiliza para defender “que el gobierno debe tener un ámbito de actuación limitado”. Da 4 argumentos para ello. El primero es pomposo: que la libertad individual es “el valor fundamental del hombre”, y los gobiernos del mundo real, formados por “personas imperfectas”, se ven tentados a utilizar la fuerza del Estado “en beneficio propio”. Qué pena que en el mundo liberal no funcione todo de acuerdo con su omnipresente panacea: nos dicen siempre que es precisamente buscando el beneficio propio como se consiguen tantas maravillas, pero, a la hora de la verdad, cuando se busca ese beneficio propio sin pasar por el mercado la cosa ya no funciona.

El segundo argumento lo presenta tan elaborado como de costumbre: “Los gobiernos de la vida real tienden a hacer mal incluso aquello que es de su estricta competencia” (p. 64). ¿Por qué no son más coherentes entonces los liberales y reclaman la privatización completa del ejército, de la policía y de las cárceles, del sistema judicial..., y hasta del dinero (siguiendo a ese gran liberal que fue Hayek, el ídolo de Margaret Thatcher)? Según Sala, no es sólo que los gobiernos no sepan evitar la “evasión fiscal” o “la explotación de los ciudadanos por parte de los monopolios”, sino que practican una corrupción tan general como la que se puede achacar en nuestro país al “gobernador del Banco de España” o al “jefe de la Guardia Civil”. Entonces, ¿a qué viene acusar sólo a los gobiernos africanos (y de los países pobres en general) de corruptos si no hacen otra cosa que imitar a sus maestros del mundo rico y occidental? Es más, ¿a qué viene acusar de corruptos a los gobiernos cuando tenemos casos de empresas privadas, como Enron o Arthur Andersen en Estados Unidos, como el BBVA en España, o como los bancos privados japoneses y asiáticos y sus consabidas “prácticas heterodoxas y corruptas”, que practican una corrupción[16] tan de primera calidad que ni en las mejoras familias se encuentra algo parecido?

La tercera razón para que el gobierno se mantenga tan chiquito como Joselito (“el pequeño ruiseñor”) es que, como los gobiernos gastan dinero que no es suyo, “tienden a gastar demasiado”. Pero eso mismo se podría predicar de las dos grandes instituciones del sector privado de la economía de mercado, que según la teoría neoclásica son las familias y las empresas: si el jefe de compras de una empresa (o el de marketing o el de recursos humanos) dispone de dinero que no es estrictamente suyo, sino del dueño o dueños (accionistas) de la empresa, ¿por qué suponer que no lo despilfarra? Por otra parte, en las familias en las que no todos sus miembros trabajan –lo cual se está convirtiendo en algo cada vez más difícil de encontrar, eso es cierto--, ¿qué es lo que puede evitar que se derroche el dinero cuando unos pueden estar gastando mientras otros, los que traen los recursos financieros a casa, están cumpliendo su jornada laboral?

Una cuarta razón para defender que el tamaño del gobierno no crezca es que éste elimina “los incentivos”. Una vez más, falta aquí cualquier análisis histórico serio --todo queda reducido al sistema de mercado y al comunismo marxista--, pero, pensándolo bien, tampoco vendría a cuento ahora esa seriedad, ya que sin duda desentonaría en un conjunto tan homogéneamente liviano. Tras inspirarse en los microbios de la película La guerra de los mundos, de Orson Welles, concluye Sala lo siguiente: “Los incentivos son, en cierto modo, los virus que ni Marx ni ninguno de los evangelistas de la planificación económica centralizada supieron ver en el momento de diseñar el sistema comunista de organización económica. Y fueron precisamente dichos incentivos los que terminaron por matarles”, ya que, en una economía tan “antinatural” como ésa, los ciudadanos finalmente “se preguntan: ‘Si vamos a terminar ganando todos lo mismo, ¿por qué debo yo esforzarme más de la cuenta?’” (p. 67). Pero por la misma razón, cabría esperar que, en una familia cualquiera, el hijo que saque mejores notas reclame una paga mensual mayor de sus progenitores; o que, si se le encarga una tarea doméstica como hacer la cama o sacar la basura, replique de inmediato: “¿y qué incentivo tengo yo para hacer eso?”; o bien: “¿qué nuevo ingreso o consumo puedo contraponer a la pérdida de ocio que resultará para mí de esa actividad?”.

O también: si el incentivo es el afán de lucro[17] y esto sólo existe desde hace dos siglos y medio, ¿qué decir de las otras formas de organización que ha conocido la historia? Por ejemplo, ¿por qué pintaban y pintan los pintores (o por qué escriben los escritores o estudian los científicos, etc.) que no obtenían o no obtienen reconocimiento en vida, ni en forma monetaria ni en términos de fama? ¿Por qué se levantan tantos millones de trabajadores a las cinco, las seis o las siete de la mañana, si saben que no se van a hacer ricos ni famosos? ¿No será que el auténtico incentivo para llevar el trabajo más allá del punto que sería suficiente para ganarse la vida, y para extenderlo hasta la medida que permite vivir sin trabajar a tantos explotadores del trabajo ajeno, es la dependencia insuperable del mercado, esa temible disciplina del hambre que sustituyó a la del látigo por su mucha mayor eficacia explotadora?

Una última razón por la que se opone Sala a un gobierno grande es –dice-- que la gente suele pensar que los servicios públicos son gratuitos, cuando no hay nada más falso que esa afirmación. Muchas “instituciones públicas” –y nuestro autor no se olvida de citar en este punto al “Estado del bienestar”-- se diseñan pensando sólo en los beneficios que suponen, pero olvidando tener en cuenta “los costes que acarrean”. Dejando a un lado la parte de verdad que encierra este argumento, hay que señalar que Sala, cual grácil cabritillo, salta alegremente de las premisas a la conclusión que le apetece extraer, sin mucho respeto por las reglas de la lógica que se suelen emplear en estos casos. Afirma sencillamente que “cuando se crea una institución pública, nunca se piensa en la forma de cerrarla una vez hayan desaparecido las necesidades que han llevado a su creación” (p. 68). Pero ¿por qué supone que esas necesidades tienen que desaparecer necesariamente? ¿Por qué no habrían de mantenerse o incluso crecer? No espere el lector encontrar en el libro de nuestro autor ninguna respuesta a esto que vaya más allá de su “intuición”. A él le basta con un ejemplo: la OTAN. Y argumenta así de bien: al igual que la OTAN ha seguido funcionando, e incluso creciendo, después de que su objetivo social haya desaparecido (la amenaza militar soviética, supuestamente), lo mismo cabe esperar que ocurra con todas las demás instituciones públicas.

¿Ha oído don Xavier hablar de la “Ley de Wagner” (un autor, por cierto, a quien Marx ya criticó por atribuirle a él, como sigue haciendo nuestro Sala siglo y pico después, la creación de un “sistema económico”[18], el sistema soviético en opinión del señor Sala)? Aunque en mi opinión a esa ley se la debería llamar con mayor justicia la “ley de Marx” (si bien, debido a la variedad de leyes económicas descubiertas por este autor, sería problemático y equívoco hablar de una “ley de Marx” en singular), la tesis que encierra la misma está sacada de la realidad empírica más indiscutible de todos los países capitalistas realmente existentes: el peso de los ingresos y gastos públicos no hacen más que crecer, a largo plazo, como porcentaje del producto social anual; y ello no se debe en absoluto a que ningún agente económico así lo planee o lo desee, sino que es pura consecuencia, o fuerza neta resultante, de todo un conjunto o sistema de fuerzas dispares, que empujan en las direcciones y sentidos más diversos, como resultado del crecimiento secular de los antagonismos sociales y de la contraposición creciente de intereses económicos que se dan en el seno de la economía de mercado.


 


 

 

 

6

 

Globófobos, globófilos y globotúpidos

 

 

 

 

 

 

Hay que suponer que D. Xavier Sala no ha tenido tiempo en su ocupada vida para leer lo que decía el filósofo Heidegger acerca del “prurito de la novedad”. En mi opinión, de este prurito tendrían que rascarse muchos de quienes tienen la costumbre de referirse a (casi) todo lo que ocurre como si se realmente se tratara de algún fenómeno “nuevo”. Por eso, abundan tanto hoy las nuevas tecnologías, las nuevas etapas, nuevas fases, nuevas eras... Para todos estos neósofos, neólogos y neófilos –a cuyo santo patrón, que sin duda tiene que ser D. Manuel Castells, debiéramos levantarle un monumento público por suscripción popular--, todo es nuevo..., sobre todo si ello les permite cómodamente desconocer... lo antiguo (o sea, inventarse directamente el contenido de la novedad que tan originalmente han descubierto y tan útil les resulta). Razonan todos como si fuera legítimo hacer tabula rasa del pasado, como si no existiera la historia, y, lo que es peor (para sus imprudentes intereses), como si nadie se tomara la molestia de hacer análisis filológicos y doxográficos de vez en cuando. Y, claro, siendo así, no tienen más remedio que meter la pata a menudo (hasta bastante más arriba de la rodilla, en ocasiones), y ser denunciados por ello.

Sin embargo, no pienso acusar de esto al señor Sala --que a este respecto me parece bastante más sensato que los Castells y compañía—, aunque no pueda sustraerse por completo a la moda de “las nuevas tecnologías”, que él identifica con el ordenador, con internet y con la ingeniería genética. ¿Pero es que acaso no hay nuevas tecnologías todos los días, todos los años, todas las décadas...? Es más: ¿acaso hay algo más viejo que las nuevas tecnologías dentro del marco del sistema capitalista, que se caracteriza precisamente por haberse montado en el caballo de la “máquina” (la mecanización), que, como ya señalara Marx hace siglo y medio, contiene en su concepto la idea del “sistema automatizado de máquinas”? No es el momento de extenderse aquí sobre este punto. Pero al menos Sala no se cree a pies juntillas las últimas simplezas sobre la globalización, que la convierten en sinónimo de la época más reciente del capitalismo y poco menos que equivalente del nefando “neoliberalismo”.

Lo más arbitrario de la definición de globalización que da don Xavier–“situación en que existe el libre movimiento internacional de cinco factores: el capital, el trabajo, las tecnologías, el comercio y la información[19]— es el número de factores productivos que elige: dice “cinco”, como podría haber dicho “siete” o “diez”. Pero al menos reconoce que se trata de un proceso que “hace ya siglos que empezó”, es decir: que “los satélites, los ordenadores, Internet, la fibra óptica y la telefonía móvil son el último paso de un proceso globalizador que hace siglos que está en marcha” (pp. 86-87). Sin embargo, Sala no puede librarse por completo de la moda al uso, y agrega: “Aunque este proceso tampoco es nuevo, sí que se ha generalizado y acelerado a partir del hundimiento del imperio soviético y del sistema de planificación central”. En mi opinión, lo que es cierto es que, a partir de la caída del muro de Berlín, se ha generalizado la denominación, es decir, la nueva “retórica” de la globalización, pero poco más se puede señalar como novedad auténtica (véase el capítulo 2, en la segunda parte de este libro).

Por otra parte, Sala es un “globalizador” consumado. Como parte de la premisa liberal –falsa, por supuesto— de que “el libre funcionamiento de los mercados es el mejor modo, quizá el único modo, de organizar la economía eficazmente”, llega correcta y directamente a una conclusión no menos falsa: “Por lo tanto, la globalización permite transplantar a escala mundial aquello que es bueno a escala nacional: el libre funcionamiento de la economía de mercado (...) Todo este proceso de apertura e integración genera riqueza, progreso y bienestar a los ciudadanos” (pp. 87-88; itálicas, añadidas. ¿Ven ustedes cómo también Sala es “progresista” a su manera?).

Ahora bien, para “demostrar” que “el comercio internacional es positivo para todos y debe ser incentivado”, nuestro autor vuelve a recurrir a un ejemplo que le permita usar lo que yo llamo “la estrategia del calamar”, que, como todo el mundo sabe, sólo sirve para oscurecer más una cosa que ya de por sí estaba bastante negra. Nos aconseja fijarnos en un caso como el siguiente: supongamos un país rico que decide liberalizar el “comercio de avellanas” (debe de ser que se acuerda de la época en que Jimmy Carter era el presidente de los Estados Unidos, y eso le lleva a darle al comercio de cacahuetes una importancia que no tiene ni en sueños). Esto favorecerá a sus consumidores, que ahora podrán comprarlas más baratas, y también a los productores de avellanas de los países pobres, que ahora verán ampliada su cuota en el mercado mundial.

Y aunque los productores nacionales del país desarrollado sufran un poco al principio, eso sólo ocurrirá mientras completan su reconversión o, como dice Sala, mientras terminan de “reciclarse”, lo que, a la postre, es también bueno –no podía dejar de serlo, claro--, ya que “o bien aprenden a producir avellanas mejores o más baratas, o bien deben cambiar de trabajo y convertirse en empleados del Banc[20] Sabadell”. Y si alguien duda sobre la “ambigüedad” del resultado –consumidores y productores ajenos ganan, pero productores locales pierden--, que haga un acto de fe y se crea lo que dice Sala: “¿Se pueden comparar la magnitud de las ganancias y de las pérdidas? La respuesta es que sí: los economistas han demostrado infinidad de veces que las ganancias siempre son superiores a las pérdidas, por lo que la apertura siempre termina siendo positiva” (pp. 88-89).

Pues bien, lo que quiere decir en realidad nuestro criticado autor es que los economistas liberales han repetido millones de veces la misma cantinela: que el comercio es bueno para todos los países, y que a todos beneficia necesariamente. Pero repetir una mentira (o algo falso, aunque se desconozca su falsedad) un millón de veces no la convierte en verdad. Y además hay economistas no liberales, como servidor, que se han esforzado por mostrar precisamente lo contrario de lo que dice Sala. En particular, algunos pensamos que el comercio internacional sirve para que se desarrolle y refuerce el desarrollo desigual, es decir, para que los países pobres se hagan cada vez más pobres (en términos relativos) y para que los países ricos se vuelvan cada vez más ricos (relativamente). Esto es independiente de que el conjunto mejore o empeore su situación absoluta, o de que lo haga --en cualquiera de los sentidos-- a un ritmo mayor o menor. Y es algo que lo puede comprender cualquiera que preste atención al siguiente argumento.

En realidad, los flujos de comercio internacional están basados en las “ventajas absolutas” que cada país tiene a la hora de producir cualquier tipo de mercancías. La inmensa mayoría de las mercancías que componen los flujos comerciales internacionales son productos industriales (los servicios y los bienes primarios representan una cuota muy escasa del total), y la ventaja absoluta en la producción industrial depende sobre todo del grado de desarrollo tecnológico del país en cuestión. Esto es fácil entenderlo porque la ventaja absoluta se obtiene cuando se es capaz de producir el mismo producto, de igual calidad, a un coste total medio (es decir, por unidad) más bajo que el de los competidores. Y los bajos costes unitarios están ligados a la mayor productividad empresarial, que depende sobre todo del tipo de técnica que se utiliza en el proceso de producción (que, en sentido amplio, abarca desde el diseño y la prospección hasta el transporte y la comercialización).

El problema es que las ventajas absolutas no están igualitariamente repartidas entre los distintos países, y que no existe ninguna instancia encargada de que suceda lo contrario. Por razones históricas, el desarrollo de la ciencia y la técnica, el grado medio de educación de la población, de destreza profesional y experiencia laboral de la misma, etc. –en definitiva, lo que podemos resumir bajo la expresión, muy gráfica, de “grado de desarrollo de las fuerzas productivas de un país”— es muy desigual de unos países a otros, y ésta es la razón de que exista un problema mundial de “competitividad”. Con un orden económico mundial diferente, los países podrían colaborar unos con otros y sistematizar la cooperación como uno de los objetivos centrales del sistema. Pero con un orden económico liberal el egoísmo es y debe ser la regla –como muy orgullosamente defienden los liberales, con Sala a la cabeza—, y en consecuencia se deja a la búsqueda individual de sus propios intereses por parte de cada país que el mundo en su conjunto obtenga el resultado óptimo para todos.

Pero si cada país tiene que arreglárselas por su cuenta, nunca saldrán del bache en que se encuentran la mayoría de los países atrasados y pobres. Al contrario, se hundirán cada vez más profundamente en el fango miserable que ya los envuelve. Esto es así, pero los liberales tienen que intentar pintarlo de otra manera para que la gente al menos se tranquilice y llegue a pensar que la pobreza es una calamidad divina, o una plaga que se ha instalado en sus países por culpa de sus corruptos gobernantes. Pero no: la plaga la genera, como hemos dicho, la propia economía de mercado. ¿Y cómo intentan argumentar que no es verdad que los países pobres estén condenados, por desgracia, a seguir siendo pobres mientras dure el sistema capitalista? De varias formas, pero en el plano teórico su argumento favorito consiste en defender una teoría contrapuesta a la de la ventaja absoluta, y que llaman “ventaja comparativa”.

La idea de la ventaja comparativa es la siguiente. Puede que sea verdad –admiten-- que un país tenga inferioridad técnica en casi todos los sectores industriales. En ese caso, tendrá tendencia a importar más de lo que será capaz de exportar. Pero el déficit comercial resultante tenderá a corregirse automáticamente, ya que, debido a su propia existencia, se ajustarán los precios internacionales y se recompondrá la competitividad internacional, hasta que sea finalmente posible el equilibrio a largo plazo de las balanzas de pagos de todos los países. Por ejemplo, si un país pobre tiene que financiar un volumen dado de importaciones netas, tendrá que hacerlo mediante la salida de oro o divisas desde ese país al exterior (hacia países con superávit, que son los que en principio tienen ventaja absoluta). Pero en ese caso lo que observaremos será una bajada del nivel nacional de precios en los países pobres e importadores, y una subida simultánea del nivel nacional de precios de los países ricos y exportadores. De esta manera, las propias fuerzas de mercado recuperarán por sí solas la competitividad de todos los países, penalizando a quien en principio tenía la ventaja absoluta y ayudando a quien en principio estaba peor dotado.

Esto será posible porque los precios relativos internos de las distintas mercancías son diferentes en cada país, de forma que al subir el nivel general de precios en los países exportadores (y bajar en los importadores), los precios relativos internos se mantienen (por ejemplo, en el mismo país un coche seguirá valiendo lo mismo que tres motos o que mil quinientos kilos de carne de ternera) y siempre habrá productos en los que los países pobres tengan “ventaja relativa (o comparativa)” (aunque no tengan ventaja absoluta), es decir, países en los que el precio de la carne en términos de coches será más barato que en los demás. Pues bien, según los liberales defensores del principio de la ventaja comparativa, lo único que tiene que hacer cada país es especializarse en las mercancías y sectores para los que tiene ventaja relativa (precio relativo interno menor), que serán precisamente aquéllos en los que los otros países tendrán desventaja relativa (y viceversa). De esta manera, los liberales han encontrado su particular piedra filosofal a la vez que la cuadratura del círculo: todos los países tienen la misma competitividad a largo plazo, todos tienen una balanza comercial y de pagos tendencialmente equilibrada, y todo la esfera del comercio internacional no es sino el reino efectivo de la libertad y la esfera celeste de la armonía universal de intereses.

Es una lástima que los datos y la realidad histórica se encarguen de desmentir por completo a los liberales también en este punto. No se trata sólo de que haya muchos países que en toda su historia como países independientes ofrecen permanentemente una balanza comercial deficitaria (mientras que algunos países ricos presentan un superávit estructural constante). Es que el cacareado mecanismo autocorrector, que supuestamente serviría para conseguir tales equilibrios y malabarismos, sencillamente no existe.

La creencia en su existencia se basa en el supuesto erróneo de que la “teoría cuantitativa del dinero” es cierta, cuando los economistas no liberales, empezando por Marx, han demostrado que es falsa. Esta teoría “cuantitativa” supone que el nivel general de precios en un país es una función de la cantidad de dinero en circulación; por eso --razonan los defensores de la ventaja comparativa--, aumentarán los precios cuando llega dinero al país (y bajarán cuando sale). Aparte de que lo que está aconteciendo en los últimos años en Japón o Estados Unidos (y también en Europa) bastaría por sí solo para descalificar a la teoría cuantitativa del dinero –ya que el crédito (es decir, el volumen de dinero en circulación) está creciendo a tasas iguales o superiores al 10% anual, y sin embargo la inflación se mantiene en niveles muy bajos, que oscilan entre el nivel negativo de Japón y los ridículos 1% o 2% de los demás países citados--, lo que sucede es que los ajustes en el plano internacional no se producen de la forma “armonicista” que prevén los liberales, sino de forma mucho más dolorosa para los países pobres.

Veamos. El primer tipo de ajustes que sufre un país que “goza” de desventajas absolutas generalizadas es un ajuste (un recorte drástico) por la vía de la producción y del empleo. Si nos olvidamos del cómico ejemplo de las avellanas que ofrece nuestro antagonista, y pensamos en un ejemplo más realista, la cosa se comprende bien. Miremos el caso de tantos países que, para empezar, no son capaces de producir muchos de los productos industriales que necesitan, desde alimentos corrientes a medicinas elementales, pasando por los productos de papelería más nimios (y todo ello, por no hablar de los que resultan de las “nuevas tecnologías” o, mejor dicho, de las tecnologías punteras). No pueden producirlos porque no disponen de ninguno de los requisitos que les permitirían competir en el mercado mundial a precios aceptables. Pero pensemos en un país un poco más afortunado, que produce una amplia variedad de productos industriales no muy complejos para un mercado interno de cierta magnitud, y hasta entonces más o menos protegido, y que, de buenas a primeras, decide cambiar su política comercial moderadamente proteccionista y adoptar una política librecambista radical. En ese caso las consecuencias serán las siguientes.

Como los países ricos y técnicamente preparados no tendrán problema en aumentar su producción para abastecer a este nuevo mercado con productos más baratos, el primer resultado será la caída de la producción interna del país repentinamente “liberalizado”. No es que deje de producir avellanas, como en la imaginación de Sala; es que se verá sometido a una competencia feroz en el automóvil, el acero, el textil, los astilleros, la industria química y alimentaria, etc. Todo eso significará una auténtica reconversión industrial repentina y completa, que no sólo reducirá la producción interior en un buen porcentaje del total, sino que arrastrará, en su caída, al volumen de empleo industrial. El aumento del desempleo en estas industrias reconvertidas, con su inevitable resultado de pérdida de poder adquisitivo de los asalariados que pierden su puesto de trabajo y de los empresarios que tienen que cerrar sus empresas, afectará también a la capacidad de ventas de la agricultura y de los servicios (si es que estos sectores no se han visto ya afectados directamente por la propia competencia exterior: piénsese en los sectores financieros o de transporte, o en los productos agrícolas y ganaderos subvencionados, como reconoce el propio Sala, por la Unión Europea o por el gobierno de Estados Unidos[21]).

Al mismo tiempo que en la producción y en el empleo, el ajuste forzado por los desequilibrios comerciales que genera la desventaja absoluta en un marco de economía de mercado es muy probable que tenga una dimensión financiera. Pero esta dimensión no se manifiesta en movimientos “autocorrectores” de los niveles nacionales de precios, sino en variaciones de los diferenciales de los tipos de interés internacionales, que se encargan de reforzar –no de corregir— los efectos de los desequilibrios originales. En efecto, si la liquidez creciente de la que dispondrán los países exportadores ricos cuando reciban los pagos procedentes de los países importadores pobres supera la que se necesita para financiar el volumen creciente de producción que existe ahora en el interior de estos países ricos (que han conseguido sumar a sus mercados tradicionales el nuevo mercado surgido en los países recién “liberalizados”), eso significará mayor liquidez (relativa) en el sistema financiero de los países ricos (y menor liquidez relativa en los países pobres).

Como los tipos de interés en los países desarrollados tenderán por ello a ser bajos, mientras que los de los países menos desarrollados tenderán a subir relativamente (ojee el lector los medios de comunicación para comprobar rápidamente que esto es así en la realidad), los segundos encontrarán un doble incentivo (esa palabra que tanto le gusta a nuestro criticado autor) para endeudarse con los primeros, que se convertirán, por tanto, en acreedores de los pobres. Por una parte, el volumen de dinero será mayor y su precio más bajo en los países ricos, razón por la cual los potenciales deudores saldrán “ganando” si pactan con los potenciales acreedores una línea de crédito que muy probablemente se convertirá en permanente. Por otra parte, el propio déficit comercial “forzará” al país pobre –al menos, al que no quiera quedarse cada vez más rezagado en la interminable batalla competitiva mundial-- a intentar superar las barreras que su estructura productiva impone a la renovación de su tejido productivo mediante el recurso al “crédito” (que es lo mismo que decir “deuda”; es decir, mediante el endeudamiento).

De esta manera, las propias fuerzas de mercado llevan espontáneamente a los países pobres y científica y técnicamente atrasados a convertirse en importadores y en deudores, y a los países ricos y productivamente avanzados a hacerse exportadores y acreedores. Esta relación asimétrica y desigual no sólo redobla la desigualdad inicial en lo científico-técnico, lo productivo y lo comercial, sino que la amplía al ámbito financiero, donde el deudor tiende siempre a conseguir nuevo crédito en condiciones crecientemente onerosas (es decir, tiene que ofrecer garantías, avales e hipotecas crecientes: facilidades para la inversión extranjera, concesiones a grandes empresas de los países ricos, modificaciones en la legislación del país receptor de inversiones, aceptación de las condiciones impuestas por los acreedores, ya sean privados o públicos, etc.) porque no será normalmente capaz de mejorar en el terreno básico donde comienzan todas las diferencias (el punto de partida, es decir: el desarrollo de sus fuerzas productivas del país) que han puesto en marcha, y reproducirán de forma creciente y reforzada, todo este círculo vicioso infernal.

Un país que no es capaz de producir, que tiene que importar productos básicos para su desarrollo industrial, que no tiene una fuerza de trabajo suficientemente cualificada ni un sistema educativo capaz de formarla, que encima está dependiendo de las empresas extranjeras que se instalan en su suelo --y que practican políticas de aprovisionamiento de bienes y de dinero que sólo tienen en cuenta los mercados que más les convenga a ellas “egoístamente” (la panacea liberal), y no los interesas “nacionales” en que están instaladas...--; un país así no puede salir por sí sólo de la dependencia que significa para él el desarrollo necesariamente desigual que impone la economía de mercado. La mayoría de los países de este tipo están condenados, pues, a retrasarse cada vez más respecto de los niveles de desarrollo que están sólo al alcance de los países avanzados.

Y esto será así mientras en el mundo no se sustituya la economía de mercado –que liga la eficiencia a la competitividad y a la necesidad de que unos pierdan (en términos relativos) para que otros mejoren relativamente— por una economía diferente, que libere los recursos y la productividad de la camisa de fuerza que les imponen quienes ganan con la economía de mercado, y permita a los habitantes de nuestro planeta tomar el control de las condiciones globales de producción, de acuerdo con el principio democrático de “una persona, un voto”, en vez del tiránico “un euro, un voto”.

 


 

 

 

7

 

Globofobia, capitalfobia y democracia

 

 

 

 

 

 

Una vez aclarada cuál es la postura no liberal sobre el desarrollo desigual al que está condenado el mundo capitalista mientras el mercado domine nuestras vidas, podemos dar al César lo que es del César. Para que se entienda: no tengo inconveniente en sumarme a Sala i Martín en algunas de sus críticas contra los globófobos (que dice él) y los globotúpidos (que añado yo). Aunque, como comprobará el lector, nuestras razones son muy distintas, casi antagónicas, del tipo de las que podía haber, salvando todas las distancias, entre un Cobden y un Marx, opuestos ambos, aunque por muy distintas razones, a los argumentos proteccionistas de los Friedrich List y los Henry Carey.

Dice Sala: “Los globófobos nos explican que la globalización es negativa porque genera desigualdades” (p. 90). Lo que hay de equivocado en esta afirmación de los globófobos, en efecto, es que piensan que el incremento de la desigualdad es tan reciente como la globalización misma (que ellos, en su ignorancia, atribuyen a las políticas de Reagan, Thatcher y Aznar). En realidad, lo que decimos los no liberales –y permítaseme emplear la misma simpleza con que se expresa mi antagonista-- es que la globalización capitalista es “mala” porque el capitalismo es “malo” desde hace mucho tiempo, y en particular desde que sirvió para superar un sistema que era aun peor (el precapitalista europeo). Lo que hay que defender es una globalización no capitalista, postcapitalista, que desde luego es muy posible ya, y muy necesaria, y que consiste en seguir globalizando aun más las fuerzas productivas del planeta, pero superando las relaciones de producción capitalistas que paralizan y atrofian su desarrollo.

Se trata, en definitiva, de sustituir el egoísmo del lucro, como motor del sistema, por un motor muy diferente que funcione a base de la cooperación sistemática de todos cuantos queremos cooperar (y que por razones objetivas, ínsitas en la propia evolución del sistema capitalista, estamos condenados a ser una fuerza cada vez más potente, lo quieran o no quienes ven amenazada por esta causa su propia existencia en forma de supervivencia de la figura social que ahora los caracteriza). Que encontremos entre todos un motor así dependerá de si es verdad en la práctica, o no, la idea que defiende nuestro autor de que sólo nos movemos los humanos por el “dinero y la fama”, idea a la que luego habrá que dar muchas vueltas en nuestras mentes. Pero, para empezar, olvida Sala que hay cada vez más gente que se mueve por el deseo de acabar de una vez con ese doble látigo del dinero y la fama.

Mas, para saber cómo sustituir el sistema actual por uno distinto, es menester estudiarlo muy bien, entre otras cosas para poder estar seguros, cuando lo construyamos, de que no estamos reproduciendo una variante distinta –pero variante al fin y al cabo— del sistema antiguo (como de hecho ocurrió, por ejemplo, en la famosa Unión Soviética: véase el libro de Chattopadhyay, The Marxian Concept of Capital and the Soviet Experience). Sala se queja con razón de los globófobos que se limitan a reclamar limosnas (el famoso “0.7%”) o impuestos (el movimiento por la llamada “Tasa Tobin”, o impuesto sobre transacciones financieras internacionales). Pero lo hace desde la postura del liberal, que sólo puede encontrar cabida en su cabeza para lo que huela a capitalismo. Por eso escribe de la globalización que “estoy convencido de que, en vez de detenerla, lo que debemos hacer es luchar por llevarla a África y a las zonas pobres de Asia y América Latina” (p. 92). Yo, en cambio, propongo también llevar la globalización a todo el planeta, pero una vez convertida (o al mismo tiempo que se convierte) dicha globalización en auténtica globalización postcapitalista.

Y es que, en mi opinión, no hay más alternativas: el movimiento antiglobalizador, o es anticapitalista o es gilipollas. Y veremos en el capítulo 10 por qué esto es así.

En cuanto a la cuestión de las relaciones entre globalización y democracia, escribe nuestro liberal pomposamente: “No existe ni un solo ejemplo de un país libre y democrático cuyo sistema económico NO fuera de mercado” (p. 93). Vayamos por partes. Excluyamos, en primer lugar, como propone Sala, a todos los países anteriores al glorioso año del Señor de 1760, fecha de nacimiento de “Su Santidad, el Capitalismo”, porque antes de ese año todo era falta de democracia sin distinción (algo así como lo que es el infierno para los cristianos de la Iglesia romana que todavía creen en él: “el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno”). Vale. Debatamos, si se quiere, durante un segundo si la gloria la merece en realidad ese año de 1760 (la propuesta de North), o más bien el de 1776 (propuesta de Friedman-Sala), ya que “no es casualidad que la Declaración de Independencia de Estados Unidos y el libro de Adam Smith La riqueza de las naciones se publicaran casi simultáneamente”. Vale también. Y pasemos finalmente a la cuestión importante.

Como buen liberal, Sala tiende a entremezclar y confundir la libertad política con la económica (sus héroes mayores son, como se ha dicho, Jefferson y Smith), pero se desmarca un poco de la posición de Milton Friedman, quizás porque no quiere que le salpique la mala prensa que tiene éste cuando se le relaciona con su admirador Augusto Pinochet (a su vez tan admirado por doña Margaret Thatcher) --“la verdad es que ha habido muchos países con economía de mercado que no tenían libertades políticas y democráticas” (p. 94)--, y pone los ejemplos de Singapur, Corea y el Chile de Pinochet. Pero como intérprete más o menos realista de la globalización, usa aquí Sala un argumento correcto: “si fuera cierto que más globalización implica mayor competencia entre los gobiernos para reducir impuestos, los impuestos habrían disminuido” durante el siglo XX, y sin embargo lo que se observa en éste es que “los impuestos recaudados por los gobiernos de los países ricos han pasado de representar el 8% de la renta a principios de siglo a más del 50%, la mitad de la renta, a finales del 2000”, y “todo esto mientras el mundo iba globalizándose” (p. 96).

En realidad, la desigualdad de la globalización capitalista ha aumentado desde la época en que el propio Sala sitúa su nacimiento (finales del siglo XVIII). Pero antes de ver eso en el capítulo 10, hablaremos un poco de democracia y mercados, empezando por recordar algo que a menudo se olvida: que los liberales de todas las épocas siempre han defendido que los países con libre empresa y libre mercado eran países democráticos (también en el siglo XIX, contra lo que se dice ahora). Por ejemplo, Alexis de Tocqueville escribía en 1837:

“Pienso que en los siglos democráticos, como los nuestros, la acción preponderante de ciertos individuos poderosos debe sustituirse poco a poco por la asociación en todos los terrenos” (en su Segunda Memoria sobre el pauperismo; itálicas, añadidas).

En cambio los liberales contemporáneos, como Gabriel Tortella en España, que llegó al liberalismo por el camino habitual en los últimos tiempos –es decir, partiendo en Marx y pasando por Keynes--, nos descubre en un libro reciente (La revolución del siglo XX) que no, que la democracia es exclusiva del siglo XX (pp. 39, 41), y que la inflación es democrática, mientras que en el siglo XIX (cuando la tasa media de inflación fue cero, de media) el voto estaba tan restringido que no se puede hablar entonces de una auténtica democracia. Y si de los historiadores de la economía pasamos a los de la política, ¿qué decir? Pues veamos: acudamos a un experto en la materia como es el celebrado Robert Dahl (La Democracia. Una guía para los ciudadanos). En este libro, Dahl recoge los dos cuadros (en las pp. 14 y 31) que reproducimos a continuación, el primero referido a la evolución del número de países considerados democráticos en el mundo (según el criterio del sufragio universal masculino), y el segundo referido al caso de un país tan universalmente aceptado como democrático como es Gran Bretaña. Observamos, en primer lugar, que incluso en la actualidad los países que no cumplen este criterio “mínimo” de democracia son 127 (el doble que los que sí lo cumplen, y no una minoría, como da a entender Sala cuando cita, como excepciones, a Singapur, Corea y el Chile de Pinochet). Y en segundo lugar, para el caso británico (los datos los extrae Dahl en este caso de la voz “Parliament”, en la Enciclopedia Británica, edición de 1970), es fácil observar que la media de la población con derecho al voto en el siglo XIX no superó el 15% del total.

Pero diremos más cosas sobre capitalismo y democracia en el capítulo 16.


 

 

 


8

 

Explotación infantil... y de la otra (juvenil, madura y senil):

el mercado no se priva nada.

 

 

 

 

 

Muy en línea con el argumento liberal típico, Sala i Martín se fija en casos particulares de explotación para llamar la atención exclusivamente sobre esos casos y, de esa manera, rechazar implícita e indirectamente la idea de que la explotación es una realidad universal y omnipresente en el marco del capitalismo. Ya vimos que usaba el término “explotación” en relación con los monopolios, pero ahora introduce todo un capítulo sobre la explotación infantil. Otros liberales –en particular, los del segmento sindical, a los que no tenemos espacio para analizar detenidamente en el espacio de este libro-- prefieren hablar de la explotación de los emigrantes, pero con idéntico propósito: hacer olvidar a su público que los no emigrantes estamos tan explotados como los que emigran, aunque suframos una tasa de plusvalía un poco más baja. Y hacer olvidar también a la gente que, por debajo de las segmentaciones aparentes del mercado de trabajo, se impone la igualdad básica de todos los explotados, y que sobre todos recae la derrota que supone cada uno de los avances que consigue el capital contra cualquiera de los integrantes de su antagonista social (ya sean emigrantes o no, ya tengan un puesto de trabajo o un puesto de paro).

Tenemos que agradecer a nuestro preclaro autor liberal que nos arroje por fin la luz que estaban añorando nuestras entendederas para no seguir confundiendo “lo que es el comercio sexual de niños y niñas con lo que es el trabajo infantil” (p. 97). Muchas gracias: de no ser por usted, don Xavier, no hubiéramos llegado nunca a comprender esta sutilísima diferencia. Y hecha esa aclaración, añade que “a todos nos gustaría que, en vez de trabajar, los niños de América Central o del sudeste asiático pudieran ir al colegio. La pregunta es: ¿cómo se consigue ese objetivo?”. Bueno, ¿es que acaso nos quiere hacer creer que en Barcelona o en Nueva York, los dos polos donde desarrolla nuestro autor su actividad profesional, no hay niños que trabajen? Pues debería leer lo que dicen los medios de comunicación[22] al respecto, ya que al parecer padece cierto tipo de miopía que le impide ver más allá de sus narices (lo mismo que le ocurría cuando hablaba de su barrio: ¿lo recuerdan?).

Pero volvamos a los niños de los países pobres. Por supuesto, que es una hipocresía – y una digna de la Internacional Socialista o de los sindicatos liberales de nuestro presente-- echarse a llorar por la explotación infantil del Tercer mundo y querer resolverla por el resolutivo método de las tarjetas postales, navideñas o no, de la UNICEF, u otras formas equivalentes de caridad religiosa o laica. Ya he citado antes elogiosamente un párrafo del libro de Sala donde éste evita caer tan bajo como los “socialistas sentimentales” (esa especie de “socialistas” a la que Marx le tenía tanta manía), y es el párrafo donde se muestra escéptico ante las posibilidades de que los niños de los países pobres se dediquen efectivamente a ir a clase y a estudiar tan sólo porque una ley de su país les obligue a eso[23]. Mientras las relaciones sociales y económicas impongan lo contrario, ninguna ley, ni declaración retórica de nadie, va a servir por sí sola para cambiar ese estado de cosas. Ahora bien, debido a su catecismo liberal, Sala se ve obligado a escribir, a continuación, que sí hay solución, y que la solución pasa, cómo no, “por hacer que sea rentable la asistencia al colegio”.

Está visto que estos liberales todo lo resuelven con la rentabilidad. Pues se deberían aplicar el cuento y comportarse así: “Que el niño no me come”; pues haz que sea rentable que “te coma”; “que me saca malas notas...”; pues permítele una tasa de ganancia que se comporte como una función creciente de sus calificaciones escolares; “que sólo quiere comer hamburguesas...”, pues incentívale los filetes de ternera. Etcétera. El problema es que, si hacen esto, van a entrar en contradicción las tasas de ganancia paterno-filiales con las de las empresas del sector industrial concernido, y, de momento, parece que la Macdonalds y demás firmas del sector tienen todas las de ganar y de llevarse el gato al agua (entre otras cosas porque los padres les enseñan a los niños, con su ejemplo, lo ricas que están las dichosas hamburguesas).

Y no es que las hamburguesas sean o estén malas. Es que aquí ocurre como con el tabaco. Si se ha impuesto la comida “basura” y “rápida” --¡cuántas veces me he sentado yo en Nueva York en el Deli de la Quinta Avenida, esquina con la calle 24, donde, como sucede en tantos otros, un cartelito recuerda a los comensales que no puede ocupar su asiento más allá de 15 minutos!--; si se ha impuesto el antitabaquismo, es porque la presión capitalista por apurar hasta el extremo, hasta la última gota, la extracción gratuita de trabajo ajeno de sus asalariados, ha llevado en Estados Unidos, antes que en ningún otro sitio, a:

1º) eliminar primero la costumbre europea de la comida a la hora de comer –hoy convertida en un simple bocadillo que se engulle por la calle (si no es en el mismo lugar de trabajo, y da igual que el “bocatal”, que no comensal, lleve mono azul o corbata de ejecutivo de Wall Street)--;

2º) eliminar después la costumbre de fumar, porque sabido es que si uno fuma ocurre lo mismo que si uno piensa: que no trabaja (o si trabaja, que no rinde); y esa “porosidad” del trabajo, en el que tantas interrupciones y tanta charla lo son por culpa del tabaco, sale mucho más cara a la clase capitalista en su conjunto que las pérdidas que puedan experimentar en su día todas las compañías tabaqueras juntas (pérdidas que tarde o temprano tendrán que repartir y “socializar” entre el conjunto de los capitales de todos los sectores, como consecuencia del exterminio final de los fumadores, pero que, aun así, supone una perspectiva “más rentable” que la otra alternativa del dilema). Desde luego esta salida no es equivalente a la “solución final” de Hitler, pero va camino de parecérsele cada vez más. Y está claro que, para impedir que el tabaco haga echar humo a sus balances y sus cuentas de resultados, no se van a detener por las protestas de quienes se quejen de que se está quemando a fuego lento la paciencia y la moral de los fumadores.

¡Y que conste que yo no fumo!

Pero, volviendo a la cuestión de cómo incentivar que los niños del Tercer mundo estudien en vez de trabajar, debemos recordar que los salarios escolares y otros incentivos a la escolarización infantil no le parecen a Sala más que una solución “a corto plazo”. Les hago una apuesta: ¿a que ya saben por qué es sólo una solución a corto plazo? Pues claro: porque a largo plazo la solución sólo puede ser... aumentar y difundir la “globalización” (capitalista, claro). Cuando el afán de enriquecerse haga suficientemente inteligentes a los maestros, a los dueños de las escuelas, a los niños y a las madres que los parieron, todo se habrá solucionado: el mercado habrá servido una vez más de panacea universal.


 

 

 

9

 

La explotación de la naturaleza

 

 

 

 

 

 

Como este simpático liberal nuestro (de nuestras críticas, quiero decir) es un moderno, y encima vive a caballo entre los Estados Unidos y Barcelona, que son dos sitios también muy modernos, no podía dejar de ser una pizca ecologista (que queda muy moderno, la verdad sea dicha). Y, en efecto, lo es. En su ecologismo moderado –porque nuestro autor es moderado en todo, lo mismo en sus errores que en sus aciertos--, llega hasta darles la razón a los globófobos en este punto (p. 103), pero --¡ojo!-- sólo “en la medida en que los mercados tienden a producir demasiados bienes sujetos a externalidades negativas”. Ahora bien: “en la medida en que utilizan ese argumento para intentar detener el proceso de globalización, no [tienen razón]”. Y no la tienen porque, una vez más, “la globalización no sólo no es el problema sino que forma parte de la solución” (p. 105).

Como a pesar de todo el señor Sala es un señor razonable, no deja de tener a veces más razón que los ecologistas, como cuando denuncia la extracción de clase de los ecologistas modernos. Y es que tiene razón en que “cuando uno es pobre, lo único que le preocupa es la obtención de comida y la salud de los hijos”. Los ecologistas radicales son tan insensatos como los defensores de los derechos de los animales. Pues mire usted: no, los animales no tienen derechos. Es la sociedad de los humanos la que tiene derecho a que se les dé un trato correcto y no cruel a los animales, como es la misma sociedad la que tiene derecho a criticar duramente a quienes se pasan bastantes calles al proporcionar una vida de lujo asiático a los animales que son de su propiedad. Algunos llegan a justificar incluso los lujos caninos, gatunos y de otras especies, porque estas actividades “crean numerosos puestos de trabajo” (no sólo clínicas y pedicuras veterinarias, sino también otras facetas del sector servicios más típicas de los países pobres de Latinoamérica, donde se puso de moda pagar a jóvenes por sacar a pasear al perro, primero, a la pareja o a la media docena, después, y finalmente a auténticas jaurías, como yo mismo he llegado a ver en Buenos Aires, en la plaza del Congreso). Según este absurdo argumento --que no sólo se puede aplicar a los animales sino a las armas, la publicidad embuzonada, la televisión basura, y tantas y tantas cosas del sistema económico de nuestras desgracias--, si Bill Gates se volviera loco y decidiera gastar sus 60 mil millones de dólares de patrimonio en: a) vestiditos para proteger del frío a los perritos, y b) en desfiles de modelos de trajes caninos, tendríamos que estarle todos muy agradecidos por la cantidad enorme de puestos de trabajo que empezaría a crear, además en un sector que pasaría a mover una cifra de negocios tan importante (porque, claro, los 60 mi millones de dólares serían sólo el principio, y eso sin contar con los puestos de trabajo “indirectos” que se generarían “gracias al estímulo de la actividad económica, ¿comprenden?”, etc.), y que además sería un sector “nuevo”, de ésos que abren una “nueva era” y que demuestran la capacidad de innovación y de “emprendimiento” de los emprendedores natos, y bla, bla, bla...

Pero volvamos a los ecologistas unilaterales e insensatos. Cualquiera que se tome en serio los necesarios equilibrios ecológicos que la sociedad humana ha de respetar sólo puede hacerlo desde el punto de vista antropológico, según el cual la naturaleza tiene que usarse de forma responsable, pero siempre al servicio a corto y largo plazo (es esta perspectiva a largo plazo lo decisivo) de esa misma sociedad humana. ¿Acaso no se le ha ocurrido todavía a ningún ecologista vociferante que el propio petróleo, que con tanto ahínco defiende y sobre el que tanta preocupación por su futuro muestra, no es sino un producto más, o un subproducto, del propio desarrollo industrial, que, en su opinión, tan equivocada y poco matizada, no es sino el origen de todos los males? Si la industria no se hubiera desarrollado, el petróleo jamás habría encontrado un destino empíricamente observable, ni habría sido de utilidad para ningún humano. Por consiguiente, hemos de dar gracias a que quepa esperar que continúe el desarrollo industrial después de que termine el capitalismo, ya que, seguramente, ésa será la vía más rápida para encontrar nuevas fuentes de energía con las que ir sustituyendo a todas aquéllas que se vayan agotando (y que por nuestro bien habremos de agotar, para ir dando paso a las nuevas).

Si las justas críticas del capitalismo se convierten erróneamente en críticas al desarrollo industrial en cuanto tal –es decir, si no se sabe distinguir entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas de la sociedad--, entonces tiene razón Sala al llamar “críticos viscerales del liberalismo” a muchos de los ecologistas dogmáticos que no saben hacer otra cosa. El problema que tiene Sala es que algunos preferimos usar la víscera que más les duele a los liberales --la víscera cerebral--, y gracias a eso podemos usar otros argumentos más sólidos para criticar las falsedades y mentiras del liberalismo. Es decir, hacemos una crítica intelectual sosegada de este maldito sistema.


 


 

 

 

10

 

La globalización de la desigualdad en el mundo

 

 

 

 

 

 

Lamentablemente, todo el debate que rememoramos en este capítulo –el debate entre los partidarios de la idea de la convergencia económica entre países (los neoclásicos en general, y entre ellos nuestro autor, Sala i Martín, en muy primera fila) y los que se oponen o se muestran escépticos frente a esa idea-- no ha tenido suficientemente en cuenta la aportación esencial de los historiadores económicos que han enfocado esta cuestión desde la única perspectiva correcta, me parece a mí, que es la perspectiva histórica secular, o muy a largo plazo.

Vamos a ver en este capítulo que cuando se adopta este punto de vista histórico, el análisis es mucho más claro que si se queda uno en los debates puramente periodísticos, o “políticos”, que caracterizan, por ejemplo, la batalla dialéctica y mediática entre partidarios y opositores de la globalización. El propio Sala entra en esta batalla ya desde el comienzo del capítulo que dedica al tema, oponiendo a quienes afirman que los 20 hombres más ricos del mundo tienen tanto patrimonio como los 3.000 millones de personas más pobres, una idea-réplica: que los veintes super-ricos pagan tantos impuestos como los 4.000 millones más pobres. Como si este argumento tuviera mucha fuerza. Bastaría con preguntarle: ¿por qué siguen siendo los contribuyentes supermillonarios los más ricos al año siguiente, mientras que los cuatro mil millones de pobres siguen en el mismo estado de miseria un año tras otro? Debe de ser, sin duda, porque la redistribución que se consigue con esta desigualdad impositiva es más bien escasa, por no decir despreciable.

Sala plantea la cuestión de la desigualdad en el mundo desde un triple punto de vista: 1) si la responsable es o no la globalización; 2) si cabe esperar que en el futuro esa desigualdad aumente, o más bien que disminuya; y 3) si los índices de esta desigualdad se comportan igual cuando se mide la diferencia “entre países” o, por el contrario, se mide “entre personas”.

 


Figura 1:

Índices de desigualdad medidos

“entre países” o “entre personas”

Fuente: Sala i Martín

 

Empezando por este último punto, señalemos que todo el argumento de Sala se resume en la figura 1, donde representa la varianza del logaritmo de la renta per cápita de una muestra no especificada de países, medido de forma doble: 1) “entre países”, y 2) “entre personas”. Toda su argumentación se reduce a lo siguiente (hay que tener en cuenta que sus gráficos se refieren sólo al periodo 1970-1998, aunque en el libro hable del periodo “1960-98”; en cualquier caso, se trata en ambos casos de periodos muy cortos desde la perspectiva histórica): si en vez de contar los países como unidades, ponderamos sus respectivas poblaciones (por ejemplo, si tenemos en cuenta que China y la India, a pesar de que sólo son dos países, suman casi el 40% de toda la población mundial), el resultado puede ser muy diferente. Y eso es lo que pretende demostrar Sala con sus gráficos: que si bien la desigualdad aumentó midiendo países, no ocurrió lo mismo midiendo poblaciones, ya que en este segundo caso, la desigualdad se redujo a partir de 1978 (véase la figura 1).

Sin embargo, lo que yo propongo es usar un conjunto de datos mucho más completo –tanto en el tiempo como en el espacio-- para demostrar que hasta las cifras de las estadísticas oficiales no dejan ninguna duda sobre el siguiente hecho: la desigualdad de renta per cápita entre los países ricos (unos pocos) y pobres (todo el resto) del mundo no ha hecho sino crecer desde que se instauró el capitalismo, es decir, desde el maravilloso año de 1760 (ó 1776) en que, según Sala, comenzó la parte brillante y hermosa de la historia universal. En las figuras 2 a 4 se resume la evolución que comento a continuación.

Es bien conocido que el desnivel de renta per cápita entre los distintos países de la tierra en los albores de la Revolución industrial era relativamente pequeño (véanse, por ejemplo, los estudios que al respecto han aportado historiadores económicos de la talla de Paul Bairoch, David Landes o Eric Hobsbawm). Pero una manera relativamente sencilla de contrastar esta idea –y creo que no utilizada hasta ahora-- consiste en utilizar las largas series de datos proporcionadas por otro autor no menos conocido, como es Angus Maddison y su equipo ubicado en Holanda, que ha ofrecido recopilaciones de datos para los casi 200 países que existen hoy en el mundo. Estos datos proceden, a su vez, de los que para cada país han venido elaborado diversos equipos de historiadores económicos a partir de los mejores datos, públicos y privados, que han podido encontrar para periodos tan largos como se requieren para construir la base estadística esencial del equipo holandés.

Usando el método de Geary-Khamis empleado por Maddison para calcular en “dólares constantes” –es decir, para mantener el poder adquisitivo real de las diferentes monedas nacionales implicadas, tanto en el espacio como en el tiempo--, y haciendo uso de los datos puestos por él a disposición de la OCDE en 1995[24], es posible comparar la fracción que representa un determinado país en la población mundial con el porcentaje que supone su PIB en el conjunto del PIB mundial. Pues bien, lo que se puede hacer para cada uno de los países individuales puede repetirse sin problemas para cualquier conjunto de países. Y lo que hemos hecho en las figuras 2 a 4 es hacer ambos cálculos para dos subconjuntos idénticos de países a lo largo de todo el periodo 1820-1992: los 24 países que formaban parte de la OCDE en el año 1985, y todos los demás (sólo se representa el caso de los países de la OCDE, figuras 2 y 3, y el cociente que resulta de comparar esas cifras con las de los demás países: figura 4).

En la figura 2 se observa que el conjunto de esos 24 países ricos del mundo tiene casi idéntica participación en la población mundial en 1992 que en 1820, aunque la evolución de dicha fracción no haya sido una constante. Se ve en la figura que la OCDE aumentó su cuota en la población mundial un 5%-6% adicional entre 1820 y 1900, luego la mantuvo aproximadamente constante durante la primera mitad del siglo XX, y finalmente experimentó un descenso notable desde 1950.

 

Figura 2:

Porcentaje que representa la población

de la OCDE en el total mundial

(Fuente: Maddison, 1995, y elaboración propia).

 

En cuanto a la figura 3, se observa que la evolución de la cuota de la OCDE en la producción mundial ha seguido una pauta muy distinta, donde son evidentes dos etapas básicas: en la primera (entre 1820 y 1950), la cuota se elevó de forma continua (aunque a una tasa decreciente), desde menos de un 30% del total mundial en 1820 a casi un 60% en 1950; y en cuanto al periodo más reciente (entre 1950 y 1992), la disminución de dicha cuota se puede fijar en torno a los 6 o 7 puntos porcentuales.

 

Figura 3:

Porcentaje que representa la producción

de la OCDE en el total mundial

(Fuente: Maddison, 1995, y elaboración propia).

 

Lo anterior significa que la OCDE concentra, con el 15% de la población mundial, más del 50% de la producción del mundo (lo que significa más de 3 veces la media mundial). Por tanto, la centena larga de países para los que Maddison también ofrece datos detallados (además del dato de los totales mundiales referidos a las diferentes variables computadas) –pero que no pertenecen a la OCDE, por los que los llamaremos simplemente “países No-OCDE”, teniendo en cuenta que su número ha ido variando rápidamente, sobre todo en el siglo XX, como ya constaba en el cuadro elaborado por Robert Dahl (véase la figura 1 de nuestro capítulo 7)-- tienen menos de la mitad de la producción con casi un 85% de la población mundial, lo que significa una renta per cápita sólo un poco mayor de la mitad de la media estadística mundial. Calculando estos últimos coeficientes para los dos conjuntos de países y comparándolos entre sí en el tiempo, obtenemos la evolución cuasi lineal que refleja la figura 4, y que nos da una clara idea de lo persistentemente que se ha comportado en el tiempo el proceso de enriquecimiento relativo (empobrecimiento relativo) de los países ricos (países pobres) del mundo. Como las enseñanzas de la figura 4 son, a nuestro juicio, bastante notables, pasamos a detallarlas a continuación.

 

Figura 4:

La posición relativa de los países de la OCDE en relación con el resto de países del mundo, en términos de PIB per cápita

(Fuente: Maddison, 1995, y elaboración propia).

 

1. En primer lugar, el crecimiento de la desigualdad es cuasi lineal, lo que significa que en ninguno de los 7 subperiodos diferenciados se observa tendencia alguna a la mitigación del proceso empobrecedor. El que este coeficiente global se haya multiplicado por más de 3 a lo largo de los últimos 180 años simplemente significa que la desigualdad estructural en el mundo se ha más que triplicado. Esto desmiente a los dos tipos de liberales que, para nuestra desgracia, nos mortifican cotidianamente.

Desmiente en primer lugar a los liberales abiertamente liberales, tipo nuestro estimado don Xavier Sala, porque muestra que la globalización empobrece cada vez más a los pobres, en lugar de enriquecerlos, ya que de lo que se trata es de la posición relativa que se ocupa en la escala global, y no tanto de que en términos absolutos todos los países tiendan a mejorar en el tiempo, como ya sabemos, pues la productividad media del trabajo social a escala secular evidentemente sube; ésta es la razón, por cierto, de que la gente normal tenga acceso hoy en día a comodidades que ni siquiera podían soñar los “príncipes” medievales, cosa que, como ya comentamos, le parecía tan sorprendente a nuestro autor.

Y desmiente también a los liberales semivergonzantes, que estamos llamando “criptoliberales” a lo largo de este libro. Y los desmiente porque, a pesar de los “cacareados” esfuerzos “igualitaristas” de los bienintencionados políticos (de izquierda y de derecha) que desde las palancas del Estado capitalista han pretendido siempre conseguir (al menos de palabra) lo contrario de lo que en realidad se ha logrado, la desigualdad no ha dejado de crecer. Claro que siempre les quedará el consuelo de argumentar que la desigualdad se habría multiplicado por 6 ( y no por 3) “de no haber sido por la intervención del Estado”. Pero no es muy convincente prestar la mínima seriedad a un argumento de esta naturaleza, porque el hecho incuestionable, de acuerdo con las cifras reales, es que, entre mercado y Estado, unidos ambos en amoroso y conyugal maridaje, nos han “desigualado” a los pueblos del mundo a una velocidad de crucero casi constante, la que lleva al sistema capitalista en su conjunto en vuelto directo, pero con escalas, hacia su tumba.

2. Por tanto, como resumen de lo anterior, podemos afirmar que, en contra de lo que tiende a pensar la familia liberal que se autoproclama “socialdemócrata” (con la que tendremos que habérnoslas principalmente en la segunda parte de este libro), todo el proceso de empobrecimiento de los países periféricos --y el simultáneo enriquecimiento de los países centrales-- ha ocurrido, no sólo gracias a los resultados de la operación exclusiva del mecanismo de mercado, sino gracias, simultáneamente, a ese mercado, y también gracias a la intervención del Estado que le corresponde (que no es otro que el Estado capitalista). El peso del Estado en los países de la OCDE, aunque muy por delante del que representan sus homólogos de los países pobres, no ha hecho sino aumentar a lo largo de estos dos siglos. De forma que ni el Estado liberal de las épocas manchesteriana y victoriana; ni tampoco el Estado más interventor y precursor del “Estado del Bienestar” de la primera época bismarckiana y prekeynesiana; ni por supuesto el sacrosanto y mítico “Estado del Bienestar” mismo, claramente intervensionista, de la época keynesiana; ni tampoco, claro está, el Estado no menos intervencionista de la llamada época “neoliberal” (que era, es, sólo un Estado “mínimo” en la dolorida cabeza de los dogmáticos ultraliberales, pero no en la práctica política efectiva de los Reagan, Thatcher, Wojtila, los Bush padre e hijo, o los primos hermanos González y Aznar..., y de tantos de sus aprendices), han conseguido frenar esa tendencia “desigualadora” del mercado, por mucho que todos estos próceres y timoneles del aparato estatal capitalista nos digan que miremos sus labios para ver cómo articulan el mensaje contrario[25].

3. Se observa, por último, en la figura 4 que la llamada “edad de oro” (o edad dorada) del capitalismo fue tan áurea porque, entre otras cosas, consiguió aumentar la desigualdad entre países ricos y países pobres a mayor velocidad de la conseguida más tarde por los próceres (de derecha, de centro y de izquierda) del “neoliberalismo”. Y es que, por mucho que a los socialdemócratas europeos se les llene la boca de loas y botafumeiros al “modelo social europeo”, bastión del supuesto “Estado del bienestar keynesiano”, no hay más que leer a Keynes para darse cuenta de la maldita la gracia que le hacía a este señor el gasto público en favor de los pobres.

 

Figura 5:

Porcentaje que representa la demanda pública en el PIB

(España, 1850-1958)

(Fuente: Carreras, 1990, y elaboración propia).

 

Añadamos finalmente que en la figura 5 se observa la evolución entre 1850 y 1958 del peso representado por la demanda pública en el PIB español (según datos ofrecidos por el historiador económico Albert Carreras). Con independencia de que probablemente se trate de cifras subestimadas, lo único que nos importa aquí es mostrar la tendencia secular resultante, que es más que evidente si se piensa que el peso de la demanda pública parece situarse entre el 5% y el 10% en el siglo XIX, subir a una banda de entre el 10% y el 15% durante el periodo 1918-1958 (con una fuerte subida en los años de la guerra civil e inmediatamente posteriores) y alcanzar en los últimos cuarenta años (1960-2000) niveles situados entre el 15% y el 20% del PIB.

Pero volvamos a nuestro protagonista pasivo, el admirado señor Sala, cuyos argumentos sobre la evolución de las relaciones entre globalización y pobreza son, como casi siempre, inexistentes. A la pregunta de si la globalización es la culpable, se muestra tan claro como para yuxtaponer a esta frase --“La respuesta es rotundamente negativa”-- otra que desdice inmediatamente a la primera: “Bien, tomado de un modo literal quizá sí”. Sin embargo, cuando uno le deja explicarse un poco, su instinto liberal sale enseguida a flote: “Al fin y al cabo es cierto que los mercados y la globalización han permitido que los países que los han adoptado crecieran, mientras que aquellos que no lo hacían (...) se han quedado rezagados. Y eso, claramente, ha creado desigualdades entre países” (pp. 111-112). A continuación se limita a contraponer a lo que llama “idea marxista[26]” –“si una de las partes sale ganando [en el comercio internacional], la otra tiene que salir perdiendo o está siendo explotada”— la idea de que esto es falso: los países ricos no se enriquecen porque exploten a los pobres sino porque los pobres “han tenido la mala suerte de tener líderes políticos desastrosos”.

Pues bien, a menos que Sala se avenga a conceder que Franco debió de ser entonces un político estupendo –a juzgar por el rápido aumento del nivel relativo de renta per cápita experimentado por España entre 1939 y 1975 (de hecho, el grueso de la convergencia con la Unión Europea lo experimentó nuestro país entre 1950 y 1975, mientras que la evolución posterior en este sentido ha sido mucho más débil y tortuosa)--, o también que la URSS de Stalin o la China actual son modelos de países con gobiernos nada corruptos y muy eficientes (pues en sus épocas respectivas consiguieron efectivamente acercar el nivel de renta real de sus respectivos países al del mundo desarrollado), su argumento sólo se puede considerar un exabrupto.

Pero como todos los liberales no tienen más remedio que recurrir al Estado cuando la necesidad aprieta –y eso es cierto tanto en el caso de los prácticos (véanse, como casos recientes, los de los gobiernos de George Bush hijo o los del Partido Democrático Liberal de Japón) como en el de los teóricos (véanse las declaraciones de fe en el Estado por el ultraliberal Pedro Schwartz, que se recogen en el capítulo 5 de la segunda parte)--, nuestro héroe tiene que hacer lo mismo en momentos de aprieto. Y recurre al Estado combinándolo con una idea tan aguda como la de la diferencia entre “simplemente mercados” y “economía de mercado”. Es decir: “La economía de mercado es mucho más” que un simple mercado; es “un conjunto de instituciones legales y políticas” (p. 113). Con lo que resulta, a la postre, que los teóricos del mercado tienen que recurrir al Estado –que es quien materializa esas instituciones legales y políticas de las que habla Sala— para salir del paso.

Y nuestros liberales, que son tan coherentes como los socialdemócratas, después de habernos pronosticado, a principios de la década de los 90, el futuro glorioso que esperaba a los países del antiguo “bloque comunista”, gracias a la competitividad radicada en sus bajos niveles salariales, resulta que, una vez derrumbado el muro de Berlín, redescubren que no, que lo que en realidad faltaba en esos países no eran los mercados sino, sobre todo, ¡un Estado!:

Crear cuatro mercados sin introducir las instituciones que hacen que la economía funcione apropiadamente no sirve para nada. Los países que han hecho esto han fracasado, y el ejemplo más claro es la Rusia de Yeltsin” (p. 113).

Estas explicaciones ex post y ad hoc no pueden dejar de recordar la ligereza de quienes hablan de “desregulaciones” de la economía sin caer en la cuenta de que la desregulación no es sino otra forma de regulación, es decir, que la vía por la que se llevan a cabo dichas “desregulaciones” no puede ser otra, y de hecho siempre lo es en la práctica, que el cambio de una regulación anterior por otra regulación más nueva, a la que se da el nombre de “desregulación” sólo porque se quiere enmarcar en un pensamiento “neoliberal”. Por ejemplo, veamos el caso actual de la reforma del seguro de desempleo que prepara el gobierno español del PP y que llevó a los sindicatos el último Primero de Mayo a amenazar con una huelga general antes de que finalice la presidencia española de la UE: no es más que un conjunto de normas, a lo mejor agrupadas en forma de una ley o de un decreto, que vendrán a sustituir a las que estaban antes en vigor.

Pero volviendo a las preocupaciones de Sala sobre la globalización: “¿Y qué pasará en el futuro?”, nos pregunta. Pues no lo dude el lector: ocurrirá como en los mejores cuentos infantiles, que acabará la historia con “todos felices y comiendo perdices”; es decir, que todos los países “van a terminar siendo ricos” (p. 115). ¿Y cómo puede estar tan seguro Sala de tan arriesgada afirmación?: “La respuesta es que no lo sé. Simplemente lo sospecho”. Visto lo cual, permítanme dudar de que haya en el libro de este señor cualquier cosa que vaya más allá de ser una mera sospecha, aunque en este caso particular él insista en que se trata de una sospecha “basada en la experiencia empírica”, que muestra, según él, que son muy pocos los países que bajan en su nivel de desarrollo, mientras que son muchos los que suben. Pero esto es una tontería, o quizás una simple flojera (a lo peor ese día le falló a Sala su famosa panadera y no pudo desayunar), por mucho que intente adornarlo con su pesada “parábola del globo y de las bolas de hierro”, que desde luego no le ayuda mucho a él para levantar el vuelo. La parábola es tan sosa como casi todo lo que escribe nuestro autor, incluidas las “instituciones pseudomedievales” [sic] que, según él, operan como una especie de bolas de hierro que lastran la posibilidad de que los países de su metáfora se suban al globo del progreso.

Pero dejemos que don Xavier nos aclare el significado de su parábola: el globo simboliza la riqueza, y los penados que arrastran las bolas pegadas a sus grilletes son los países que intentan subirse al globo mediante unas cuerdas salvadoras que penden de él y que son –cómo no— las “cuerdas de los mercados y de la globalización”. Pues bien, lo único que tienen que hacer los países de la parábola es abrir con la llave correcta los grilletes que atenazan sus pies (como en su día hicieron Japón, Alemania o Italia, y como más tarde repitieron los dragones y los tigres asiáticos, y, más tarde, incluso China) y no dejarse engañar por los cantos de sirena de los globófobos antiglobalizadores (en el doble sentido que Sala no sabe aprovechar), que difunden el sonsonete de que es preciso recortar la longitud de esas cuerdas que cuelgan del globo (es decir, limitar la fuerza de los mercados y oponerse a la globalización). ¿Y en qué consiste la llave que sirve para liberarse de esos fardos que atenazan la movilidad de los países pobres? Pues en las “instituciones y los gobiernos eficientes que permitieran librarse de las pesadas bolas” (p. 115), aunque advirtiendo que dichas instituciones pueden ser “públicas y privadas”. Debería aclarar cuáles son las privadas, porque, si se trata de los mercados o de la sagrada institución de la propiedad privada, ya los ha incluido entre las cuerdas colgantes del globo de la riqueza. Y si no son éstos, ¿cuáles son entonces? Más adelante nos da alguna pista sobre lo que pudiera estar pensando.

Sala parece no darse cuenta de la necesidad de distinguir entre un nivel (o una evolución) absoluto y uno relativo. Es evidente que, en un conjunto de casi 200 países ordenados en términos de renta per cápita, necesariamente la movilidad hacia arriba y hacia abajo, cuando se mide en términos globales, tiene que ser equivalente y, por tanto, nula en términos netos, ya que al final también tendrá que haber países que ocupen los últimos lugares, igual que los habrá que ocupen los primeros. No puede decir que por cada veinte países que suben sólo dos bajan, a menos que esté mezclando desde el principio la posición relativa que se ocupa dentro de la jerarquía con la posición absoluta que viene dada por el nivel monetario o real de la renta per cápita de cada país. Que se hable tanto –y no sólo Sala-- de los famosos dragones y tigres no puede llevarnos a pensar que la fauna terráquea se limita a esos temibles depredadores (que, por cierto, no podrían existir si no existieran simultáneamente los depredados).

Quienes preferimos proponer como alternativa a este mundo económico y carnívoro una sociedad basada en la dieta vegetariana –y esto es otra metáfora que no debe interpretarse al pie de la letra, sino como una propuesta para sustituir la eficiencia caduca que se basa en la competitividad por una nueva eficiencia liberada de esa violenta camisa de fuerza--, no nos olvidamos de las víctimas. Si Corea o China escalan posiciones será porque otros países descienden hacia los lugares que dejan vacíos aquellos que están subiendo. Piénsese en el caso de Argentina o de tantos otros que, tras acercarse a las cumbres de la clasificación, saborean ahora el vértigo de la caída libre.


 

 

 

11

 

A vueltas con la “tasa Tobin” (y otras reformas fiscales)

 

 

 

 

 

 

Lo más interesante del capítulo que dedica nuestro autor a la “Tasa Tobin” es que muestra en él que también sabe usar adjetivos de vez en cuando, y sin duda significativos. Como se ve que éste es un tema que le llega al alma[27], se atreve a subir la emoción literaria de su prosa hasta el punto de declarar en público que las tasas impositivas alcanzadas, en la actualidad, por el equivalente estadounidense de nuestro “irpf” son sencillamente “obscenas” (p. 120). Démosle un doble olé torero a nuestro autor, primero por la cima lírica alcanzada, pero sobre todo porque nos demuestra así, tan poéticamente, no sólo en qué consiste su intimidad --y la de los liberales en general--, sino de qué pasta está hecha el pudor de esa especie, ya que el pudor es el único objeto posible contra el que pueda atentar cualquier obscenidad del tipo que sea (fiscal o de la otra).

Después de habernos dicho en el capítulo anterior que los Estados Unidos fueron uno de los primeros países que se montaron en el globo ése de la riqueza y la fama[28], ahora resulta que el gobierno de ese país americano y norteño ¡se muestra tan corrupto como el de los países africanos! ¿Cómo explicar, si no, que tras establecer en 1862 un “impuesto extraordinario” para financiar la guerra civil (con tipos del 3% y el 5%), dicho impuesto siga aún vigente, y no sólo eso, sino que haya exigido la aprobación de una reforma constitucional (en 1913) para mantenerlo en el tiempo, y, encima, que haya subido hasta los niveles “obscenos” actuales que denuncian sin gracia nuestros queridos liberales?

Dicho eso, estoy de acuerdo en que las posibilidades de implantar con éxito un impuesto como el que propuso el recientemente fallecido Tobin en 1971 son más bien escasas. Estoy también de acuerdo –nadie lo pondrá en duda porque el propio Tobin lo manifestó repetidamente a la prensa durante la última etapa de su vida— en que el autor de la propuesta tomó una gran distancia ante los proponentes actuales de la medida, pertenecientes al movimiento antiglobalizador, y muy alejados, por lo general, de sus planteamientos abiertamente liberales (como buen keynesiano que era). ¿Es que acaso nos quieren convencer los de Attac de que una elevación de la presión fiscal es una medida revolucionaria? ¿Por qué cargar las tintas en un nuevo impuesto tan complicado y no en los viejos, entre los que abundan algunos de sencillísima aplicabilidad? ¿Por qué no cambiar a fondo la estructura íntegra del sistema fiscal? Yo estoy de acuerdo en utilizar la “Tasa Tobin”, o cualquier otra excusa, como motivo para sacar a la luz pública los debates sobre las vías que deben adoptarse para llevar a cabo reformas en la dirección correcta, pero siempre que quede claro para todos a dónde se dirigen esas reformas. Nadie me va a convencer fácilmente de que un criptoliberal como Ignacio Ramonet, y menos su amigo Joaquín Estefanía, sólo porque procedan de la izquierda política aspiran todavía a cambios en el sistema que merezca la pena tomarse en serio.

Pero es que si no planteamos la cuestión de qué sistema es el mejor, y nos situamos abiertamente en un plano humildemente reformista, la cuestión sigue estando sin resolver. Puestos a debatir medidas de reforma –y ya he declarado que yo también soy un reformista--, propongo una alternativa concreta para ese debate. Quiero decir que, aunque el objetivo final sea sustituir el capitalismo por un sistema más eficiente y más justo –en el cual, por supuesto, no puede haber capitalistas y asalariados porque eso significaría que seguimos dentro de la relación capitalista básica--, ¿por qué no pensar medidas “reformistas” más moderadas? Por ejemplo –y ésta es mi propuesta--, impongamos un solo impuesto sobre la plusvalía del 90%, y dejemos a los trabajadores libres de toda obligación fiscal. Esto no sólo tendría la ventaja de la sencillez, sino que, además, teniendo en cuenta que el plusvalor supone más del 50% de la renta nacional, un impuesto así sería capaz de recaudar tanto o más de lo que aportan ahora los sistemas fiscales existentes, y no cabe duda de que se trataría de una medida bien encaminada hacia el propósito final. Se trata de combinar la paciencia “revolucionaria” –que nos previene contra la tentación de pensar que las revoluciones se hacen con sólo imaginarlas— con algo más que la práctica del tipo de “reformismo” hoy predominante, que, por metonimia, se ha convertido en la expresión genérica que sirve para designar sólo el reformismo de los antirrevolucionarios --es decir, de quienes no sólo no desean participar en ninguna revolución sino que consideran “obsceno” el uso de palabras de tan mal gusto, que ofenden en sí mismas al pudor y las buenas costumbres de la gente de bien--. Pues ya se sabe la lección de urbanidad política que nos diera Óscar Wilde: ¡se empieza haciendo revoluciones y se termina por faltar a los buenos modales!


 


 

 

 

12

 

Rusos y otros puñeteros

 

 

 

 

 

 

Sala admite que “cuando Yeltsin dimitió el 31 de diciembre de 1999, la mayor parte de la población rusa era mucho más pobre que en 1985” (p. 123). Y, sin embargo, sus gobiernos, así como el de todos sus predecesores, al menos desde Gorbachov, tenían como empeño dominante la introducción de más mercados y más incentivos capitalistas –eso que los economistas tardosoviéticos llamaban la sustitución de los métodos “administrativos” por métodos “económicos”--. Aquí tenemos el ejemplo de un país, que para seguir con la parábola del globo, no hacía más que agarrarse a cuerdas y más cuerdas del famoso globo liberal-capitalista, y sin embargo, como reconoce Sala, no sólo no se elevaba lo más mínimo, sino que se hundía un palmo más cada mañana, hasta hacerse prácticamente invisible.

¿Y qué ocurrió con las famosas llaves –“¿dónde están las llaves, matarile-rile-rile...?”-- de los “gobiernos e instituciones” que servían para liberar a los países del peso de sus plúmbeas bolas precapitalistas? Pues que no sirven para nada si el gobierno del país no es bueno. Porque lo que nos enseña el caso ruso, en opinión de nuestro autor, es “lo pernicioso que puede llegar a ser el gobierno cuando hace mal las cosas” y se limita a introducir “reformas pero sólo de un modo parcial” (pp. 123-4). Fíjese el lector, por cierto, en que Sala se muestra tan radical como yo, aunque sea en dirección contraria. Es decir, de nada sirven las reformas y las medias tintas si el objetivo final no se tiene permanentemente en mente. Para él el objetivo es montarse en globo; para mí, sustituir los artefactos voladores del siglo XIX por un instrumento de navegación aérea acorde con la altura de los tiempos en que estamos (y con el nivel de desgracia al que nos ha conducido el maldito globo de la globalización capitalista).

Y como en la Rusia de los noventa las mafias (¿serían éstas las instituciones “privadas” a las que se refería Sala en su parábola “global”?) consiguieron cosas tan (in)creíbles y significativas como que la tonelada de petróleo se pagara al precio de un paquete de Marlboro, o que se recibieran subvenciones equivalente al 99% del precio de ciertos alimentos, o que se concedieran créditos a “una minoría selecta de amigos” a una tasa del 3% cuando la inflación era del 2500%, ¿qué cabe esperar de un país de ese tipo? Ahora bien, no sé entonces por qué espera nuestro autor que Vladimir Putin vaya a cambiar las cosas (p. 127): ¿cómo podría lograrlo? Porque... repasemos su argumento: en Rusia el “proceso de transición a una economía de mercado no ha sido tal”, y “más que un ejemplo de fracaso de mercado, ese aberrante episodio de la historia de Europa se debe poner como ejemplo del daño que pueden llegar a hacer los gobiernos descontrolados, incompetentes y corruptos”, porque “cuando el gobierno controla la economía, las leyes, los jueces y la policía, la libertad individual se ve amenazada y, repito, poco pueden hacer los individuos. Ésa es una de las razones por las que se debe limitar el poder del Estado”.

En mi pueblo en estos casos se decía: “¡Este muchacho no se confiesa!”. Vamos a ver. Si el sistema ruso:

a) venía de una economía “comunista”, como la llama Sala, y en ella era el Estado el que controlaba todo hasta tiranizarlo y no respetar las libertades individuales, etc.;

b) si después los gobiernos que sucedieron a los gobiernos soviéticos parece ser que lo hicieron igual de mal y encima empobrecieron aun más a la población;

c) si los mercados (esas cuerdas que cuelgan del globo capitalista) están siempre ahí para quien se quiera agarrar a ellos, pero de nada sirve que estén o no estén porque la cuestión clave no es ésa sino la de una acertada política gubernamental que empiece por encontrar y saber manejar la famosa llave que libera del peso muerto de las no menos famosas bolas;

d) pero si al mismo tiempo las cuerdas no pueden hacer nada para conseguir que los países se suban al globo si su gobierno no quiere;

...resulta entonces que toda la idea liberal, si de verdad se reduce a la que nos transmite Sala, consiste o bien en tener buenos gobiernos –y no mercados--, o bien en saber imitar al célebre Houdini en su capacidad para liberarse de cualquier atadura o cerrojo que le impongan los gobiernos perversos y despilfarradores. ¿Y quién ha hecho bueno al gobierno de Putin, o quien le ha enseñado el arte de Houdini como para que nuestro héroe confíe tanto en él?


 


 

 

 

13

 

Profecías económicas

 

 

 

 

 

 

Para preparar sus dos últimos capítulos, que dedica a Asia y a África, respectivamente, Sala se aplica una cura de humildad, que parece que va mejor con la pobreza de estos países más bien humildes. Nos confiesa que él no sabe qué va a pasar en el futuro porque “no hay nadie en el mundo que pueda hacer profecías económicas acertadas, por mucho que los agentes de cambio y bolsa nos intenten hacer creer lo contrario” (p. 131). Tiene toda la razón en esto, desde luego. Sólo que yo apostillaría lo siguiente: ¿por qué está tan seguro entonces, no sólo de que el capitalismo va a ser eterno, sino de que va a significar la igualdad de todos los países en el concierto internacional?

Veamos. Si en el capítulo de la “Tasa Tobin” nuestro autor nos regaló con un sonoro adjetivo, en éste que dedica a Asia se anima ahora Sala con un sustantivo no menos brillante: “gloria”. Cuando describe lo que era la situación de conjunto de los países del sureste asiático en el momento en que estalló en ellos la crisis de 1997 (comenzando por Tailandia), nos recuerda el grado de exaltación mística en que debía de estar viviendo José Luis García Delgado cuando escribió en su manual de España: Economía, al referirse a la situación que vivía España en la época de los gobiernos González-Solchaga, lo mismo que Sala atribuye a los países capitalistas y procapitalistas del sureste asiático: que era “el lapso temporal más brillante de la economía española contemporánea”.

Una vez más, también el problema de la crisis tailandesa tuvo su origen en un error del gobierno, que, en este caso, en vez de garantizar los depósitos bancarios, se decidió por garantizar los créditos de éstos (aparte de otros despilfarros). Ahora bien, la experiencia tailandesa le sirve a Sala para escribir lo siguiente: “Sugerir que se limite la libre circulación de capitales porque pueden salir corriendo del país y causar crisis financieras como la vividas en 1997-98 viene a ser como intentar prohibir la aviación cuando se produce un accidente de avión” (p. 136). Pues bien, a mí se me ocurre replicarle con otra frase similar: “Sugerir que se fomente la libre circulación de capitales porque pueden entrar corriendo en el país y engrasar la actividad financiera viene a ser como deducir que ya no habrá más accidentes de aviación porque ha transcurrido cierto tiempo sin que se haya producido ni un solo accidente de avión”.

Sala parece muy contento con la recuperación habida en el sureste asiático después de las crisis de 1997-98, pero curiosamente –y esto es realmente curioso si se tiene en cuenta que no habla de la situación de Japón en todo el libro— calla sobre la no recuperación de la economía japonesa. Lo que sucede ahora en Japón (en realidad, lleva sucediendo más de una década) puede suceder a corto o medio plazo en la cabeza del imperio. Podría ser que los famosos aviones del 11-S sólo fueran un primer anuncio de una tormenta aun mayor, que significaría el estallido de la nave insignia del capitalismo mundial.

Y, por fin, África. Comienza Sala recordando una vez más que la economía no puede funcionar sin “estabilidad política, sin un gobierno que proteja los derechos de propiedad (...)”, etc. Y, más sorprendente, dice que en este caso “la colaboración internacional será imprescindible” (p. 141). Pero ¿no habíamos quedado en que lo mejor para conseguir el óptimo social era comportarse de la manera más egoísta posible? Entonces, ¿a qué vienen estas “mariconadas” de colaboraciones? ¿No nos había dicho, una y otra vez, que lo que tienen que hacer los gobiernos es imitar a los particulares en su búsqueda exclusiva de los intereses propios con total independencia de los ajenos?

Pues no, aquí nuestro héroe se desdice de nuevo y se muestra ahora partidario de que “los gobiernos de los países ricos deberían encargarse de la investigación y del desarrollo de medicinas y vacunas” para los países de África. Pero ¿qué va a ocurrir entonces con las desvalidas compañías farmacéuticas privadas, si no cuentan ya con la protección de un sistema de patentes bien organizado, que las incentive a seguir trabajando y enriqueciéndose como Dios manda, es decir, como medio de garantizar el bienestar social? No se preocupe el lector: comprobará dentro de poco que no es eso lo que piensa don Xavier que tenga que ocurrir.

Una segunda idea que propone Sala a los gobiernos para mejorar la situación de África es suprimir las barreras proteccionistas y las subvenciones otorgadas por los Estados Unidos y Europa a sus productores agrícolas y ganaderos, que hacen posible que resulte “más barato comprar leche europea que leche local” (p. 142). Pero ¿acaso cree Sala que los precios bajos de Europa y de los países ricos en general se consiguen únicamente a base de subvenciones? ¿Por qué no produce entonces África camiones, ordenadores o impresoras (por poner sólo tres ejemplos) si se trata de productos que no reciben subvenciones públicas en ningún país desarrollado? O también, recordando otro adjetivo que no podía faltar en un libro como el de nuestro autor: ¿Es también la competencia que hacen las compañías que fabrican bienes de equipo y alta tecnología (suizas, estadounidenses, japonesas o suecas...) “competencia desleal” para la correspondiente producción (inexistente) africana?

En tercer lugar, propone Sala que las empresas de los países ricos ayuden también a encontrar la solución. ¿Y cómo? Pues “de cinco formas básicas”. En primer lugar, imitando a los filantrópicos Bill Gates y demás, que “ya han donado centenares de millones de dólares” (sin que al parecer haya servido de mucho, por cierto). En segundo lugar “invirtiendo directamente en la salud de los africanos”. ¿Y por qué habrían de hacerlo, si es mucho más rentable invertir en la salud de los ricos o en la de los chuchos y gatos (y monos y tigres y cocodrilos, etc.) de los ricos? Además: ¿no era la mejor manera de sacar a los pobres de la pobreza comportarse de acuerdo con el principio liberal de la maximización del egoísmo? Pues ahora resulta que no..., pero al mismo tiempo que sí, pues si las empresas multinacionales se deciden a invertir en África será una cuestión “de interés propio”. ¿Y cómo lo sabe nuestro poco precavido autor? ¿Y quién es él para decir a las empresas privadas del sistema de mercado de sus amores en dónde tienen que invertir y en dónde no? Simplemente, imagina que lo harán porque así se morirá menos gente de sida y así bajará el absentismo laboral. Pues para ese viaje no se necesitaban alforjas: que se queden las empresas produciendo medicinas en los Estados Unidos, Suiza o España, y que el absentismo laboral lo combatan a base de legislación (regulada o desregulada), reglamentos y ministerios: se echa al que no fiche a tiempo, se le paga algo mientras sea capaz de aguantar su situación de desempleo, y, cuando se le termine el aguante, a prisión si hace falta.

Una tercera vía para que las empresas ayuden a la solución del problema africano consiste, según Sala, en sustituir la distribución habitual de medicinas, que usa la red local de mafias y políticos corruptos, con la propia red de distribución de las empresas. ¿Pero qué quiere: que los fabricantes de coches o de petróleo se pongan a vender medicinas, o está diciendo que prefiere que las repartan gratuitamente? Tranquilo, lector: parece que se inclina por la distribución “de mercado” –qué alivio--, y por eso propone que las empresas “distribuyan preservativos entre sus empleados poniendo máquinas expendedoras”. ¿Pero desde cuándo le ha hecho falta a una empresa que vende máquinas expendedoras, o a una empresa que las alquila, que venga alguien a decirles dónde tiene que instalar o dejar de instalar esas máquinas expendedoras (o cualquier otro tipo de máquinas)? ¿Es que acaso cree él que ellas no saben dónde tienen que instalar y desinstalar? ¿Es ingenuidad o es chiste? Estos liberales son realmente graciosos en su contradicción incomparable e insuperable...

La cuarta vía es que las empresas colaboren “facilitando el acceso a la educación de los más pobres” (sic, p. 145: ¡toma del frasco, carrasco!). Pero no se confundan, que se trata de un simple segmento adicional de mercado que propone nuestro intrépido consejero sin fronteras: “Por ejemplo, las empresas informáticas de los países ricos pueden desarrollar programas más fáciles y accesibles a las personas con un nivel de formación más bajo (...) es importante que recuerden [¿pero de verdad se le pasa por la cabeza a nuestro Sala que las empresas se pueden olvidar de esto?] que quien consigue acostumbrar a todo un continente a utilizar un determinado programa terminará teniendo millones de clientes para toda la vida”. En resumidas cuentas: que le está dando pena el filantropismo excesivo de don William Gates III, y le propone aquí una vía cómoda para recuperar el dinero perdido con sus generosas donaciones.

Y por fin, la quinta, “la mejor manera” –claro-- que tienen las empresas de colaborar con los países subdesarrollados: “simplemente haciendo negocios con ellos”. ¿Pero no era esto mismo lo que estaba aconsejando hasta ahora en los puntos anteriores?

Claro que, aparte de gobiernos y empresas, hay más actores en el escenario (teatral-liberal) africano: “las ONG y las iglesias”. Pero eso sí: nada de “condonación de la deuda”; aquí la única condonación que se permite es la condonación a base de condones (previo pago, ya quedó claro), pero no más. Y es que la deuda no es la causa del problema sino un mero “síntoma”. Por la misma razón, podría haber dicho que el sida no es la causa de ningún problema sino un síntoma de la mayor pobreza africana. O que la culpa de la mayor extensión del sida en África es que no son suficientemente egoístas como para saber enriquecerse, globalizarse, subir de nivel de vida y, así, tan ricamente, pagarse de su propio bolsillo las vacunas y cestas de medicamentos que hacen falta para combatir el exceso de mortalidad “africana” por esa enfermedad, y reducirla a los niveles actualmente existentes en los países más desarrollados. Señala Sala que si les “perdonamos” la deuda (sí: habla en primera persona, como esos empleados de las multinacionales que nos dicen mientras desayunamos: “pues, ya ves, hemos abierto una nueva planta en Checoslovaquia...”; ¿o será que el propio Sala tiene intereses en la banca privada internacional?), al cabo de cinco años volverán a tener “créditos impagables”. Por la misma razón, podría decir que, si les ayudamos con peces, al cabo de cinco años seguirán sin saber pescar, y bla, bla..., al igual que nos decían los jesuitas en el colegio, en los años 60, cuando invitaban a algún misionero para fomentar la campaña del Domund.

O sea, que no se aclara: que nuestro héroe duda constantemente entre la filantropía y el egoísmo; que lo mismo se trata de la vieja receta de la caridad cristiana, pero en plan laico, que de la disciplina del hambre que inventaron sus predecesores, los primeros capitalistas que descubrieron el sustrato material de la ideología liberal. Nos recomienda que aplaudamos la labor de Médicos Sin Fronteras --¿por qué sólo esta ONG, y no otras?— y que estimulemos a las iglesias a “colaborar en la promoción de los valores que conducen a la paz y no a la guerra”. Y yo me pregunto: cuando dice “iglesias”, ¿incluye también en ellas a la judía y a la musulmana?

Y por último --no sé qué mosca le picaría ese día--, el párrafo de su página 147 contra el FMI/BM parece más típico de un liberal de izquierdas (como José Antonio Alonso o Carlos Berzosa) que de uno de derechas:

“Finalmente, las instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial deben desempeñar un papel importante (...) Pero han de cambiar su actitud para con los países pobres. Tienen que entender que las soluciones deben venir de abajo y que no deben ser impuestas desde arriba y que, cuando los países africanos lleguen a proponer una solución, habrá que darles apoyo, aunque ésta no coincida con la que las instituciones internacionales hubieran preferido. También deben entender (...) que quienes están mejor preparados para crear las instituciones (...) son los propios africanos. Finalmente, las instituciones internacionales deben entender que, a menudo, los programas de ajuste que no tienen en cuenta los perjuicios que se causan a los más desamparados pueden acabar generando una sensación de injusticia, un malestar social y una violencia colectiva que acabe con la viabilidad de todo el proyecto”.

¿Se habrá enamorado Sala de alguna africana?


 

 

 

14

 

El autismo del mercado

 

 

 

 

 

 

En los dos últimos años ha cogido mucha fuerza el movimiento “post-autista” en economía, o, más exactamente, en la enseñanza de la Economía en la universidad. Primero fue un grupo de estudiantes franceses de doctorado (de l’École Normale Supérieure, en París) el que protestó por la falta de pluralismo y el exceso de formalización (matemática) en la enseñanza y en la investigación de la Economía. Luego salió un segundo manifiesto universitario, procedente de la no menos prestigiosa Universidad de Cambridge (en el Reino Unido), que se unió a la protesta sobre bases y argumentos muy similares. Y finalmente han surgido manifiestos e iniciativas en todo el mundo, que han culminado en un “movimiento post-autista” en Economía, que se sostiene en la página web de la pae (post autistic economics) y su correspondiente revista electrónica.

Aunque se pueden encontrar otros precedentes a este movimiento –no en vano el problema viene realmente de lejos--, es grato encontrarse con la sorpresa de que, en el número de otoño de 2001 de la prestigiosa revista neoyorquina Science and Society, el editorialista comente lo siguiente:

“Paseando por el nuevo campus de la Universidad Complutense en Madrid, en mayo de 1999, me sorprendió ver un eslogan pintado en la pared: ‘¡La economía trata de la gente, no de curvas!’. Nadie que no haya estudiado Economía puede captar plenamente ese sentimiento estudiantil de tormento por culpa de las “curvas”, esas relaciones entre variables que se representan mediante diagramas (por ejemplo, la intersección de las curvas de oferta y demanda). El eslogan criticaba la teoría abstracta y cuantitativa de la Economía –y por extensión de las ciencias sociales en general— y abogaba por el estudio de la realidad concreta, histórica y social. No tenía ni idea entonces de que ese eslogan ‘gente versus curvas’ iba a resultar profético. En junio de 2000, un grupo de estudiantes franceses publicó un escrito en la ‘web’, quejándose del estado actual de la Economía: su uso indiscriminado de las matemáticas; el ‘dominio represivo’ de la teoría neoclásica y la exclusión de enfoques alternativos y críticos. Los estudiantes llamaban a los profesionales de la Economía a comprometerse con lo empírico y lo concreto; a evitar el ‘cientifismo’ y abrazar ‘un pluralismo de enfoques adaptado a la complejidad de los objetos económicos y a la incertidumbre que rodea a la mayoría de la grandes cuestiones económicas’; así como a realizar reformas ‘para rescatar a la Economía de su estado autista y socialmente irresponsable’. El manifiesto puso en marcha el Movimiento por una Economía Post-autista, que se ha propagado como el fuego entre los estudiantes de Francia y España, y cuenta con un número creciente de adeptos también en otros países. El 21 de junio, Le Monde hizo un reportaje sobre el tema y se interesó por la opinión al respecto de importantes economistas de todo el mundo. En diciembre del 2000, se realizó un Congreso para reunir propuestas más detalladas. Desde entonces, el movimiento ha seguido creciendo y desarrollándose (http://www.paecon.net/)”.

En las Jornadas de Economía Crítica de Valladolid (28 de febrero-1 y 2 de marzo de 2002, las octavas que se celebran en España desde 1987) se discutió un manifiesto que proponía que nos sumáramos en nuestro país a este movimiento. Aunque yo presenté una ponencia sobre ese tema en las Jornadas, en este libro sobre el liberalismo parece más apropiado empezar por preguntarse acerca del fenómeno que le sirve de base real a este problema intelectual. Dicho fenómeno no es otro que el autismo económico que practica el mercado en la realidad (y no sólo en la teoría).

En mi opinión, sobre la cuestión del papel del mercado en la economía y en la sociedad hay tres grandes corrientes cuyo impulso fundamental podemos caracterizar como sigue. En primer lugar, están los “fundamentalistas del mercado”, aquéllos a quienes, como le ocurre a nuestro Xavier Sala, siempre parece insuficiente la cantidad de mercado realmente existente, y que, como los defensores de cualquier otra panacea, hacen bien en ser coherentes con su diagnóstico y reclamar la receta apropiada que se sigue del mismo. Por tanto, sus partidarios quieren universalizar y globalizar aun más la economía de mercado –“el problema es que no hay suficientes mercados”, nos dicen--, y recortar o eliminar todas las instituciones y reglas que se oponen por doquier a su dominio absoluto. Estos economistas están dispuestos, no sólo a privatizar el sistema nacional de ferrocarriles (véase la excelente película de Ken Loach, “La cuadrilla”, para una ilustración de sus efectos en el caso británico; o repásese el periódico de ayer y de hoy, 11 y 12 de mayo de 2001, que nos informa de un nuevo accidente en las cercanías de Londres que se ha cobrado casi una decena de víctimas mortales), sino a privatizar incluso las cárceles y, si hiciera falta, siguiendo los postulados del maestro de Margaret Thatcher, Friedrich von Hayek, a privatizar totalmente el dinero en circulación.

Un segundo grupo de economistas, crítico del primero, se presenta como la alternativa a éste y se preocupa, por tanto, sobre todo, por aparecer como lo contrario del fundamentalismo. Entre los que insisten en los numerosos “fallos del mercado” –pero no olvidemos que hasta los Sala y los Braun reconocen estos “fallos”-- hay todo tipo de sensibilidades teóricas y prácticas, desde las que se basan en un sentido del realismo más acorde con el sentido común hasta las que, más cultas, apoyan sus argumentos en sólidas tradiciones de pensamiento que, si no arrancan con celebridades del siglo XIX, como Karl Marx o Thorstein Veblen, lo hacen con famosos autores del siglo XX o incluso del XXI, desde Karl Polanyi y Maynard Keynes hasta Amartya Sen o Albert Hirschman. Como decía recientemente José Luis Sampedro, el decano de los economistas españoles, para ellos (los críticos) no se trata de eliminar el mercado, sino de conseguir que la economía de mercado no se convierta en una “sociedad de mercado”, en una especie de “régimen” todavía más totalitario y asfixiante.

Desde esta perspectiva, se entiende bien lo que el movimiento post-autista, integrado sobre todo por economistas pertenecientes a este segundo grupo, concibe como el autismo de los economistas mayoritarios. Es verdad que la definición que del autismo ofrecen los diccionarios plantea algunos problemas de aplicación en este caso. Por ejemplo, el excelente Diccionario de Seco nos describe el autismo como un “trastorno psicológico caracterizado por el ensimismamiento y la falta de interés por el mundo exterior, generalmente acompañado de aislamiento y dificultad de comunicación”. Cierto es que los economistas ortodoxos y los fundamentalistas del mercado se encierran en sus modelos bellamente construidos y se olvidan del desapacible mundo exterior. Pero no es verdad que en esa actitud se vean limitados por dificultad de comunicación alguna, sino más bien todo lo contrario. De hecho, de lo que nos quejamos los economistas críticos, en España y en el mundo, es de que estos fundamentalistas de mercado se comunican tanto, con tanta facilidad y con tales medios, que, como efecto colateral inevitable, nos tienen a los demás en un tris de que callemos para siempre jamás.

Pero más difícil lo tenemos aun quienes simpatizamos con el reducido grupo de economistas que compone el tercer grupo en liza. En este caso, no se trata simplemente de denunciar los “fallos de mercado” porque, pensándolo bien, ¿qué partidario del mercado, desde Adam Smith a nuestro Sala, pasando por Milton Friedman, no ha sido al mismo tiempo crítico, como hemos dicho, de algunos de sus fallos más sonados, como ése al que tanta manía le tienen y que se llama “monopolio”? ¿Qué economista, incluidos Carlos Rodríguez Braun o Pedro Schwartz en nuestro suelo patrio, se atrevería a negar la existencia de externalidades o de bienes públicos puros? Ya hemos visto cómo Sala no sólo menciona estos casos sino que les agrega el de los “bienes comunales”.

Sin embargo, lo que el reducido tercer sector de economistas nos tememos es que es el propio mercado el que encierra el fallo: ¡él es el fallo! No se trata de que el Estado y otras instituciones deban “complementar” o “completar” el papel del mercado porque hay funciones que aquéllos pueden y deben cumplir mejor que éste. De lo que se trata es que es muy posible que la culpa de los males económicos reales que padece la sociedad de mercado sea del propio mercado. Si el mercado funciona desequilibradamente y crea desigualdad, y si el Estado, tras dos siglos y medio de esfuerzos aparentemente bien intencionados, no es capaz de invertir esa tendencia a la desigualdad, que se presenta hoy con más fuerza que nunca, a lo peor resulta que el sistema no funciona correctamente (sólo hay que leer los periódicos con atención para darse cuenta de que es así).

Y es que los economistas de esta tercera clase (los que no viajamos en coche cama ni siquiera en litera, y que desde luego nos sentiríamos muchos más seguros viajando con la antigua compañía pública británica de ferrocarriles que con la moderna, privatizada y cuasi-asesina Railtrack) tenemos una pregunta que hacer a nuestros colegas, tras un comentario previo para tantear si podemos ponernos de acuerdo.

Comentario (triple). Los que viajáis en primera nos habláis de la “economía del bienestar” que genera y difunde el mercado entre toda la sociedad. Los que viajáis en segunda respondéis que qué sería del mercado y de la sociedad si no fuera por la benéfica actuación contrarrestante del “Estado del bienestar”. Sin embargo, los que nos agolpamos en los vagones de tercera no observamos el bienestar sino en la televisión –que de eso sí que estamos bien equipados todas las clases de viajeros-- que nos retransmite lo que sucede en los coches delanteros del tren.

Pregunta. ¿Tan seguro está todo el mundo de que es absolutamente imposible que la sociedad se decida a sustituir estos anticuados trenes por otros en los que todos los viajeros disfruten y sufran de las mismas condiciones materiales? Permítanme que me una a Adam Schaff en su convencimiento de que pronto veremos circular esta nueva categoría de trenes, que tantos disgustos darán a los propietarios de los antiguos.



 

 

 

15

 

Lo que no quiso decir, ni pudo decir,

ni nunca dirá don Xavier Sala i Martín

 

 

 

 

 

Permítame el lector cerrar esta primera parte del libro con tres capítulos que versan más bien sobre ausencias que uno observa en el libro de Sala. No se trata, sin embargo, de elaborar in extenso los temas que él no toca, sino de dejarlos simplemente apuntados.

En primer lugar, hay al menos algo de lo que no quiere hablar nuestro autor (aunque lo sepa): la prolongada crisis económica en la que está sumida la que hasta ahora era la segunda economía mundial, Japón (ahora adelantada por China); y la cada vez más probable crisis que, según un número creciente de economistas, incluidos liberales y ortodoxos, va a ocurrir en los Estados Unidos, con indudables semejanzas, pero a una escala mayor, y con consecuencias más dañinas para la economía mundial, que en el caso japonés. Puesto que en la segunda parte del libro se menciona el análisis de Fred Moseley en uno de los artículos (capítulo 1), es bueno remitir al lector al más reciente trabajo sobre el tema de este mismo economista marxista: el que ha publicado en el número de abril de 2002 de la neoyorquina Monthly Review. Pero tampoco está de más mencionarle el nombre de algunos economistas ortodoxos que vienen a decir prácticamente lo mismo: apunte los nombre de Kurt Richebächer, de Henry Liu o de Doug Noland.

Un segundo conjunto de ausencias se agrupa en torno a algo que no pudo decir Sala (porque no podía saberlo). Me estoy refiriendo, por ejemplo, a por qué (entre otras cosas) ha subido Le Pen en las últimas elecciones presidenciales francesas (al escribir esto aún no se han celebrado las legislativas de junio), y por qué parece crecer y crecer el fenómeno –electoral y social-- de la nueva extrema derecha (véase el capítulo 16, donde se escarba un poco en esto). En este caso sí que nos encontramos ante una auténtica novedad, ya que Haider en Austria, o Le Pen en Francia, o el recientemente asesinado Pim Fortuyn, en Holanda, llevan mucho tiempo utilizando métodos electorales y pacíficos –y quien los acuse de demagogos, que tire la primera piedra y se deje escrutar el grado de demagogia que incuba su propio discurso--, pero tienen un rasgo en común y también compartido con la extrema derecha clásica: su convencimiento de que el mercado es la solución de la cuestión económica (recuérdese la famosa frase de Le Pen: “Soy, socialmente, de izquierdas; económicamente, de derechas; y, nacionalmente..., de Francia”).

En tercer lugar, lo que nunca dirá Sala (porque nunca querrá saberlo ni decirlo) es qué puede leer el lector que se interese en seguir profundizando en temas no liberales, y en argumentos eficaces para contrarrestar los insípidos planteamientos de los liberales. Son tan “desaboridos” que hoy, día de mi cumpleaños (12 de mayo), he tenido la suerte y la desgracia de que El País publique una breve recensión del libro que yo mismo estoy criticando aquí. Titula Jesús Mota su comentario “La infatigable pedagogía neoliberal”, y, tras sacar a relucir alguna de las más gloriosas frases de nuestro querido autor, este periodista liberal (de la familia socialdemócrata) de ese periódico liberal (de la familia de los periódicos pro-golpistas, como dejó claro con su apoyo al golpe empresarial contra el legítimo régimen venezolano de Hugo Chávez), concluye: “Cabe decir lo anterior si el discurso neoliberal simplificado se toma en serio; pero es mejor no hacerlo”.

El lector habrá observado que yo sí que me tomo en serio el discurso neoliberal –Mota no se da cuenta de la tautología que comete, ya que el discurso neoliberal es, por definición, no simplificado, sino “simplista”--, pero me tomo más en serio aun el discurso liberal, el de Smith, Hayek, Popper, Vargas Llosa, Pedro Schwartz, Gabriel Tortella..., y el de los socialdemócratas como Anthony Giddens, que vuelve hoy a la carga con su tercera vía en el mismo periódico (las desgracias nunca vienen solas, como dice el refrán), o como Joaquín Estefanía, que no tiene más remedio que darles cabida, ya que el dueño manda.

Pues bien, ya que estamos en una época en que el internet está sustituyendo a las bibliotecas en la tarea de los malos estudiantes, aprovecharé para dejar aquí algunas referencias imprescindibles que el lector puede encontrar también en Internet. Por ejemplo, desde hace unos días está disponible en la red (http://www.i6doc.com/), y en la versión española de Alejandro Ramos, uno de los mejores manuales de Economía que el lector no liberal puede desear: Comprender la Economía, del belga Jacques Gouverneur.

Asimismo, puede acceder, a través de la página del movimiento post-autista en Economía (http://www.paecon.net/), a toda una serie de enlaces que le abrirán perspectivas sobre los más diversos campos de la economía heterodoxa y no liberal. Entre otros autores que participan en los debates que recoge esta página está Bernard Guerrien, autor de varios excelentes manuales y diccionarios de introducción a la Economía, pero que, en este caso, lamentablemente, no están traducidos al español. Otro manual muy útil, traducido también del francés, pero esta vez por mi colega de la Complutense, Xabier Arrizabalo, está a punto de salir al mercado en español: se trata del manual del canadiense Louis Gill, Fundamentos y límites de la economía capitalista.

Por cierto, que en esta misma universidad madrileña el lector puede encontrar apoyo para ampliar sus inquietudes antiliberales en una amplia gama de posibilidades. Por ejemplo, puede acudir a los cursos de Economía que la UCM imparte con la colaboración de la Fundación de Investigaciones Marxistas y la Fundación Sindical de estudios, de CCOO, en la sede de MAFOREM (Sebastián Herrera, 14, en Embajadores). O puede visitar la excelente oferta de textos de autores socialistas, comunistas y anarquistas que se recogen (casi siempre en español) en la página de la BAS (la Biblioteca de Autores Socialistas): http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/indez.htm (y si sabe inglés puede pasar luego a la página http://www.marxists.org/archive/marx/). O bien puede participar activamente en las discusiones del Foro Internacional “Marx-marxismos Hoy”, que también organiza y mantiene activo esta universidad (http://www.ucm.es/info/eurotheo/hismat/forum.htm).

Por último, el lector puede asistir a las reuniones de las Jornadas de Economía Crítica, que se celebran bianualmente en España, y donde se presenta una buena cantidad de trabajos que tienen en común su rechazo de la ortodoxia liberal. Información adicional sobre esos trabajos puede encontrarse en la página http://www2.eco.uva.es/jec, y si el lector requiere algún detalle más, me ofrezco voluntariamente a ampliárselo en la siguiente dirección: diego.guerrero@cps.ucm.es.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

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Y lo que no saben decir ni Sala ni Estefanía

(es decir, las dos variantes de liberal)

 

 

 

 

 

Puesto que la primera redacción de este libro la terminé el día de mi cumpleaños (12 de mayo), y dio la casualidad de que, al día siguiente, apareció un artículo de Joaquín Estefanía en El País, titulado “El fin de la permisividad”, al que respondí inmediatamente con otro mío, titulado “Con permiso: el capitalismo tiene dos brazos (o por qué, entre otras cosas, suben los Le Pen)” –que es el tema que prometí tratar en el capítulo anterior, a continuación reproduzco el contenido de este artículo, donde simplemente se apunta alguna sugerencia de por dónde van hoy los tiros, que pueden terminar en resultados aun más graves que el asesinato del líder holandés, Pim Fortuyn. El artículo decía así:

<<Estimado Joaquín Estefanía:

En su artículo de 13-5-01 denuncia “el fin de la permisividad” como primera consecuencia de ese “capitalismo abusivo” que no le gusta, y que en su opinión parece estar instalándose cómodamente en nuestro presente. Permítame diferir. Es el capitalismo en sí el que no es permisivo, porque todo capitalismo es abusivo por naturaleza. Y permítame que le diga que incluso los espacios –los medios-- que a usted le permiten denunciar ese capitalismo, supuestamente “manco”, que tan bien describe, no me permiten a mí hacer lo mismo con ese otro capitalismo que, en mi opinión, tiene los dos brazos bien puestos en su sitio.

Hagamos la prueba. Usted se apunta a la tesis de Amartya Sen y de tantos otros: “Puede haber capitalismo sin democracia, pero no al revés”. Yo me apunto a una tesis distinta: “Si hay capitalismo, no puede haber democracia”. Pero no se preocupe, que he aprendido a defender esta idea sin alterarme. Doy ya por descontada una cierta probabilidad de recibir la famosa tarjetita amarilla de El País como respuesta: “Muy señor mío: Lamento comunicarle que, pese al evidente interés de su artículo, el Consejo de Lectura del diario ha desestimado su publicación debido a razones de espacio y oportunidad. Confío poder atenderle mejor en otro momento. Un cordial saludo”. Pero usted sabe que yo no creo en la censura; simplemente sé lo inoportuno que puedo llegar a ser.

Este artículo, aunque adopte la forma de una carta personalizada, no es tal. Simplemente, tomo el suyo como reflejo del estado de opinión que domina entre los críticos suaves del sistema. Y pretendo, una vez más, ganar un espacio en la discusión para los que tenemos una posición crítica menos suave, pero también queremos participar en el debate. De hecho, deberían pensar una cosa en su periódico. Hay mucha gente por ahí que lleva su crítica más allá de la suavidad con que la ejercen algunos, y es precisamente debido a que el sistema no da cabida a estas discrepancias fuertes por lo que están subiendo los fenómenos críticos y anti-sistema que tanto preocupan estos días. En Francia subió la extrema derecha, pero también la extrema izquierda, y quizás esto se deba a que los que pensamos extremadamente no tenemos oportunidad de decir lo que pensamos. Esta democracia tan limitada no nos admite con gusto.

Antes de comentar la tesis central de su artículo, déjeme comentar otros puntos importantes del mismo. Le felicito por sacar a la luz que el “capitalismo de amiguetes” no es propiedad exclusiva de los “países emergentes”, sino que –como prueban los casos Enron, BBVA[29], ABB y otros— se da en las mejores familias, es decir en los países más avanzados. Yo hubiera añadido que cabe esperar que la explicación ad hoc con que pretendieron justificar la crisis financiera del Japón –que no es un país “emergente” sino bien emergido, a pesar de su crisis actual— quizás tengan que comérsela con patatas si se confirman los temores de los más pesimistas analistas financieros norteamericanos, que pronostican graves problemas de este género en la cabeza del imperio.

En segundo lugar, reproduce usted el mito tradicional del “contrato social” entre los “ciudadanos, sus elites y su Estado”. En mi opinión, esto es un mito, pero no porque dicho acuerdo sea un “acuerdo no escrito”. Al contrario, se ha escrito muchísimo sobre el tal pacto, se ha escrito demasiado, pero el problema es que no existe acuerdo real alguno, y los ciudadanos –como los súbditos del Antiguo Régimen, la época en que se empezó a teorizar el imaginario pacto— no han firmado nunca nada, pero sí que se han encontrado con que en sus hogares se les ha instalado, sin preguntar, y a la fuerza, ese matrimonio mal avenido, pero inseparable, que forman el mercado y el Estado. Le aconsejo que lea a Rosanvallon, que explica muy bien cómo la teoría de Adam Smith puede interpretarse como una contrapropuesta que supera y deja añeja la famosa idea del pacto constitutivo de la sociedad civil que fundamenta el Estado “moderno”.

Quienes combaten a los neoliberales y lo hacen desde la posición paleoliberal tienen, en mi opinión, pocas posibilidades de llevarse el gato teórico al agua del convencimiento. Habrá observado la inversión que he utilizado al llamarle “paleoliberal”. Esto de debe a que lo “neoliberal” significaba hace un siglo lo contrario que significa en la actualidad. En 1900, los neoliberales eran los que se oponían al capitalismo manchesteriano y defendían un Estado más interventor. Como usted se sitúa en las posiciones intervencionistas de Keynes y otros, que es lo que critican los neoliberales contemporáneos, y recordando que Keynes era un buen liberal –sólo que intervencionista (como lo han sido la mayoría de los liberales siempre)--, no se me ocurre mejor denominación de la postura que usted representa que la de “paleoliberal”. Es decir, los paleoliberales prefieren el capitalismo con dos brazos, frente al capitalismo manco (brazo derecho muy “cachas”, brazo izquierdo atrofiado) de los neoliberales.

En mi opinión, criticar el capitalismo desde un punto de vista “partidista” es contraproducente. Habla usted de sectas religiosas que penetran en el aparato del Estado; en realidad, quiere decir lo que dice el PSOE: que es malo que el OPUS esté en el gobierno. Habla de que el “progresismo” está mal visto; y se me vienen a la cabeza las críticas del PP a los “progres”. Dice que la enseñanza pública está puesta en la picota, pero lo dice desde un medio que pertenece a un grupo empresarial que participa en la promoción y desarrollo de la universidad privada desde hace mucho tiempo (no sólo en los másters de periodismo, tan tradicionales ya, sino en la plataforma internacional Universia[30], del BSCH). Y no digo “partidista” en el sentido de “afiliado”, sino en el sentido, más amplio, de comunión de valores e ideas.

Finalmente, frente a la idea de la “globalización feliz” criticada por Touraine, usted escribe que “la globalización no va bien”, que el capitalismo “abusivo” está terminando con la permisividad. Y por eso reclama un capitalismo no abusivo, un capitalismo “sin excesos” y más permisivo. Perdóneme que le diga que eso que pide es una ilusión. Ya conocemos muy bien, tanto usted como yo, lo que piensa el otro, pero déjeme recordarle por qué no estoy de acuerdo con que “para corregir esta coyuntura se necesita domesticar la globalización”, es decir, “más globalización, pero más regulada”. No estoy de acuerdo, pero no porque yo sea un antiglobalizador. Yo quiero más globalización, pero una globalización postcapitalista, que sustituya a esta lamentable globalización del capital que tenemos desde que existe capitalismo (pues la globalización es sólo una tendencia intrínseca en el desarrollo de las fuerzas productivas).

Si usted denuncia el fin de la permisividad del capitalismo abusivo, y al mismo tiempo el Comité de Lectura de El País practica la falta de permisividad que nos impide a los no liberales expresarnos, algo falla y cualquiera lo comprenderá. Y lo que falla es la retórica de la libertad (falsa libertad) de todos los liberales, los neo y los paleo. Y le voy a explicar por qué digo que es falsa esa libertad tan cacareada.

No sólo porque la primera libertad que reconoce nuestro sistema económico es la libertad de explotación, que equivale, para la mayoría, a la exigencia de que se deje explotar –es decir, que permita vivir de su propio trabajo a los pocos que no trabajan ni necesitan hacerlo porque el capitalismo les pertenece-- como único medio de sobrevivir, sino por más cosas que enumero a continuación, empezando por la fundamental. Le pregunto a usted para que me responda usted o cualquiera de los representantes del mercado (con o sin Estado).

¿De qué democracia hablan: de la que se basa en el principio “una persona, un voto”, o de la que se asienta en el principio “un euro, un voto”? En los consejos de administración de las sociedades anónimas funciona la segunda. Y eso quiere decir que dentro de las empresas (fábricas, talleres, oficinas, comercios, cortijos) no funciona la democracia de “un hombre, un voto”. Pero tampoco funciona fuera, porque fuera lo que hay es mercado, y en el mercado también rige el mismo principio de “un euro, un voto”. Y no sólo en el mercado de la cesta de la compra. También en el mercado electoral: igual que no podemos echar la culpa de la televisión basura a sus consumidores (porque en estos casos la oferta crea la demanda, y hasta un liberal como Popper analizó esto muy bien), lo mismo ocurre con las elecciones. Sólo se puede elegir –y además sólo cada cuatro años-- a quienes tienen los euros suficientes para convertirse en empresas electorales (llámense partidos o coaliciones). Y lo mismo ocurre en el ámbito internacional: ¿por qué no usan los organismos internacionales, empezando por la ONU, el FMI y el Banco Mundial, el simple mecanismo de ponderación de voto, que se aplica hasta en la universidad española, para que los países tomen las decisiones que afectan a todos de acuerdo con la regla de voto ponderado, pero ponderado según su número de habitantes y no según su peso en oro (es decir, en euros)?

Estimado Joaquín, termino. No olvide que trabaja en una empresa. Su Comité de Lectura no representa a los lectores ni a los trabajadores del periódico, sino al capital social de la empresa, que es quien elige a la dirección ejecutiva, que a su vez elige al Comité de Lectura.

Yo no voy a votar a un Le Pen porque no me publiquen este artículo. Pero mucha gente, menos racionalista quizás, y sin la costumbre de escribir y expresar abiertamente estas ideas, votará --ante la ausencia de opciones que representen las ideas que a los liberales no les gusta oír-- al primero que pase con una oferta antisistema. Esto es lo que debe preocuparles, y no la longitud de los brazos del ambidextro matón capitalista.>>


 

 

 

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Apéndice: el comunismo que viene

 

 

 

 

 

 

José Antonio Arcos (JAA). IBL News. Entrevista a Diego Guerrero (DG):

JAA - Esta semana se ha iniciado el Foro Internacional on line sobre el materialismo histórico, sobre las teorías de Marx. Uno de los promotores de esta iniciativa, el economista Diego Guerrero, profesor de esta Facultad de Ciencias Políticas, de la Universidad Complutense de Madrid, ha explicado a IBLNews que este nuevo milenio va a ser el milenio del comunismo. ¿Con qué idea se ha creado el Foro Internacional on line “Marx-Marxismos Hoy”?

DG – Pues se ha creado porque hay un proyecto de la Universidad Complutense que se llama Materialismo Histórico, que está abierto al uso de todo tipo de tecnologías y todo tipo de medios –Internet, bibliotecas, cursos, etc.— y que lo que pretende es, sencillamente, que se estudie en serio estas cosas, que se estudie en serio a Marx, que se estudie en serio el marxismo, que es algo que tiene mucha relevancia para entender el mundo actual, y entonces no podemos prescindir de Internet.

JAA – Y precisamente hablando de Internet, esta vía, la de la red, ¿es una forma para conocer la teoría del marxismo de una forma más comprensible?

DG – Bueno, más comprensible..., no; es más accesible, o sea, es un medio de añadir acceso de otra gente que a lo mejor no llegaría al tema por otras vías, y de que se incorporen al debate y al estudio --y al análisis y a la confrontación y a la discusión--, pues gente que usa ese medio.

JAA – Me comentaba usted hace un momento el vigor en la sociedad actual de hoy en día..., ¿se puede rescatar todavía algo de la teoría de Marx? O, como algunos critican a los economistas marxistas, que los denominan “marxistas trasnochados”... La pregunta sería doble: ¿qué le diría usted a estos últimos, y qué se puede rescatar de la teoría de Marx?

DG – Bueno, yo les diría que en todo caso yo no soy un marxista trasnochado, sino más bien trasnochador, porque ayer me acosté a las cinco... Y en cualquier caso, se puede defender las teorías de Marx y estar al día. Y además pienso que del pensamiento de Marx todo es relevante y todo es muy útil para la realidad actual, hasta el punto de que cuando uno lo lee parece que está escribiendo sobre el momento presente, sobre el siglo XXI, más que sobre el siglo XIX, ¿no? Realmente, su modelo se refiere a una sociedad que se parece más a la nuestra que a la suya, y es una delicia leerlo desde todos los puntos de vista, y por tanto es un pensador insustituible para entender lo que ocurre hoy.

JAA- Y para entender lo que ocurre hoy en día, ¿hacia dónde vamos, precisamente, hoy en día?

DG – Yo creo que vamos, como decía el propio Marx, hacia el comunismo. Lo que pasa es que desde luego no vamos en línea recta, ni se ve mirando hacia delante el comunismo tan fácilmente. Es decir, tenemos una serie de montañas y una serie de..., de accidentes geográficos, que nos impiden ver a dónde vamos, ¿no? Hay que elevarse un poco por encima para saber por dónde sigue el camino, y precisamente para esto sirve estudiar y analizar, pues para elevarse, digamos, sobre lo que son las creencias que difunden los medios de comunicación, que mayoritariamente difunden creencias que no son correctas, o que están impregnadas de ideología, etcétera, y precisamente con estos foros y estos cursos que estamos haciendo con la Fundación de Investigaciones Marxistas, y con el estímulo para que la gente lea estas cosas... Es sencillamente para que se den cuenta de que muchas veces se transmite una idea equivocada, que cuando se va a la fuente original el análisis es absolutamente rico, y uno, como decía antes con esa metáfora, se eleva por encima de las colinas y tal que nos tapan, y se ve que efectivamente el comunismo no es algo que alguien se haya inventado, una receta sacada de la imaginación, sino que es algo que ya se empieza a ver en nuestra propia sociedad. Es decir, es algo que forma parte de la dinámica capitalista, ¿no? Y tiene tantas contradicciones y tantos antagonismos esta dinámica que no vamos a tener otro remedio que hacer el comunismo.

JAA – Y si el comunismo falló, entre comillas, en el pasado milenio, en los últimos dos siglos, ¿qué le hace a usted pensar que va a triunfar en este nuevo milenio?

DG – Fallaron los primeros intentos –es verdad que lo intentaron con buena voluntad, con buena fe y tal, pero seguramente no estaban maduras las condiciones, y entonces los proyectos se corrompen-- y además históricamente los primeros intentos nunca son fáciles de que triunfen, ¿no? Se intentará varias veces y podrá fracasar varias veces, pero es que la sociedad actual, tal y como está organizada ahora económicamente, no tiene futuro, porque está llena de problemas, de problemas crecientes, de antagonismos, de miseria, de guerra, lo estamos viendo todos los días... Simplemente hay que intentar profundizar un poco debajo de la capa de color rosa con que nos pintan el mundo, y en cuanto uno le quita esa capita de rosa se da cuenta de que está muy negro, que está muy corrupto, que está incluso en forma de calavera, ¿no?, porque está muriéndose. Y es debido a que funciona fatal, es decir, la gente no come, a la gente le pegan un tiro, y todo eso tiene que ver con el sistema de organizar la economía y con el mercado.

JAA - ¿Y qué diferencia tendría el comunismo en este nuevo milenio, en un mundo más globalizado ahora que en el siglo anterior? ¿Qué diferencias tendría ahora el nuevo comunismo?

DG – Pues la diferencia esencial es que se atendería a las necesidades de la gente, y no al beneficio, como punto de partida, es decir, ahora por ejemplo se dejan de producir galletas si las galletas no son un medio para el beneficio. Si las galletas se siguen necesitando –porque hay gente que se muere, entre otras cosas, porque no como galletas--, en la nueva sociedad produciremos galletas, y el beneficio será una consideración secundaria. Por tanto, lo que hay que cambiar es que todo esté girando en torno al beneficio (y si no hay beneficio se deja de producir, se deja de crear empleo y se provocan todos los demás problemas de este sistema), y darle la vuelta a todo el sistema y hacerlo girar en torno a la satisfacción de las necesidades de toda la gente, las necesidades en las que la gente coincide expresadas democráticamente, no expresadas a través de la camisa de fuerza que significa el capitalismo, en la cual, o dentro del cual unos pocos votan mucho y tienen mucho que decir, pero la mayoría prácticamente no puede decir nada.

JAA – Y una última pregunta, Diego Guerrero. A usted se le conoce también como el “economista brujo” en los medios académicos, puesto que ya predijo usted lo que ocurrió el trágico día del 11 de septiembre, y a su vez también hablaba de la burbuja financiera. ¿Podrían ser el 11-S y la crisis económica actual un incentivo, mejor dicho, un punto de arranque o, dicho de otra forma, dos puntos de inflexión que nos indican que vamos de nuevo hacia ese camino que usted llama de nuevo comunismo en el nuevo siglo, en el nuevo milenio?

DG – Bueno, en primer lugar, lo del periodista brujo fue algún periodista..., digo lo de “economista brujo” fue algún periodista el que me llamó así, y algún amigo también economista... A mí no me gusta considerarme de esa manera porque realmente hacer predicciones es muy complicado en este tipo de cosas, y lo interesante es intentar ver de antemano por dónde van las grandes tendencias. Pero saber, por ejemplo, que va a llover siempre hacia abajo, normalmente, o que los ríos también bajan cuando llegan, cuando se dirigen hacia el mar, es muy distinto de saber, cuando nace un río, por dónde va, por dónde va a transcurrir exactamente, ¿no? Entonces, ¿el 11-S...? Yo creo que es una muestra más de las catástrofes que se producen de hecho y que se seguirán produciendo de forma creciente en un mundo que está dominado por la racionalidad catastrófica, es decir, donde cada cual toma sus decisiones por su cuenta, donde no se piensa que hay que sistematizar la cooperación, donde es imposible cooperar de forma sistemática, porque el sistema se basa en que..., en que cada uno decida por su cuenta, en contra de los intereses de los demás –o en cualquier caso, sin tener en cuenta los intereses de los demás. Y no tiene mayor importan..., hombre, tiene, tiene importancia política, refleja..., es un punto digamos significativo, simbólico, dentro del proceso largo de decadencia de Estados Unidos como cabeza del Imperio, pero... tampoco hay que darle más importancia de la que tiene, porque a Estados Unidos lo sustituirá otro Imperio, como antes de Estados Unidos había otro, y mientras el sistema sea el mismo necesitará siempre un Imperio, ¿no?

JAA – Diego Guerrero, gracias.

DG – Gracias a vosotros.

 

 



[1] El último mensaje al respecto ha sido el siguiente email (de 14-5-02): <<Buenos días: En relación al apoyo a los estudios de su alumno Mariano Franco, nos gustaría, a la profesora de apoyo y a mí, visitarle un día para comentar aspectos relacionados con el desarrollo de los estudios de dicho alumno, problemas con los que se encuentra, apoyos que pueda necesitar, y todo
aquello que Vd. piense que es importante que nosotros podamos conocer, así
como todo aquello que pensamos que puede ser conveniente que Vd. conozca, en
relación a necesidades que se puedan cubrir, problemas con la asignatura,
integración académica, etc. Hemos pensado aprovechar los horarios que Vd. dispone para las tutorías con sus alumnos para poder vernos. Le proponemos, si es de su conformidad, vernos el día Jueves, 23-5-02 de 15:00 a 16:00 horas.
Esperando sus noticias, reciba un cordial saludo. Eugenio Romero Rey. Instructor de Tiflotecnología y Braille. Mª Ángeles Fernández Esteban. Profesora. UNIDAD TÉCNICA DE SORDOCEGUERA O.N.C.E.>>

[2] Adam Schaff (1997): Meditaciones sobre el socialismo, México: Siglo XXI, 1998.

[3] Hoy (16-5-02) informa El País que Napster –el famoso servidor que hace tres años “revolucionó la forma de escuchar música por Internet”-- está “al borde la quiebra”. Y eso que su inventor, Shawn Fanning, se cuenta entre los míticos emprendedores “subterráneos”, e “ideó el sistema en el sótano de su casa”. Parece que los sótanos y los garajes ya no son lo que eran. No sé si es casualidad o no, pero precisamente el mismo día he recibido el siguiente email: “Napster Adult-X is Back - 100% FREE. Offer Ends in 24 Hrs - Act Quickly! Napster software is not required. Napster Adult-X can now get you into an adult paysite of your choice completely free within minutes. Music has been regulated, but free Adult Entertainment has not. Click Here” (itálicas, añadidas).

[4] Según la edición de Forbes para 2001, los lugares 5 a 10 de la lista de “las mayores fortunas del mundo” son miembros de la misma familia: Jim C. Walton (de 54 años), John T. Walton (56), Alice L. Walton (53), S. Robson Walton (58) y Helen R. Walton (82) (véase El País de 1-3-2002, p. 72).

[5] Sólo citaré dos trabajos en cada una de estas tres lenguas: inglés, francés y español. Se trata de: Shaikh, A.; E. Tonak (1994): Measuring the Wealth of Nations. The Political Economy of National Accounts, Cambridge University Pres, Cambridge; Moseley, F. (1982): The Rate of Surplus-Value in the United States: 1947-1977. Ph. Dissertation. University of Massachusetts; Delaunay, J.-C. (1984): Salariat et plus-value en France depuis la fin du XIXe siècle, Presses de la Fondation Nationale des Sciences Politiques, París; Gouverneur, J. (1998): Découvrir l'économie: Phénomènes visibles et réalités cachées. París, Éditions Sociales [ed. española en http://www.i6doc.com/, 2002]; Guerrero, D. (1989): Acumulación de capital, distribución de la renta y crisis de rentabilidad en España (1954-1987), Madrid: Universidad Complutense; Cámara, S. (2001): La rentabilidad de la economía española (1964-1997). Trabajo para el D.E.A., 110 pp., Madrid: UCM.

[6] Quizá tengan algo más, pero eso sólo les sirve como medio para ampliar el círculo de los bienes que consumen, y en ningún caso para convertirse en trabajadores autónomos y mucho menos en capitalistas.

[7] “Sin embargo, no es difícil de prever cuál de las dos partes saldrá gananciosa en la disputa, en la mayor parte de los casos, y podrá forzar a la otra a contentarse con sus términos. Los patronos, siendo menos en número, se pueden poner de acuerdo más fácilmente, además de que las leyes autorizan sus asociaciones o, por lo menos, no las prohíben, mientras que, en el caso de los trabajadores, las desautorizan” (p. 65 de La riqueza de las naciones).

[8] Por supuesto, las estadísticas convencionales siempre tratarán de que el fenómeno sea lo menos visible posible, acudiendo incluso a todo tipo de artimañas metodológicas, como la de considerar autónomos a lo que todo el mundo sabe que son “falsos autónomos” --obligados por sus patrones capitalistas a inscribirse como tales en la Seguridad Social, para abaratar la mayor carga que para la empresa supone el trabajo de un asalariado-- o la más reciente, y más graciosa, de llamar a los vendedores ambulantes “empresarios sin establecimiento”.

[9] Soy muy consciente de que esta terminología choca, pero no choca porque sea falsa, sino porque la mayoría de los analistas e intérpretes están prestos a dejarse “chocar” por todo lo que se salga de su perezosa costumbre a no pensar. Es decir, en este caso, por su tendencia a imaginarse al proletario en la forma de un obrero en alpargatas, como si estuviéramos a mediados del siglo XIX. Curiosamente, este pecado de lesa actualización, del que tanto acusan a los demás, son ellos los primeros en cometerlo.

[10] En sus Nuevos ensayos liberales, p. 155.

[11] Íbid., p. 167. Por tanto, si lo que buscan los liberales es forzar y reforzar el Estado, lo que está haciendo Schwartz no es sino adelantarse 14 años a la famosa tercera vía de Tony Blair (véase el capítulo 6 de la segunda parte de este libro), para quien “la Tercera Vía no es un intento de señalar las diferencias entre la derecha y la izquierda. Se ocupa de los valores tradicionales de un mundo que ha cambiado. Se nutre de la unión de dos grandes corrientes de pensamiento de centro-izquierda --socialismo democrático y liberalismo-- cuyo divorcio en este siglo debilitó tanto la política progresista en todo Occidente. Los liberales hicieron énfasis en la defensa de la primacía de la libertad individual en una economía de mercado; los socialdemócratas promovieron la justicia social con el Estado como su principal agente. No tiene por qué haber un conflicto (...)” (Blair, La Tercera Vía, p. 55). La patronal sabe perfectamente a quién tiene que apoyar en cada momento. Así, por ejemplo, Joaquín Estefanía recordaba en su libro sobre La Trilateral en España cómo el programa que encargó la CEOE a Schwartz fue directamente a la basura, por dogmático e impracticable. Un cuarto de siglo más tarde, la prensa nos recuerda que los empresarios franceses, no sólo no le han encargado nada a Le Pen, sino que se han manifestado en contra suya, y a favor de Chirac, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas (El Mundo, 30-4-02, p. 16 ). Hubiera sido un interesante ejercicio de historia-ficción asistir a las recomendaciones patronales de voto en un ya imposible duelo Jospin-Le Pen. En cualquier caso, no es difícil adivinar qué habría pasado].

[12] Íbid., pp. 166, 173 y 183; itálicas, añadidas. La utopía ultraliberal de que es posible volver a un Estado delgado y barato, como el manchesteriano, pero siglo y medio más tarde, sólo la defienden algunos discípulos de Schwartz, como Carlos Rodríguez Braun, quien cree en un “pequeño Estado benefactor con una presión fiscal máxima de, digamos, un 20 por ciento del PIB”. Su maestro es, sin embargo, escéptico a este respecto, pues no olvida que “este modelo archicapitalista se acerca mucho al anarquismo”, tanto que hay un “ejemplo de anarquista, el de Thomas Hodgskin, quien, considerándose socialista utópico, escribía los editoriales en pro del laissez-faire en The Economist durante los años posteriores a su fundación en 1843”.

[13] ¿Acaso Sala no ha leído a ese maestro de liberales que fue Isaiah Berlin, para quien el siglo XX es el “siglo más terrible de la historia del mundo occidental”?, en lo que coincide con el no menos liberal William Golding, que lo llamó “el siglo más violento den la historia de la Humanidad”? Al menos, el liberal Gabriel Tortella admite que progreso y violencia “están íntimamente interrelacionados” (La revolución del siglo XX, p. 18).

[14] ¿De donde procede esta manía reciente que se puede observar, entre otros, en los “teóricos” del PSOE, de llamar “emprendedores” a lo que siempre han sido los empresarios? ¿No será una vuelta de tuerca más en su inquieta actividad de justificar la actividad capitalista? Al principio, la disfrazaban bajo la excusa de que “ya estaba bien de demonizar la actividad empresarial en nuestro país, como si los empresarios no hubieran contribuido decisivamente a la instauración de la democracia, y bla, bla, bla...”. Pero ahora parece que se han decidido ya a salir de este armario. Lo que parecen querer decir estos criptoliberales cada vez menos crípticos es que también los trabajadores deben ser emprendedores, es decir, esforzarse por imitar sin tapujos a los héroes de sus sueños, que no son otros que los capitalistas “sensatos y modernos” (no manchesterianos) que defienden, como el que más, los “derechos humanos” y demás valores de la “democracia liberal-social” (lo que en España se llama, en lenguaje constitucional, el “Estado social y democrático de derecho”).

[15] Curiosamente, los editores del libro de Sala en español (que tuvo una edición anterior en catalán) traducen el nombre de Barro de Robert a Roberto, pero no hacen lo propio con el de Xavier (que debería ser Javier, en eso que llaman castellano y que es más bien el español). Esto probablemente tenga que ver con esa especie de “patente” (no à la North, sino à la Gellner) que tienen en nuestros días las lenguas “periféricas” de España, debido al complejo de inferioridad política que sufre la mayor parte de la izquierda española. La razón no es difícil de entender: lo que ahora sienten como un exceso de identificación pasada con el franquismo (en la época en que vivieron bajo ese régimen) los lleva a una especie de síndrome de Estocolmo invertido que los mueve a compensar los excesos franquistas con una política consentidora de excesos aparentemente “antifranquistas”, que legitime su “distanciamiento” a destiempo respecto del franquismo. Tanto antes como ahora se equivocan. España, para bien y para mal, existe, y su historia hay que conocerla, no tergiversarla ni adaptarla al gusto de cada época. Algunos de los que se inventan naciones --con el propósito, confesado o no, de inventar luego los Estados burgueses correspondientes-- no tienen inconveniente en inventarse también la historia, y suelen usar el procedimiento de borrar “lo malo” para quedarse y exagerar lo que ellos consideran “bueno”. Esto lleva a cosas de lo más peregrinas, como el que tanto la izquierda como la derecha de muchas partes de España eviten, consciente o inconscientemente, usar la palabra España. Estos señores no han oído hablar de Spinoza, que ya señaló que la palabra perro no muerde. Muchos derechistas e izquierdistas españoles creen, por el contrario, que la palabra España, no sólo muerde, sino que vota (y vota contra su opción política preferida), razón por la cual prefieren usar el fascista circunloquio de “Estado español”, engendro franquista para denominar un Estado que no era ni una república ni una monarquía. Pues bien, todo esto viene a cuento de que, al parecer, nuestro don Xavier Sala nació “en el Estado español”, lo cual, si bien nos aclara la circunstancia temporal, no hace lo mismo con la geográfica, y nos deja con la desagradable incertidumbre de no saber si la cigüeña que lo trajo al mundo lo dejó en los tejados del Palacio de El Pardo o en los del Banco de España (ya que debemos suponer que no fue ni en los de la Generalidad de Cataluña ni en los del Palacio de la Moncloa, que por aquella época no ejercían de tales). Lamentablemente, estas alegrías no las cometen sólo los liberales o las editoriales “burguesas”, sino que las reproducen con mayor ahínco aun los izquierdistas y las editoriales “progresistas”. En una reseña del último libro de mi amigo Pedro Montes, ya llamé la atención sobre lo chocante que resulta leer en un libro de una editorial seria una enumeración de países pertenecientes a la Unión Europea de este guisa: “Francia, Estado español, Italia, Bélgica...”. Sin comentarios.

[16] Por ejemplo, según el neoliberal Mario Vargas Llosa (véase El País de 17-5-02, p. 6), que coincide con Sala en poner en duda los “méritos de la privatización cuando se transfieren monopolios públicos a privados”, en Perú ocurrió lo siguiente: “Al amparo de la privatización se cocinaron tráficos absolutamente espantosos de los que muchas empresas fueron cómplices”. Tras lo cual comenta el periódico: “Sin mencionar de forma expresa al BBVA, Vargas Llosa se refirió a ‘un gran banco español que pagó más de 200 millones de dólares al señor Fujimori y al señor Montesinos para asegurarse la concreción del Banco Continental, que se privatizó ¿Es eso neoliberalismo? Yo no conozco a ningún neoliberal o liberal a secas que ampare semejante porquería’”. De donde se deduce que el señor Vargas Llosa no conoce al señor Ybarra, y habrá que dudar que, después de llamarlo puerco, vaya éste a dejarse conocer por aquél.

[17] Sala parece dudar entre dejar sólo el “lucro” como objetivo, o incluir también la “fama”. Al hacer unas veces una cosa, y otras otra, nos dejó a nosotros con la duda. En mi opinión, esto rememora el venerable dilema que nunca han sabido resolver los neoclásicos, que siguen sin decidirse entre los “individuos” y las “familias” a la hora de definir el primero de los dos grandes sectores institucionales que forman la economía (junto a las empresas). En la inmensa mayoría de los casos, simplemente evitan el problema, como si la familia fuera siempre y en todo lugar una unión eterna y armónica de los individuos que la componen, y en la que la comunidad de intereses y preferencias se da por supuesta desde el principio y de una vez por todas, como primer axioma de la religión neoclásica, por definición.

[18] Marx protesta contra Adolph Wagner con las siguientes palabras: “Según el señor Wagner, la teoría del valor de Marx es ‘la piedra angular de sus sistema socialista’ [p. 45]. Como yo no he construido jamás un ‘sistema socialista’, trátase de una fantasía de los Wagner, Schäffle e tutti quanti”.

[19] Por su parte, de la definición que ofrece el nuevo Diccionario de la lengua española –“Tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales”-- comenta Álex Grijelmo en El País de 1-5-02, con razón, que “sobra ‘que sobrepasa las fronteras nacionales’, pues ya se ha dicho ‘mundial’ (...)”. Yo prefiero la definición, mucho más modesta pero también más exacta, que da el Diccionario del español actual (el famoso Seco), que dice que la globalización es la “acción de globalizar”, y globalizar es, simplemente, “dar carácter global”.

[20] ¿Se dan ustedes en cuenta de que tenía yo razón: que el catalán (y, no digamos, el vasco o el gallego, etc.) ya no se puede traducir a ninguna otra lengua, porque los gobernantes de aquella región todo lo han “oficializado” y “consagrado”? Es decir, todo ha sido bautizado uninominalmente en la gloriosa lengua patria, y, por esa razón, todavía sería posible decir que un “banc” es un banco..., pero admitir que un banco catalán como el Banc Sabadell pase a ser el Banco de Sabadell sin más... es demasiado. Son ellos los que imitan a Franco, y no yo, que me limito a criticar lo que veo y que me sé de memoria a Salvador Espriu y a Ausias March.

[21] El País del 14-5-02 informa de lo siguiente: “Estados Unidos dio ayer un paso más en la política proteccionista que comenzó a aplicar en la guerra del acero. El presidente George W. Bush aprobó una ley que incrementa fuertemente las subvenciones a la agricultura, hasta un 80% con respecto a la anterior reforma agrícola, que data de 1996 (...) No obstante, la Unión Europea, Australia, Canadá y Brasil, entre otros países, han expresado ya su disconformidad (...) argumentan que la reforma contradice los llamamientos de Estados Unidos a promover una agricultura más acorde con el libre comercio”. La distancia, siempre, entre la realidad y los discursos: ¿acaso estos países tan liberales no hacen todos lo mismo?

[22] Por ejemplo, la comisaria europea de Empleo y Asuntos Sociales, Anna Diamantópoulou, aseguraba recientemente que “el problema de la explotación infantil está mucho más cerca de nosotros de lo que solemos creer”, y El País de 7-5-02 comentaba al respecto que “De hecho, 2.5 millones de los niños explotados laboralmente (el 1% del total) viven en los países industrializados. Y tampoco España se libra del fenómeno. Este mismo informe [de la Organización Internacional del Trabajo] asegura que hay en este país 200.000 trabajadores menores de 14 años” (p. 34).

[23] Los periódicos de estos días se empeñan en quitarle la razón a don Sala. Así, bajo el siguiente titular: “Un juez británico encarcela a una madre por el absentismo escolar de sus hijas”, podemos leer la siguiente noticia: “Acabar con el absentismo escolar es una de las prioridades del Gobierno laborista, que no ha reparado en medios para conseguirlo. En 2000, modificó una ley de 1996 para aumentar de 1.000 a 2.500 libras (de 1.600 a 4.000 euros) la multa que se puede imponer a los padres de descolares absentistas y permitir a los jueces la sustitución de este castigo por penas de hasta 90 días de cárcel cuando lo crean oportuno. Hace dos semanas, Tony Blair lanzó a debate la idea de complementar esa ley retirando los subsidios públicos a las familias que consientan el absentismo escolar de sus hijos. La propuesta no fue bien recibida por todo el Gabinete porque empobrecer aun más a los pobres no les parecía a algunos de sus miembros la mejor manera de acabar con el problema. Pero Blair ha insistido en la bondad de la terapia” (El País, 14-5-02, p. 24).

[24] La economía mundial, 1820-1992.

[25] Atiendan los monaguillos del llamado “modelo social europeo” a la noticia que publicaba El País de 10-7-01: “Veinte millones de personas trabajan sin contrato en la Unión Europea” (p. 48). Y eso no lo dicen los rojos antiglobalización, sino nada menos que “Bruselas”, que añade, por cierto, que esa población genera “una riqueza de entre el 14% y el 20% del PIB de la UE, según datos difundidos por el comisario de Justicia e Interior, [el portugués] António Vitorino”.

[26] En realidad, ésa es la idea mercantilista, no marxista, ya superada hace dos siglos y medio por el primer teórico de la ventaja absoluta, que no es otro que Adam Smith, y sistematizada por Marx más tarde y por seguidores actuales de Marx, como Anwar Shaikh.

[27] Téngase en cuenta que el alma de los liberales no está compuesta de “tabaco y café con leche”, que es de lo que está hecha la de los tenientes coroneles de la Guardia Civil (como nos dice Federico García Lorca); no, los únicos ingredientes del alma liberal son, según confesión propia de Sala, los deseos de “dinero y fama”.

[28] Aunque sin pasar por Eurovisión: ¡qué desilusión! Permítanme entonces que yo prefiera a nuestra castiza Rosa, “Rosa de España”, que es de Armilla, en Granada, donde hay una base aérea que seguro que está plagada de suboficiales del Ejército del Aire que hacen mejores parábolas que las de Sala con sus globos.

[29] Un argumento adicional sobre el uso “partidista” (en el sentido que se da en el texto a este término) de la crítica a los males del mercado nos lo proporciona El País de 14-5-02, que informa de que “el obispado de Bilbao tenía 1,3 millones de euros en cuentas del BBVA Privanza de Jersey”. Su objetivo es ligar al PP, vía OPUS y jerarquía católica, a las famosas “irregularidades contables y fiscales” del BBVA. Es decir, usa el típico argumento liberal de convertir un problema del sistema –la corrupción económica, que permite “paraísos fiscales” dentro de los países “desarrollados”—en un problema de corrupción política (“¡qué mal lo hacen los del ‘otro’ partido!”).

[30] Si uno entra en la página de http://www.elpaisuniversidad.com/, es probable que lo primero que se encuentre sea la siguiente publicidad: “Santander Central Hispano. El banco de los universitarios”. Debajo, encontrará el típico periódico digital, actualizado a diario, desde el cual podrá acceder rápidamente al enlace “Universia.es, el portal de los universitarios”, permanentemente actualizado. Así, por ejemplo, el 14-5-02 se puede leer: “El Príncipe de Asturias inaugura un nuevo edificio en la Universidad Carlos III. La inauguración, que ha sido retransmitida on-line, ha contado con la asistencia del Presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón y el Presidente del Santander Central Hispano, Emilio Botín. [+]”. Desde luego, esta interactiva conexión entre lo público y lo privado (a la que tampoco faltó el Rector de la Carlos III, don Gregorio Peces-Barba, tan activo él contra las privatizaciones que promovía la LOU) es lo más parecido que se me ocurre a eso que llamaba nuestro don Xavier Sala las “instituciones pseudomedievales”, pero no creo yo que nuestro liberal sea un adivino con tanto arte como para estar pensando en esto cuando escribió aquello.