Observatorio de la Economía Latinoamericana

 


Revista académica de economía
con el Número Internacional Normalizado de
Publicaciones Seriadas  ISSN 1696-8352

 

Economía de Bolivia

 

 

RUPTURA POPULISTA Y POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA.
BOLIVIA EN TIEMPOS DE EVO MORALES

 

Gabriel Carrizo (CV)
Universidad Nacional de la Patagonia, Argentina
gabo.carrizo@gmail.com

 

RESUMEN

Al examinar los estudios dedicados al populismo en la tradición latinoamericana, observamos que dicha categoría ha experimentado un constante tironeo por parte de diversos cientistas sociales. Se ha destacado su uso reduccionista, su vaguedad e imprecisión, su estiramiento conceptual, su carácter pantanoso que obligaría a su olvido, y el riesgo constante de vaciarse y quedar sin un contenido preciso. Se lo ha postulado como sinónimo de Estado interventor y asistencialista y / o como negación de los valores elementales de la democracia representativa al poner énfasis en la cuestión del liderazgo demagógico, las relaciones clientelistas y la manipulación de masas. Asimismo, se lo ha caracterizado como una anomalía que aparece en los sistemas políticos que no son estables y dinámicos y que una vez en el poder, el populismo busca debilitar las instituciones al privilegiar la relación directa con la gente.

En este artículo nos encargaremos de revisar los distintos estudios referidos al populismo, tomando como referencia la obra de Ernesto Laclau y los últimos aportes de distintos investigadores a esta perspectiva teórica. Seguidamente, analizaremos el presente político de Bolivia, por ser considerado un ejemplo de “ruptura populista”. Tomaremos una nueva manera de concebir el populismo y ensayaremos una aproximación al análisis del caso boliviano por representar quizás de manera clara la utilidad de la aplicación de dicha categoría.

Palabras clave: Populismo, América Latina, Bolivia, Laclau, Identidades políticas

“No se trata, por lo tanto, de abordar el populismo como una excrescencia del pasado, como una fórmula anacrónica que intenta desviar el curso de la historia anclándose en un arcaísmo reaccionario, sino de pensarlo como un factor que reinstituye, en nuestras sociedades despolitizadas a lo largo de las ultimas décadas, la dimensión propiamente política reintroduciendo, entre otras cosas, la gramática del conflicto y del pueblo en un tiempo que sólo desea el dominio de la lógica neutralizadora y que relega el problema de las identidades a neofolclorismos pasteurizados, desactivados y absolutamente espectrales frente al avance prodigioso y definitivo de la globalización” (Forster, 2007: 22).
  


Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:

Carrizo, G. “Ruptura populista y política en América latina. Bolivia en tiempos de Evo Morales" en Observatorio de la Economía Latinoamericana, Nº 117, julio 2009. Texto completo en http://www.eumed.net/cursecon/ecolat/bo/



Introducción

Transcurridos algunos años del siglo XXI, el escenario político latinoamericano presenta una extraña mezcla entre el pasado y la absoluta novedad. En efecto, varios autores han coincidido en afirmar que estaríamos frente al retorno de la política, desprendida de su reducción mercantilista, luego del dominio de las retóricas neoliberales en la década del ‘90. Entre estos autores podemos mencionar a Ricardo Forster, quien ha sostenido que “lejos de sentir temor ante la aparición de fenómenos políticos no siempre compatibles con las ‘buenas costumbres’ declamadas por democracias fallidas, creo que el retorno del conflicto y de la heterogeneidad constituye una más que interesante oportunidad para sacarnos de encima la parálisis política que atravesó nuestro continente en los años anteriores” (Forster, 2007: 18).

Precisamente lo que hoy se llama populismo viene a expresar la reaparición en la escena pública de esos actores y de esas demandas silenciadas u olvidadas. Sobre todo luego de los procesos de transición democrática, que si bien ampliaron la esfera de las libertades, en ese mismo instante se profundizaron las desigualdades económico – sociales, dando lugar a un nuevo escenario caracterizado por lo que Maristella Svampa ha denominado “gran asimetría de fuerzas”, proceso visible “por un lado, en la fragmentación y la pérdida de poder de los sectores populares y amplias franjas de las clases medias y, por otro lado, en la concentración política y económica en las elites de poder internacionalizado” (Svampa, 2006: 142).

Esto explica que algunas de las críticas más virulentas a los procesos políticos acusados de populistas expresen el repudio a la reaparición de esos sujetos que deberían permanecer invisibles, fuera de la política y confinados, como en “los buenos viejos tiempos”, a la absoluta subalternidad. Lo que antes, en otra etapa de la historia, llevaba el nombre fantasmal del comunismo subversivo, se ha convertido, ahora, en otra forma espectral llamada populismo: “La tentación es, sin embargo, demasiado grande, tanto para la derecha que, entre nosotros, habla desde las columnas de prestigiosos matutinos, del regreso del populismo estatizante, como para algunas izquierdas que creen estar viviendo nuevamente en una etapa revolucionaria. Para los primeros la antigua amenaza comunista se ha transmutado en la bestia negra de la actualidad que lleva el nombre de populismo; para los segundos el reloj de la historia siempre atrasa y no logran salirse de un arcaísmo paralizante que les impide comprender los profundos cambios que se han ido sucediendo en nuestras sociedades” (Forster, 2007: 16).

Este artículo está destinado, en las dos primeras secciones, a revisar los distintos estudios referidos al populismo. Posteriormente, tomaremos una nueva manera de concebir el populismo y ensayaremos una aproximación al análisis del caso boliviano por representar quizás de manera clara la utilidad de la aplicación de dicha categoría. La elección de dicho caso se debe a que durante gran parte del siglo XX en Bolivia existió la preocupación por crear una sociedad más unificada desde el punto de vista geográfico, con una mayor participación popular y un creciente sentido de la identidad nacional. Entre la población urbana, las lealtades regionales conformaron un obstáculo serio para la formación de un sentimiento popular de nacionalidad. La mayoría rural, que estaba clasificada oficialmente como india y era tratada en consecuencia, seguía sin dominar el español y carece aún de los medios que le permitan evitar su postergación política, económica y social (Whitehead, 2002). Pero pareciera que en la actualidad estamos ante un nuevo escenario, tal como lo ha afirmado Pablo Stefanoni: “Todos los intentos de ‘construir una nación de verdad’ fracasaron, sea mediante la esperanza de la extinción biológica de los indios, a través de una homogeneización étnica – cultural promovida desde el Estado o vía el reconocimiento parcial de la diversidad sin acabar con las estructuras materiales o imaginadas del colonialismo interno. Así, hoy asistimos a una novedosa recuperación del término ‘indio’ como elemento cohesionador de una identidad nacional y popular amplia, que articula varias memorias: una memoria larga (anticolonial), una memoria intermedia (nacionalista revolucionaria) y una memoria corta (antineoliberal). De esta construcción de una nacionalismo indianizado emerge el Movimiento al Socialismo (MAS) y el liderazgo de Evo Morales” (Stefanoni, 2007: 81).

El Populismo en la tradición latinoamericana: el derrotero de una categoría escurridiza

Al examinar los estudios dedicados al populismo en la tradición latinoamericana, observamos que dicha categoría ha experimentado un constante tironeo por parte de diversos cientistas sociales (Méndez – Morales Aldana, 2005). Se ha destacado su uso reduccionista, su vaguedad e imprecisión, su estiramiento conceptual, su carácter pantanoso que obligaría a su olvido, y el riesgo constante de vaciarse y quedar sin un contenido preciso. Se lo ha postulado como sinónimo de Estado interventor y asistencialista y / o como negación de los valores elementales de la democracia representativa al poner énfasis en la cuestión del liderazgo demagógico, las relaciones clientelistas y la manipulación de masas. Asimismo, se lo ha caracterizado como una anomalía que aparece en los sistemas políticos que no son estables y dinámicos y que una vez en el poder, el populismo busca debilitar las instituciones al privilegiar la relación directa con la gente (Navia, 2003).

También hemos tomado nota de las clasificaciones interminables de subtipos de populismos realizadas por los académicos y su utilización para caracterizar disímiles experiencias políticas de América Latina, para terminar finalmente proponiendo una nueva definición, que se suma a otras tantas promovidas por sus respectivos autores (Mackinnon – Petrone, 1998). Así, tenemos quienes hablan de “triángulo nacional – popular” (Svampa – Martuccelli, 1998); “estado de compromiso” (Weffort, 1998) o “políticas nacional populares” (Touraine, 1998). Una de las razones de la fuente de ambigüedad del concepto para Aníbal Quijano (1997), es que el populismo es un rótulo impuesto por una lectura eurocéntrica de la experiencia latinoamericana, convirtiéndose en un término sin capacidad explicativa, inapta para dar cuenta del carácter específico y del sentido histórico de esas experiencias políticas.

Los debates académicos en torno al populismo han retomado un nuevo vigor en los últimos tiempos, sobre todo a partir de la propuesta de algunos científicos de la categoría neo – populismo. Si el término sin prefijo contaba ya con numerosas resistencias, la asociación entre neo – populismo y neoliberalismo para explicar los gobiernos latinoamericanos de la década del noventa, reflotó la polémica. Para Carlos Vilas (1995 y 2004), uno de los protagonistas de la mencionada discusión, el populismo latinoamericano correspondió a un momento determinado del desarrollo capitalista y expresaría como característica distintiva la combinación particular de determinados ingredientes (políticos, ideológicos, discursivos, estructurales, estilos de liderazgo) que ya formaban parte de antecedentes de otro tipo de identidades políticas. Como rasgos centrales de esta particular etapa latinoamericana, Vilas ha señalado la redistribución del ingreso que trajo aparejado una disminución de las desigualdades sociales; la promoción del mercado interno y estímulo al consumo popular forman parte del capitalismo periférico, que garantizaría la rentabilidad del capital privado. Esa mejor distribución del ingreso estimulaba la producción para el consumo final, lo que implicaba un desarrollo industrial, protagonizada por las industrias nacionales. Asimismo, el populismo organizaría mecanismos de integración social, denominados satisfactores no salariales, esto es, inversiones en educación, salud e infraestructura. Será en la dimensión simbólica de la sociedad donde fue posible observar el impacto de tales transformaciones: “Sociedades hasta entonces fuertemente estratificadas experimentaron el impacto de una amplia y rápida plebeyización; espacios tradicionalmente reservados a las clases medias y a las elites debieron ser compartidos con rostros, sonidos y hábitos diversos (...) Los nuevos ámbitos de libertad y de protagonismo alcanzados por las clases populares fueron vividos, a veces, como permisivos de cierto revanchismo del que se hizo objeto a los usufructuarios tradicionales del poder” (Vilas, 2004 ). Para Vilas, el populismo, lo único que haría sería haber resignificado elementos ya existentes en otras formaciones políticas.

Como podemos apreciar, todos estos aportes provenientes en su mayoría de la sociología política, nos siguen mostrando que el populismo es un término que todavía evoca una serie de significados contradictorios. Como ejemplo de esto último, podemos señalar que, si para algunos autores neopopulismo y neoliberalismo durante la década del noventa han sido conceptos compatibles (Novaro, 1995; Roberts, 1999), para otros, el neopopulismo tendría contenidos particulares: antiimperialismo, oposición a grandes terratenientes e intervensionismo estatal (Rivas, 1999). Asimismo, como ha apuntado Gerardo Aboy Carlés (2003), en algunas utilizaciones “anárquicas” del concepto, algunos autores han concebido al populismo como un mero estilo de liderazgo, asociando dicha categoría con la demagogia. En la siguiente sección pasaremos a exponer otra forma de concebir el populismo en la obra de Ernesto Laclau.

El populismo como una forma de articulación hegemónica

Ernesto Laclau nos habla acerca de tres dimensiones del populismo: en primer lugar, la unificación de una pluralidad de demandas en una cadena equivalencial; en segundo lugar, la constitución de una frontera interna que divide a la sociedad en dos campos; y, por último, la consolidación de la cadena equivalencial mediante la construcción de una identidad popular que es cualitativamente algo más que la simple suma de los lazos equivalenciales. Pasaremos a desagregar estos contenidos del concepto populismo en el trabajo de Laclau.

En un primer momento surgen demandas aisladas, que en un determinado momento comienzan su proceso de articulación. Si hay una acumulación de demandas insatisfechas y una creciente incapacidad del sistema institucional para absorberlas de un modo diferencial (cada una de manera separada de las otras) comenzará a darse entre ellas una relación equivalencial. Esto dará como resultado la formación de una frontera interna, (separando al pueblo del poder) marcada por la dicotomización del espectro político local a través del surgimiento de una cadena equivalencial de demandas insatisfechas, en donde las peticiones se van convirtiendo en reclamos. El populismo es una articulación hegemónica en donde entra a jugar la figura del pueblo que dicotomiza el espacio social y se establece la figura de un líder en el lugar del ideal. El pueblo del populismo es una construcción que genera una división dicotómica de la sociedad, esto es, un nosotros (el pueblo) y un ellos (los enemigos del pueblo). La unidad del nosotros es permitido por el exterior constitutivo, es decir, un determinado exterior que no lo es en el sentido estricto del término, porque de alguna manera es parte de la identidad que ayuda a conformarla pero al mismo tiempo le impone un límite. Amenaza y confirma, contribuye a configurarla a esa identidad pero simultáneamente la acecha.

A una demanda que, satisfecha o no, permanece aislada del proceso equivalencial, Laclau las denomina demandas democráticas. A la pluralidad de demandas que, a través de su articulación equivalencial, constituyen un subjetividad social más amplia, Laclau la denomina demandas populares. Por lo tanto, habrían dos modos de construir lo social: uno dado por la lógica de la diferencia y, el otro por la lógica de la equivalencia. Con respecto a la primera, se entiende por ella una lógica eminentemente institucionalista, en la que las demandas sociales son individualmente respondidas y absorbidas por el sistema. La prevalencia exclusiva de esta lógica institucional conduciría a la muerte de la política y a su reemplazo por la mera administración.

En el caso de la lógica de la equivalencia, la base de su prevalencia debe encontrarse en la presencia de demandas que permanecen insatisfechas y entre las que comienza a establecerse una relación de solidaridad. Todas ellas empieza entonces a ser vistas como eslabones de una identidad popular común que está dada por la falta de su satisfacción individual, administrativa, dentro del sistema institucional existente. Esta pluralidad de demandas comienza entonces a plasmarse en símbolos comunes y, en cierto momento, algunos lideres comienzan a interpelar a estas masas frustradas por fuera del sistema vigente y contra él. Este es el momento en que el populismo emerge, asociando entre sí estas tres dimensiones: la equivalencia entre las demandas insatisfechas; la cristalización de todas ellas en torno de ciertos símbolos comunes y la emergencia de un líder cuya palabra encarna este proceso de identificación popular.

Laclau aclara que la equivalencia y la diferencia son finalmente incompatibles entre sí; sin embargo, se necesitan la una a la otra como condiciones necesarias para la construcción de lo social. Lo social no es otra cosa que el locus de esta tensión insoluble. Asimismo, la diferencia y la equivalencia están presentes tanto en la totalización populista como en la totalización institucionalista. Pero un discurso institucionalista es aquel que intenta coincidir los límites de la formación discursiva con los límites de la comunidad. En el caso del populismo ocurre lo contrario: Una frontera de exclusión divide a la sociedad en dos campos. El “pueblo” en ese caso, es algo menos que la totalidad de los miembros de la comunidad: es un componente parcial que aspira, sin embargo, a ser concebido como la única totalidad legítima. (...) El pueblo puede ser concebido como populus -el cuerpo de todos los ciudadanos- o como plebs -los menos privilegiados-. (...) A fin de concebir al “pueblo” del populismo necesitamos algo más: necesitamos una plebs que reclame ser el único populus legítimo – es decir, una parcialidad que quiera funcionar como la totalidad de la comunidad-...(Laclau, 2005 a: 108)

La frustración de una serie de demandas sociales hace posible el pasaje de las demandas democráticas aisladas a las demandas populares equivalenciales. Una primera dimensión de la fractura es que, en su raíz, se da la experiencia de una falta, una brecha que ha urgido en la continuidad armoniosa de lo social. Hay una plenitud de la comunidad que está ausente. Esto es decisivo: la construcción del “pueblo” va a ser el intento de dar un nombre a esa plenitud ausente. Sin esta ruptura inicial de algo en el orden social no hay posibilidad de antagonismo, de frontera o de pueblo.

Ahora bien, las relaciones equivalenciales no irían más allá de un vago sentimiento de solidaridad si no se cristalizaran en una cierta identidad discursiva que ya no representa demandas democráticas como equivalentes sino el lazo equivalencial como tal. Es sólo ese momento de cristalización el que constituye al “pueblo” del populismo. Lo que era simplemente una mediación entre demandas adquiere ahora una consistencia propia.

Se ha sostenido que en la teoría de populismo de Laclau hay un desplazamiento desde el contenido hacia la forma, cuestión que favorecería una serie de ventajas: primero, resuelve el problema de ubicuidad del populismo, pues el populismo se define como una manera de articular ciertos contenidos. En segundo lugar, nos permite entender cómo circulan, entre movimientos de signo político opuesto, ciertos significantes que se van autonomizando de las formas de articulación originales. La tercera ventaja nos permite analizar hasta qué punto un movimiento es populista (y no preguntarnos si es o no es). Un discurso será más o menos populista según el grado en que sus contenidos estén articulados por lógicas equivalenciales. Esto significa que no existe ningún movimiento político que esté enteramente exento de populismo (Barros, 2006 a).

La conceptualización propuesta por Ernesto Laclau sobre el populismo como categoría analítica ha recibido en los últimos veinte años tanto críticas como revisiones (De Ípola – Portantiero, 1989; Vilas, 2004; Follari, 2007, 2008). También ha inspirado varias revisitas que han generado novedosas y sofisticadas reformulaciones de la propuesta. Se ha planteado en estos nuevos enfoques des – historizar el concepto de populismo, evitando toda alusión a su carácter peyorativo y vincularlo por el contrario con la lógica de la política (Biglieri – Perelló, 2007). Es el caso de Sebastián Barros (2006 a; 2006 b) para quien la ruptura que genera el populismo no es una ruptura más. Desde su perspectiva, el populismo sería una forma específica de ruptura de la institucionalidad vigente a través del planeamiento de un conflicto por la inclusión de una parte irrepresentable dentro de esa institucionalidad. En la siguiente sección pasaremos a desarrollar este enfoque.

El populismo como inclusión radical

El populismo para Barros es un tipo de articulación hegemónica que implica la articulación de demandas insatisfechas que hasta ese mismo momento no eran concebidas como susceptibles de ser articuladas y, al lograr eso, pone en duda la constitución misma de la comunidad. En esta definición del populismo contamos con dos componentes centrales: radical inclusión de una heterogeneidad social y puesta en duda del espacio común de representación que da forma a lo social. Veamos como argumenta Barros esta particularidad del populismo: “¿cómo puede algo que no pertenece al orden de lo simbólico ser aprehendido como una demanda insatisfecha? Algo debería suceder para que esa transformación de órdenes aparezca. La particularidad del populismo vendría dada por el momento en el cual aquello que carece de ubicación diferencial dentro del orden simbólico es arrancado de su exterioridad y aprehendido como una diferencia, como una demanda insatisfecha pasible de ser articulada equivalencialmente. Al mismo tiempo, esta radical inclusión genera un conflicto sobre el carácter común de la comunidad. A medida que aparece, ese pueblo del populismo (...) demuestra la inexistencia de una comunidad” (Barros, 2006 a: 153).

Por lo tanto, el discurso populista realizaría aquello que se presenta como irrealizable: “la inclusión radical de las masas que ahora podrán aspirar a realizarse como si fueran gente”. Aquí se hace explícito la influencia en la obra de Barros de los estudios de Jacques Rànciere. Sobre todo en su definición de política, antagónica a la noción de policía, designando a la ruptura de cierta configuración en donde se definen las partes y sus partes, rompiendo con aquel orden policial. En términos de nuestro autor, “...la actividad política es siempre un modo de manifestación que deshace las divisiones sensibles del orden policial mediante la puesta en acto de un supuesto que por principio le es heterogéneo, el de una parte de los que no tienen parte, la que, en última instancia, manifiesta en sí misma la pura contingencia del orden, la igualdad de cualquier ser parlante con cualquier otro ser parlante” (Rànciere, 2007: 45 y 46). Es por ello que Rànciere propone una conceptualización distinta de lo que entendemos por política: “Generalmente se denomina política al conjunto de los procesos mediante los cuales se efectúan la agregación y el consentimiento de las colectividades, la organización de los poderes, la distribución de los lugares y funciones y los sistemas de legitimación de esta distribución. Propongo dar otro nombre a esta distribución y al sistema de estas legitimaciones. Propongo llamarlo policía” (Rànciere, 2007: 43). Como veremos, esta noción amplia del concepto de policía no implica un simple cambio gramatical como veremos en este estudio: “La policía es primeramente un orden de los cuerpos que define las divisiones entre los modos del hacer, los modos del ser y los modos del decir, que hace que tales cuerpos sean asignados por su nombre a tal lugar y a tal tarea; es un orden de lo visible y lo decible que hace que tal actividad sea visible y que tal otra no lo sea, que tal palabra sea entendida como perteneciente al discurso y tal otra al ruido” (Rànciere, 2007: 44 y 45).

Asimismo, en la postura de Barros adquiere centralidad la noción de espectralidad. Desde este enfoque, la heterogeneidad social es aquella “ausencia siempre presente” que desajusta toda representación. Espectro como presencia fantasmal, que se niega a dejarse atrapar por las redes de un pensamiento que organiza su visión del mundo alrededor de la distinción tajante entre ser y no ser. De aquí surge la noción de espectralidad de la cual nos habla Barros, como aquella amenaza constante a cualquier posibilidad de institucionalización plena porque, en definitiva, toda articulación hegemónica es asediada por el fantasma de lo excluido. Para Barros justamente el populismo es la activación de ese espectro, entendido como presencia y ausencia a la vez, como presencia ilocalizable y fugaz, como presencia fantasmal.

Vemos que en Barros, antes que la negociación de la tensión entre ruptura y orden (Aboy Carlés, 2003), la especificidad del populismo estaría dada por la ruptura del espacio común de representación. El populismo constituiría en postular una alternativa radical dentro del espacio comunitario que básicamente significaría poner en cuestión el orden institucional construyendo una víctima, desamparado, perdedor como un agente histórico que es la representación de la otredad en relación a la forma en que las cosas están organizadas hasta el momento de ruptura. Populista será aquel discurso que logre funcionar como el nombre para esa inclusión de lo no representable, provocando la ruptura de un determinado orden institucional.

Si bien Barros toma gran parte del bagaje conceptual de Rànciere, deja en claro que para él, el populismo será una característica formal de una ideología y / o movimiento, pero sin ser sinónimo de política. Será una característica potencialmente presente en todo discurso político, pero sólo si presenta una forma específica de ruptura de la institucionalidad vigente a través del planteamiento de un conflicto por la inclusión de una parte irrepresentable dentro de esa institucionalidad.

El regreso de la política en América Latina: el caso de Bolivia

Latinoamérica ha heredado dos experiencias que para Laclau son traumáticas y están interrelacionadas: las dictaduras militares y la virtual destrucción de las economías del continente por el neoliberalismo. Las premisas del modelo neoliberal habrían sido difíciles de ejecutar sin la intervención de los dictadores latinoamericanos. Estas características se profundizaron en la década del noventa en América Latina, en donde la represión social y la desinstitucionalización fueron condiciones de la implementación de las políticas de ajuste.

Las consecuencias de este proceso se han desencadenado de manera clara: una crisis de las instituciones como canales de vehiculización de las demandas sociales, y una proliferación de estas últimas encarnadas en movimientos horizontales de protesta que no se integraban verticalmente al sistema político, del cual el movimiento piquetero es la expresión más clara en el caso argentino. En este sentido, la canalización puramente individual de las demandas sociales por parte de las instituciones está siendo reemplazada por un proceso de movilización y politización creciente de la sociedad civil.

Asimismo, durante los noventa hemos asistido a lo que Follari denomina una “enorme naturalización”, esto es, que la “democracia parlamentaria (...) se presenta a menudo como forma universal, de la cual cualesquiera otras serían desviaciones, modalidades derivativas que habría que comparar siempre con el modelo ideal que tal democracia representaría” (Follari, 2007: 190). En este sentido, debemos resaltar que la democracia parlamentaria no conlleva todo lo que de democrático podría pedirse de un sistema político.

El fracaso del proyecto neoliberal a fines de los 90 condujo a un giro generalizado de los países latinoamericanos hacia la centroizquierda. Para Laclau (2005 b), la expresión más acabada de estos nuevos gobiernos es el de Hugo Chávez, el cual logra concentrar los rasgos definitorios de lo que el politólogo argentino define como populismo: movilización equivalencial de masas; la constitución de un pueblo; símbolos ideológicos alrededor de los cuales se plasme esta identidad colectiva (el bolivarismo) y finalmente, la centralidad del líder como factor aglutinante. Para Laclau, “en el caso venezolano, la transición hacia una sociedad más justa y democrática requería el desplazamiento y la ruptura radical con una elite corrupta y desprestigiada, sin canales de comunicación política con la vasta mayoría de la población. Es decir que cualquier avance demandaba un cambio de régimen. Pero para lograrlo, es necesario construir un nuevo actor colectivo de carácter popular. Es decir que, en nuestra terminología, no había posibilidad alguna de cambio sin una ruptura populista. (...) Si hay un peligro para la democracia latinoamericana, viene del neoliberalismo y no del populismo” (Laclau b, 60 y 61)

Por supuesto que este nuevo escenario político ha obligado a los sectores más conservadores de América Latina a una reorientación discursiva. En la actualidad, las derechas prefieren a los gobiernos de izquierda que no revierten los mecanismos de mercado y que sostienen los mecanismos parlamentarios – representativos sin modificaciones ni cuestionamientos. Es por ello que Chile aparece siempre como la izquierda preferida para la derecha. El sociólogo chileno Tomás Moulián ha destacado que la herencia dictatorial en su país persiste en tiempos de democracia, ya no por la presencia intimidatoria de Pinochet, sino por la tibieza manifestada en el programa de gobierno de la coalición de partidos políticos que detenta el poder desde la caída del régimen. En efecto, la Concertación ha instalado un programa de “carácter minimalista”, que se muestra incapaz de cerrar el pasado de horror, dados los siguientes rasgos que presenta: un tratamiento débil de los derechos humanos; un plan suave de reformas políticas que no ha convocado a una Asamblea Constituyente o derogación de la Constitución pinochetista de 1980 y la manutención y perfeccionamiento de las políticas neoliberales (Moulián, 2006). Inclusive, como sostiene Follari, gobiernos de mano dura con derechos civiles recortados, si promueven el libre mercado, son considerados automáticamente democráticos.

Estos sectores consideraban que el populismo estaba enterrado para siempre, pues habían desaparecido las condiciones que en su momento lo posibilitaron. Pero si al concepto lo asociamos con aquellos procesos que suponen una viabilización y visibilización de intereses populares, la mirada será distinta, tal como la propone Roberto Follari: “lo cierto es que el neopopulismo implica la presencia en la política de los desheredados, los abandonados, los condenados de la tierra. Es el retorno de su voz reprimida y de su espacio negado, y desde ese punto de vista es que se vuelve intolerable y peligroso para la política de los opresores. No en vano es la beligerancia y la implacable tenacidad opositora de los mismos” (Follari, 2008: 12). Este nuevo contexto se presenta de manera evidente en Bolivia, caso que pasaremos a revisar.

Durante el período de vigencia del neoliberalismo en Bolivia, fueron dos los ejes que estructuraron el mismo: mercado y democracia pactada, destacando entre ellos una relación de inherencia. Esto provocó otro tipo de discurso, que durante la década del ’90 sería determinante: quien estaba contra el libre mercado, estaba en contra de la democracia (Follari, 2007). En el caso del primer eje, el neoliberalismo generó en Bolivia el aumento de las tarifas de los servicios públicos (el agua) y desnacionalización de la economía (control transnacional de los recursos naturales). En cuanto al segundo, esa “democracia pactada” estuvo caracterizada por la conformación de gobiernos de coalición mediante pactos entre partidos parlamentarios y el predominio electoral de tres fuerzas tradicionales que protagonizaron en el escenario político boliviano entre 1983 y 2003 (el Movimiento Nacionalista Revolucionario –MNR-, Acción Democrática Nacionalista –ADN- y Movimiento de Izquierda Revolucionaria –MIR-) (Mayorga, 2008), acusadas de haber permitido el despliegue de la corrupción y de la impunidad en el manejo de la administración pública. Desde esta percepción, “no solo entraron en crisis el sistema de partidos, el sistema político y la mayoría de las instituciones de la democracia, sino la propia política; y nadie se atreve a creer que la política no es otra cosa que la actividad orientada a la búsqueda del interés general o del bien común, todo lo contrario”(Toranzo Roca, 2002: 14).

En diciembre de 2005, Evo Morales, quien había comenzado su formación sindical y política en la región cocalera de Chapare, se convirtió en el primer presidente campesino e indígena de la historia boliviana. Morales es parte de los movimientos sociales, “que combinan una doble pertenencia, clasista (campesinos) y étnica (pueblos originarios) y están asociados a la resistencia a la brutal expansión de las políticas y la globalización neoliberales, a la consolidación del nuevo patrón de acumulación de capital” (Ansaldi, 2005 / 2006: 20; Quiroga, 2008). Su partido político, el Movimiento al Socialismo (MAS), vino a ocupar el espacio vacío del nacionalismo dejado por el giro neoliberal del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), que desde 1985 abandonó definitivamente la perspectiva del capitalismo de Estado, a partir del dictado del Decreto Supremo 21060 que implicaba la liberación de precios y tipos de cambio; apertura al exterior (reducción de tarifas aduaneras, libre movimiento de bienes y capitales); desmantelamiento y privatización de empresas públicas y transferencias de actividades al sector privado y congelamiento de salarios en el sector público y re – localización del personal de las empresas privatizadas y / o cerradas (Hernández, 2007).

Precisamente, el gobierno de Morales persigue como objetivo central la industrialización de una economía atrasada bajo el mando de un Estado fuerte, proceso que algunos autores han comenzado a llamar “posneoliberalismo” *, al dictaminar la reposición del rol del Estado en la economía. Morales no impulsa la lucha de clases, sino que busca una renovada alianza de clases retomando los clivajes nación / antinación y pueblo / oligarquía buscando construir un país productivo. Asimismo, se ha reactivado un imaginario desarrollista, que pretende industrializar el gas y emancipar a Bolivia de la condena histórica del capitalismo mundial a ser un mero exportador de materia prima. Para Pablo Stefanoni, Bolivia representa por estos días “una nueva versión de la matriz nacional – popular, con fuertes tintes de decisionismo presidencial, reactualización de imaginarios desarrollistas, predominio de las lógicas corporativas y ciertas prácticas antiinstitucionales y de rechazo a la ‘democracia liberal’”(Stefanoni, 2007: 71).

Por otro lado, Evo Morales expresa a los mestizos indios que siguen siendo discriminados y excluidos de los espacios legítimos de la vida social y segregados a las periferias de las ciudades o a las laderas de los cerros. Si bien algunos autores señalan como una de las paradojas de este proceso que las poblaciones campesinas o indígenas impugnan la democracia representativa por inhibir la participación ciudadana en la política, siendo que a partir de las elecciones nacionales de 2002 es posible observar una creciente participación de sectores populares, de indígenas y campesinos en la política a partir de cargos de representación política (Toranzo Roca, 2002; Laserna, 2003), lo cierto es que estas novedades parecen resultar insuficientes para sectores que han sido históricamente postergados. En Bolivia, pese a que “ ‘todos somos mestizos’, la blanquitud de la piel, la vestimenta, las prácticas económicas y culturales, y el origen de los apellidos (...) siguen constituyendo fronteras efectivas en la construcción de los imaginarios sociales y de los mecanismos de dominación, hoy erosionados – pero aún no eliminados- por la irrupción política indígena y la llegada al poder del MAS de Evo Morales” (Stefanoni, 2007: 82). Es por ello que en el diseño político y en la dimensión ideológica de Morales es posible vislumbrar una articulación de lo nacional – popular con lo étnico cultural, definiendo al MAS como un nuevo nacionalismo indígena.

La presencia de Evo Morales en el sillón presidencial constituye una revolución simbólica que trastoca el rol de sumisión que tenían reservado las mayorías indígenas. Es esta la ruptura trascendental de la cual nos habla Barros. Esos sectores largamente excluidos son los que ponen en duda la institucionalidad vigente, siendo el populismo el nombre para esa inclusión radical de aquello que hasta ese momento era lo no representable. Esa radical inclusión que genera el discurso populista viene a reivindicar el daño de determinadas políticas, en aquellos que no tenían voz en la etapa previa. Esta referencia a los sin voz genera la irrupción de lo excluido y rompe con la institucionalidad vigente. Es por ello que “El momento populista en una práctica política será el que incluya el principio del pueblo como lo irrepresentado, el discurso que haga que aquellos que o tienen por qué hablar, hablen, y que aquellos que no tienen por qué tomar parte, tomen parte” (Barros, 2006a: 70). En términos de Rànciere, aquí estaríamos frente al momento de la política. Para nuestro autor “la política existe cuando el orden natural de la dominación es interrumpido por la institución de una parte de los que no tienen parte (...) no hay política sino por la interrupción, la torsión primera que instituye a la política como el despliegue de una distorsión o un litigio fundamental” (Rànciere, 2007: 25 y 27). Aquí se vuelve central la definición de política de Rànciere que hemos venido aportado hasta ahora. En efecto, esa expansión de la lógica de la igualdad genera una ruptura la cual “se manifiesta por una serie de actos que vuelven a representar el espacio donde se definían las partes, sus partes y las ausencias de partes. La actividad política es la que desplaza a un cuerpo del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de un lugar; hace ver lo que no tenía razón para ser visto, hace escuchar un discurso allí donde sólo el ruido tenía lugar, hace escuchar como discurso lo que no era escuchado más que como ruido” (Rànciere, 2007: 45).

A la vez, esta ruptura genera una nueva subjetivación política, aquella que da cuenta de una capacidad de enunciación que no eran identificables en el campo de experiencia dado previamente. Esta subjetividad política “produce una multiplicidad que no estaba dada en la constitución policial de la comunidad, una multiplicidad cuya cuenta se postula como contradictoria con la lógica policial. Pueblo es la primera de esas multiplicidades que desunen a la comunidad con respecto a sí misma, la inscripción primera de un sujeto y una esfera de apariencia de sujeto sobre cuyo fondo otros modos de subjetivación proponen la inscripción de otros ‘existentes’, otros sujetos del litigio político” (Ránciere, 2007: 52). Podemos ver un ejemplo de esta nueva subjetividad en las palabras vertidas en una entrevista a Alvaro García Linera, quien sostenía:

En el ámbito político – cultural hay una imagen que creo que resume lo que está significando el nuevo gobierno. Evo va a la localidad de Pocoata y le pregunta a uno de los niños si ha recibido el bono Juancito Pinto (25 dólares anuales contra la deserción escolar) y qué va a hacer con el dinero. El niño respondió con una contundencia feroz: ‘me voy a preparar para ser como vos’. Para mí esto resume lo que ha pasado en este país. Los indígenas, que se proyectaban como campesinos, a lo mejor, en un exceso de movilidad social, como albañiles o cabos de la policía, hoy se proyectan en todos los niveles de mando de Bolivia. Esta es la revolución simbólica más importante que haya ocurrido desde los tiempos de Túpak Katari (1872) o desde Zárate Willka (1899). (...) Evo simboliza el quiebre de un imaginario y un horizonte de posibilidades restringido a la subalternidad de los indígenas. (Svampa – Stefanoni, 2007: 147).

Esta nueva imagen, de la cual nos habla el hoy vicepresidente de Bolivia, ha generado la posibilidad de que algunos estudiosos del proceso boliviano nos hablen del retorno de lo plebeyo. En efecto, “Una Bolivia olvidada, negada y condenada, se levanta para luchar e imponer su propia agenda política, su visión de las cosas y los tiempos que lo marcan, esta será su contundente entrada en la escena nacional e internacional, la irreverencia y el desorden que arman son (y serán) el malestar y las continuas exclamaciones para aquellos que mandan y ordenan en la legalidad e institucionalidad neoliberal, moderna y republicana. Es la reaparición o el retorno de la Bolivia plebeya (García – Gutiérrez – Prada – Tapia, 2007: 8).

Por su parte, la derecha agita el fantasma de la revancha racial y denuncia la supuesta subordinación de Bolivia frente a Venezuela y la alianza estratégica con Cuba y Venezuela en el marco de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA). Sin embargo, Morales considera esta alianza como una suerte de blindaje económico frente a posibles intentos de desestabilización, tratando de dejar en claro que no existe un alineamiento incondicional con Caracas.

En el primer año de gobierno se dejaron ver algunos problemas estructurales de Bolivia: crónica dificultad para traducir los proyectos populares en propuestas institucionales realistas y efectivas de cambio político, económico y social; escasa capacidad del MAS para articular las demandas corporativas de los sectores (Zalles, 2008); la influencia de las ONGS ante la ausencia de cuadros propios de la izquierda indígena y profundos clivajes entre los constituyentes campesinos y los provenientes de las clases medias urbanas; ausencia de estructuras partidarias que permitan articular a los técnicos con los movimientos sociales; apatía de la mayor parte de la población. Bolivia se mueve a partir del instinto y el carisma de Morales; el desafío de la izquierda indígena es traducir estas intuiciones en una eficaz gestión de gobierno. Inclusive, algunos autores (Stefanoni, 2007; Mayorga, 2008) ha resaltado en el MAS su radicalidad discursiva y moderación práctica. En síntesis, el gobierno de Morales está sometido a una serie de adversidades y permiten advertir que “el tránsito hacia el cambio social es un camino plagado de obstáculos que provienen tanto de las fuerzas interesadas en la preservación del orden actual como de los límites técnico – políticos y las tendencias conservadoras de quienes fueron educado para obedecer y hoy se enfrentan a la novedosa realidad de tener que dirigir las riendas de un Estado que siempre les fue ajeno”(Stefanoni, 2007: 94).

Conclusiones

Es probable que los últimos acontecimientos de Bolivia puedan ser comparables a la Revolución de 1952, la cual ha sido calificada por algunos autores como ser parte de un gran cataclismo, hecho decisivo en su historia y un fenómeno sumamente significativo en la lucha de América Latina por la participación de las masas en la política y por la modernización socioeconómica.

Pero esta revolución de Evo Morales fue obra de los excluidos. Esto ha provocado, entre otras cosas, que por estos días Bolivia esté dispuesta a un serio intento de recuperación estatal frente al capital extranjero. La clave de este nuevo modelo residiría en la nacionalización de los hidrocarburos, recursos en los que hoy depositan todas las esperanzas de desarrollo industrial de Bolivia. Hoy los sectores populares se entusiasman con la posibilidad de un despegue económico de este país históricamente postergado, cuyos recursos naturales terminaron siempre en manos de pequeñas elites aliadas al capital extranjero.

Esta vuelta del populismo en Bolivia implica una profunda democratización de la sociedad y la construcción de imaginarios y proyectos poscoloniales y posneoliberales. Asimismo, los novedosos e interesantes modos más directos de ejercicio de la soberanía popular (Follari, 2007), tales como los referéndum para redefinir las relaciones entre el Estado y las empresas petroleras extranjeras o sobre las autonomías departamentales que redefinió la relación entre el Estado y las regiones, la incorporación de la consulta popular y la posibilidad de una reforma total de la Constitución política del Estado por medio de la Asamblea Constituyente (Mayorga, 2008), se constituyen en novedades que posibilitan la construcción de una “democracia radical” (Follari, 2007). En definitiva, la ruptura que generaría el populismo conlleva “el retorno de la política, entonces, frente a su rendición previa a los poderes establecidos. Es el volver a poner la voluntad colectiva en un lugar de posibilidad de ejercicio de poder, contra la impotencia política buscada cuidadosamente por el neoliberalismo (no en vano para éste la política es considerada un mal), el cual dejaba el poder en los ciegos mecanismos del mercado” (Follari, 2008: 10 y 11).

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* Es importante resaltar que algunos autores como Maristella Svampa (2006) han sostenido que la posibilidad de instalar una nueva agenda posneoliberal no es generalizable a toda la región, siendo Bolivia, Ecuador y Venezuela los países que más han avanzado en este sentido.


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