Las neurociencias, hablando en términos
poco precisos, se dedican al estudio del cerebro. El cerebro está formado por
miles de millones de neuronas que se comunican entre sí mediante los
neurotransmisores. Pongamos por ejemplo la depresión, la plaga del siglo XXI, se
dice que está relacionada con un nivel bajo de serotonina (neurotransmisor) en
el cerebro. La depresión se combate inhibiendo su recaptación de manera que
permanezca a unos niveles más elevados y así se ahuyenten los síntomas del
depresivo. Esto se hace mediante la fluoxetina, principio activo del más que
famoso y controvertido fármaco Prozac. Al igual que el depresivo toma decisiones
condicionado por la química de su cerebro, el individuo sano toma también
decisiones en función de las condiciones de su cerebro. Así la Navidad actúa
como estimulante externo sobre nuestro cerebro que hace que las compras sean
mucho más llevaderas; en Navidad parece que uno está condicionado a la compra
excesiva. Uno de los pioneros de este campo es el profesor Paul Zack de la
Universidad de Claremont. Este profesor se dedica a medir y observar lo que
sucede dentro del cerebro de las personas mientras éstas toman decisiones. Para
ello utilizan las imágenes por resonancia magnética y análisis sanguíneos. Otros
pioneros se encuentran en la Universidad de Minnesota, que en absoluto se
caracteriza por tener un departamento de economía heterodoxo, sino más bien todo
lo contrario. La Universidad de Minnesota organizó en el año pasado la primera
conferencia académica de la neuroeconomía, para el 2004 ya están organizando la
siguiente.
En economía no podemos seguir insistiendo
en la racionalidad o pseudoracionalidad de los agentes económicos. Es
imprescindible abordar nuevos puntos de vista para comprender mejor los
mecanismos que operan en las tomas de decisiones económicas. Las neurociencias
abren una vía que probablemente contribuyan mucho a comprender mejor el
comportamiento de los individuos en un contexto de mercado económico. Queremos
explicar las irracionalidades bursátiles, las compras compulsivas, el marketing
feroz (neuromarketing) que nos programa para que compremos determinados
productos. Como siempre que hay una innovación en la ciencia se produce cierta
reticencia entre los que ya están establecidos, en este caso, en la economía de
hoy en día. Dígase de otra manera, ya son varios los catedráticos a los que la
idea no les ha interesado en lo más mínimo, ellos ya están apoltronados en su
altar y no necesitan dar con nuevas explicaciones a fenómenos que desconocemos.
No por ello, o por ellos, hay que dejar de insistir en buscar nuevas
explicaciones para comprendernos mejor y mejorar así el entorno que nos rodea.
Mi equipo de investigación y yo (o sea mi portátil y yo) estamos trabajando en
esta línea a la que espero pronto se incorporen otros colegas académicos
españoles.
Por último, me veo en la obligación de
mencionar las implicaciones filosóficas que las neurociencias conllevan, las
preguntas que parte de la humanidad se formulan desde Platón a nuestros días se
explican por simple y pura química, no lo olviden, también hay una
neurofilosofía.