Observatorio de la Economía Latinoamericana

 


Revista académica de economía
con el Número Internacional Normalizado de
Publicaciones Seriadas  ISSN 1696-8352

 

 

 

Economía de Argentina

El Fondo Monetario Internacional

Consideraciones sobre su creación, sus objetivos y su realidad actual

Alfredo Félix Blanco (CV)
Universidad Nacional de Córdoba
afb2002@hotmail.com

 

Cuando el “jueves negro” del año 1929 (24/10/29) cayeron abruptamente los valores de la Bolsa de Wall Street en Nueva York, no solamente muchísimos inversores vieron desaparecer sus capitales sino que fue el fin del sueño de un capitalismo que garantizaba empleo y bienestar a través del libre juego del mercado y sus mecanismos autorreguladores.

Aquel “crack” era la señal de la llegada de una crisis que condenaría a la desocupación y la miseria a millones de seres humanos en los Estados Unidos y en el mundo entero. Europa, que aún no se había recuperado totalmente de la primera guerra mundial, los países menos desarrollados que aún tenían esperanzas de emular la senda de crecimiento de los más avanzados, y prácticamente todo el mundo sufrió las consecuencias de una de las mayores crisis de la historia económica.

Inglaterra, la cuna del liberalismo económico, no pudo sostener la convertibilidad de su moneda, los países desarrollaron estrategias fuertemente proteccionistas y el sistema monetario internacional, basado en el patrón oro, colapsó. El 1938, el último año anterior al comienzo de la segunda guerra mundial, el comercio mundial no había recuperado aun los niveles anteriores a la crisis.

Ante ese desalentador panorama las respuestas de los economistas aparecían como insuficientes; el conjunto de conocimientos que ofrecía la teoría económica desde la Revolución Marginal de 1870, no permitía explicar el fenómeno que castigaba tan duramente al mundo.

Keynes, el economista británico que había anticipado que las condiciones económicas impuestas a Alemania en el Pacto de Versalles eran una carga que aquel país no iba a soportar, fue también el encargado de formular una critica a las ideas económicas más difundidas y provocar lo que se conoció como la “revolución keynesiana” de la economía. Su “Teoría General de la Ocupación, el Interés, y el Dinero” (1936) iba a negar la capacidad de ajuste automático de la economía capitalista y plantearía que el desempleo y las crisis económicas requerían un rol activo del estado para morigerar sus efectos.

La segunda guerra mundial que estalló en 1939, entre cuyas causas deben señalarse las ideas de extrema derecha a las que la crisis económica sirvió de terreno fértil, difirió la necesaria discusión sobre la forma de reorganizar la economía mundial. La locura nazi que inundó Alemania, el enfrentamiento bélico entre el eje y los aliados, la terrible realidad de la muerte de millones de seres humanos ocultó transitoriamente el hecho de que había concluido una etapa de la economía que se basó fundamentalmente en la especialización productiva de los países, la división internacional del trabajo, el sistema multilateral de pagos y el patrón oro.  

El 6 de junio de 1944 los aliados concretaban la operación “Overlord”, nombre asignado al plan militar que constituyó un punto de inflexión en la evolución del conflicto. Aquel día, que sería recordado como “el día más largo del siglo” o como el “día D”, bajo el mando de Eisenhower las tropas aliadas desembarcaron en las costas de Normandía. A partir de entonces fue muy claro que la locura nacional-socialista que tantas vidas había costado, comenzaba su declinación final. Faltaban meses aun, pero la suerte estaba echada y el “fuhrer” y su Tercer Reich transitaban ya su fase terminal.

Los gobiernos de los principales países comenzaron entonces a considerar como se reorganizarían las relaciones económicas cuando la paz finalmente fuera lograda. En julio de 1944, cuando todavía se combatía en el frente de batalla, una reunión especialmente convocada por el presidente de los Estados Unidos sentaría las bases de esa reorganización.

El presidente era Franklin D. Roosevelt, el lugar fue Bretton Woods (en las montañas de New Hampshire) y de esa conferencia nacerían el Fondo Monetario Internacional y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (Banco Mundial).

La Conferencia de los ganadores de la guerra

El 1º de Julio de 1944, bajo el nombre de Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, representantes de los gobiernos de 43 países y la “delegación de Francia” iniciaron la reunión. Faltaba algo más de un mes para que el general Charles De Gaulle pudiera pronunciar su celebre frase: ‘‘¡París ultrajado, París roto y martirizado, pero París liberado!’’, y casi un año para que Alemania se rindiera, pero nadie dudaba en la sala de la reunión que estaban comenzando a definir los rasgos mas importantes de las instituciones económicas internacionales de la posguerra.

El secretario de la conferencia fue el encargado de leer el mensaje de Roosevelt y, aunque se la designara como Conferencia de las Naciones Unidas, no había necesidad de disimular que allí estaban los ganadores de la guerra y sus amigos. “Les doy la bienvenida a este tranquilo lugar de reunión con confianza y con esperanza. Les agradezco por el largo viaje que han hecho y agradezco a sus gobiernos por la aceptación de mi invitación a esta reunión. Aún mientras la guerra para la liberación está en su pico, los representantes de los hombres libres deben aconsejarse mutuamente sobre la forma del futuro que vamos a ganar”. Así comenzaba el mensaje que el Presidente de la potencia que emergía como el país más poderoso de la tierra, dirigió a aquellos que consideraba los representantes del mundo libre. Argentina, por entonces aun subyugada por los encantos del nazismo no tenía representante en esa reunión tan importante. Con una notable ceguera, provocada por su ideología, los germanófilos que gobernaban argentina seguían soñando con un triunfo alemán en la guerra.  

El objetivo de la conferencia era claro, se iban a definir las instituciones que garantizaran el crecimiento del comercio mundial y las relaciones monetarias internacionales. El mensaje de Roosevelt fue bien explicito: “El comercio es la sangre vital de una sociedad libre. Debemos cuidar que las arterias que llevan esa corriente de sangre no sean estorbadas otra vez, como lo han sido en el pasado, por las barreras artificiales creadas por rivalidades económicas sin sentido”.

La conferencia sesionó durante 22 días, bajo la presidencia del Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, y sus participantes naturalmente se decidieron por la propuesta presentada por el país anfitrión.

Keynes, que presidía la delegación inglesa había planteado una alternativa, conocida como la “Unión Internacional de Compensaciones”, que tenía como finalidad asistir a los países con desequilibrios en sus balances de pagos. Las operaciones se expresarían en una nueva moneda llamada “Bancor”, en relación a la cual se fijaría el tipo de cambio de las monedas nacionales. El plan presentado por Estados Unidos, que fue el finalmente adoptado, había sido elaborado por el Harry Dexter White. Así nació el FMI (inicialmente llamado Fondo Internacional de Estabilización) que, entre otras diferencias con la Unión Internacional de Compensaciones de Keynes, establecía que los países miembros debían integrar un aporte en oro y monedas nacionales.

En síntesis, y más allá de cuestiones técnicas, la conferencia resolvió adoptar aquella variante que diseño la primera potencia. El objetivo, compartido por todos, no era otro que el de definir la nueva moneda patrón (que terminaría siendo el dólar) para permitir la expansión del comercio y establecer reglas claras, sin las cuales no hay crecimiento posible.

Si bien con el correr de los años el FMI se ha convertido en el objetivo más frecuente de las críticas de la izquierda, su nacimiento no fue concebido en contra de las ideas de los socialistas ni fue criticado por ellos en aquel momento. Es mas, su autor intelectual H. White, estuvo sospechado de ser comunista y colaborador de la entonces Unión Soviética.

Aunque hoy parezca paradójico que el FMI haya sido imaginado por alguien de izquierda, y más allá de que algunos dudan de ello, lo cierto es que en Febrero de 1948 la temida “Comisión de Actividades Antinorteamericanas del Senado” lo citó a declarar a White por dicha acusación que hoy parecería sorprendente. Claro que hay que recordar que, así como Argentina no estuvo en Bretton Woods, el representante soviético no solamente participó sino que aprobó todo lo actuado y su firma quedo al pié del Acta final del 22 de Julio que comienza textualmente la parte resolutiva diciendo: “1º. Expresar su gratitud al Presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, por su iniciativa en convocar la conferencia y su preparación;…”. Fue Stalin quien resolvió tiempo después abandonar el organismo recién creado.  

De aquellos 44 países signatarios del Acta de Bretton Woods se ha pasado a 184 en la actualidad. Hoy, el FMI, está integrado por prácticamente todos los países del mundo. Obviamente, EE.UU. sigue siendo el socio mas importante, y como el voto es proporcional a la cuota, su opinión es la de más peso.

El poder de los miembros que realmente deciden en el Fondo se advierte claramente si se considera que entre cinco países (EE.UU., Japón, Alemania, Francia e Inglaterra) concentran el 40% de las cuotas.


Fuente: FMI  

Las cambiantes funciones del Fondo

Aunque el artículo primero del Convenio Constitutivo del FMI permanece inalterado desde su creación, sus funciones han ido cambiando con el correr de los años. En dicho artículo (Ver Tabla) se estableció que el organismo se ocuparía básicamente de fomentar la cooperación monetaria internacional, la expansión del comercio y la estabilidad cambiaria. Asimismo el FMI colaboraría con los países miembros para resolver los desequilibrios de sus balances de pagos.

Sin embargo los vertiginosos cambios de la economía mundial han modificado la acción que efectivamente desarrolla la institución. Puede afirmarse que, al igual que su nacimiento, los principales cambios del Fondo han estado ligados a crisis económicas. De ellas vale la pena comentar la de comienzos de los años setenta y, diez años después, la vinculada a la deuda externa de los países menos desarrollados.

La crisis de los setenta: Estados Unidos cambia las reglas Desde 1945 todos los países que integraban el Fondo funcionaban aceptando la existencia de una moneda convertible (el dólar estadounidense) y ningún país podía modificar, sin comunicación previa, la relación de cambio de su moneda con ella. Estados Unidos era, en última instancia, el responsable y beneficiario de proveer la moneda-patrón del sistema monetario internacional. En 1971, el gobierno de los Estados Unidos debió abandonar la convertibilidad del dólar y devaluarlo en relación al oro. Adicionalmente, la crisis de los setenta, caracterizada también por el incremento de los precios del petróleo generó nuevas condiciones en la economía mundial que afectarían las funciones del FMI.

De hecho, la decisión unilateral de los Estados Unidos terminó con el sistema monetario de dólar convertible que regía desde Bretton Woods y el reciclado de los excedentes financieros de los países exportadores de petróleo contribuyó a acelerar el proceso de internacionalización de la banca privada que va adquirir más importancia cuantitativa que el FMI. En esta nueva etapa donde se incrementaba notablemente el protagonismo del capital financiero internacional privado, el FMI comenzó a asumir el rol de “auditor” de las políticas económicas de los países menos desarrollados y sus informes a ser considerados un certificado de “buena salud” económica que influirían en las decisiones de los inversores extranjeros.

Las crisis de la deuda externa:

El fenómeno del crecimiento vertiginoso de la deuda, por supuesto no puede explicarse simplemente como la imprudencia de los países deudores sin considerar las “complicidades” y necesidades de los acreedores. Este proceso, y la intensa crisis posterior, han profundizado el carácter del Fondo como “representante” de los intereses del capital financiero internacional.

Hace falta bastante imaginación para encontrar, dentro de los objetivos con que fue originalmente creado, la justificación de la presión abierta que realiza por estos días el FMI sobre el gobierno argentino. Presión que seguramente irá en aumento y que aspira a que se reconsidere la situación de los acreedores que rechazaron la oferta del “canje” de la deuda y que, por lo tanto, quedaron afuera de dicha operatoria (los llamados hold-outs). Por atendible que resulte la situación de esos acreedores, no es esa la función para la que el Fondo fue creado.

Voceros y operadores de las transformaciones recomendadas por el “Consenso de Washington”, militantes de la “revolución conservadora” iniciada por Reagan y Thatcher, los “técnicos” del Fondo se han ido transformando más en “predicadores” de aquellas creencias que en analistas rigurosos de la economía.

Este cambio ha tenido sus costos; nadie confía ya en que sus informes sean capaces de predecir las crisis o de sugerir medidas adecuadas para superarlas. La experiencia de los noventa demostró la impericia del organismo para morigerar los efectos de sucesivas crisis financieras que fue incapaz de predecir. La desconfianza en el FMI ya ha ganado también el ánimo de aquellos cuyos intereses se esfuerza en representar y defender.

Miles de páginas escritas por “expertos” en las economías de países que conocen a la distancia, millones de dólares gastados en viajes, sueldos, viáticos, contratos, misiones, etc. de casi 3.000 funcionarios (Si, leyó bien: casi 3.000) que con solemnidad buscan disimular que la tarea primordial del Fondo ha quedado reducida a poco más que la de ser un mandatario ineficiente de los acreedores de los países endeudados. Y esto, en algún momento, dejará de ser tolerable también para esos acreedores.

Keynes, a pesar de sus diferencias con la propuesta, no vaciló en afirmar ante la Cámara de los Lores que el mundo tendría hacia el Tesoro de Estado Unidos y hacia White, “…una gran deuda de gratitud por la iniciativa…”. En aquel discurso sobre el Plan Inglés de Estabilización Monetaria Internacional advirtió que el proyecto que finalmente se adoptó podría tener dificultades en el futuro, y efectivamente ello ocurrió, pero terminaba su intervención en forma esperanzada y decía “que el mero buen sentido puede hacer algo útil para aliviar las angustias que pesan sobre el hombre”.

¿Estará próxima la hora en que el “buen sentido” de los que deciden hoy en el mundo sea capaz de modificar substancialmente un organismo que cada día se parece más a las burocracias públicas ineficientes que tantas veces ha denostado?

Parece indispensable que en algún momento se rediseñen las estrategias mundiales para suavizar las crisis recurrentes, asegurar la estabilidad cambiaria, fomentar la cooperación monetaria y garantizar la existencia de un sistema multilateral que ayude a los países más pobres o con problemas en su sector externo. De la existencia de tales estrategias depende, en última instancia, no sólo la posibilidad de mejores condiciones de vida para los países más atrasados sino la perdurabilidad de las condiciones en los más avanzados. Y estos objetivos a los que hacemos referencia no son sino aquellos para cuya concreción, aun con el mundo en guerra, se convocó a discutir el futuro en 1944.


Nota publicada en:
 - SUPLEMENTO DEBATES. LA MAÑANA DE CÓRDOBA. (26/06/05)


Para citar este artículo recomendamos utilizar este formato:

Alfredo Félix Blanco: "Manuel Belgrano, El economista de nuestra independencia" en Observatorio de la Economía Latinoamericana Nº 45, julio 2005. Texto completo en http://www.eumed.net/cursecon/ecolat/ar/

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