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"Contribuciones a la Economía" es una revista académica con el
Número Internacional Normalizado de Publicaciones Seriadas
ISSN 16968360

 

ANÁLISIS ECONOMICO TURÍSTICO  DE UN VIAJE A ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA A MEDIADOS DEL SIGLO PASADO

 Francisco Muñoz de Escalona

  

Un diario de viaje[1]

 

La escritora francesa Simone de Beauvoir (1908 – 1986), mundialmente conocida por su obra El segundo sexo (1949) y por sus relaciones de amor, amistad y camaradería con el filósofo Jean Paul Sartre, con quien compartió el cultivo de la corriente filosófica del existencialismo y otras aficiones y tendencias, hizo un gran tur[2] a Estados Unidos a principios de 1947, el mismo año que Jack Kerouac atravesó ese gran país por carretera, de costa a costa, acompañado por Neal Cassady, viaje del que dio cuenta en esa obra de culto que es On the Road.

A punto de cumplir cuarenta años, la Beauvoir se encontraba entonces en plena y gozosa madurez tanto física como intelectual, aunque aun no había publicado la obra citada, la que le abriría las puertas de la fama. Publicada por primera vez en1948, su obra América día a día fue, por fin, traducida al castellano más de medio siglo después de su aparición en Francia. El traductor, Daniel Sarasola Anzola, ha logrado conservar ese lirismo intimista con el que la autora impregna muchas de las páginas del libro hasta convertirlo, en palabras de un crítico de The New York Times Book Review, “en una auténtica joya”.

América día a día es sin duda un libro de viajes en el más noble y original sentido del término. Tiene también, por ello, un indudable valor autobiográfico. Pero la autora no solo nos hace partícipes de sus vivencias. Formula también numerosas opiniones y observaciones, en la gran tradición del género, y deja traslucir tanto su enorme admiración como su decidido rechazo frente a diferentes realidades de Estados Unidos, país en el que permaneció durante cuatro intensos meses en unos momentos tan singulares como fueron los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, años marcados por una profunda recesión en lo económico y por la vergonzante persecución policial emprendida por el general McCarthy de intelectuales acusados de izquierdistas y prosoviéticos.

El libro es de muy instructiva, amena y hasta gozosa lectura. El formato diario que la autora da a sus análisis y comentarios sobre la realidad americana, basados en sus vivencias y estancia en numerosas ciudades, el innegable interés histórico que hoy tiene su contenido y el bellísimo estilo literario de su escritura atrapan al lector de forma que no resulta fácil encontrar oportunidad para el reposo. América día a día es un libro que podríamos calificar, en este sentido, de tiránico, ya que lleva a una lectura ininterrumpida, a leerlo de un tirón, juicio que puede ser compartido por todo tipo de lectores. Pero los estudiosos del turismo y los amantes de los libros de viajes tienen una razón adicional, no solo para leerlo, sino también para estudiarlo con detenimiento. Es lo que me propongo hacer en este trabajo, escrito cuando todavía estaba en activo en el Instituto de Economía y Geografía del CSIC, y que envié hace un año a la revista argentina Estudios y Perspectivas en Turismo. Ignoro a estas alturas si fue publicado o no, pero ante la duda he decidido enviarlo a la siempre acogedora Cuestiones de Economía.

El abundante material que, en sus más de cuatrocientas páginas, ofrece el libro puede agruparse en dos grandes apartados temáticos. En uno de ellos incluyo los comentarios y análisis del modelo americano de vida, un tema por el que sin duda se sienten interesados historiadores, sociólogos, antropólogos y estudiosos en general de las civilizaciones. El otro apartado puede formarse con las referencias que la autora hace una y otra vez a todo aquello que tiene que ver con su condición de una visitante extranjera que aún no conoce Estados Unidos. Los dos apartados tienen el interés de reflejar la realidad de un país que acababa de estrenar su condición de gran potencia mundial en un mundo dominado por el clima posbélico de la guerra fría.

Mi análisis de la obra se limitará al segundo apartado, en el que abundan los temas de carácter turístico. En mi exposición utilizaré las nociones de la economía de la producción turística (en adelante EPT), denominación que doy al corpus teórico que vengo desarrollando desde 1988. La EPT tiene, entre otras potencialidades, la de ofrecer un esquema analítico y sistemático especialmente adecuado para estudiar esa actividad productiva todavía oculta a la que llamo turismo.

En primer lugar, haré referencia a la motivación o motivaciones de la estancia de la autora en Estados Unidos, una estancia ciertamente prolongada hasta límites inusuales desde el punto de vista de lo que podríamos considerar normal para una simple visita ya que, como se verá no la misma respondió a una invitación académica para impartir conferencias en centros educativos. Para ello utilizaré no solo las propias declaraciones textuales de la autora sino también los criterios que se desprenden de las actividades que realizó durante su estancia en América. En definitiva, aplicaré también los criterios de la Doctrina General del Turismo (en adelante DGT), caracterizados, como se sabe por un psicosociologismo centrado en el sujeto, del que destaca su comportamiento, sus motivaciones, sus percepciones, sus actitudes y en, en definitiva, su intencionalidad.

Obviamente, la fuente de información utilizada no es otra que el diario de viaje de Simone de Beauvoir, en el que unas veces encontramos simples opiniones y, otras, detenidos análisis, propios de quien fue sin duda una pensadora de alta cualificación a la que nada humano le resultó ajeno. La obra ofrece abundantes datos sobre la oferta que la EPT llama incentivadora[3] de las visitas, y también sobre aquellos bienes y servicios que las hacen posibles y hasta cómodas, a los que la EPT llama oferta facilitadora[4], pero orientados tanto a residentes en los lugares visitados como a los forasteros que los visitan.

Terminaré el recorrido deteniéndome en la producción de turismo en USA y tratando de extraer las conclusiones pertinentes.

 

Análisis según la Doctrina  General del Turismo  

 

La autora declara, ya en la primera página de su libro, que el suyo “fue un viaje de placer y dejado al azar de la improvisación”. El estudioso del turismo se encuentra a bocajarro con una frase de especial significación. La autora no se limita a declarar la motivación de su desplazamiento. También especifica que el suyo fue un viaje  no programado o no planificado. Para quienes ponen el énfasis en la búsqueda del placer como motivo de un desplazamiento de ida y vuelta y de la estancia pasajera (en un lugar en el que no reside habitualmente) a la que da lugar, no cabe la menor duda de que Simone fue una turista en América, que su viaje fue un viaje turístico. La misma Simone se considera a sí misma a lo largo de la obra y en numerosas ocasiones una turista. Lo dice con estas mismas palabras, por lo que ni siquiera hace falta acudir a la exégesis. Las frases en las que lo expresa son numerosas, pero me limitaré a las siguientes:

 

“Decididamente, soy una turista: todo me divierte” (p 29).

 

“Paseos por Nueva York, galerías de arte, museos, desempeño concienzudamente mi oficio de turista. De tarde en tarde voy a ver a algún editor, a algún director de revista: hasta en esto me siento como una turista[5]” (p 35).

 

(Washington) “es mi primera ciudad americana después de Nueva York; no conozco a nadie en ella, sólo voy a estar un día y medio. Cuando comenzaba  a construirme un nido en América, vuelvo a convertirme en turista” (p 84).

 

“No sé muy bien qué hacer. Sé callejear por una ciudad europea. Pero en América, es otra historia (…) Tengo que decidirme y lanzarme. Bajo (de la habitación del hotel). Tomo un taxi. (…) Me paro. Para ganar tiempo antes de lanzarme a lo desconocido, decido ir a un museo. (…) Soy una turista concienzuda. Almuerzo en el centro comercial de la ciudad (Washington)” (p 85).

 

Sin embargo, siete días después de llegar a Nueva York, la autora declara en su diario:

 

“Tengo que dar una conferencia” (p 24).

 

Y, días más tarde, dice:

 

“Esta tarde voy a dar una conferencia en Vassar College” (p 54).

 

El 11 de febrero, vuelve a decir:

 

 “doy una conferencia seguida de un cóctel en Relaciones Culturales” (p 73).

 

El 14 del mismo mes, anota en el diario:

 

 “a la salida de mi conferencia…” (p 87).

 

Y el día 15 del mes citado, escribe:

 

 “No tenemos tiempo de ir a Mount Vernon y lo siento. Quería volver a ver algunos cuadros del museo y tomo el tren de Lynchburg: una conferencia me espera en Macon College.” (p 89).

 

En la página 90, anota:

 

 “hoy me he quedado aquí (Lynchburg) para escribir un artículo antes de cruzar mañana Nueva York apresuradamente y marchar hacia el norte…”

 

 Más adelante, comenta (páginas 93 a 95):

 

 “El doctor B, que ha organizado mi conferencia de esta tarde, viene a buscarme para almorzar (sic)”.

 

La cena tuvo lugar en casa de una amiga del doctor B.:

 

“Cenamos al amor de las velas, con todas las luces apagadas…: esta iluminación es señal de lujo. Doy mi conferencia en una sala del museo decorada con ojivas medievales. De vuelta al hotel, sólo son las once”.

 

Las referencias a conferencias, charlas y contactos con intelectuales, profesores universitarios, estudiantes, editores y escritores son continuas por parte de la autora. Algunos idiomas derivados del latín, entre los que destacan el español y el italiano, tienen una palabra específica para referirse a un viaje que, como el que nos está describiendo Simone de Beauvoir en este libro, parece estar motivado por la realización de una serie de actividades intelectuales y profesionales. Me refiero al vocablo    gira [6] con el que los dos idiomas citados se refieren a viajes, paseos y excursiones por diferentes motivos entre los que figuran los placenteros, pero que, como todos sabemos, se aplica sobre todo a los viajes de artistas, deportistas, escritores, conferenciantes o incluso políticos por varias ciudades para representar obras de teatro, participar en competiciones o exponer teorías, análisis, opiniones o  ideas, respectivamente. Gira es la palabra que utiliza el traductor del libro para referirse al viaje que hizo Simone de Beauvoir por diferentes colleges y universidades del estado de Nueva Inglaterra, entre el 14 y el 24 de abril, con el fin de pronunciar conferencias. Conferencias y charlas, entrevistas con escritores y profesores universitarios fueron frecuentes y continuas en otros centros y  ciudades de otros estados norteamericanos hasta el final de la visita de la escritora. Lo que pretendo demostrar es que, ante este tipo de actividades, los jurisperitos, aferrados como lapas al placer como motivación exclusiva y excluyente del turismo, reclasificarán a la autora y no la tendrán ya como turista, pese a que ella misma se tenga a veces por tal. Al hacerlo así verán reforzada su postura al comprobar que, en la página 112, declara ella misma que en Chicago, una de las muchas ciudades americanas que tuvo oportunidad de visitar, se siente como se desprende de esta frase:

 

“Me solazo por estos bares, por estas calles de viento ululante; no me siento demasiado turista. Se me antoja estar viviendo una tarde de Chicago en compañía de un indígena genuino. N. A[7]. ha pasado aquí su infancia y casi toda su existencia”.

 

Casi al final del libro, en la página 340, la autora formula una especie de teoría turística propia, basada en los sentimientos de sorpresa, en los que experimentó al recordar sus vivencias de los primeros días en Estados Unidos y compararlas con las experimentadas al final de su visita:

 

 “Los primeros días, todo me sorprendía en América, veía la riqueza y percibía la amabilidad de los americanos; ahora ese trasfondo me resulta familiar y ya solo percibo lo que me sorprende o impresiona. Necesito un contraste para captar lo que al principio me gustaba tanto de eso, lo que sin duda en Francia voy a echar de menos amargamente. Hoy lo sé porque cuento con dicho contraste”.

 

Según esta teoría, Simone habría empezado siendo turista para acabar no siéndolo, y ello al margen de sus actividades como conferenciante y de las verdaderas motivaciones del viaje, si es que existe algo parecido a “las verdaderas motivaciones” en cualquier viaje pero sobre todo en este. Al principio del libro, la autora reconoce que

 

“tantos detalles sorprendentes durante los primeros días les confieren un encanto especial; nada de aburrirme”.

 

En la página 334, casi al final, repite una vez más el criterio de la sorpresa:

 

“Me divierte ver cómo N. A. descubre Nueva York con su mirada de hombre de Chicago. Le sorprende la ropa de colores vivos tendida en las escaleras de incendios, el rojo inesperado de las fachadas en calles tristes, la fantasía de un tenderete de librero, de una pequeña plazoleta, la pátina de una casa centenaria: la ciudad le parece rica en pasado proceloso y de un pintoresquismo desconcertante”.

 

Según su especial teoría, Simone de Beauvoir empezó siendo turista cuando arribó a Nueva York procedente de París y dejó de serlo después de una primera fase de tres semanas de estancia. Pero fue turista otra vez más tarde según la DGT, cuando viajó por el oeste y por el sur de los Estados Unidos, y dejó de serlo, una vez más y también según los mismos criterios, cuando regresó a Nueva York, antes de volver a París:

 

“Me siento demasiado neoyorquina para retomar mis grandes excursiones matinales; ahora, en lugar de explorar a grandes pasos, deambulo por Nueva York como si fuera mía. Ya no me divierte cualquier cosa” (p 333 – 334).

 

Fue, pues, con esta autopercibida identidad de residente americana como Simone dio por finalizada su estancia en América. “El día despunta en Orly” (p 404), anotó cuando su vuelo había tomado tierra en Europa y siente con fuerza que ha abandonado un país opulento a pesar de la recensión que padecía, y también que llega a otro país, el suyo, en el que percibe los tristes y deprimentes efectos de la reciente contienda mundial:

 

“Por la triste avenida que conduce hacia París, la gente va mal vestida, las mujeres tienen el pelo descolorido, caminan con el paso humillado. Las verduras del mercado son raquíticas. Ni un taxi en la parada de los Invalides; en el bordillo de la acera, los viajeros se ponen nerviosos, empiezan a pelearse. Hace un día gris, París parece aterido, las calles están apagadas y lúgubres, los escaparates son ridículos. Allí, en la noche, un continente inmenso resplandece. Tendré que volver a aprender cómo es Francia y meterme de nuevo en mi piel” (20 de mayo, p 404).

 

Misión cumplida, parece estar declarando la autora con esta frase. Pues, en efecto, inmediatamente después de llegar a Nueva York por primera vez, había escrito:

 

 “Me acomodo en un banco entre un estrépito de ruedas de patines y me siento satisfecha: Brooklyn existe, y Manhattan con sus rascacielos, y toda América en el horizonte; yo ya no existo. Eso es. Comprendo lo que he venido a buscar: esta plenitud  (…) cuando nos anulamos en beneficio de algo distante a uno mismo”. (p 22)

 

Con la lectura de una frase como la que antecede hay que recordar el sospechoso criterio que desde algunos años se empeñan en mantener los que llamo sociólogos creativos, primos hermanos aunque no lo sepan de los jurisperitos más empedernidos, para distinguir entre viajeros y turistas. Es cierto que toda la DGT está empapada de una pretensión similar, pero los sociólogos de la escuela creativa introducen un elemento que deben tener por original e ingenioso porque ignoran que se remonta nada menos que a 1841, año en el que el francés Maurice Alhoy publicó Phisiologie du voyager. Para Alhoy,

 

“el viajero descubre, el turista visita lo que ya está descubierto”.

 

Con un planteamiento similar, ciertos intelectuales de periódico que cultivan la sociología creativa aplicada al turismo, afirman que

 

“frente al turista que discurre por caminos trillados, el viajero se empeña en inaugurar senderos, sumergirse en la vida de los nativos como un nativo más y traspasar así la actitud del espectador que contempla espacios y habitantes como un entretenimiento de vacaciones. El turista se deja conducir, mientras el viajero induce, se inmiscuye, obra activamente”

 

Simone, de acuerdo con esta peculiar teoría, cae de lleno en el noble grupo de los viajeros (inteligentes, sensibles, activos, ejemplares únicos). Pero continuemos aplicando a Simone esta teoría: Mientras el viajero tiene “voluntad de experimentar algo distinto”, el turista no busca otra cosa que “la experiencia de no existir”. Pues bien, veamos la declaración que Simone hace en la página 22:

 

“Comprendo lo que he venido a buscar: esta plenitud que casi sólo se conoce en la infancia o en la primera juventud, cuando no anulamos en beneficio de algo distinto a uno mismo. Desde luego, en otros viajes he disfrutado de esta dicha, esta certidumbre, pero era fugaz. París seguía siendo para mí – en Grecia, en Italia, en España – el centro del mundo, nunca había dejado del todo París, yo seguía instalada en mí misma”

 

Frase que debe resultar fatídica para los sociólogos creativos ya que, al reconocer paladinamente la autora que busca anularse, o, lo que es lo mismo, no existir, cae sin remisión en la ignominiosa categoría de los turistas (necios, romos, pasivos, gregarios). De nuevo, pues, parece no estar claro si la autora tuvo en América la condición de turista o la de no turista. Pero, volvamos a la teoría de la sorpresa. Simone nos transmite con claridad que su sorpresa nace y acaba con el conocimiento de lo desconocido y que lo conocido durante años puede acabar  resultando desconocido y, por lo tanto, sorprendente, después de una ausencia prolongada, es decir, que París, Francia, el continente europeo le sorprenden a su regreso, aunque, como ya hemos visto, de una forma negativa. ¿Se siente Simone turista porque experimenta sorpresa al volver a la ciudad en la que  reside después de una ausencia de cuatro meses?

Por consiguiente, tampoco la aplicación de la teoría implícita elaborada por la autora permite definir con precisión el carácter de su viaje y estancia temporal en América.

Pero el texto de América día a día es tan rico en matices que permite aplicar todavía un criterio más entre los casi infinitos que existen para clasificar o desclasificar la condición de un visitante como turista. Nos referimos al que elaboró el británico F. W. Ogilvie en 1933, desarrollado más tarde por el también británico, profesor de la Universidad de Pretoria, J. A. Norval en 1936[8]. Se trata del criterio que podemos llamar del gasto o, mejor, de las fuentes de financiación del gasto. Según este criterio, turista es quien gasta en un país ingresos devengados en otro. Y, a la inversa: de acuerdo con este criterio, no turista sería quien gasta en un país los ingresos ganados en ese mismo país. Aplicando este criterio, Simone puede ser considerada ahora como uuna no turista en América. La pertinencia de la aplicación de este criterio queda evidenciada a través de la siguiente frase, que figura al final del libro (página 396):

 

“Hace un rato fui a declarar el dinero ganado durante cuatro meses y a pagar el impuesto correspondiente”.

 

Y, en virtud del mismo, Simone tendría que ser considerada como turista en Francia en la medida en que gastara los ingresos que percibió en USA. El mismo funcionario que le atendió, cuenta Simone, le ayudó a descontar de los ingresos los gastos de transporte, taquígrafo – mecanógrafo, hotel, lavandería, recepciones, etc. Es decir, la autora obtuvo ingresos como consecuencia de determinadas actividades desarrolladas en Estados Unidos durante su larga estancia, unos ingresos que con toda seguridad le permitieron financiar determinadas compras de bienes y servicios. Ningún estudioso convencional del turismo caracterizaría como turista a la autora después de conocer este dato, pero mucho menos quienes sostengan el criterio de Ogilvie/Norval.

Existen aun otros muchos criterios para enjuiciar la condición de Simone durante su estancia en América. Entre ellos me centraré en el que podemos llamar fáctico. Como su propio nombre indica, este criterio consiste en agrupar las actividades realizadas por un visitante durante su estancia pasajera en el lugar visitado en dos grupos, las de obligación o comprometidas y las de devoción o discrecionales.

Como ya hemos visto, entre las actividades realizadas por la autora en América se encuentran las conferencias, charlas y entrevistas con colegas americanos. Las podemos clasificar como actividades obligadas o de compromiso. Pero, además, Simone se interesó apasionadamente por contemplar los parques nacionales, visitar las ciudades más destacadas o pintorescas, oír música de jazz interpretada por negros, conocer sus barrios residenciales, ver el cine de Hollywood, etc., etc. Son, evidentemente, actividades no comprometidas, discrecionales y libres,  precísamente, las actividades que realizan los visitantes de cualquier país que los jurisperitos  consideran turistas. Por supuesto que los sociólogos creativos insistirían en saber antes si el visitante

 

“se siente un degustador de lo autóctono, un exquisito de lo natural, un devoto de la diferencia”,

 

en cuyo caso se trataría de un distinguido viajero,

 

si

 

“acude a constatar que el mundo es tal y como lo ha visto en la televisión”

 

ya que en tal caso sería un vulgar turista,

 

o, si

 

“consigue acoplarse al mundo virtual representado en el cine, en las fotos, en los reportajes”,

 

en cuyo caso tampoco cabría duda de que se trata de un deleznable turista, con el que hay que evitar todo contacto, como si se tratara de un peligroso apestado.

 

 El criterio que he llamado fáctico no lo voy a aplicar de un modo directo sino al mismo tiempo que analizo el catálogo de elementos y servicios incentivadores del turismo en Estados Unidos que ofrece en su libro Simone de Beauvoir. De todos ellos ihace la autora en su libro comentarios muy jugosos, basados siempre en el conocimiento empírico, en la percepción del sujeto que tanto enaltecen los jurisperitos seguidores del marketing, y, por supuesto, directo, es decir, obtenido como consumidora de los mismos, no por lecturas o información dada por terceros.

De acuerdo con la EPT, es posible contemplar dos grandes grupos o tipos entre los elementos y servicios incentivadores del turismo. Los legados, o recibidos en herencia,  y los no legados, o propios de la generación presente. Entre los elementos legados cabe distinguir los  legados por la naturaleza de los legados por la historia, es decir, por las generaciones pasadas. Simone solo se refiere a los elementos legados por la historia y por la naturaleza.

 

Incentivación legada por la Naturaleza

 

Siguiendo el libro de Simone de Beauvoir expondré los comentarios que hace sobre los elementos incentivadores del turismo que tuvo oportunidad de conocer durante su estancia de cuatro meses en América. Los grandes espacios naturales abundan en Estados Unidos, pero los más destacados se encuentran en los estados del Oeste, menos poblados que los del Este, donde se localizan las grandes ciudades. Desde muy pronto, los gobiernos norteamericanos dedicaron especial atención a la creación de figuras legales pensadas para proteger los espacios naturales de los peligros de la contaminación y de la negligencia de los visitantes. Las figuras más conocidas son los Parques Nacionales y los Parques Regionales (recuérdese el de Yellowstone, creado en 1872, que se extiende entre los estados de Wyoming, Montana e Idazo, con 9.000 km2 de extensión), luego imitadas por numerosos países, entre ellos España:

Las cataratas del Niágara. La visita de la autora a las famosas cataratas del lago Niágara tuvo lugar el 18 de febrero, aprovechando la proximidad a la ciudad de Rochester, en la que tenía concertado pronunciar una conferencia. La visita la hizo gracias a que disponía de “un día libre”, lo que algunos insisten en llamar ocio,  En lugar de ir a Cleveland prefirió ir a Buffalo en autobús. En Buffalo dejó las maletas en la estación (“que es a la vez un drugstore, una librería, una sala de espera”) y tomó otro autobús que la llevó a “Niágara Falls”, que 

 

“es un Buffalo  en pequeña escala, una ciudad de fábricas, negra y triste. Se llega a ella por una carretera que bordea el lago; pero no es el lago lo que se ve, sino almacenes y manufacturas; se respira un hedor a humo y gasolina” (p 95).

 

El autobús dejó a la autora en la oficina de turismo, lo que parece un detalle orientador para saber cómo debemos clasificarla. Los carteles anuncian la venta de paseos colectivos en barco y en coche. Simone compró un paseo solo para ella en un taxi autorizado. El conductor del taxi era también un guía profesional al servicio de la agencia de turismo. El taxista - guía “se toma muy en serio su papel, no deja de hablar”, comenta Simone con cierta tristeza. La ruta se adentra en Canadá:

 

“Todos los turistas cruzan el río para ver los saltos de agua desde el lado canadiense, que ofrece el panorama más interesante”.

 

A pesar de ello, Simone comenta:

 

“Seguramente, en la época de Chateaubriand, antes de que construyeran las fábricas y los pabellones para turistas, este paisaje debía ser encantador. Solo queda regresar. Parece que al atardecer encienden proyectores que irisan las aguas de mágicos reflejos multicolores: me imagino el espectáculo. Tal vez si una se pasea a su aire, sin esperar demasiado de las atracciones, se consiga, a pesar de las fábricas y el turismo organizado[9], apreciar la belleza de este gran paisaje acuático” (pp  96 - 97).

 

Simona, que al parecer ha evitado comportarse como una turista convencional, apunta tres factores como causantes del deterioro paisajístico de las cataratas:

 

· las atracciones

· las fábricas

· el turismo organizado

 

Subrayo intencionadamente la tercera causa no solo por el reconocimiento de los efectos contaminantes de la que fue tenida durante demasiado tiempo e interesadamente por ser una industria sin chimeneas, sino también porque hace referencia a la actividad de producción que en el turismo se conoce crípticamente como organización. Confiesa Simone haberse divertido en las cataratas, pero “como en un circo de segunda”, una comparación que sin duda devalúa las famosas cataratas a los ojos de cualquiera, aunque no del todo, si sabemos que a Simone le entusiasmaba el circo. Para ella era urgente tomar medidas protectoras. En su opinión, muy acertada, el Niágara tenía que haber sido declarado “parque o monumento nacional”.

Parque de Carmel. Entre Los Angeles y San Francisco, la autora atraviesa Carmel,

 

“uno de los lugares más famosos de la costa; plagado de jardines, árboles y flores, el pueblo es bonito en sí mismo”.

 

Por falta de tiempo no pudo Simone visitar las misiones españolas, pero sí decidió cruzar el parque. En Estados Unidos, dice, se llama parque a “una extensión de terreno protegida por el gobierno”. Esta figura de protección fue imitada en todo el mundo después del temprano precedente de Yellowstone antes citada. Para visitar el parque de Carmel en 1947 había que pagar un dólar. También en esto es diferente América a Europa, donde nos hemos empeñado en poner todo tipo de trabas legales al establecimiento de una tasa o precio por visitar lugares naturales protegibles en virtud de su especial significación.

El lago Tahoe. Al regresar de San Francisco a Los Angeles por Nevada la autora escoge una carretera secundaria y poco frecuentada para visitar el lago Tahoe como le habían recomendado sus amigos. Antes de llagar se topa con las llamadas “ghost-towns”, pueblos abandonados, conocidos como ciudades fantasma. Como es temporada baja, todos los hostales están cerrados. Las casas están enterradas en nieve. Después de contemplar el paisaje continúa viaje a Reno.

Death Valley. El llamado Valle de la Muerte es una inmensa cuenca cuya parte más baja se encuentra casi noventa metros bajo el nivel del mar. En verano la temperatura puede rebasar los 40º C. En 1913, se alcanzaron los 57º C., un récord mundial. El valle ocupa el lugar de un antiguo lago de casi 200 Km. de longitud. Está rodeado de cadenas montañosas. La altura máxima es de 3.300 m. Es un lugar realmente peligroso, hasta el extremo de que las autoridades estatales instalaron puestos de policía a la entrada con el fin de que los viajeros que pasasen por él quedasen convenientemente inscritos en el registro de entrada. Se advierte a los viajeros que no se alejen de la carretera, sobre todo en verano. La fuerte insolación del lugar puede convertir una simple avería en una aventura mortal. En estos casos, se les aconseja que se pongan a la sombra de su vehículo a la espera de que pase otro que les pueda auxiliar.

La fama del Valle de la Muerte se basa en que servía como atajo en la ruta hacia el oeste de las caravanas. Muchos llegaron a morir en estos desiertos salados. Simone comenta:

 

“Este lugar tan pintoresco para estar de paso tiene que ser un auténtico infierno terrenal”.

 

Pero ella buscaba emociones fuertes y disfrutó con la visita. El Valle de la Muerte es, en su opinión, un auténtico “monumento” natural que depende del estado de Nevada.

Desierto de Mojave. “Ningún turista se aventura por allí”, anota Simone a la vista de este singular desierto, rodeado de cúspides rocosas, más inhóspitas que las más grandes cumbres de los Alpes. Pero ella, sí, tal vez porque no se sentía turista sino viajera.

 

Tras esta primera barrera hay cordilleras y más cordilleras que ningún ojo humano ha contemplado jamás” (p 168).

 

El Gran Cañón del Colorado. Simone explica la diferencia que hay entre un “monumento” y un “parque” en los Estados Unidos. Los monumentos dependen de la administración pública del estado en el que se encuentran. Este es el caso del Death Valley. Los parques dependen del gobierno federal. El Cañón del Colorado es un parque. Es tan extenso como una provincia y “el turista no encuentra nada que señalice sus límites”. El 17 de marzo, Simone toma un autobús que la lleva de Kansas City hasta el Gran Cañón. En su recinto hay una estación ferroviaria, un hotel (construido con troncos de madera) y dos curious-shops, atendidas por indios. Simone confiesa que

 

“hace mucho tiempo (…) que he soñado con este lugar (…) me describieron este hotel, esta sima, y ya no soñaba con rozarlos, lo quise. Estoy aquí. Completamente aturdida. Como siempre, el choque con la realidad me llena de asombro; mi imaginación no habría podido inventar tanto esplendor, y menos ‘este’ esplendor”. (p 189)

 

Tan sorprendida estaba que nosotros podemos decir, según ella enseña, que estaba siendo una perfecta turista. Como llega con la caída la tarde y ya han salido las caravanas de mulas con las que se realiza la visita, opta por dar un paseo en coche por la carretera construida sobre las gargantas, en la que “hay miradores donde los turistas hacen un alto obligado[10]”.

Al día siguiente consume, previo pago de su importe, el tur del Gran Cañón, realizado con el concurso de un medio de transporte realmente primitivo, una caravana de mulas. Pero inmediatamente se percata de que se repite el caso de las cataratas del Niágara. Ella llama a estos lugares, llenos de interés pero masificados, “naturaleza corregida y revisada”, el resultado al que desgraciadamente suelen conducir los increíbles y costosos esfuerzos para convertir un maravilloso entorno natural en todo un parque de atracciones tecnificado. “Atracciones sin fin asedian al turista”, dice la autora, ganada por un profundo desencanto. Y añade:

 

“En la gran sala circular de la planta baja, los cristales están dispuestos de forma que reflejen el paisaje (…) Los visitantes se afanan en torno a esas lunas sin azogue y las manipulan conscientemente una tras otra. En la terraza se proponen otros juego, pegando los ojos a una hendidura practicada en una especie de caja, se ve el mundo al revés: el efecto es vertiginoso: la mirada se precipita en una caída vertical hasta el cielo, uno se siente caer”.

 

Después de un testimonio como el que da Simone, ¿cómo no recordar la teoría que el intelectual francés que asesora a Sir Jack, uno de los personajes centrales de la novela de Julián Barnes, en la elaboración de su magno proyecto, denominado como la novela “Inglaterra Inglaterra”?[11]. El intelectual francés contratado como asesor del proyecto formula esta certera afirmación:

 

“Hoy día preferimos la réplica al original. Preferimos la reproducción a la obra de arte en sí misma, el sonido perfecto y la soledad del compact disc al concierto sinfónico en compañía de un millar de víctimas de molestias de garganta, el libro grabado al libro en las rodillas. Si alguna vez visitan las tapicerías de Bayeux, en mi país, descubrirán que, para acceder a la obra original del siglo XI, antes tienen que pasar por un facsímil de cuerpo entero producido por técnicas modernas; ahí tienen una exposición documental que sitúa a la obra de arte para el visitante, el peregrino, como si dijéramos. Pues bien, sé de buena tinta que el número de minutos que el visitante pasa por delante del facsímil supera en cualquier cómputo que se haga al número de minutos que permanece delante del original. Es importante comprender que en el mundo moderno preferimos la réplica al original porque eso nos proporciona un mayor escalofrío”.[12]

 

Barnes inocula en la frase que pone en boca del intelectual francés toda la ironía de que es capaz. Pero con ello no hace más que expresar una gran verdad, la misma de la que da testimonio Simone de Beauvoir en América día a día, y que vale tanto para el paisaje como para la cultura, tanto para la incentivación legada por la Naturaleza como para la legada por la Historia[13].

Pero sigamos con la organización de la visita al parque del Gran Cañón del Colorado a través del testimonio personal de Simone. Debemos destacar la conferencia que se da en el hotel, apoyada con la proyección de películas sobre el Gran Cañón. Se trata de una técnica que hoy se aplica ya en prácticamente todos los servicios incentivadotes del turismo, cualquiera que sea su radio de influencia y cualquiera que sea el país en el que se encuentran. Como apunta Simone,

 

“se ponen al alcance del turista todos los medios para civilizar artificiosamente un espectáculo natural en demasía”.

 

Y continúa:

 

“Los americanos son naturistas, pero solo admiten una naturaleza revisada y corregida por el hombre”.

 

Lo que en 1947 se predicaba de los americanos puede predicarse hoy de cualquier ciudadano residente en cualquier país industrializado.

Teniendo en cuenta estas críticas, no debe extrañar que Simone prefiriera bajar al cañón, tocarlo en vez de mirarlo y pasarse un día entero en él. Alquiló en el hotel el vestuario aconsejado para el paseo (chándal completo y guantes) y subió a la mula que le señaló uno de los vaqueros – guía. La excursión constaba de una docena de excursionistas. Durante el paseo advirtió que a lo largo de la ruta había cabinas telefónicas para que los turistas pudieran llamar a sus familiares de cualquier parte del mundo. Al cabo de cierto tiempo, se programa un descanso y los guías reparten bocadillos  Pero el tiempo apremia y hay que seguir. Simone comenta que

 

“en vez de este paseo en fila india hubiera sido mejor caminar sola largo rato por estos senderos, dormitar al borde del agua, seguir la corriente durante noches y noches a pie o en canoa: habría sido mejor vivir la intimidad del Gran Cañón. (…) Envidio a aquellos que lo consiguen”

 

Simone de Beauvoir se identifica claramente así con Henri Beyle (Stendhal), quien durante toda su vida estuvo apasionado por Italia y sus tesoros artísticos. Para él, el Coliseo romano es

 

“más bello acaso hoy que está en ruinas, que lo fuera en todo su esplendor (entonces no era más que un teatro, hoy es el vestigio más bello del pueblo romano)”.

 

Stendhal también rechaza lo que se ha dado en llamar la “organización” del turismo. Lo hace con estas expresivas palabras:

 

“en cuanto llegan al Coliseo otros curiosos, el goce del viajero se eclipsa casi por completo. En lugar de perderse en sueños sublimes y absorbentes, observa sin quererlo el aspecto ridículo de los recién llegados, y siempre le parece que tiene muchos… La vida queda rebajada a lo que es un salón; uno escucha a su pesar las tonterías que dicen”.

 

Y termina con esta muestra de profundo elitismo excluyente, peligrosamente próxima a la misantropía y al elitista desprecio del prójimo:

 

“Si yo tuviera el poder, sería tirano: mandaría cerrar el Coliseo mientras yo estuviera en Roma”.[14]

 

Debemos de alegrarnos de que la democracia impida la instauración de esta indudable tiranía de los amantes exclusivistas del arte, lo que no tiene por qué empecer para que dejemos de poner adecuados cotos a la masificación de visitantes.

El río Mississippi y la ciudad de Nueva Orleans. El entusiasmo de la autora al llegar a Nueva Orleans es comprensible. El pasado francés de la ciudad, conocida como “la reina del sur”, salta a la vista. Las autoridades locales protegen con especial esmero un sabor colonial ciertamente único, mezcla de francés y español, legado por su peculiar historia, como parte de la técnica utilizada para incentivar visitas. La ciudad está localizada en la desembocadura de un río tan espectacular como el Mississippi. Por sus 3.700 km de longitud navegaron barcos a vapor hasta que este medio de transporte quedó relegado por el desarrollo del ferrocarril. Hasta el devastador huracán Katrine de agosto de 2005, navegaron barcos de vapor por el Mississippi, pero su función fue la de ofrecer incentivación recreativa tanto a los visitantes como a los residentes. Una vez que se subsanen esos efectos, el servicio volverá sin duda a prestarse de nuevo aunque solo sea para demostrar que la cultura es el resultado de la lucha del hombre contra las dificultades que se le presentan a lo largo de la historia.

El vapor en el que dio un paseo la visitante Simone tenía cuatro plantas en las que había un bar, una cafetería o un salón de baile. Pero ella comenta que

 

la verdad es que no hay mucho que ver. La excursión es agradable por el sol, el cielo y el olor del agua, pero el río discurre entre fábricas y almacenes que no tienen nada de especial. El capitán explica inmisericorde ante un micrófono las excelencias del paisaje. (p 237)

 

El comentario final no puede ser más negativo:

 

Igual que en las cataratas del Niágara o en el Gran Cañón, se trata como siempre de proporcionar a los turistas una naturaleza “condicionada”, “homogeneizada” por un intermediario humano” (p 238)

 

Plantaciones y jardines del siglo XVIII[15]. Simone llega a Charleston el 3 de abril. Siguiendo la expresión utilizada por las guías turísticas al uso, le habían dicho: “Hay que ver Charleston y sus jardines”. Lo que las guías insisten en llamar una visita obligada. Le costó encontrar habitación en los hoteles de la ciudad. Al día siguiente fue a visitar las plantaciones, a veinte millas de Charleston. La visita a las antiguas plantaciones era ya en 1947 objeto de una intensa explotación comercial. Había que pagar dos dólares por la entrada. Los propietarios habían señalado las rutas más aconsejables por medio de flechas blancas. Veamos lo que dice Simone de estos jardines:

 

“Jardines de la Alhambra, de las Islas Borromeas, parterres floridos de Kiev, terrazas florentinas, embriagadores bosquecillos de Sintra: ¡cuántos jardines en el mundo!. Pero creo que estos tienen más encanto; este derroche de azaleas y camelias es tan apasionado como las tormentas de Nueva Orleans, puentecillos de madera de romántica ondulación sobre lagos misteriosos; senderos furtivos serpenteantes entre arbustos en flor, y por encima de las aguas, césped, flores; es el triunfo desenfrenado del musgo de Luisiana que cuelga de altos árboles  de gran serenidad. El lujo alcanza aquí a la belleza… se comprende que estas ondulaciones y luces, que esta armoniosa afirmación del hombre a través de las riquezas de la naturaleza haya podido parecer a algunos un valor supremo” (p 260, 261)

 

Hasta aquí me he detenido en recoger los comentarios de Simone sobre los más destacados servicios incentivadores legados por la naturaleza que ella consumió durante su estancia en América. Anotemos que la mayoría de ellos fueron consumidos aprovechando su localización en las proximidades de la ruta que seguía, por lo que da la impresión de que no constituyeron para ella los motivos específicos que la llevaron a realizar sus desplazamientos por Estados Unidos. Sin embargo, como hemos visto, algunos de ellos tienen un auténtico y reconocido relieve mundial. Simone también visitó otras comarcas naturales menos conocidas. Por ejemplo, las alumnas de uno de los colegios donde pronunció una conferencia la llevaron a dar una vuelta en coche:

 

“Es la primera excursión en el campo americano. Es salvaje y hermoso: colinas arboladas, cultivos de tabaco, tierra roja, un sur violento, un río discurre a los pies de las montañas. De vez en cuando se divisa una casa que parece desgajada del entorno” (pp 92, 93)

 

Comentarios como éste abundan en América día a día. En la página 138, por ejemplo, la autora incluye este otro, muy expresivo de su percepción de un país que sigue teniendo grandes espacios no utilizados:

 

“A pesar de sus ciudades gigantescas, sus fábricas, su civilización mecánica, este país sigue siendo uno de los más vírgenes del mundo”

 

Pero debo resaltar que estos comentarios muestran solo la apreciación de la autora del territorio de Estados Unidos, un país ciertamente impresionante, casi siempre referidos a lugares de indudable belleza, pero que aun no habían adoptado en su totalidad la forma de una oferta comercial representativa de lo que llamo servicios incentivadores del turismo legados por la Naturaleza. Pero debo llamar también la atención del lector sobre hasta qué punto había llegado ya a mediados de siglo Estados Unidos en materia de oferta comercial de servicios incentivadores del turismo legados por la naturaleza. Habrá sin duda quien rechace, en nombre que propongo de una aspiración a la vida bucólica y romántica, la  adopción de formas empresariales y la conversión de una parte del territorio y del paisaje de un país en un producto mercadeable. También lo rechaza la autora de la obra que comento. Sin embargo, la experiencia americana ha sido y sigue siendo imitada por otros países y seguirá imitándose en lo sucesivo. Creo que el sometimiento a modernas formas de gestión y explotación de los elementos incentivadores legados por la naturaleza, hasta convertirlos en servicios ofrecidos en el mercado, no solo es inevitable sino que me parece incluso necesario, lo que no tiene por qué confundirse con la propuesta de una gestión inadecuada e irracional que provoque masificación indiscriminada. Todo lo contrario. Recuérdense en este contexto los comentarios de Agustín Santana que he citado antes.

 

Incentivación legada por la Historia

 

 Simone de Beauvoir se percata lúcidamente de la diferencia que existe entre la incentivación del turismo legada por la Historia en Europa y en América. La siguiente frase lo atestigua sin lugar a dudas (p 316):

 

“En Francia, en este tipo de excursiones, se visitan esencialmente iglesias, claustros, abadías, alguna que otra fortaleza; nuestros monumentos nos han sido legados por el clero y la nobleza en vez de por el tercer estado; aquí son viejas moradas burguesas, tiendas, las que se ofrecen al viajero. Nos enseñan los salones, las habitaciones, el viejo granero: todos esos muebles, estos biombos y estos jarrones de porcelana que a la señorita C. le parecen antiguas piezas de museo”.

 

Simone no es, está claro, experta en turismo. Solo se limita a expresar opiniones de gran agudeza, sin la menor aspiración científica. Por ello no debe extrañar que en la frase que acabo de transcribir parezca olvidar Simone numerosos elementos incentivadores legados por la Historia, entre ellos las ciudades, los poblados indios, la música negra y tantos otros, los cuales, si bien no figuran en la frase, sí son tenidos en cuenta en el libro, fueron visitados por ella y, en general, altamente apreciados por la autora, como veremos a continuación. El interés de la frase citada radica en que pone de manifiesto quiénes fueron concretamente los legatarios, en uno y otro continente, de los elementos y servicios incentivadores del turismo, lo que sin duda influye sobre su carácter, debiendo añadirse que la autora se refiere a ellos de una forma que podríamos calificar de cuasi profesional. Repárese en que alude ni más ni menos que a lo que se “ofrece al viajero” en América, una expresión próxima a quienes están habituados a utilizar el análisis económico para estudiar la realidad.

Empire State Building. A los pocos días de llegar a Nueva York, Simone visita este mundialmente famoso rascacielos. Para ello compró la entrada “en un despacho con aspecto de oficina de turismo”. La visita le costó un dólar, “el doble que una butaca de cine”, dice ella, un dato con el que podemos pensar que hoy podría costar unos diez dólares si se sigue manteniendo la proporción. Simone anota que había muchos visitantes y que serían de otros estados de la Unión, es decir, que no había extranjeros.

Un club del Village. Después de hablar de los cafés de Nueva York y de anotar que los escritores y pintores franceses exiliados en América intentaron en vano reproducir el ambiente de Les Deux Magots y Le Café de Flore de París, la autora describe un club del Village:

 

“La sala es muy bonita; simula un gran granero de vigas descubiertas adornadas con ruedas de carretas. Vaqueros de fantasía, sonrientes y maquillados, cantan y hacen ondear el lazo; todos los números de variedades son detestables. Hay mucho público, pero es de provincias” (p 79)

 

Un ejemplo entre muchos de ese tipo de espectáculos de color y ambiente “rural” que tanto abundan en tantas grandes ciudades y cuya clientela procede de pequeñas ciudades cercanas. Si reseño esta visita es también por la alusión a la presencia de un animador, profesional encargado de crear ambiente de fiesta entre los asistentes. Para conseguirlo tiene que romper su habitual inhibición y hacer posible su participación en juegos, bailes y canciones. No olvidemos que estamos en 1947. Hoy, la figura del animador no falta en ningún establecimiento orientado a las fiestas colectivas, públicas o privadas.

El Capitolio. En Washington, ciudad a la que fue para dar una conferencia desde New London, ciudad en la que acababa de pronunciar otra, Simone visitó el Capitolio. En este emblemático monumento coincide con “centenares de americanos (que), procedentes de todos los rincones de América, efectúan el peregrinaje”.

Washington se convirtió en la capital federal en 1800, reemplazando a Filadelfia en esta función. El Capitolio es, como se sabe, la sede del Congreso de los Estados Unidos. Está formado por el Senado, la Cámara de Representantes, la Corte Suprema y la Biblioteca del Congreso, la más grande del mundo. A pesar de tantos valores juntos, la autora dice conformarse con un vistazo superficial, pero facilita el testimonio de la existencia de “guías autorizados” para atender a los visitantes.

Las atracciones nocturnas de Los Angeles. Simone no oculta en esta obra su enorme afición a vivir la noche urbana, pero de las noches de Los Angeles dice que:

 

“no son muy alegres. Los bares y night-clubs tienen que cerrar a medianoche. Es una ciudad de costumbres muy conservadoras… Nada de espectáculos de variedades; los shows están censurados” (p 126)

 

Al parecer, la fase depresiva del ciclo económico por la que pasaba América en 1947 agravaba la situación, pero no hay que olvidar que Simone acababa de pasar tres semanas en una ciudad como Nueva Cork y el resultado de la comparación tenía que ser negativo para Los Angeles.

Dique de Boulder, Cuando Simone estuvo en Estados Unidos no hacía mucho que se había construido la presa Hoover, cerca de la localidad de Boulder, en el río Colorado. Gracias a esta notable obra hidráulica de los años treinta se resolvieron los serios problemas de abastecimiento de agua de gran parte del territorio de Nevada. Simone se informa, gracias a la instalación de carteles publicitarios, de que antes de visitar el dique debe pasar por la oficina de información. En la oficina le entregan folletos explicativos sobre su construcción. También aquí se ofrece al visitante una proyección sobre las obras, pero Simone prefiere contemplar con sus propios ojos la realidad y abandona  la proyección del documental, que estaba siendo seguida por numerosos visitantes, calificados por ella como “buenos turistas aplicados”, de los que trata de distanciarse, cayendo así de nuevo en el elitismo propio del intelectual a pesar de su proclamada condición de izquierdas.

La visita del dique la realizó con guías profesionales al servicio de la empresa. Simone anota que había “un gran número de turistas que han aparcado el coche a la entrada del puente”.

Los  estudios de la RKO en Hollywood. La autora fue siempre una gran aficionada al cine y por esta razón tenía un excelente conocimiento del cine norteamericano, que pasaba entonces por una etapa de altísima calidad. No tiene nada de extraño que Simone se mostrara interesada en conocer lo que era “la fábrica de sueños más grande del mundo” desde el año 1920, año en que Hollywood sustituyó a Nueva York como Meca del cine. La edad dorada del cine hecho en Hollywood se inicia en los años treinta, continúa en los cuarenta y llega hasta bien entrados los cincuenta. El marido de una amiga francesa, en cuya casa de Los Angeles se alojó Simone, trabajaba como guionista de cine en la RKO. Esta circunstancia fue aprovechada por ella para visitar sus estudios, donde

 

“nos han organizado una proyección privada… He vuelto a ver el tren elevado y los pawn-shops de Nueva York, los drugstore, los aparcamientos automovilísticos de todas las ciudades grandes y pequeñas , las fábricas de aviones que encontramos a la entrada de Las Vegas, el árido paisaje de Nevada, y el placer era más intenso que si los hubiera visto al natural” (p 178) (el subrayado es mío)

 

En su opinión, los estudios de Hollywood no se diferenciaban de los de Francia más que en su magnitud. “Desde luego son verdaderas ciudades”, dice. “Pero me comienzo a acostumbrar”, añade: “un colegio, un hospital, un taller; a nada que te descuides, una ciudad”. Volveremos a encontrar al mismo tipo de sorpresa producido por el tamaño de las cosas en América cuando hagamos referencia a los hoteles.

San Francisco y el puente colgante.  Simone fue con su amiga francesa a la ciudad de San Francisco, la ciudad que creció de un modo espectacular a partir de 1849, tres años después de dejar de ser mexicana para integrarse en Estados Unidos, como consecuencia de la llamada “fiebre del oro”. Como se sabe, la ciudad quedó prácticamente destruida por el terremoto de 1906. Reconstruida después, pronto se convirtió en una de las ciudades más importantes y atractivas de California y de la Unión. El puerto de San Francisco es el centro del comercio entre USA por un lado y China y Japón por otro. Su situación geográfica es verdaderamente excepcional. Ocupa el único paso que existe en la cordillera de la costa entre el Pacífico y el valle. El paso lleva a una bahía que se comunica con el Pacífico a través del estrecho llamado Golden Gate sobre el que entre 1933 y 1937 se construyó el puente colgante más largo del mundo. Este puente forma parte del conjunto incentivador del turismo de la ciudad sin dejar de ser una vital infraestructura del transporte urbano. Simone atravesó el puente varias veces a la mínima velocidad posible para admirar el espléndido paisaje natural y urbano que desde él se domina.

Reno y los clubes de juego. El regreso de San Francisco a Los Angeles lo hace Simone por el estado de Nevada. Buscaba conocer las ciudades de Reno y Las Vegas, de las que tanta información tenía a través del cine. Reno le defrauda:

 

“Las cafeterías y los restaurantes son miserables, los bares están vacíos. Toda la vida se concentra en los clubes… en las barras, en los pasillos, se agolpa una multitud tan pintoresca que a primera vista parece formada por figurantes rodando una película de masas… (Pero) son obreros de las minas de plata, vaqueros llegados de ranchos recónditos, y también vagabundos, marginados, arruinados por el juego hace tiempo pero todavía acuden a respirar el aroma del dólar” (p 156).

 

No obstante, es evidente que tanto Reno como Las Vegas tienen interés para nosotros debido a la afluencia de forasteros. La incentivación del turismo de esta ciudad (que los turisperitos dirían que es un destino turístico o, según Sessa, un macroproducto turístico) consiste en sus singulares leyes para contraer matrimonio y para divorciarse. Los clubes de juegos de azar son una componente igualmente singular de su oferta incentivadora. Ambos servicios se potencian entre sí, aunque es evidente que su radio de influencia es básicamente interestatal norteamericano, y solo de un modo secundario internacional. Como es sabido, Nevada es un estado casi desértico. Hoy sigue siendo uno de los menos desarrollados de América. Simone se percata de que la pobreza de sus habitantes contrasta con el nivel de vida de los residentes en otros estados. La burguesía casi no existía en Nevada cuando Simone estuvo allí. Por esta razón, apunta, tampoco hay moral burguesa. De ello se desprende su oferta incentivadora más singular:

 

“el peso de las prohibiciones puritanas (…) jamás ha conseguido imponerse en Nevada: el juego, la venta de licores, la vida nocturna, el divorcio están autorizados e incluso – no en el centro, pero sí en las afueras de las ciudades – la prostitución. Esta licencia, producto de la pobreza del país, se ha convertido en fuente de riqueza; en cambio, la opulenta California se asfixia bajo la rígida armadura de la moralidad” (p 158)

 

Por consiguiente, puede decirse, de acuerdo con la terminología convencional, que Nevada era ya un estado americano turístico cuando lo visitó Simona en la medida en que los negocios orientados a los visitantes (básicamente americanos de los estados vecinos) seguramente rebasaban en facturación a los orientados a los residentes, único criterio debe primar para hacer esta afirmación. Con toda seguridad, este diagnóstico sigue siendo correcto en estos momentos. Los californianos deben seguir aportando el mayor contingente de turistas en Nevada, como en el pasado. Simone dice que los californianos cruzaban la frontera estatal

 

 “ansiosos de pasárselo bien: aquí pueden gozar en libertad de todos los placeres y, a cambio, se dejan en Nevada su buen dinero. Esto explica la prosperidad de Reno y Las Vegas (159)

 

En efecto, las licencias permitidas en los clubes que rodean a sus ciudades, explicada como una consecuencia de la pobreza del país, se transforma en una fuente de riqueza debido a que se comportan como una oferta de servicios incentivadores del turismo especialmente diferenciados, como suele aconsejar el marketing (claves del éxito).

Zoológicos de carretera. En las carreteras de Nevada abundaban los zoológicos en 1947. Eran pequeños negocios anejos a las estaciones de servicio en las que también había un rest-room, un bar con ruletas y un supermercado. Eran tantos los zoológicos cuya visita se pedía por medio de vallas y carteles publicitarios que Simone comenta:

 

“Supongo que a los vaqueros de Nevada les interesa apasionadamente los animales; les encanta exhibir los que capturan” (p 168)

 

A través de esta frase se comprueba que la autora se da cuenta de que tales zoológicos no pasan de constituir una modesta oferta incentivadora para el turismo comarcal o regional.

Las Vegas. La ciudad de La Vegas fue fundada en 1855 por los mormones, secta que se sintió atraída por la existencia de pozos artesianos con los que irrigar sus cultivos. Pero el auténtico desarrollo de la ciudad no comenzó hasta 1905 gracias a la construcción del ferrocarril que comunicó Los Ángeles, en el oeste, con el Gran Lago Salado, en el norte. En los años treinta, como ya se ha dicho, se construyó la presa Hoover, que, además de servir para producir electricidad y para el abastecimiento de agua, se explota desde entonces como un servicio incentivador del turismo. Cuando la visitó la autora, Las Vegas estaba

 

“a más de cien millas del núcleo urbano más cercano: sin industria, sin comercio, en el corazón de una tierra improductiva, esa ciudad constituye el triunfo del artificio; no hace otra cosa que explotar el desenfreno, que es la otra cara de su pobreza” (pp. 174 a 175)

 

El clima de Las Vegas es tan agradable que funciona por sí mismo como un elemento incentivador del turismo muy eficaz. Es seco y soleado y, aunque los días estivales son calurosos, las noches son frescas, en 1931, el estado de Nevada consiguió la necesaria autorización federal para poder abrir salas de juego que pueden estar abiertas durante las veinticuatro horas del día. Como en Reno, también en Las Vegas abundaban los carteles publicitarios que invitan a casarse en ésta o en aquélla capilla (wedding chapels) en los que se enumeran las especialidades de cada una. Las iglesias y las capillas también se mantienen abiertas durante las veinticuatro horas de todos los días del año.

 Simone tuvo dificultades para encontrar habitación en los hoteles de Las Vegas, un indicador harto expresivo de la aceptación que sin duda tenían ya en 1947, un año marcado por la crisis económica, los servicios incentivadores del turismo de la ciudad. Como única solución, tuvo que alquiler una casa entera (dos habitaciones, baño y cocina). Digamos que Bugsy Siegel, el famoso empresario, había inaugurado un año antes el primer hotel-casino, el Flamingo Hotel. La oferta hotelera era, sin embargo, claramente insuficiente. Simone encuentra en Las Vegas  los mismos clubes de juego que en Reno y la misma clientela de vaqueros y vagabundos. Busca una oferta incentivadora diferente y un taxista la lleva a las afueras, donde no encuentra más que casas de prostitución. Vuelve a buscar y el taxista la lleva ahora al salón de baile anejo al hotel llamado La Ultima Frontera que “es casi un pueblo entero” con decoración que recuerda al Lejano Oeste típico, aunque el salón de baile no es en absoluto pintoresco,

 

“uno de esos lugares decentes donde nunca pasa nada; la clientela es burguesa, provinciana y vulgar. En la pista, el animador manda guardar silencio a palmadas” (p 170, 171).

 

De nuevo encuentra la figura del animador, a la que hace referencia en otro lugar.

 

Abandona el salón de baile y el barrio negro. El taxista, como si fuera también un guía, la lleva aún más lejos,

 

“donde están la mayoría de los clubes, aunque separados por grandes distancias. Son las tres y todas las salas de fiesta están abiertas, así que se nos presenta el problema de cuál escoger” (p 172)

 

Una nueva referencia a través de la que podemos hacernos una idea de la abundante oferta de este tipo de servicios incentivadores a cuyo conjunto es frecuente llamar “ambiente nocturno”. Como es sabido, en Las Vegas los visitantes practican el llamado “Casino Hopping”, una actividad que es casi un deporte urbano y que consiste en ir de un casino a otro. Toda la ciudad está al servicio incondicional de los “buscadores de oro” a través de los juegos de azar. Numerosas empresas se dedican al negocio de organizar excursiones a precios muy reducidos para que se visiten los clubes de juego. Incluso los hoteles y los restaurantes obsequian a sus clientes con invitaciones para que vayan a jugar a los clubes.

Ciudades coloniales y poblados indios de Nuevo México. Simone abandona California para regresar a Nueva York después de su viaje a San Francisco y de su vuelta a Los Angeles. Sale de esta ciudad el 14 de marzo. Este viaje de tres semanas de duración lo realiza casi en su totalidad en autobús, en la conocida empresa Greyhound, un medio de transporte  poco utilizado por los americanos para hacer viajes de largo recorrido como el que ella emprende por numerosos estados del sur. El primer estado que visita es Nuevo México. Y, en Nuevo México, visita las ciudades coloniales de Albuquerque y Santa Fe. Para esta última lleva direcciones de conocidos que le dio un amigo. Al referirse a estas direcciones, la autora comenta:

 

“antaño los viajeros iban así por Europa, de ciudad en ciudad provistos de cartas de recomendación” (p 195)

 

A Simone Santa Fe le recuerda a Saint – Tropez, la localidad “turística” de la Costa Azul,

 

“donde los indios desempeñarían, de forma algo misteriosa, el papel de los pescadores locales cuyos pantalones e impermeables imitan los turistas” (p 200).

 

Con ayuda del director de un pequeño museo etnográfico, la autora se informa sobre los principales poblados indios cercanos a Santa Fe. Para visitarlos alquila un coche con gran facilidad en un garaje próximo al hotel:

 

“la tarifa es de diez dólares por setenta millas, y quince centavos por cada milla suplementaria” (p 201)

 

Viajan por el viejo “spanish trail” de los antiguos conquistadores hispánicos, lleno de recuerdos históricos, convertido ya entonces en una moderna carretera. A 5 km se encuentra Taos, poblado indio que imita a la capital cercana con plaza porticada, tiendas de comestibles y “curious – shops”, callejas tortuosas, casas de adobe y madera con huertos de frutales. Los indios cobran una tasa tanto por estacionar el coche en la plaza (medio dólar) como por llevar cámaras fotográficas, puesto que, para estacionar y hacer fotos, hay que contar con una autorización expresa del alcalde. Al mencionar estos datos, la autora comenta:

 

“me han contado que, en muchos poblados, los indios se rodean de prohibiciones para preservar el misterio y la atracción, que constituyen sus principales fuentes de ingresos; en gran parte, viven del dinero que sacan a los turistas” (p 204)

 

La frase revela hasta qué punto los indios americanos estaban ya aculturados, empapados del modo americano de entender la vida. Parece que sabían aplicar exitosamente la teoría de la sorpresa de Simone, a la que antes hice referencia. En cualquier caso, es evidente de que se daban cuenta de que disponían de servicios incentivadores del turismo a los que fijaban un precio por su consumo. En el poblado de San Ildefonso presenció la autora la ejecución de danzas indias en una plaza a rebosar de visitantes, pero no de los turistas extranjeros que en ese momento estaban en Santa Fe, sino de los artistas de la colonia de Canyon Road, con sus cartapacios para dibujar y tomar apuntes del natural.

Las misiones “españolas” de San Antonio. La autora continúa su viaje y llega al estado de Texas, que también fue mexicano y más tarde independiente antes de pertenecer a la Unión. Para visitar las misiones españolas cercanas a la ciudad de San Antonio, Simone alquila un taxi por varias horas animada por sus módicas tarifas. El taxista le sirve de guía y le lleva por la llamada “carretera de las misiones”.

Atracciones de la ciudad de Houston. En Houston (Texas), la autora lamenta no poder presenciar peleas de gallos por estar legalmente prohibidas, pero sí asistió a combates de “wrestling”, una lucha no especialmente texana pero sí muy americana. Tantas atracciones presenció en Houston que comenta agotada:

 

“esta noche dormiré sin pesadumbre. Creo que ninguna atracción de Houston me ha permanecido oculta” (p 229)

 

La frase refleja expresivamente bien la actitud que acompañó a Simone durante sus cuatro meses de estancia en los Estados Unidos y que podríamos resumir diciendo que el motivo de su viaje no era otro que conocer lo mejor posible lo que se ha dado en llamar “la América profunda”.

Ciudades. Si hay un elemento incentivador que se caracterice por haber sido legado por la Historia es la ciudad, cada ciudad, y la red de ciudades de cualquier país. El viaje que hizo Simone de Beauvoir a Estados Unidos está plagado de visitas urbanas. Pocas ciudades verdaderamente representativas dejó de visitar: Nueva York, New London, Washington, Filadelfia, Boston, Chicago, Los Angeles, San Francisco, Houston y Nueva Orleáns, entre las grandes. Pero también visitó ciudades de menor tamaño e importancia. Entre estas últimas debo citar Reno y Las Vegas, pero también Concord y Williamsburg, además de Albuquerque, Sacramento, San Antonio y Santa Fe, entre otras.

Ahora debo hacer referencia a Williamsburg, una ciudad de carácter histórico de la que los americanos se enorgullecen muy especialmente y que sin duda contaba ya con auténticos vestigios del pasado, como atestiguan las viejas fotos que pueden verse en el museo local, como nos dice la autora. La reconstrucción de la ciudad fue idea del banquero Rockefeller de acuerdo con un plano que reflejaba la ciudad del XVIII. El resultado, según Simone, es el siguiente: