Contribuciones a la Economía


"Contribuciones a la Economía" es una revista académica con el
Número Internacional Normalizado de Publicaciones Seriadas
ISSN 1696-8360

 

EL “ROSSISMO POSTMODERNO” O LA ILUSIÓN DE LA “CLAUSURA” DEL “MARXISMO” EN HABERMAS

 

Edgardo Adrián López
Universidad Nacional de Salta, Argentina
edadrianlopez@yahoo.com
 

Resumen

La "sociofilosofía" de Habermas procura desmantelar a Marx, a partir de una crítica de la teoría del valor en términos de una Hermenéutica de la comunicación, con intenciones de ser una Pragmática Universal.

En este trabajo, intentamos responder algunas de las objeciones del primero sobre el segundo.

Palabras clave: Habermas, Marx, Pragmática Universal, teoría del valor, capitalismo.

“Posmodern rossism” or the illusion of the “closure” of “Marxism” after Habermas

Abstract

Habermas's "socio-philosophy" attempts to dismantle Marx, on the basis of criticism of the theory of value, in terms of a Hermeneutics of communication, with a view to being a Universal Pragmatics.

In this paper, we attempt to respond to the some objections raised by the former to the latter.

Key words: Habermas, Marx, Universal Pragmatics, theory of value, capitalism.

“[Las] naciones industriales [deben] responsabilizarse en el futuro de un equilibrio justo de las condiciones de vida, y del entendimiento entre las culturas”

Jürgen Habermas

“La cultura no es más que el adiestramiento que [a] los [oprimidos] transforma en máquinas”

Karl Heinrich Mordejái Marx Levy


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Adrián López, E.: "El “rossismo postmoderno” o la ilusión de la “clausura” del “marxismo” en Habermas" en Contribuciones a la Economía, octubre 2009 en http://www.eumed.net/ce/2009b/



1. Intempestivas. “Coqueteos” sublimados, beneficios no tan académicos

No es casual que la “crítica” de quien se opone a Heidegger, a la teoría del valor, entre otros aspectos desmantelados en Marx por su firma, haya desembocado en una legitimación del “nuevo” Régimen Mundial, con base en un uso militar pretendidamente “institucionalizado” de la fuerza, al “comentar” en 1991 lo que mucho después se llamaría “Primera Guerra del Golfo” (Habermas, 20 de febrero de 1991: 3).

Conocemos que una parte del desmadejamiento del nacido en Tréveris, se efectúa bajo la concepción de la tarea en tanto que acción comunicativa (Habermas, 1984a; Habermas 1984b; Habermas, 1986; Habermas, 1989b). Con ello, se omite que en el seno de los modos de labor que advinieron al presente, no hay en exclusiva “comunicación”, sino en paralelo y sustancialmente, una devastación de la subjetividad (Guattari, 1976): la tarea enajenada no puede aprovechar el potencial libertario que anida en las fuerzas productivas de un período, a causa de que mujeres y varones, que son la riqueza par excellence, resultan aniquilados.

A esa oclusión se añade la omisión de la lucha de clases, aun cuando parezca que el admirador de Popper la tiene en cuenta como un factor “secundario”. En efecto, el “marco institucional” que “asegura” un consenso y una comunicación “racional”, desaloja la contradicción entre labor necesaria y plustrabajo, pues lo importante no es que un determinado porcentaje de la sociedad (las clases dominadas) deba suscitar coactivamente, plusproducto, sino que la tarea sea socialmente “vinculante” en cuanto proceso de “comunicación”. Y es que la “crítica” del epígono de Adorno, procura reducir los conceptos nodales de lo que se (mal) denomina “Materialismo Histórico” (que a su vez, se “traduce” como “marxismo”...), a términos de teorías de la acción, del diálogo y del aprendizaje colectivo. Esa destrucción lo lleva a una puesta entre paréntesis, de la teoría del valor.

Aunque no nos detendremos en un estudio minucioso de los mecanismos discursivos que hacen de la supuesta “reconstrucción” del “materialismo histórico” una negación, es conveniente exponer algunas ideas, con el horizonte de entender cómo se desplaza la teoría del valor en la explicación del capitalismo “pos/liberal” o “tardío”. En esa resistencia, psicoanalíticamente deconstruida, Habermas se atrapa a sí mismo, en la idea leninista y soviética, respecto a que el lexema “trabajo” en el padre de Laura, es central, lo que negamos con énfasis.

2. Introducción: los “dislates” de Marx

Tal cual lo adelantamos, el autor de una Hermenéutica de la comunicación con intenciones de ser una Pragmática Universal, sopesa que la labor en sí es una forma de “conversación” y de construcción de lo subjetivo. Además, en tanto medio de “control” intra y extra social es una estrategia de aprendizaje para el dominio de la comuna y de la biosfera. De esa manera, la tarea es también una clase de acción que permite que la sociedad se autocontrole y que domine la naturaleza . A través de esas “observaciones”, concluye que el concepto de “trabajo” es subsumible en la idea general de “interacción”, la cual abarcaría a “comunicación”, “control” y “aprendizaje”. Con ello, introduce de “contrabando” el “concepto” de que la dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones sociales de producción, puede reducirse al feedback entre “formas de interacción” y “sistemas institucionales” de vínculo social.

Si la tarea es una forma de interacción y si las potencias genéticas son poderes colectivos de las labores, dichas fuerzas son por igual modos de interacción (Habermas, 1984c). Por otra parte, si la noción de “tarea” es una “particularización” de formas de interacción abstractas y universales, las relaciones sociales productivas no pueden remitirse únicamente, al plano del trabajo. Tales nexos deben ser generalizados con el propósito de que se correspondan con la categoría de “interacción”; esta “ampliación” supone considerarlos “formas institucionalizadas” de normas sociales para el “consenso”. El continuador de Parsons y Weber, llega a afirmar incluso, que las relaciones comunitarias no pueden ser engastadas en el estrecho marco economicista y “marxista” de las relaciones de propiedad.

Con las “transformaciones” precedentes, los modos de interacción (incluidas las labores) y el sistema institucional para el “consenso”, se instauran en calidad de categoremas que tratan de explicar la evolución de la especie como alteraciones en las normas de comunicación, para el aprendizaje de formas más eficaces de interacción en la reproducción del sistema social, en cuanto éste es una estrategia global de control. Cuando los modos de “conversación”, trato e ideología no permiten un aprendizaje óptimo, y una adecuación de los medios de control al despliegue de los modos de interacción, el sistema social no puede reproducirse y da lugar a otro.

La “crítica” del valor no se conserva empero, dentro de los parámetros de una acción comunicativa “libre” de dominio, puesto que Habermas no sólo maltrata a Marx, sino en virtud de que directamente enuncia que esa teoría es insuficiente e innecesaria. Por añadidura, es “incapaz” de resolver ciertas dificultades del régimen burgués “poscapitalista” . Afirma que

[si] el lenguaje [es] una metainstitución de todas las instituciones sociales, [porque] la acción social sólo se constituye en la comunicación, [los] cambios de los sistemas sociales, que marcan épocas históricas, pueden captarse satisfactoriamente [como] resultados de procesos suprasubjetivos de aprendizaje en el [contexto] de la acción comunicativa (Habermas, 1988b: 257/258).

Respecto a los escollos del orden burgués de Estado, ventila que [en] las condiciones modificadas del capitalismo tardío [cabe interrogarse si la] contradicción fundamental de la formación social [del régimen posburgués,] sigue actuando inalterada o si [...] ha [cambiado,] dando lugar a una formación social postcapitalista, [donde] la producción y apropiación de plusvalía están restringidas y modificadas por relaciones de poder [político] (Habermas, 1986: 48, 56).

El opositor a Heidegger, entiende que las barreras que enfrenta la teoría del valor se restringen a una “fase” concreta, la cual abarca el bautizado “régimen burgués liberal” (fines del siglo XIX y primera posguerra). Las más caras ideas del último Marx, tales como la de:

a. las crisis cíclicas o sistémicas,

b. la tendencia a la baja de la tasa de lucro,

c. la regulación del salario por determinantes económicos,

d. la subordinación del Estado al ámbito de la economía,

e. la lucha de clases,

f. la oposición capital-trabajo,

g. el rol superestructural de la ideología (e. g., ciencia y técnica),

h. etcétera, constituyen fenómenos radicalmente alterados en el orden burgués posliberal.

En primer término, la continuidad del régimen a pesar de las depresiones cíclicas , indica que su lógica cambió sustancialmente. En el capitalismo postburgués, las fracturas sistémicas que derivan parcialmente, de las contradicciones en el proceso de reproducción del capital en escala ampliada, han sido reemplazadas por crisis de legitimidad, de tal manera que la consecuencia inmediata de cada debacle , no es la clausura potencial del sistema, sino la conformación de nuevos mecanismos de legitimación. Estos mecanismos posibilitan conservar el reparto desigual de la riqueza y permiten mantener la extracción de supervalía, sin sufrir ni a corto ni a mediano plazo, las periódicas depresiones de sobreproducción. Al menos, la eficacia discursiva del sistema político estatal promueve que las clases en lid, estén de “acuerdo” en sobrellevar la situación, con lo cual dichos cracks no son un acaecer que enfrentaría a los grupos sociales, ni revelaría una lucha latente desplazada .

Según el autor, las debacles cíclicas pudieron ser absorbidas por los mecanismos de democracia parlamentaria y de discusión racional tendientes al consenso, a raíz de que el Estado adoptó un rol protagónico y porque asomaron nuevas maneras de gestar plusvalía, independientes del llamado “trabajo productivo”. El inédito papel del Estado, invirtió el “tradicional” nexo entre economía y política, de modo tal que interfiere donde constata disfunciones del sistema, superando o mitigando las crisis.

Una de las formas concretas con las que cuenta el Estado para transformar las depresiones periódicas, en déficits de legitimación, es inducir absorciones fuertes de capital sin que al mismo tiempo, éste sea reproducido de manera directa. La industria armamentista y las grandes compañías de producción de ciencia, técnica y tecnología, cumplen esa “función”: volúmenes considerables de valor “autómata” son absorbidos, esquivándose entonces su superproducción y su saturación en el mercado. Si bien esos capitales se convierten en “improductivos” , no dejan de intervenir en el proceso de valorización en su conjunto, puesto que los avances en la industria armamentista, en la ciencia, la tecnología y la técnica, repercuten de forma inmediata en la producción.

Detengámonos por ahora en el caso de la tecnología, la ciencia y la técnica: pueden estimarse en tanto valores de uso sociales. Por ende, el “desvío” momentáneo de capital hacia la creación de valores de uso de gran repercusión en la comuna, que luego son elementos del proceso colectivo de valorización, “demuestra” la existencia de una tarea “parcialmente” improductiva (en el sentido en que no suscita directamente, plusvalía), pero que es fuente de valor. Hablamos del trabajo de los científicos , ingenieros, diseñadores industriales, etcétera, que son empleados en las ramas adelantadas de los negocios dedicados a gestar conocimiento, técnicas y tecnología. Dicha “disposición” del capital prueba que el régimen posburgués ha generado nuevas formas de supervalía , independientes de la exigencia de valorización directa y sin explotación inmediata de tarea ajena.

Previo a continuar, es ineludible señalar que existen tres casos “especiales”, entre algunos otros más, que explicitan no las limitaciones de la hipótesis del valor, sino el intento de la economía por efectuar una “equivalencia” entre el reino del dinero y las fuerzas delicadas que se ponen en tensión en el trabajo. El primero es la tarea llevada a cabo por los científicos, etc., puesto que esa labor es muy difícil de tabular en cantidad de tiempo de tarea invertido. Sin embargo, como hay que pagar con salario y es impostergable que el valor “autómata” obtenga parámetros para estimar cuánto gasta en “fondo de trabajo”, empuja la situación para que se inaugure una “igualdad” que es artificial. Empero, esa equivalencia forzada entre la tarea concretada por un científico explotado por el valor déspota y un salario dado, supone una inexactitud que beneficia al empresario.

El segundo caso es el tiempo de trabajo insumido en artículos con alto componente inmaterial o “intangible” (saberes, imaginación, etcétera), tales como los productos de la industria cultural y del entretenimiento, la informática y la robótica, la ciencia, técnica y tecnología, etc. Otra vez, el problema no es de la teoría del valor, sino de un sistema que requiere ahorrar tiempo, incluso en la génesis de valores de uso donde calcularlo es engorroso, difícil o improcedente. La situación, muestra que una colectividad no capitalista o decididamente socialista, debiera ser una comuna en la que no tuviésemos que padecer el imperativo de calibrar el tiempo, ni de acudir al dinero para hacer viable abonar el trabajo, ni apelar a comprar y vender, etcétera.

El nacido en Prusia, era del parecer que para sopesar cuánto tendrían que ganar determinadas clases de obreros improductivos como los intelectuales que no se hallan subordinados al capital, quizá habría que apelar a varios criterios simultáneos (Marx, 1974: 133, 135). Es factible que en las industrias citadas, el valor “autómata” se vea obligado a contar con parámetros adicionales para fijar lo que pagará en dinero y concomitantemente, a fin de delinear los precios de los productos. “¡Ajá!”, dirá alguien empecinado en objetar la hipótesis del valor; “confesamos nuestra impotencia para explicar cómo se retribuye con moneda en negocios clave y cómo se articulan los precios de las mercancías suscitadas...”. Nada de eso; los insumos valor de producción (que son “precios de costo” o “insumos de producción tipo 1”), siguen siendo la base que impide que los otros criterios suplementarios, puedan enarbolar discrecional y arbitrariamente, tanto un precio como cualquier otro, tanto una “renta” (sea salario o no) cuanto cualquiera.

A los fines de recordar la desechada hipótesis de los precios en Marx, traeremos a colación que “valor” es una cantidad X de tiempo de labor necesaria y de plustrabajo. El tiempo de tarea imprescindible, se compone a su vez de: lo ocupado en energía, medios de producción y materias primas en general (i), y lo invertido en quienes harán las labores (ii), id est, lo empleado en fuerza de trabajo.

Valor = {[tiempo de labor necesaria] + [plustiempo]} = {[(fuentes de energía) + (medios de producción) + (materias, materias auxiliares, materias primas) + (etcétera)] + [fondo de tarea] + [plusproducto]} Acorde a nuestro punto de vista en torno a la idea del “valor trabajo” en quien renegara de los partidos, a pesar de haber sido el co fundador del Partido Comunista, para el ejemplo de las asociaciones que transcurrieron hasta ahora en la Historia, esa “fórmula” es la que estipula lo consumido en tiempo y tarea en la génesis de un ente de consumo, independientemente de si es o no mercancía. Of course, la parte que se denomina “plustiempo” figurará en las colectividades en las que ya se produzca con excedente, lo que no ocurre sino hasta las “bandas” muy desarrolladas y a punto de convertirse en tribus. Como algunos suponen que fueron los Neanderthal los que primero se organizaron en forma tribal , parece que comienza a haber plus producto un poco antes del instante en que aquéllos asoman. Actualmente, se tiene por fecha estimativa que los Neanderthal emergieron hace unos 300 mil años, por lo que acaso el excedente se suscitó entre hace 400 mil, 500 mil ó 600 mil años.

Desde otro ángulo, es impostergable afirmar que en su mayoría, las fuentes energéticas en el régimen contemporáneo son “capital fijo circulante”; las mencionamos primero por una cuestión de preeminencia lógica.

En cierta escala, la hipótesis del valor se convierte entonces, en una teoría de lo que cuesta producir un objeto o en una hipótesis acerca de los gastos, en simultáneo a que la ley del valor deviene un “axioma” que pauta dichos costos. Incluso, es un “principio de análisis” que supone lo que implica producir con excedente y la cantidad de tiempo que llevaría cincelar riqueza, con alguna fracción de plusproducto.

Lo precedente se traduce para la “fase” actual, en:

Costos valor = {[capital constante (c k) (capital fijo, capital circulante, capital fijo/circulante)] + [capital variable (c v), salario o fondo de trabajo] + [plusvalía]} In stricto sensu, para el capital los “gastos de producción” son “c k + c v”, dado que el excedente no le cuesta nada. Por ende, ya la composición valor mínima de la mercancía es su “gasto de producción” o “precio de costo”, al que llamamos “clase1”.

Empero, Marx bautiza la ecuación “extendida”, como “gastos valor de producción” o costos básicos. En ese tipo de comuna, la hipótesis del valor en tanto que teoría sobre los “insumos” se transforma en una hipótesis de lo que cuesta producir con excedente.

Sabemos que el plusvalor no se convierte siempre en ganancia y que en consecuencia, el lucro se aparta hasta ciertos límites, de la plusvalía, por lo que au fond, el valor tendría que modificarse. Al alterarse, no obtenemos simplemente los antiguos gastos valor, sino algo derivado que son los precios:

Precio = {[c k] + [c v] + [ganancia en cuanto % de supervalía]}

Pero conocemos que el lucro no es un simple beneficio sin más ni más, sino una ganancia media, por lo que tenemos:

PP2 = {[c k] + [c v] + [ganancia media o “g m”]} Según lo que me comentara en 2008 con lucidez la estudiante de la Carrera de Ciencias de la Educación, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Salta, Salta capital (Pcia. de Salta, Argentina), Melina Wermuth, puede aceptarse que “g m” se deriva de la tasa de beneficio. Por esto, la cuota estadística de lucro fija “g m” para determinados periodos, hasta un nuevo descenso.

Lo genuino es que a esa equivalencia, la denominaremos, “precios de producción” o precios de producción de tipo2 (la clase1 sería el “insumo valor ‘originario’” que es en sí, “precio de costo”...). Los precios aludidos tienen como “piso”, los gastos valor de producción.

La teoría del valor deviene ahora, una hipótesis en redor de lo que cuesta obtener un beneficio promedio.

De ese lucro estadístico, el capitalista industrial debe ocupar un segmento para reponer todos los elementos consumidos (i), para originar un “colchón” que lo proteja frente a eventuales crisis (ii) y para ampliar la escala de los negocios (iii). Tiene que separar incluso, una porción para solventar su nivel de vida (iv).

Siguiendo con el tema, estamos informados que existen la renta in stricto sensu y el interés, de modo que la sumatoria quedaría:

PP3 = {[c k] + [c v] + [(g m) + (r) + (i)]} Llamaremos a esos precios, “precios ampliados de producción” o precios de tipo3. La teoría del valor, se hace una hipótesis sobre cómo el plusvalor o excedente, se reparte entre los que son industriales, terratenientes y financistas.

Pero no sólo comprobamos que se diseminan burgueses industriales, terratenientes que perciben una renta y financieros que obtienen interés, sino comerciantes que consiguen un beneficio mercantil, propio del sector:

PP4 = {[c k] + [c v] + [(g m) + (r) + (i) + (g c)]} Aunque sea quizá redundante, es impostergable destacar que la sumatoria de “g m”, “r”, “i”, “g c”, únicamente para los grandes capitalistas es igual o superior a la supervalía; en el resto, es con frecuencia, menor al 100 % de plusvalor.

A esa clase de precio, lo bautizaremos como “precios ‘generales’ de producción” o precios de tipo4. La teoría del valor, se convierte en una hipótesis acerca de cómo el plusproducto es distribuido entre industriales, terratenientes, financistas y mercaderes.

Recién a partir de estos precios, interfieren la oferta, la demanda, etcétera, y todos aquellos otros factores que los economistas mencionan en sus enfoques.

Con Shaikh , podemos interrogarnos en qué escala los precios generales de producción se hallan condicionados por los gastos valor o los precios de costo. Los estudios empíricos que certifican los cálculos matemáticos efectuados por el pakistaní nacionalizado norteamericano, arrojan que los gastos valor impactan los precios de producción en un margen que va de un ochenta hasta más allá del 90 %. Por consiguiente, los precios de producción acaban indeterminados tan sólo entre un máximo del veinte por ciento o menos. En otras palabras, la sumatoria del resto de los factores que intervienen y que van allende “ck + cv + g m”, da por resultado que esos otros elementos contribuyen con hasta un 20 % en la formación de los precios; nada más. Eso también es sinónimo de la capacidad predictiva de la hipótesis del valor: acierta en un ochenta por ciento o más, en el vaticinio de cuáles serán los precios de producción, a partir de lo que indican los valores trabajo. Así, los que reniegan de los costos valor, se privan de explicar los precios en un 80 %.

Sea como fuere, los críticos aprecian una contradicción entre el “principio de estudio” del valor, que explica el valor como una ecuación integrada por algunos de los elementos que señalamos, y la formación de las cuatro clases de precios que acabamos de sintetizar. En brochazos amplios, el tema sería que el amigo de Engels describiría el valor de una mercancía por sus gastos valor, explicación que debiera excluir cualquier apelación a los precios, y en simultáneo, por precios de producción. Aunque el problema guarda dificultad , podemos afirmar que no existe tal desajuste por cuanto las clases de precios citadas, tienen por base los “insumos” valor de producción. Por lo demás, los tres tipos de precios de producción que comienzan con la “clase2”, no son el valor ni los gastos valor originales, pero arrancan de ellos, los cuales son en simultáneo, “precios de costo” tipo1.

Apoyándose en el padre de “Jennychen”, el pakistaní añade los precios de mercado y los valores de mercado, que son los que regularán al conjunto de los otros ejemplos de precios. Así, la ley del valor se convierte en insumos valor; éstos, se transforman en precios de producción que condicionan los precios y valores de mercado, los cuales a su vez, impactan en el resto de los precios (que en el estimado por Engels, son más de nueve clases de precios...).

Al hacer intervenir a los precios de producción, lo que está concretando el atacado por Bakunin es la creación de un “puente” entre los gastos valor, y los distintos tipos de precios que se gestan en el mercado y por la interferencia de múltiples elementos, “puente” que serían los precios de producción. Sopesado así el asunto, lo que tendríamos sería una conversión dialéctica de los costos valor (tesis) en precios (clinamen), transformación en la que jugarían un rol sustancial los precios de producción (antítesis), y los precios y valores de mercado (síntesis).

Uno de los motivos por los que ocurriría esa conversión dialéctica de los gastos valor en precios, es a causa de que en las comunidades hojaldradas como el capitalismo es difícil y engorroso, pero de vida o muerte para las empresas, tabular cuánto se debe orientar en tiempo y tarea en la producción de un objeto que devendrá mercancía. A raíz de que es complicada la operación de cálculo, el sistema social inventa una serie de estrategias para aproximarse lo mejor posible, a lo que se tiene que consumir en tiempo y trabajo. Con ello, se estipula un “umbral” que regula la supervivencia de los capitales, puesto que los que inviertan más tiempo y labor, serán ineficientes y acabarán eliminados del mercado, a la vez que los que gasten lo establecido o menos, continuarán funcionando en calidad de capitales.

A lo explanado se agrega que poco a poco, la hipótesis del valor se transforma primero, en una teoría de los costos, la que incluye los “insumos” valor de producción y los precios de producción tipo2, para luego operar a manera de una hipótesis de cómo el excedente se diluye entre segmentos de las clases dominantes (lo que es tratado en los precios de producción tipo 3 y 4), los cuales son “grupos formadores de precios”. Entonces, la primitiva teoría del valor deviene una hipótesis alterada de los gastos, en cinco tiempos o en cinco versiones, si incluimos los ejes enlazados a la cuota de beneficio (de la que no hablaremos en la oportunidad): a) los precios de producción clase1; b) los precios de producción tipo2; c) los de clase 3 y 4; d) los precios y valores de mercado; e) la caída de la tasa de lucro.

“Pausado” el aliento luego del excursus y retomando el ítem en que nos desviamos, es dable sentenciar que el tercer fenómeno que pareciera denunciar los constreñimientos de la teoría del valor es el que sugiere Habermas al citar los “análisis” de Offe. Según éste, mercado, producción y trabajo son cada vez más secundarios en las colectividades altamente tecnologizadas y en las que la circulación de conocimiento es fundamental (Habermas, 1994: 41). Empero, allí donde todavía incide el mercado, se revela como un mecanismo deficiente para abonar labores que son sumamente necesarias en una sociedad que pretenda guiarse por la discusión ilustrada de ciudadanos dispuestos a solucionar rispideces, desigualdades y diferencias, por la confianza en la lógica de la democracia parlamentaria y en el consenso “libre” de poder: esas tareas son vg., las entretejidas con la educación. El mercado no paga salarios estimulantes para que se incrementen los profesores abocados a la instrucción de civiles razonables, con el aliciente de hacer lo que desean y con retribuciones dignas (Habermas, 1994: 43). Incluso, el mercado deja sin monetizar actividades nucleares en la reproducción del sistema, tales como el trabajo de las madres o amas de casa (Habermas, 1994: 42-43).

Acerca de que producción, mercado y trabajo son características no relevantes en las comunas superindustrializadas, cabe negar de plano semejante axioma. Lo que plausiblemente ocurra, es que para las gigantescas empresas de altísima composición orgánica, el market no sea un mercado “clásico” sino uno que a través de infinitos medios (f. i., por la injerencia del Estado), proteja los intereses de los inversores más adinerados. Pero si en alguna escala pudiera enunciarse lo anticipado, de ello colegiríamos que es viable una colectividad sin la omnipresencia del mercado, que es algo que el sufriente en Inglaterra deseaba…

En lo que se refiere a lo otro, Chomsky recuerda que el régimen burgués se acoda en que una miríada de labores imprescindibles no son ejecutadas en la proporción suficiente, a pesar que haya subempleo, desempleo y toda clase de marginados (Chomsky, 1997: cf. entre otros sitios, 135).

Por lo que hace a la situación de las tareas de las madres, amas de casa, etc., su carencia de reconocimiento económico es correlativa de la supremacía de una lógica patriarcal, sexista y de invisibilización de género que ahoga a las mujeres. Empero, lo que acá se manifiesta es que ni el market, ni el capital, ni el dinero, ni la compra-venta, ni el auge de la mercancía, etcétera, pueden invadir todos los resquicios de la vida humana; por ende, ésta es más compleja que el poder del valor que se “autoproduce” y que el dominio del mercado, lográndose huir de ellos, aunque fuese con dificultad suma (López, 2009b).

Recuperando otra vez la trama expositiva, opina quien discute con Marcuse, que hay que aguardar que las mencionadas formas de plusvalía “indirectas”, compensen el “clinamen” de la cuota de ganancia, dado que tales formas pueden crear un beneficio paralelo al incubado en el proceso de producción típico y “no desviado” del capital:

[...] la fuerza de trabajo indirectamente productiva de científicos, determina una [alteración] sistemática de las condiciones [para la extracción de] plusvalía, [lo cual hace emerger] que es una cuestión empírica [saber] si la nueva [manera] de producción de [supervalía,] puede compensar la tendencia descendente de la cuota de ganancia (Habermas, 1986: 75/76).

La labor indirectamente productiva de los científicos muestra además, cómo en el capitalismo de Estado benefactor, lo superestructural e ideológico (ciencia y técnica ), pasan al registro de lo “infraestructural”, teniendo primacía funcional en ese orden. Ciencia y técnica codeterminan el proceso de valorización , con la ventaja de ser en simultáneo, fuerzas de producción y sistemas de legitimación ideológico-racional. Ciencia y técnica, le otorgan la “seguridad” al régimen burgués de Occidente, de “representar” una sociedad “superior” ante la que un ataque, termina por ser irracional en sí (Habermas, 1984b) . Pero al mismo tiempo, con ambas operando en tanto ideología de justificación racional de la explotación, se abre la posibilidad de crecimiento de mecanismos discursivos al estilo de la ciencia, que sean libres de poder. El camino de la ciencia muestra que las bases de legitimación del régimen social pueden someterse a una crítica racional e ilustrada, con lo que los conflictos y las divergencias de intereses son potencialmente solucionables a través de la polémica entre los involucrados. Así, el capitalismo de Estado “asistencialista” torna factible la superación de las asperezas entre las clases.

A ese nuevo estatuto de las formaciones discursivas que permiten la disolución de los problemas, sin dar lugar a acciones “irracionales” y a partir de la constitución de una voluntad moldeada democráticamente, se agrega el hecho de que las clases intentan cada vez más, un diálogo pacífico para resolver la contradicción entre labor y capital. Cierto que el orden pos/liberal, con el monopolio de los medios de comunicación, ha diluido y fragmentado la conciencia de clase, desplazando de una discusión política y pública, las inequidades reales, pero hizo viable una autosuperación [de la lucha de clases aunque sin la supresión de un tipo de ...] producción [...] que persigue fines no generalizables”. Sin embargo, “[... son] las constelaciones de poder [político y democrático ...,] las que [decidirán] si la estructura de clases [habrá] de diluirse y si resultará afectada la contradicción intrínseca al principio de organización capitalista, así como el grado en que ambos procesos podrán cumplirse (Habermas, 1986: 58).

En consecuencia, la refriega entre las clases ha sido eliminada y las contradicciones entre el valor que se “autoproduce” y la tarea, fueron suavizadas por la intromisión del Estado, gracias a la proliferación democrática, parlamentaria, legalista y pacífica de una “acción comunicativa” sin barreras de dominio. Ese reemplazo del conflicto por el “compromiso” de clases, puede observarse en la determinación política concertada del salario, pues allí irrumpe que [...] la coalición entre empresarios y sindicatos obreros[, incide en una] formación de los precios de la mercancía fuerza de trabajo[, que impide] igualar el salario medio con los costos de reproducción [del obrero], y [prejuzgar] si la lucha de clases ha operado como estabilizadora [...] (Habermas, 1986: 75-76).

Con este “enfoque” de lo coetáneo, concluye que es mejor desechar la teoría del valor y suplantarla por una teoría de la acción comunicativa (1989b), mucho más abstracta y con un poder “explicativo” general, dado que se independiza del determinismo económico estrecho, considerando el rol del lenguaje, del entendimiento, del aprendizaje y de las normas de legitimación democráticamente consensuadas .

3. La contracara de lo enunciado

No obstante, el co fundador de la Internacional, ya refutó a quienes consideraban los factores que ayudaban en el proceso de valorización como fuentes “alternas” en la creación de valores, y a otros para los cuales los problemas de la tarea asalariada subordinada al capital, eran eliminables a través de un “compromiso humanitario” entre las clases en pugna (Marx, 1975). También deconstruyó a aquellos que, de cerca o de lejos, pensaban como el economista italiano M. P. Rossi, el cual afirmaba que [el] progreso social no puede consistir en disolver toda asociación, sino en reemplazar las [organizaciones] forzadas y opresivas por asociaciones voluntarias y equitativas, [que no despojen] a la [potencia] individual ni de su energía, ni de su moralidad y responsabilidad (Mordejái Marx Levy, 1971: 92).

En cierta escala, Habermas no es muy diverso de Rossi en la medida en que el primero cree que las comunas desgarradas en clases, son formaciones que instituyen modos de acción comunicativa que están “distorsionados” por el dominio, los que deben ser suplantados para que las asociaciones sean humanas y voluntariamente vinculantes. Tanto el uno como el otro, reprimen desde la teoría que para que esa alucinatoria transformación ocurra, se tiene que intentar cambiar la manera en que producen los individuos, modo que hasta el presente, consistió en volver la subjetividad, la alteridad y la vida misma en objetos de disposición, “administración” y poder. Desde determinado punto de vista, en tanto los conflictos parecen solubles por un diálogo democrático y pacífico, Habermas está más acá de la crítica de Marx y Engels a la ideología alemana, la cual pretendía la conversión ideal del mundo a través de una nueva conciencia y su trastrocamiento, por el mero “poder” de la palabra (Marx y Engels, 1985a).

En cuanto a la presunta “universalización” de las nociones del “materialismo histórico” y en lo que se refiere, por esa vía, a la imaginaria supresión de los componentes esenciales para la crítica de la Economía Política, con el objetivo de “jibarizarlos” en una teoría de la comunicación, podemos afirmar que dicha generalización en el fondo, opera un vaciamiento discursivo de los conceptos, que los conduce a perder toda efectividad axiológica para la intervención práctica revolucionaria.

Si el suegro de Lafargue insiste en el estudio de las labores (y del valor, en el caso del capitalismo), no es porque reduzca lo social al “caosmos” (Guattari, 1996) económico, sino al contrario, en virtud de que los universales como “praxis”, “trabajo”, “fuerzas productivas”, “relaciones sociales de producción”, etc., no son categorías económicas sino, hasta determinado grado, “sociológicas” e históricas. Son esos categoremas los que contribuyen a explanar sucesos económicos como el producto, la mercancía, el valor, etcétera. Lo económico es explicable por lo social, en virtud de que para Marx la economía es algo irracional, absurdo, fantástico; es algo casi irreal pero con apariencia de ser real, con apariencia de una consistencia ontológica innegable.

De manera simultánea, la economía impacta en la vida de varones y mujeres a raíz de que los agentes no fueron aptos para eludir que la economía deviniera un poder que castiga a los hombres, sin que éstos puedan controlarla . Lo económico se entiende por lo social, a causa de que es una situación social la que ocasiona que la economía funcione en calidad de economía/poder. En consecuencia, no es pertinente enunciar que el “Materialismo Histórico” y la hipótesis del valor sean un análisis economicista, ni que descuiden el papel de la subjetividad y la comunicación, precisamente cuando denuncian la brutal reducción de la existencia a una tarea antisocial. Si algo desmantela quien no pudiera ser empleado por su caligrafía, es justamente la imposibilidad de que el otro emerja con significado humano en colectividades donde el trabajo fue hasta ahora, labor forzada y penosa (Marx, 1985a), en contradicción destructiva con lo que “debiera ser” socialmente vinculante. Para los apologistas de la burguesía, es fácil sostener que el trabajo es social porque es un acontecimiento que ocurre dentro de la sociedad y en virtud de que supone un nivel dado de colectivización. Con ese mecanismo retórico, se elide el hecho de que la tarea en las comunas partidas en clases, es una labor enajenada, id est, un trabajo que se le presenta al oprimido como poder ajeno y desrealizador de su subjetividad.

El conocido por Wolff, opone no sólo la tarea alienada a la sociedad (i), sino también a la abundancia de valores de uso o tesoro (ii), a la característica del trabajo a modo de un tipo de riqueza (iii), a la dialéctica entre fuerzas productivas-forma de producción/relaciones sociales (iv), e incluso, llega a tensionar “labor” e “Historia” (v). Veamos: “[el] trabajo produce riqueza, excepto para sí, y no es él mismo riqueza” (Mordejái Marx Levy, 1972b: 101; Marx y Engels, 1973). Respecto a la contradicción entre tarea e historicidad, esculpe: “[todas] las formas anteriores de propiedad condenaban a la mayor parte de la sociedad a ser simples instrumentos de trabajo, [y condicionaban que] el [despliegue] histórico mismo [fuese independiente de la voluntad de los individuos]” (Marx, 1971: 91-92).

La labor extrañada es entonces, un modo de trabajo que no le permite ser “en sí”, tesoro y se convierte en una “forma” que devasta la otredad, comprimiéndola en la dimensión productivo/instrumental, con lo que coloca a mujeres y varones ante la imposibilidad de intervenir en la Historia. Es decir, la tarea enajenada es una forma deficiente para la injerencia de los hombres en el curso de los acontecimientos, objetivando la Historia en un proceso que unidimensionaliza a los agentes (Marx, 1971: 131; Lipsitz, 1992a).

Conviene aclarar que superado el “reino de la Necesidad” y de la “economía parasitaria de la biosfera”, la labor dejará de ser no únicamente enojosa, sino el principal tipo de praxis social . En efecto, para los jóvenes Engels y Marx de la deconstrucción de la ideología alemana, el socialismo será el comienzo del fin del imperio del trabajo, lo que se ahondará en el comunismo. Por eso, si existe la alternativa de un ocaso de la tarea es dable entender el socialismo como una colectividad del fin del trabajo. Por lo que cabría gubiar, que la tarea no es nodal en el pensamiento del admirado por el General, querido por las hermanas Burns.

Recurriendo a lo que veníamos argumentando, surge que la labor no sólo empobrece la subjetividad, al trabajo en cuanto tal y a la historicidad, sino en paralelo a lo que es riqueza. La tarea forzada y extrañada de su humanidad, es incapaz de generar todo el tesoro que se podría potencialmente suscitar, acorde al desenvolvimiento de las fuerzas productivas. Tal riqueza es además, irracional: carece de sentido que la génesis de tesoro “destinada” a los individuos, signifique que una gran parte de ellos sea sacrificada o privada de él.

Por añadidura, Marx deshilvana el modo absurdo e ilógico en que el desarrollo potencial de la humanidad, por medio de la dialéctica fuerzas productivas-modo de producción/nexos intersubjetivos, es encuadrada en un “método” que justamente, entorpece dicha dialéctica. La forma enajenada del trabajo se halla en contradicción con el despliegue de mujeres y varones, y con la dialéctica en juego. Al contrario de lo que se desprende de Habermas, las comunidades clasistas no son asociaciones que puedan potenciar el desarrollo humano, a través del aprendizaje suprasubjetivo. Habiendo aparecido en varios momentos de la Historia, “puntos de bifurcación”, el nacimiento de las sociedades de clases fue una elección “evolutiva” errónea que, luego de haberse impuesto, costó alrededor de 70 siglos de terror, desconsuelo, espanto y hambre. Impidieron que los agentes se emanciparan no sólo de la labor extrañada y de la tarea sin más, sino del universo estrictamente animal en el que estamos sumergidos (Engels, “82. De Engels a F. A. Lange. Manchester, 29 de marzo de 1865”, en Marx y Engels, 1975: 168). Por lo tanto, apenas si la labor alienada hace factible diferenciar a los hombres de los animales, a causa de que induce un “canibalismo” entre miembros de idéntica especie y porque todavía la producción es parasitaria de la naturaleza, en razón de la ineficacia de la génesis de tesoro.

Así las cosas, es la idea de “trabajo” la que subsume los conceptos de “subjetividad”, “comunicación”, “otredad”, “consenso”, “procesos de aprendizaje”, etc. Pero ello no se debe a que en Marx, insiste una irreductible herencia hegeliana que motiva que los filosofemas “tarea” y “praxis”, no puedan ser descartados. La labor como un tipo particular de “acción” que sin embargo, se vuelve hegemónica no es resultado de la necedad del que elogiara a Engels ni de su presunto hegelianismo, sino que proviene de que en la Historia transcurrida, los individuos no fueron aptos para librarse del trabajo y de enriquecer la polivalencia de la praxis, encaminándola al arte. Puesto que si algo representa el poder creativo de los agentes no es la tarea, enajenada o no, sino el arte , en especial, la música: en ella, no se procura “reproducir” nada exterior al arte mismo.

4. Una discusión posible

En otro espacio de reflexiones, los enlaces intersubjetivos de producción no son ni socialmente vinculantes, ni se limitan a normas precomprendidas en un horizonte de sentido útil para el consenso. Tales relaciones son nexos de poder, dominio, hegemonía, diferencias jerárquicas, etcétera, que anulan la otredad.

Por su parte, el alucinado acuerdo sobre las expectativas mutuas de comportamiento, es un mecanismo ideológico que lleva al oprimido a autocomplacerse con su propio sometimiento. En un brillante comentario del Dr. Edgardo Castro, alrededor de la parresía o de la valentía de espetar la verdad, de la que habla uno de los últimos Foucault, se cincela que el Esclavo no es un dominado a causa de que sea avasallado por el poder del Amo, sino porque es estúpido: la dialéctica entre Opresor y Esclavizado, sería una interacción entre Amo e idiotas que se resignan a ser oprimidos.

Como quiera que fuere, es obvio que la reducción de los cambios históricos que signan épocas, a una lógica del aprendizaje en un contexto pautado para el consenso, desaloja en el mismo esquema comunicacional, el equívoco, el malentendido, la incomprensión, el desencuentro, la manipulación discursiva, las desigualdades en los lugares de enunciación, los afloramientos inconscientes, etc. Si fuera viable una generalización de las categorías marxistas, con el propósito de “considerar” los fenómenos de acción racional, la adecuación de medios y fines, los modos de legitimación consensuada para el aprendizaje colectivo, etcétera, no podrían ignorarse las características alienantes de las sociedades clasistas. A todas luces, es insuficiente determinar períodos según las formas universales de aprendizaje, si no se especifica en el seno de qué tipo de comuna ocurren las mismas.

Pero para el caso del capitalismo, distinguir entre principios de funcionamiento que varían acorde a cada formación de economía y sociedad, no diluye la cuestión de cuáles son los axiomas generales de la etapa burguesa en cuanto tal. Si la contradicción entre capital y labores, entre clases antagónicas, etcétera, son principios universales del modo productivo capitalista, lo que queda es particularizar tales “axiomas” en cada tipo de formas de economía y sociedad y no buscar imaginarios principios de funcionamiento, en oposición a los axiomas globales. Y si aceptamos que el modo de producción burgués articula de una manera específica, las contradicciones entre trabajo objetivado y labor viva, entre tarea necesaria y plustrabajo, dando por resultado la génesis de supervalía y la reproducción en escala ascendente del capital, entonces no es posible que el capitalismo postliberal continúe siendo burgués, sin la participación de las tensiones aludidas.

Que la lucha de clases sea latente y no explícita, propensa a estallar en rebeliones, no es una evidencia de que la misma haya dejado de ser un principio de funcionamiento. A su vez, la conversión del antagonismo de clases en un “compromiso” nos tiene que motivar a pensar qué dispositivos condujeron a la identificación del oprimido con su mortificador (Deleuze y Parnet, 1988). La contribución de Habermas consiste aquí, en que llamó la atención acerca de cómo los mecanismos dialógicos del discurso social gestor de una voluntad mayoritaria de ciudadanos “juiciosos”, son más bien una transustanciación ideológica de la realidad y sin duda, una domesticación por las socializaciones primaria y secundaria.

La transformación en ideología de ciencia y técnica, en cuanto racionalización de la explotación, no lleva a creer que los modos racionales de polémica son la “infraestructura” de la sociedad. Por añadidura, el rol de la ciencia y la técnica en el proceso de producción estaba incluido en el pensamiento de Marx, tal cual se advierte en nota 23. Incluso, el denostado por Habermas anticipa que el impacto de ciencia y técnica será tan grande, que la plusvalía será extraída no ya de cada obrero o de las clases dominadas en su conjunto, sino de colectividades y hasta de continentes enteros (Marx, 1972 a: 227-229). Todavía hoy ese proceso no está consolidado, pues la informatización total de las potencias genéticas, lo cual permitiría obtener una “plusvalía universal”, es apenas un futurismo.

Tampoco es concluyente que la “determinación” del precio de la fuerza de trabajo, se haga “políticamente” y por intermedio del “arreglo” entre opresores y representantes de la clase sometida (casi siempre, “vendidos”...), puesto que ello no deja a un lado, la exigencia de reproducción de la clase por el fondo de tarea. Por lo demás y aun cuando existan segmentos privilegiados de las clases dominadas, que obtengan ingresos que los lleven a un nivel de consumo propio de los grupos destacados, lo esencial no radica en que la pobreza absoluta haya sido frenada para esos expoliados por el valor déspota, sino en que a pesar del bienestar, sigue existiendo una pobreza relativa: si la paga por el trabajo necesario es elevada o hasta muy abultada, el porcentaje de plustesoro es todavía más significativo, por lo que un dominado excelentemente pagado no podrá apropiarse de todo lo que produce, sino tan sólo de una fracción de lo que crea en calidad de valores de uso. Será un pobre, en comparación relativa con la plétora de riqueza, excepto que no estará consciente de eso a causa de las ilusiones (Deleuze y Guattari, 1985) que gesta un consumo de prestigio (casa propia, vacaciones, jubilación plus ou moins, “digna”, auto, electrodomésticos, standard elevado de vida, etcétera). Si contamos a los pobres e indigentes de la periferia, semiperiferia y regiones “extra capitalistas”, y si los sumamos a los pobres conformistas con tarea del “polo” dinámico, y a los otros pobres e indigentes de ese centro, apreciamos que la “profecía” de Marx de una pauperización creciente, se vio confirmada y no desmentida.

Si fuese poco lo anterior, hay que recordar que la “aristocracia” obrera del Primer Mundo o de los países superindustrializados, consigue sus salarios de lujo por una complicidad en la explotación de sus pares del Segundo, Tercer y Cuarto Mundo , de forma que no es un “logro” del Estado social asistencialista, sino consecuencia de la subordinación de esa semiperiferia, periferia y ámbito “extra capitalista”, a una división internacional de las tareas guiada en el siglo XXI, por Norteamérica y los principales países de la UE (Francia, Alemania, Inglaterra).

Sin embargo y allende el nacimiento de una clase laboriosa “acartonada”, la media planetaria de los salarios que abonan tarea que valoriza capital, es baja o muy “chata” en contraste con el ingreso de los excesivamente enriquecidos del sistema en su conjunto. En el Tercer y Cuarto Mundo, el subempleo, el empleo sin ventajas sociales (jubilación, medicina, etc.) y la desocupación, son de tal magnitud, que los gobiernos se ven obligados a subsidiar la miseria reinante. Of course, sirve para el clientelismo político, pero lo que habita en la situación es algo que los noveles Engels y Marx, adelantaron en el Manifiesto: la avidez de lucro es tal y la necesidad de canalizar supervalía es tan ineludible, que los capitalistas siempre que pueden, empujan los salarios al mínimo. Con ello, explicitan que lo burgués pone en riesgo la reproducción de la clase de la que depende y por eso, termina subsidiando la miseria de aquellos que debieran generar tesoro con el aspecto de capital en general, mercancía y dinero (Marx, 1972a: 117). En este sentido, el afloramiento de un Estado “asistencialista”, que tuvo sus modalidades en el Primer Mundo y en algunas regiones del Tercero (Argentina, etcétera), además de ser la reacción sistémica para contrarrestar el “mal ejemplo” de las vías anticapitalistas que se inauguraron luego de 1917, es el resultado de sacrificar la capacidad viva de labor, al punto de mantenerla.

En otro palimpsesto (Marx, 1985c), el emigrado de Francia detecta que el Estado puede organizarse progresivamente, en calidad de instrumento político de dominación de clase, pero temporariamente administrado por segmentos de los grupos hegemónicos, al tiempo que ese Estado interviene en el ámbito de la economía, con el propósito de “solucionar” las crisis capitalistas con acciones más o menos, aberrantes (control militar de la protesta, golpes de Estado, clientelismo, etc.).

En lo que se refiere a la creación de una plusvalía “indirecta” por una tarea “desviadamente” improductiva, Habermas se enreda en juegos malabares que acaso se podrían evitar si trajese a polémica, determinados casos que Marx había estudiado y que ofrecían la apariencia de ser fuentes “alternativas” de valorización de capital. Uno de esos ejemplos, es el del funcionamiento de los caminos, luego de haber sido construidos.

Aunque asome un yerro, la iteración es oportuna, por cuanto el proceso de construcción de una ruta, sí implica explotación de fuerza de trabajo (que son los obreros empleados en la apertura de una vía a transitar). En cambio, el posterior estrujamiento comercial de ella , no agrega valor a los productos que circulan por ahí. Por supuesto, los encarece o los abarata. Si los encarece, el costo de transporte se añade a los precios; si los abarata por la existencia de caminos que ahorran tiempo de circulación de las mercancías, no impactan en los precios, pero tanto en una situación como en otra, el costo de traslado no es una fuente que suma valor.

Marx se pregunta:

[... si] de la velocidad de la transformación del [valor déspota como] producto en dinero[,] depende la cantidad de veces que el capital puede recomenzar el proceso de autovalorización, ¿puede extraerse [supervalía de la circulación y de] los costos de transporte?” (Mordejái Marx Levy, 1972a: 6, 10).

Podemos efectuar una analogía entre el caso que el suegro de Aveling interroga y la apuesta de Habermas. Antes, debemos asumir que el movimiento circulatorio y el proceso de producción son diversos. Tenemos que señalar por igual, que los científicos de los que hablaremos no son utilizados por valor que se autovaloriza, sino f. e., por esferas del Estado no empresariales, es decir, que son obreros improductivos y su paga no se orienta para acrecentar capital. Entonces, si la velocidad del devenir de autovalorización depende de la rapidez del proceso productivo (id est, de la eficiencia en la génesis de plusvalía relativa), lo que depende a su vez, de los desarrollos científico-técnicos, ¿puede destilarse supervalía “indirecta” de tales avances y de la labor que los hace posibles?

Una respuesta probable sería plus ou moins, similar: de la misma suerte que la circulación y los medios de transporte no suscitan valor, así también la tarea científica y los adelantos científico/técnicos que no surgen de trabajo productivo, no inducen valor sino que influyen en el movimiento de valorización, a través de la agilización del proceso de producción. Cuando la labor desempeñada por científicos, ingenieros, etcétera, es productiva y el salario implica el abultamiento de capital, el trabajo es creador de plusvalía y se acaba el “misterio” y el “enredijo” artificialmente esparcido por Habermas, para confundir a los que no poseen una información acabada del corpus.

Para la situación en que la tarea sea asalariada pero improductiva, Marx delinea que “[...] ciertos trabajos improductivos pueden estar vinculados incidentalmente con el proceso [... productivo y de valorización]; es factible incluso, que [la labor aludida] aparezca como [intercambiada] directamente por capital” (Marx, 1972b: 82 -lo resaltado no es nuestro).

Es dable ir más lejos e imaginar que la tarea improductiva científica, pueda ser “exterior” con respecto al proceso de reproducción del valor autócrata, en especial, cuando se trata de investigaciones de base y no aplicadas. Pero cabe sostener que esa “exterioridad”, no significa que se trate de una “simple” secundariedad de la ciencia.

En cuanto a la estima en que el que adora a la Escuela de Frankfurt, guarda a la democracia de elecciones periódicas, desecha cuatro aspectos esenciales en la crítica a esa clase de “democracia”. La primera, es la que se desprende de lo que subraya con lucidez el Subcomandante Insurgente Marcos (EZLN): el cómputo de los votos se concerta de tal suerte, que no se contabiliza por la totalidad del padrón sino por los que efectivamente votan. Con ello, la lista ganadora es en realidad, una primera minoría. Incluso, si sumamos los que no concurren a los comicios y los votados en otras listas, se aprecia claramente que los que gobiernan son una primera minoría y no la “mayoría”, como propagandísticamente se enuncia.

El otro elemento es que los candidatos no expresan de modo transparente sus programas, por lo que muy seguido hacen lo contrario de lo que prometieron realizar. Por ello, la población es sistemáticamente defraudada. Au fond y en tercera instancia, lo que ocurre es que a través de la “democracia” de elecciones sucesivas, las mayorías postergadas son expropiadas de sus derechos políticos y de sus alternativas de autogobierno. Concomitantemente y según el inteligente Engels (tan lúcido, que en cierta medida, Marx fue “engelsiano”...), esa “democracia” es un “blindaje” legalista que usan las clases dominantes para proteger sus prerrogativas.

El cuarto aspecto es el señalado por Chomsky en numerosos textos. El régimen de propiedad privada y de libertad de empresa, supone una expropiación del poder económico de la comunidad: los capitalistas manejan sus negocios como reinos en los que tienen una potestad casi absoluta y absolutista, por lo que la población es prácticamente, impotente, vg., frente a las consecuencias destructivas de las actividades económicas en los ecosistemas.

El resultado es que las mayorías son despojadas tanto de sus derechos políticos, cuanto de su poder de interferencia en cuestiones vinculadas con la economía y la reproducción social en el tiempo: insiste pues, una dictadura del capital.

4. Una modesta conclusión abierta

La pretendida disolución de la teoría del valor y por este camino, la alucinada superación de las hipótesis del exiliado de Europa, acaso no sea más que el deseo de elevarse por encima de la lucha de clases, y de servir con ello, a una pacificación “retórica” de las contradicciones entre capital y trabajo, sistémicamente insolubles en el modo burgués de producción.

La apuesta de Habermas, antes que una “sociofilosofía”, pareciera ser enteramente ideológica: no deja de revelar la incoherencia de los proyectos de legitimación (Deleuze y Guattari, 1988), dado que en el mismo instante en que se camuflan las contradicciones, por esa idéntica vía es posible denunciarlas. Creemos que ello es corolario de la profunda inconsistencia de las comunas desahuciadas en clases, incongruencia que radica en que se ven impulsadas a suscitar sentidos justificadores de las desigualdades , a partir de un sinsentido estructural (que es el poder destructivo, deshumanizante, desrealizador y negativo de las inequidades entre hombres de igual especie...).

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