Lucio Anneo Séneca
De beneficias, Lib. VI, cap. V.
Se ha utilizado la traducción de L. Riber 41 ed. Aguitar, 1961, pp. 399-400.
Texto seleccionado y publicado por M.
Grice-Hutchison en
Revista de
Estudios Regionales 11, 1983
Alojado en "100 textos de Economía"
http://www.eumed.net/cursecon/textos/
XV. «De esta manera -dices- si
se te oye a ti el médico no tiene más derecho por tu parte que la percepción de
sus ruines honorarios; ni tampoco tu preceptor, así que le hayas hecho efectiva
su paga; y con todo, el médico y el maestro son entre nosotros objeto de sumo
aprecio y de toda consideración.» A esto se responde que hay cosas que valen más
que el precio por que se compran. Compras al médico una cosa inapreciable: la
vida y la buena salud, y del profesor de artes liberales, las buenas letras y la
cultura del alma; así que a uno y a otros no les pagas por lo que te dan, sino
por la molestia que se toman; es por el ejercicio de su ministerio y el tiempo
que hurtan a otros quehaceres, que les indemnizas, llévanse el salario no del
servicio que te hicieron, sino de las horas que emplearon en él. Otra respuesta
más convincente todavía puede darse, que voy a poner inmediatamente, luego de
haber demostrado cómo puede refutarse esta objeción. «Determinadas cosas -dices-
tienen una valía superior a su precio de venta y por tanto tú me debes por ellas
un sobreprecio por más que las hubieres comprado y pagado.» Primeramente, ¿qué
importancia tiene su valor, si es el que se convino entre comprador y vendedor?
Además, no le compré por su valor intrínseco, sino por el que tú señalaste.
«Vale más -dices- que su precio de venta.» Pero es el caso que no se pudo vender
más caro. El precio de cada cosa depende de su oportunidad; aún cuando tú la
hubieras encarecido, ese precio se fija en aquel por encima del cual no pueden
venderse; fuera de que nada debe al vendedor el buen comprador. Además, aun
cuando valen más estas mercancías, no hay en este negocio generosidad alguna de
tu parte una vez que se admitiere no ser su utilidad efectiva, sino el uso y el
curso del mercado los que regulan su justiprecio. ¿Qué precios pones tú al que
traspasa los mares y a través de las ondas cuando la tierra se retiró de nuestra
vista, se abre una rota certera y previene las borrascas que van a saltearle y
en medio de la seguridad general ordena recoger las velas y bajar los aparejos y
que esté dispuesta la marinería para afrontar la embestida de la tempestad y
contrastar su braveza repentina? Y, no obstante, servicio tan arriesgado y tan
grande págase íntegramente con el precio del pasaje. ¿Cuánto estimas que vale un
albergue en el desierto, un techo mientras dura el aguacero, y en lo más recio
del frío, la lumbre amiga o un baño caliente? Y con todo, yo sé cuánto me va
ello a costar así que pusiere el pie en el albergue. ¿Qué servicio no nos
presta el que viene a apuntalar nuestra casa ruinosa y cuando una construcción
está agrietada con su arte increíble la mantiene en suspenso? Con todo, es harto
bajo y fijo el precio que cuesta el apuntalamiento. El muro nos protege contra
el enemigo y nos guarda de las incursiones de los piratas; y no obstante, sabe
todo el mundo cuánto cobra de jornal el obrero que para la pública seguridad
levanta aquellas defensas.